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sábado, 25 de septiembre de 2010

Futuro Minado


“La fe en el crecimiento económico ilimitado como solución a los males sociales ha sido inherente al régimen capitalista, pero no fue hasta los años cincuenta del siglo pasado cuando dicha fe, bajo el nombre de desarrollismo, se convirtió en una política de Estado. A partir de entonces, la Razón de Estado fue principalmente Razón de Mercado (…) Pronto, el desarrollismo se ha convertido en una amenaza no sólo para el medio ambiente y el territorio, sino para la vida de las personas, reducida ya a los imperativos laborales y consumistas.
La alteración de los ciclos geoquímicos, el envenenamiento del entorno, la disolución de los ecosistemas, ponen literalmente en peligro la continuidad de la especie humana. La relación entre la sociedad urbana y el entorno suburbializado ha sido cada vez más crítica, pues la urbanización generalizada del mundo conlleva su canalización destructiva no menos generalizada: uniformización del territorio mediante su fácil accesibilidad; destrucción territorial por la contaminación y el ladrillo; ruina de sus habitantes por inmersión en un nuevo medio artificializado, sucio y hostil. El desarrollismo, al valorizar el territorio y la vida, era inherente a la degradación del medio natural y la descomposición social, pero, a partir del momento en que cualquier forma de crecer devino fundamentalmente una forma de destruir,
la destrucción misma llegó a ser un factor económico nuevo y se convirtió en condición sine qua non (…)”

Las líneas que preceden son el hilo argumental de la crítica que Miguel Amorós en el texto “Nosotros, los antidesarrollistas” lleva a cabo de las nuevas formas que tomó el capitalismo como tal desde la década de 1950 en adelante. Básicamente, la idea de este autor puede incluirse dentro de lo que comúnmente se denomina como “antiindustrialismo” o “antiprogresismo”. Dicho compendio de ideas descansa en argumentos que hacen hincapié en: un rechazo radical de la idea de progreso a cualquier costo, una crítica a los conceptos de modernidad/modernismo, un posicionamiento en contra de la fetichización de la tecnología como acción liberadora y, por ende, una crítica a la posibilidad de una técnica totalmente neutral. Éstos son los lineamientos generales sobre los que se estructura la crítica del autor respecto a lo que considera como “desarrollismo”, y a partir de ellos intentaré darle forma a las intenciones de este escrito.
La política de privatizaciones iniciada en la década de 1990 en Argentina habilitó un nuevo marco jurídico a las empresas, sobretodo a aquellas vinculadas al sector minero de capitales trasnacionales al permitir que éstas coparticipen junto al estado argentino en las directrices del sistema productivo. No sólo se abrió el juego a las inversiones, también se habilitó y legalizó la investigación y explotación de los recursos naturales. De esta manera, al clásico modelo agro exportador que caracterizó durante décadas a la economía Argentina se le agregó el modelo vinculado a la exploración y extracción minera. En el período que va desde 1990 hasta el 2000 la inversión en el sector minero fue de un aumento del 90% a nivel mundial, mientras que en Sudamérica alcanzó el 400%.(1) Crecimiento exponencial al servicio del capital, otorgado, ratificado y fortalecido por el estado argentino, sus instituciones y leyes con el fin de permitir la rapiña y acumulación de las trasnacionales mineras.
Ahora bien, cuando hablamos de minería no nos referimos a las formas tradicionales de extracción excavando galerías subterráneas, sino que hacemos mención a la conocida como “minería a cielo abierto”, modalidad utilizada a lo largo de los 5 mil kilómetros de pre cordillera y cordillera, desde Jujuy a Santa Cruz. Esta nueva forma de extracción de minerales por sus consecuencias inmediatas sobre los ecosistemas, encaja perfectamente en la crítica antidesarrollista de Amorós, sobre todo en lo concerniente al fetichismo de la tecnología y la técnica al servicio del progreso capitalista.

