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jueves, 12 de noviembre de 2009

El sindicalismo como herramienta de dominación


¿Es posible o deseable para los anarquistas tratar de horizontalizar y autogestionar los sindicatos actuales en Argentina? Esta pregunta ha sido una de las polémicas más persistentes dentro del movimiento anarquista argentino. Las diferencias de opinión sobre el asunto se basan en cuestiones ideológicas de fondo, ya que mientras algunos opinan que los sindicatos se pueden “recuperar” para el movimiento obrero, otros pensamos que estos sindicatos no tienen nada que ver con el movimiento obrero, y muchísimo menos con los anarquistas. En otras palabras, no solo nunca nos “pertenecieron” a los anarquistas o a los obreros, sino que si ese hubiera sido el caso, serían irrecuperables.

Pero, ¿cuáles son las razones para que pensemos que los sindicatos se encuentren en la vereda opuesta a la anarquía y sean un instrumento de control y dominación de la clase, en lugar de su herramienta de liberación?

Los sindicatos reproducen el verticalismo y la dinámica política de la sociedad actual, con cargos representativos y electivos, con direcciones políticas que se refugian en una supuesta neutralidad partidaria. El sindicato es una estructura que se toma por elecciones o componendas electorales, cuyas “autoridades” se negocian de la misma forma como se hace en las elecciones para las autoridades del gobierno nacional.

Pero muchos anarquistas y revolucionarios piensan que cambiando los estatutos sindicales, o derogando la Ley de Asociaciones Profesionales que mantiene el régimen de sindicato único, los sindicatos podrían ser herramientas de lucha contra el capitalismo.

Esto sería factible en teoría, pero en la realidad actual el sindicato se revela como una estructura de dominación y poder, tanto política como económica (razón por la que la mafia estadounidense pudo anidar tan bien en ellos). Los recursos de los sindicatos son inimaginables para el común de la gente. Veamos de qué viven los sindicatos argentinos, que muchas veces manejan más poder y recursos que las grandes empresas con las que comparten el botín: el bolsillo de los trabajadores.

De qué viven los sindicatos
Veamos de qué manera está montada la maquinaria económica de los casi 3000
sindicatos de la Argentina. En términos oficiales, los recursos de los sindicatos provienen de 4 formas de ingreso, a los que se deben agregar los subsidios estatales, que suelen ser enmascarados en cursos de capacitación, actividades para la comunidad, etc., que engrosan las arcas gremiales:

1) las cuotas sindicales del 2 al 5% que religiosamente pagan sus afiliados y que son recaudadas directamente por los gremios, descontándolas por recibo de sueldo.

2) las contribuciones de las empresas, que suelen ser muy variables ya que son pactadas de forma particular en el marco de los convenios colectivos de trabajo, aunque deben registrarse contablemente separadamente de los aportes. Por ejemplo, en el caso de la industria del vidrio la patronal contribuye con el 3% del total de lo liquidado mensualmente a sus empleados.

3) los aportes “solidarios” que se le cobran compulsivamente a todos los trabajadores no afiliados al sindicato que están incluidos en un convenio colectivo de trabajo, y que suelen alcanzar entre el 1 y el 4% del sueldo (son descontados por la patronal, que actúa como agente de retención). Los trabajadores no pueden negarse a este descuento, aunque lo manifiesten expresamente al empleador. Lo que argumentan los sindicatos es que los trabajadores no afiliados se benefician de un eventual aumento de salarios obtenido por los negociadores del sindicato, por lo que reciben un servicio gratuitamente de parte del sindicato. Pero en realidad el total de lo recaudado “solidariamente” supera escandalosamente los costos de gestión erogados por el sindicato en la obtención del beneficio salarial o renegociación del convenio, por lo que la situación de los no afiliados es igual a afiliados de segunda categoría.

Entre otros, estos “aportes solidarios” son aplicados en los gremios del correo, la industria papelera, ferroviarios, pesqueros, aceiteros, etc. Hace ya un tiempo, el secretario general de FOECYT (correos), Ramón Baldasini, justificó así la aplicación de aportes compulsivos: “El sindicato obra como un gestor de negocios.
Hace una gestión para un determinado grupo de personas y es lógico que después cobre una comisión por ese servicio prestado. No es posible que el beneficio lo reciban todos y el costo lo soporten sólo los afiliados”.

4) los aportes patronales (6% de la masa salarial que pagan a sus empleados) y los aportes de los asociados a las Obras Sociales que maneja cada sindicato (un 3% del salario percibido). Los recursos de las Obras Sociales, rondan los 8.000 millones de pesos anuales (unos 2.000 millones de dólares). Todo este dinero, luego de reenviar una parte a las empresas de medicina prepaga y descontar un 10 al 20% de los aportes que va a un Fondo Redistributivo, ingresa a la Administración de Programas Especiales (APE), organismo que cubre los gastos de las obras sociales por tratamientos de alta complejidad, repartiendo el beneficio con las Obras Sociales, que manejan los sindicatos. Dentro de los recursos que perciben los sindicatos se encuentran la recaudación de las Mutuales, que no son de afiliación obligatoria, y que obran como un complemento de las obras sociales, ampliando los beneficios de estas; sus cuotas suelen rondar el 1% del salario.

