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miércoles, 20 de octubre de 2010

La tragedia minera, el Bicentenario y el alma NAZI-ONAL


Viva Chile Mierda!” Espetó eufórico el empresario -y gerente del Estado chileno- Sebastián Piñera luego de comunicar públicamente que los 33 mineros atrapados en las profundidades de la mina San José (700 mts.) estaban aún con vida, después de 17 días sin que se tuviese noticia de ellos. Mediante un mensaje escrito en un ajado papel, con letras rojas y emotivas (que fue guardado en La Moneda para la celebración del Bicentenario, según señaló el mismo Piñera), en el que se leía escueta­mente “Estamos bien, en el refugio, los 33”, el día domingo 22 de agosto del 2010, se tuvo por primera vez noticia de los malogrados mineros, lo que causó gran conmoción en la sociedad “chilena”, que ya se mostraba alicaída y desesperanzada de encontrarlos con vida, en cuanto los pronósticos no eran los mejores. De la desesperanza se transitó a la alegría incontenible. Ese día, tras el aviso presidencial no sólo los familiares de los mineros y los rescatistas cantaron alegremente, entre sollozos y lágrimas de emoción, el himno nacional, sino también las personas que salieron a las calles a manifestarles su apoyo y solidaridad en el centro de Santiago, a varios kilómetros de distancia del lugar de la tragedia. En la Plaza Italia (centro neurálgico de la capital) se congregaron alrededor de un centenar de personas, sin previo aviso ni convocatoria alguna, para celebrar el acontecimiento, con sus respectivas vuvuzelas (sobrantes del mundial sin duda), banderas chilenas, escudos nacionales, y una que otra pancarta (“Viva Chile y sus mineros” decía una de las más publicitadas), mientras los automovi­listas que por allí transitaban les tocaban las bocinas azuzándolas y gritando, junto a ellas, “Viva Chile” o “Ce, Hache, I…” por las ventanas, o entonando estrofas del himno nacional. Es más, Piñera en su declaración, antes mencionada, señaló que se sentía “más orgulloso que nunca de ser chileno” (nótese: “de ser chileno”) y que no se podía dar inicio de mejor forma al “mes de la pa­tria” (Septiembre) de este año, que por lo demás tiene una connotación festiva para el poder y la clase dominante: La celebración de la creación forzosa del Estado-nación chileno (el Bicentenario). Banquete al cual no están todos invitados, por más que nos hagan creer lo contrario en sus spots publici­tarios democráticos e inclusivos y sus seudo políticas sociales.

El patrioterismo si bien no es nuevo, y se puede rastrear tristemente desde el punto de vista histórico, no ha dejado de sorprendernos estas últimas semanas a propósito de la tragedia minera y del dolor de las familias afectadas. ¿Cómo se explica lo anterior? Para intentar dar una respuesta a esta interrogante es necesario señalar que el gobierno de Sebastián Piñera ha apostado en todo momento de crisis (socio-política) por potenciar la abstracta e inexistente idea de “unidad nacional”, a través de un discurso fuertemente nacionalista, que linda en mu­chos casos con los planteamientos fascistas. Idea populista contraria, por cierto, a las ideologías que tienden a la fractura social burguesa (y por ende a la guerra social, a la lucha de clases, etc.) y a quienes las pregonan férreamente (especialmente los anarquistas y antiautoritarios), en tanto asume a la nación como una “comunidad indivisa” y enemigos irreconciliables, a quienes atentan contra ella o la cuestionan discursiva y prácticamente.

Desde su campaña presidencial Piñera ha hecho alusión, en más de una oportunidad, al concepto de “alma nacional”, entroncado con el de “unidad nacional”, el cual no sólo debe ser visto como un mero e inofensivo recurso literario por parte del magnate-presidente, sino que deber ser considerado como un término de larga data que carga con una connotación ultranacionalista innegable y que desde el punto de vista histórico ha tenido horrorosas manifestaciones socio-políticas tras la implementación de gobiernos de corte totalitario de extrema derecha en Europa. Dicho concepto fue utilizado por Piñera en diversas oportunidades tras el terremoto del 27 de febrero y hoy día, en que los medios han potenciado el nacionalismo-popular a punta de sensacionalismo y morbo por la tragedia de los obreros mineros, nuevamente lo ha traído a colación insistentemente, sobre todo si consideramos que ya se escuchan las populares y tradicionales cuecas en las radioemisoras y se vislumbra uno que otro volantín en los contaminados cielos de Santiago.

