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sábado, 12 de enero de 2013

Política y trenes: Morir en las vías.


Es difícil despojarse de preconceptos al momento
de escribir éstas líneas. Lo sucedido el 22 de febrero
ha calado profundo en las susceptibilidades de la
gente, sobretodo en aquellos que utilizan diariamente
el ferrocarril como medio de transporte. Hacer análisis
sobre las cuestiones económicas y políticas que
han ocasionado el descalabro y la desidia en el sistema
ferroviario de transporte desde hace 30, 40 años a la
fecha resulta extraño al momento de contrastarlo con la
cruda realidad: 600 heridos y 51 muertos como consecuencia
del choque contra el paragolpes del andén de la
Terminal de Once.
También resulta extraño, vergonzante y vacío de toda
crítica escuchar y leer como los políticos de turno y sus
fieles lacayos, los medios de información de alcance
masivo, catalogan el triste suceso ocurrido esa mañana
de febrero. Con total desparpajo se habla de “tragedia”,
como si el hecho acontecido fuera fruto de una
fatalidad, de un destino circular del cual no se puede
salir. Que quede claro desde el inicio de estas líneas,
lo que pasó en la Estación de Once no tiene nada de
misterioso, inexpugnable o inevitable, por el contrario,
forma parte de una política de vaciamiento, amiguismos,
corruptela y subsidios millonarios que se dan
inicio con las privatizaciones durante el menemismo,
las cuáles encuentran su continuidad en los gobiernos
posteriores hasta llegar al kirchnerismo donde se sigue
beneficiando a los mismos empresarios de siempre: los
Cirigliano, los Roggio, los Romero. Sin olvidarnos, por
supuesto, de las cúpulas sindicales amarillas, verdaderos
nidos de ratas. Ratas millonarias, como los propios
empresarios del rubro.
600 heridos, 51 muertos. Cualquier justificación se
cae por el propio peso de esos escalofriantes números
que lamentablemente no hacen más que engrosar una
historia negra que nada tiene de tragedia. Lo apropiado,
y no me canso de repetirlo, es hablar de corrupción,
vaciamiento, negligencia y premeditación, cualidades
que la política argentina se ha encargado de escribir.
Gobernantes, funcionarios y sindicalistas inescrupulosos
manchados con la sangre de los muertos, sus
muertos. Sangre que no les pesa ni les duele.
600 heridos, 51 muertos. Víctimas mutiladas que
pasan a engrosar las estadísticas del sistema ferroviario
de transporte público. Contingencias admisibles
según la óptica perversa del capital, simples números
para políticos, funcionarios y sindicalistas. Esto se
comprueba con sólo repasar los sucesos del último año
para tener una idea de lo que se intenta argumentar:
Durante 2011 hubo varios choques fatales y descarrilamientos
de trenes. El 2 de enero, descarriló un tren que
se dirigía de Retiro a Tucumán con 1.400 pasajeros a
bordo. El 18 de diciembre del año pasado, una locomotora
que debía enganchar a una formación que estaba
detenida en la estación Temperley no frenó a tiempo y
la chocó: 17 heridos. El 28 de noviembre descarriló en
Chascomús el nuevo tren Talgo a Mar del Plata. El 13
de septiembre, un tren embistió a un colectivo y luego
chocó contra otra formación en la estación Artigas, del
barrio de Flores, en un paso a nivel sin banderillero y
con una barrera automática descompuesta: 11 muertos y
228 heridos. El 16 de febrero, un tren de Ferrobaires no
frenó y embistió a otro de Ugofe a la altura de estación
San Miguel: 4 muertos y más de 100 heridos.
Hoy esos hechos ocurridos durante el 2011 explotan
en la agenda mediática de los medios de información
simplemente por lo acontecido en los recientes sucesos
de la Estación Once. Por eso es común mirar en
la televisión, o escuchar en la radio “concienzudos”
informes de investigación respecto al estado del sistema
de transporte. Oportunistas del dolor, cómplices
mediáticos de la política que hacen del sufrimiento
una mercancía de uso y cambio. Y como es de esperar
en esos informes no se ataca la raíz del problema, sus
argumentos se condensan en cuestiones superficiales
que poco o nada influyen en el acontecer mediático.
Por ejemplo, ninguno de esos análisis centró su mirada
sobre TBA, ni el grupo Cirigliano, y mucho menos aún
en las relaciones entre éstos y la política.