Una breve descripción

La minería a cielo abierto se diferencia de la minería tradicional no sólo por la forma en que extrae los minerales de la montaña, sino porque ésta implica niveles mayores de destrucción del medio ambiente y un uso desmedido de recursos, entre ellos el agua. La relación asimétrica e invasiva que establece con los ecosistemas se debe a que esta forma de extracción se lleva a cabo dinamitando la roca superficial, hasta reducir la montaña a pequeñas dimensiones, agotando el suelo hasta dejarlo inutilizable. La minería a cielo abierto utiliza de manera intensiva, importantes cantidades de cianuro afectando y contaminando las aguas freáticas o subterráneas. De esta forma, este tipo de extracción repercute directamente sobre las formas de desarrollo autóctono (agricultura, pastoreo, cría de animales), no sólo por la contaminación del agua sino también por su uso excesivo.
De esta manera, la mega minería se contrapone negativamente a las formas tradicionales de relación hombre/ naturaleza basados en el respeto de los ciclos naturales. Por el contrario, este nuevo modelo minero altera y agota los recursos persiguiendo el fin único del mayor beneficio al menor costo posible y las consecuencias de la implantación de esta metodología depredadora ya pueden verse a lo largo de la cordillera.

Radiografía Minera

La constitución de este modelo productivo es relativamente nuevo en Argentina ya que data desde principios de la década de 1990 cuando los grupos trasnacionales comienzan a ganar terreno en el andamiaje económico. Como quedó explicitado en líneas precedentes esta situación fue causa directa de las privatizaciones compulsivas durante el menemismo, al permitirle a los grupos económicos ir monopolizando poco a poco sectores claves de la economía como por ejemplo, el sector ganadero, pesquero, petrolero y por último, el minero.
A diferencia de países mineros por excelencia como Chile, Bolivia o Perú, la Argentina no tiene un pasado caracterizado por la preponderancia de este sector. Sin embargo, en la actualidad ocupa el sexto puesto en el mundo en cuanto a su potencial minero, y los informes consignan que el 75% de las áreas atractivas para la minería todavía no han sido sometidas a prospección.(2)
La minería a cielo abierto en fase de exploración o de extracción confirmada está presente en 12 provincias y es por ello que el suelo argentino es la cenicienta de empresas de Estados Unidos, Canadá, Japón y Australia por dos motivos claves. El primero por el potencial recurso virgen, y segundo, por que las empresas en sus países de origen encuentran trabas por el marco jurídico que protege a la naturaleza y sus recursos. Protección que no encuentran en Argentina lo que posibilita que puedan instalarse, presentar proyectos y coparticipar con las provincias en la exploración y extracción de metales.
La mega minería, en fase de exploración o ya en instancias de extracción, se encuentra presente en, por ejemplo, Andalgalá (Catamarca) con el nombre de Minera La Alumbrera y en Antofagasta de La Sierra (Salar del hombre muerto); En San Juan (Veladero, Pascua Lama
y Pachón); Chubut (Navidad, El Desquite); Río Negro (Calcatreu); Neuquén (Andacollo); Jujuy (Pirquitas, Minera Aguilar); Mendoza (San Jorge), Santa Cruz (Cerro Vanguardia, Manantial Espejo y San José Huevos Verdes) y La Rioja (Famatina), por nombrar algunas donde la controversia y el rechazo social comienza a visualizarse.