Si bien no es obligatorio afiliarse a un sindicato, el régimen de sindicato único por rama y actividad hace que un trabajador cualquiera no pueda elegir qué organización integrar, sino que es un cliente cautivo del sindicato oficial reconocido por el Ministerio de Trabajo. Pero debemos aclarar que si se derogase la Ley de Asociaciones Profesionales, el negocio sería el mismo aunque no estaría monopolizado por los sindicatos oficiales. Lo único que cambiaría es que se parecería al régimen imperante en otros países, donde el negocio lo reparten entre más sindicatos. El beneficio que la clase empresarial y los gobiernos de turno obtienen con este sistema es que si un sindicato se convierte en “rebelde”, le quitan la personería gremial y se la otorgan a otro nuevo en su reemplazo que quedaría como oficial y único autorizado para cobrar los generosos aportes de los trabajadores.

La democracia sindical
Los sindicatos están sujetos a un régimen de elección de autoridades, es decir una forma de democracia representativa, acorde con el régimen democrático burgués imperante. Los dirigentes y delegados representan a los trabajadores de su gremio de la misma forma que lo hacen los diputados a sus electores en el Congreso Nacional, es decir, no los consultan, no los escuchan, ni les interesan sus problemas, respondiendo a las políticas de su lista gremial, generalmente asociada a un partido político. No están obligados a cumplir un mandato de las bases sino que se manejan independientemente de la opinión de quienes los eligieron. Los delegados sindicales dejan su puesto de trabajo y se dedican a tareas de “gestión”.

Por otra parte, los sindicatos están plagados de secretarías y comisiones de tipo
ejecutivo que se encargan de diversas tareas, desde actividades de prensa a tareas de mantenimiento. La estructura interna verticalista de un sindicato es directamente proporcional a su tamaño, por lo que los altos cargos directivos de un sindicato son tan inaccesibles para los trabajadores, como el consorcio directivo empresarial de su lugar de trabajo. El sindicato es una empresa no solo en un sentido recaudatorio, sino en la forma legal que debe tener: las leyes no contemplan sindicatos que pudieran manejarse por un régimen de autogestión, rotación en los cargos, gestión sin dirigentes tomando decisiones a través de delegados con mandato. Sin autoridades legalmente constituidas, no hay sindicato.

Además, los sindicatos se han convertido en empleadores, teniendo en algunos casos cientos de asalariados a su cargo, y convirtiéndose de hecho en explotadores de sus empleados. Estos empleados no suelen tener ninguna relación con los trabajadores que el sindicato representa.

¿Debemos participar de la actividad sindical?
La descripción precedente nos da la pauta de que es imposible cualquier tentativa de hacer de los sindicatos una herramienta de lucha o de liberación para los trabajadores, ya que al incorporarse al marco de legalidad se debe cumplir con normas que hacen del sindicato una forma de dominación sobre sus afiliados. A decir verdad, los trabajadores afiliados a un sindicato son tan dueños de su estructura, como los socios de un club de fútbol son dueños de sus instalaciones deportivas. El sindicato legal está diseñado estructuralmente para domesticar a la clase obrera, no para defender sus intereses de clase. Cualquier participación en su estructura no puede tener otro fin que acceder a cargos directivos. Este sistema es la negación del anarcosindicalismo, es su reverso. Los anarquistas no deben participar en estas estructuras de poder -que nada de diferente tienen de una empresa capitalista o un ministerio estatal- a no ser que estén dispuestos a pasarse al enemigo. Creer que un sindicato es recuperable es tan necio como creer que se puede autogestionar a una empresa como la Ford a partir de intervenir en sus puestos gerenciales; en lo esencial, no hay diferencias entre un cargo de secretario general de un sindicato y el de gerente general de una fábrica. Son un eslabón más en la cadena de montaje para expoliar a los trabajadores, llegando en conjunto a apropiarse de un 10 a un 15% de la masa salarial total de sus supuestos beneficiados. Pocas actividades reportan tanto beneficio sin riesgo de invertir un peso.

A pesar de estos impedimentos, no se puede negar que en las bases sindicales es posible que los anarquistas desarrollemos alguna tarea, tratando de llevar a la práctica los principios de la autogestión y delegación por mandato. Esta posibilidad suele darse en algunos conflictos gremiales radicalizados con alguna empresa particular, y en que el papel anti-obrero del sindicato queda en evidencia frente a los trabajadores en situación de huelga. Allí existe alguna posibilidad de acción para los anarquistas, tratando de que los trabajadores tomen sus decisiones y elaboren su propio proyecto de lucha frente a la manipulación que pretenden los partidos políticos (de cualquier tendencia). Es en estos momentos en que la realidad corporativa se rasga cuando aparece la posibilidad de actuar, aunque probablemente finalizado el conflicto todo vuelva a la situación de normalidad.

En los momentos en que reina esta situación de normalidad es prácticamente imposible algún tipo de participación sindical. Allí los anarquistas deben tratar de fortalecer sus organizaciones anarcosindicales, sociedades de resistencia o asociaciones y mutuales obreras, a fin de hacer propaganda y llevar la solidaridad a los trabajadores en lucha, y en especial a los no sindicalizados, a aquellos que están por fuera del sistema legal (trabajadores en negro) y son inaccesibles a los picos hambrientos de la burocracia sindical. Debemos llevar nuestra práctica a los pobladores de los barrios marginados, entre los desocupados y subempleados, conformando formas organizativas de cooperación y ayuda mutua entre los pobladores. Pero debemos actuar siempre teniendo presente que ni los sindicatos, ni las organizaciones políticas (incluso los /las anarquistas) van a emancipar al pueblo del capitalismo, ya que solo tendremos éxito cuando los trabajadores logren su propia auto-liberación de sus mandamases, embaucadores y explotadores.

Autor: Patrick Rossineri
Publicación: Libertad! N° 53, octubre-noviembre de 2009, Buenos Aires.

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