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viernes, 7 de octubre de 2011

Los disturbios nos invitan



Jueves 6 de Agosto. En el popular barrio londinense Tottenham, por enésima vez muere un hombre por bala policial. Un asesinato estatal que en muchas circunstancias no causaría mayor reacción.
Un hecho como diariamente hay tantos en las columnas de los periódicos en todas partes del mundo, y que generalmente, son leídas con total indiferencia. No así esta vez en Londres. Una marcha de protesta dos días después, termina en disturbios en el barrio. Pobladores lanzan piedras y bombas molotov a la policía, levantan barricadas y saquean y queman negocios. Un supermercado es consumido por las llamas y los insurrectos destruyen una camioneta de la BBC.
La muerte de Mark Duggan fue la chispa que hizo explotar una bomba llena de odio acumulado contra el sistema. En los días siguientes los disturbios se extendieron a varios barrios populares de Londres y luego a otras ciudades inglesas.
Los principales blancos de los amotinados fueron la policía (186 agentes heridos, decenas de vehículos policiales y comisarias atacadas con piedras y fuego), la prensa (varias camionetas de los canales de televisión fueron destruidas), los bancos y negocios (miles fueron saqueados, atacados y/o quemados). Como siempre, la represión no se hizo esperar. 16.000 policías fueron necesarios para calmar la situación.
Todas las vacaciones de los uniformados fueron anuladas y en algún momento el régimen amenazó con sacar a los milicos a la calle. Más de 2000 personas fueron arrestadas, los tribunales trabajaron día y noche y las cárceles se colmaron.
Un pequeño ejército de sociólogos, 'analistas', politiqueros de izquierda y otros progres se apuraron en opinar sobre los disturbios. Al unísono condenaron su aspecto violento aunque algunos de ellos justificaron los motivos de los insurrectos en un intento de politizar la rebelión.
Sin embargo, si hay algo que los amotinados de Londres NO usaron, son los instrumentos de la política: ninguna declaración a la prensa, ningún pedido al Estado, ninguna negociación con el gobierno, ningún tratado de paz o compromiso.
Los disturbios en Londres fueron un ataque frontal a un sistema inhumano que condena a millones de personas a una vida de miseria. Un sistema que ofrece trabajo humillante sin sentido, alquileres impagables, falta de dinero, policía y cámaras por todos lados, aburrimiento en colegios, consumismo, etc.
Los rebeldes simplemente decidieron destruir lo que les destruye. El alto grado de violencia de los disturbios solamente es el reflejo de la violencia que se vive diariamente en una sociedad capitalista y autoritaria.
Los disturbios en Londres fueron una negación de lo existente. Si bien tal vez no sabían exactamente qué querían, los que salieron a la calle tenían una certeza muy grande sobre lo que NO querían: aceptar esta sociedad y sus opresiones. En vez de pedir reformas decidieron enfrentar la mierda existente.
Nosotros, anarquistas, también creemos que hay que demoler los fundamentos de este sistema. Pero también tenemos un «después» en nuestros corazones. Sobre las ruinas de este sistema de opresión queremos construir un mundo con otras relaciones sociales, libres de autoridad y explotación, donde podemos desarrollarnos como individuos en solidaridad con otros, donde podemos vivir en libertad.
Para nosotros los disturbios en Londres, tanto como las revueltas en el mundo árabe o la rebelión estudiantil en Chile, nunca fueron algo lejano. Nos sentimos conectados con ellos porque nosotros también queremos romper con la pasividad y la resignación. Nos inspira la valentía y el goce del vivir de los miles de personas que toman sus vidas en sus propias manos. Nos dan coraje para seguir con nuestras luchas, pequeñas y grandes, individuales y colectivas.
En el mundo árabe el fuego de la revuelta destronó a varios dictadores que parecían intocables. En Londres se demostró que a pesar de miles de cámaras y policías, es posible afrontar el sistema. ¿Por qué no sería posible acá?
Los disturbios de Londres, Chile y el mundo árabe nos invitan a prender la mecha de la revuelta en nuestras propias vidas.

Publicado en: Sin Permiso, Nº 3, septiembre/octubre 2011, Asunción, Paraguay.

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