Resistencias: “el oro es un lujo inútil. Y sin agua no hay vida”

“La minería es una actividad meramente extractiva con múltiples consecuencias, tanto a escala económica como ecológica, social y cultural. Es un hecho comprobado que las regiones mineras del mundo son publicitadas inicialmente como regiones ricas y llenas
de oportunidades, pero terminan siendo las más pobres”,
afirma un comunicado de la Asamblea de Vecinos Autoconvocados de Río Negro”.(3)
A medida que se iban instalando estos mega proyectos mineros fueron apareciendo, primero tímida y aisladamente uno de otros, pequeños focos de resistencia con el objetivo de concienciar al resto de la población afectada directamente, pero ajena a la lucha en sí. Estos grupos básicamente de vecinos autoconvocados, fueron ganando terreno y experiencia, y pese a que los medios de información, por desidia o complicidad no hablaban de lo que estaba sucediendo, poco a poco empezaron a conectarse hasta nuclearse muchos de ellos en la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), creada en 2006 y posicionada hoy día como territorios de fuerte resistencia a la mega minería.
Uno de los casos pioneros de lucha contra la minería a cielo abierto fue el protagonizado por la población de Esquel en Chubut contra la minera canadiense Meridian Gold en marzo de 2003, y que culminó en un plebiscito donde el 80% de la población le dijo no a la mina. Este caso emblemático, conocido como “efecto Esquel”, tuvo un arrastre multiplicador sobre otras poblaciones con los mismos problemas socioambientales. A diferencia de otros países donde las resistencias provienen de los pueblos campesinos y originarios, en Argentina la particularidad está dada en la situación de que son asambleas de contenido multisectorial localizadas en pequeñas ciudades las que levantan la bandera de la lucha, y pese a que cada vez es más notoria la presencia de militantes ambientalistas y ecologistas, la resistencia al proyecto minero lo componen los pobladores que ven amenazado sus formas de vida.
Como bien destaca Maristella Svampa en el libro Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales, “los nuevos movimientos contra la minería a cielo abierto son conscientes de que han sido arrojados a un campo de difícil disputa y de posiciones claramente asimétricas, en el cual los adversarios van consolidando cada vez más una densa trama articulada, con efectos multiplicadores y complejos, en pos de la legitimación del modelo minero. Así, el correlato del dispositivo hegemónico, puesto al servicio de un modelo de desarrollo, va desde el avasallamiento del territorio, la destrucción de patrimonios arqueológicos, la instalación de explotaciones en zonas protegidas, hasta las más diversas estrategias de disciplinamiento y negación de consultas populares”.
Cualquier artimaña es válida para el Poder al momento de buscar los justificativos para legitimar sus acciones, y si no lo puede lograr por el camino de la persuasión tiene el sustento de la estructura jurídico-legal. Sino pensemos la “cacería de brujas” como consecuencia de la crisis de 2001 cuando la judicialización y criminalización de la protesta social encerró y procesó a más de cuatro mil personas, en su mayoría provenientes del “movimiento piquetero” y militantes sociales (sindicalistas de base, maestros, empleados, etc).
Respecto a la problemática ambientalista desde las esferas del poder la receta parece ser la misma ya que a excepción del problema ambiental de Gualeguaychu contra la pastera Botnia sobre el río Uruguay con fuerte presencia mediática, la norma suele ser el silenciamiento de las resistencias en primer lugar, y el aislamiento, persecución y ahogo en una segunda instancia. De esta manera, podemos trazar un paralelismo entre la explosión social de 2001 con la actual situación de rechazo a la mega minería.
Paralelismo basado no en las causas, sino en las consecuencias que ambas situaciones originaron sobre quienes decidieron luchar contra el poder avasallador de turno: persecución y hostigamiento sobre los más activos en las luchas en una primera instancia para dar paso después al aislamiento y criminalización de la protesta social. Esta es y será siempre la posición del Poder, buscar romper la lógica de la atomización estatal- empresarial debe ser el horizonte a seguir.


Notas

1 “Hacia una discusión sobre la mega minería a cielo abierto”. Maristella Svampa
y Mirta Antonelli
2 Hacia una discusión sobre la mega minería a cielo abierto. Maristella Svampa
y Mirta Antonelli
3 “Las minas de la polémica: breve recorrido por los 17 emprendimientos más
controvertidos de Argentina”
. http://www.lavaca.org/

Publicado en: Libertad! Nº 56, Septiembre –octubre 2010, Buenos Aires.
Autor: Gastón

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