La empresa Trenes de Buenos Aires (TBA) tiene la
concesión del ex ramal Sarmiento desde 1994. Durante
el gobierno de Menem se le otorgó al Grupo Cirigliano
la explotación comercial de esa traza ferroviaria. El
nombre comercial del grupo Cirigliano se llama Comentrans
y está también conformado por otras empresas
que tienen relación directa con el servicio ferroviario.
Entre ellas se destacan la firma Emprendimientos
Ferroviarios (EMFER SA) y Baires Ferrovial (dedicada a
la construcción de infraestructura ferroviaria).
Las caras más conocidas del grupo son los hermanos
Claudio Cirigliano y Mario Cirigliano, ambos, a parte
de compartir las acciones de TBA, son dueños mayoritarios
de la empresa de colectivos de larga y corta
distancia Grupo Plaza. La incidencia sobre las rutas no
termina acá, hace poco tiempo el grupo Cirigliano fue
favorecido con la concesión del servicio conocido como
“El gran capitán” que une a través de la red ferroviaria
las provincias de Buenos Aires y Misiones. También
ha obtenido, en este rápido crecimiento logístico y
económico, las licencias para explotar el tren binacional
que une Pilar con Paso de los Toros, en Uruguay. La
incidencia política de los Cirigliano también se siente

en Perú, donde cuentan con una flota de 170 colectivos
de ruta urbana y en La Florida (EE.UU.) donde han
adquirido la empresa Travelynx.
Es tal el descaro con que se manejan políticos y empresarios
que la empresa EMFER, que se dedica entre
otras cosas a la construcción de vagones, tiene entre
sus principales compradores al Estado argentino. O
sea, que el grupo concesionario de las vías del ex ramal
Sarmiento también es quien le vende al Estado los trenes
que éste después les presta para brindar el servicio
de transporte. Toda una situación que refleja de que va
esto de la política y sus socios económicos.
Teniendo en cuenta esta situación es más fácil entender
porque aún no se han terminado con los peritajes
correspondientes, o porque no se le retiró la concesión
a la empresa TBA ya que lo único que se hizo fue
intervenirla momentáneamente. Y que decir de los
coletazos políticos, mínimos, si se tiene en cuenta la
envergadura de los números de heridos y muertos por
el choque en la Estación Once. O de la situación de que
el Estado argentino, garante y socio de los empresarios
del grupo Cirigliano sea, al mismo tiempo, querellante
en el ámbito judicial. Política que le llaman. Arte del
disimulo por excelencia, responsable de la dominación
y la explotación.
Lamentablemente nada resulta extraño en lo acontecido,
y menos aún, en las posteriores consecuencias
políticas del hecho. La efervescencia ciudadana exigiendo
saber sobre los hechos poco a poco fue perdiendo
peso en la agenda mediática y en las esferas políticas.
Como si los 51 muertos y 600 heridos sólo fuesen
números vacíos de historias que contar.
Anestesiados asistimos al simulacro televisivo esperando
no se qué. Nos indignamos, nos hastiamos de la
realidad, pero no logramos transformarlo en algo superador,
en organización. Vivimos preocupados pensando
en el mañana, sin actuar en el hoy. Buscamos miles de
excusas para no hacernos cargo de nuestras propias
vidas y nos contentamos con ser actores de reparto.
Para los políticos, los sindicalistas y los capitalistas
está claro que somos mercancía de cambio, simples
cifras en sus leyes económicas de oferta y demanda,
desechos renovables. ¿Seguiremos indiferentes aceptando
esta realidad?
Rompamos la apatía. Pateemos el tablero


Nota: “El accidente de Once constituye el Cromañon
ferroviario largamente anunciado”. Por Causa Ferroviaria
Mariano Ferreyra. Publicado en La Haine.

Autor: Gastón
Publicado en: Libertad, Nº 61, junio-julio 2012, Buenos Aires, Argentina




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