El concepto de “alma nacional” fue asido, por la derecha latinoamericana, incluida la de la región chilena, de los paradigmas teóricos del nacionalismo europeo (alemán, francés y español), especialmente del romanticismo. Dichos paradigmas asocian a las naciones, a organismos con espíritu, con almas, a seres ontológicos, y se expresaría en manifesta­ciones culturales concretas, tales como el folklore, símbolos patrios (himnos, banderas, escudos, bailes, etc.), tradiciones, etc. (eng­lobados en el concepto de cultura nacional). Asimismo, la nación y su esencia se expresa­rían en individuos escogidos (personalidades providenciales), que acogen el sentir nacional, y que combaten por extensión, a través de todos los medios represivos a su alcance, a los infiltradores de la nación -destructores del alma nacional- y de sus ideas (liberalismo, marxismo, anarquismo, etc.). De esta forma se hace urgente, perseguirlos y combatirlos, ya que la salvación de la nación supone la exclusión de los “elementos disolventes”, y si es necesaria su destrucción física. En el caso chileno, los elementos nocivos han ido cambiando con el paso del tiempo. Hacia fines del XIX y comienzos del XX fueron los liberales, socialistas y anarquistas (incluidos los demócratas), para dar paso luego a los comunistas y marxistas de todos los tintes (VOP, MIR, MJL, etc.), en el contexto de la Guerra Fría (1945-1989), mientras que hoy en día, nuevamente lo son los anarquistas -desde su irrupción a comienzos de los años noventa- y los mapuche, “terroristas por excelencia” y enemigos de la nación chilena y de la civilización occidental. De la misma forma, el nacionalismo en la actualidad se ha potenciado gracias al accionar de los medios de comunicación de la burguesía (especialmente de la TV) y las campañas de solidaridad del empresariado, que apuntan al asistencialismo y a la caridad, más que a la mejora real de las condiciones de vida y laborales de los oprimidos. Se constituyen como medidas de contención social, para aplacar, el enfrentamiento social.

A partir de lo anterior, queremos concluir que no es accidental, que ante contextos de anomia y/o fractura social (o ante tragedias socio-laborales, que causan gran conmoción en la sociedad) el gobierno de Piñera (y la derecha política en general), invoque los conceptos nacionalistas de “alma y unidad nacional”, para potenciar ideológicamente la idea de “nación chilena”, apostando por la homogeneización artificial patriotera, contraria al conflicto social, mientras sus medios de comunicación los reproducen insistentemente y le hacen publicidad gratis al empresariado avaro que se jacta de solidario, en tanto, se preocupa sólo discursivamente de “Chile y los chilenos” y no prácticamente. De esta forma, y sa­cándole provecho a la conmemoración del Bicentenario (2010) se ha potenciado, por los opresores la supuesta chilenidad construida artificialmente a sangre y fuego1, desde el punto de vista histórico, con una finalidad eminentemente demagógica y oportunista (la popularidad de Piñera tras la tragedia minera ha crecido exponencialmente), mientras que el silencio informativo respecto la huelga de hambre de los presos políticos mapuche, que mueren día a día de inanición, antes los ojos insensibles de los mismos chilenos que solidarizan fervientemente con los mineros; o sobre los montajes judiciales de los presos anarquistas y antiautoritarios (y la razzia comunicacional), no es más que una treta construida intencionalmente, por ellos mismos, para combatir y perseguir a los que atentan contra sus valores, institu­ciones y su opresor Estado-Nación; ya que les permite desviar la atención de la opinión pública, pauteada por su prensa, de las cuestiones de fondo, los problemas de los desposeídos, derivados del régimen social actual, a 200 años de vida republicana. La finalidad es simple y cae por su propio peso, al igual como lo hicieron para 1910, en el Centenario, en que la clase dominante se auto-celebró, hoy nuevamente apuesta por una celebración, ahora bicentenaria, limpia, de cartón, sin miseria, sin conflicto, sin opresión, pero también sin manifestaciones socio-populares, ni de individualidades que les agüen la fiesta a la que, por lo demás, están invitados sólo los sumisos ciudadanos chilenos, que se emborracharán con alcohol y con los discursos (ultra) nacionalistas (y xenófobos), que benefician a la minoría opresora de siempre.

*Citas:

[1]. Véase, El Adversario, “Independencia de algunos de Chile: La nación forzada y el origen de la mentiras tricolores”, Parte I y II, El Surco, N° 7 y 8 respectiva­mente. Disponibles en www.elsurco.net

Autor: Lumpen apátrida sin orgánica

Publicado en: El Surco, Nº 19, Septiembre 2010, Santiago; Chile.

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