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martes, 12 de julio de 2011

Ilegalismo anarquista: ¡Valga la redundancia

Charla del compañero Gustavo Rodríguez, en el Centro Social Okupado “Casa Naranja”, realizada el domingo 3 de julio de 2011.

El título de nuestra charla podría parecer, ante la lectura neófita, un pleonasmo. Curiosamente, muchos de los que nos asumimos partidarios de la Anarquía, también consideramos que es una reiteración hablar de “ilegalismo anarquista”; sin embargo, esta particular etiqueta toma sentido si, y sólo sí, se registra la existencia de dos posicionamientos antagónicos en torno a la concreción de la acción directa –es decir, al momento en que llevamos a la práctica toda nuestra teoría–. Este antagonismo, tan lamentable como innegable al interior de nuestras tiendas, será la causa de tan peculiares “distinciones”. Por eso, para adentrarnos en el tema que deseamos emprender, tendremos que abordar la falsa dicotomía: “anarquismo legalista” Vs. “anarquismo ilegalista”. Y, lo planteamos como “falsa dicotomía”, precisamente, porque el denominado “legalismo anarquista” es una contradicción insólita. Desde el momento en que apelamos a la legalidad estamos negando el anarquismo. El anarquismo es ilegal o no es anarquismo. Esa es su esencia y su sentido. Su naturaleza. Por lo mismo, a veces nos parece algo tan obvio que olvidamos insistir puntillosamente en el carácter antiautoritario del anarquismo y, por lo tanto, consecuentemente antisistémico ¡Rabiosamente antisistémico! Estamos contra toda Autoridad. Esa es nuestra máxima. Por esa misma razón, los anarquistas, en el instante en que nos asumimos como tal, ahí mismo, estamos ubicándonos fuera de la ley. Cuando afirmamos –como anarquistas consecuentes– que estamos contra el sistema de dominación, que luchamos contra el ordenamiento social en su conjunto, estamos objetando su orden y las leyes que le socorren. Todas las leyes se han hecho y se harán para darle soporte jurídico a la opresión y a la dominación. Si estamos contra el Estado tenemos que estar forzosamente contra las leyes que lo amparan y justifican su existencia. Entonces, los anarquistas, somos ilegales porque somos anarquistas, es decir, por naturaleza. Eso, por mucha confusión que exista –producto de la intoxicación liberal que asecha nuevamente en estos tiempos–, debemos tenerlo muy claro. Y de ahí, debe quedarnos también muy en claro que, cada vez que utilizan ese eufemismo, siempre que recurren a ese terminajo de “anarquismo ilegalista”, están haciendo alusión al anarquismo insurreccional, a sus tácticas y a sus métodos y lógicamente, lo hacen de manera despectiva –con toda la mala leche–, señalándolo con el índice, desde el pulpito, desde el pretendido “anarquismo legalista”. O lo que es lo mismo, desde la negación del anarquismo. Aquí es muy oportuna esa máxima que se le atribuye a Camilo Berneri y que Bob Black popularizó en los ochenta del siglo pasado con otras palabras pero que, sin duda, evocaba la esencia de la frase original: “son esos anarquistas enemigos de la Anarquía.”

Antes de profundizar en la historia del denominado “anarquismo ilegalista”, habría que comenzar por hacer algo de recuento sobre esa postura incongruente –conceptual y prácticamente hablando– que aboga por un “anarquismo legalista” y, paralelamente, menosprecia, proscribe y excluye, el accionar consecuente de los partidarios y las partidaria de la Anarquía. Para poder entender el por qué y el cómo cobró vida en nuestras filas un término tan ambiguo y explicarnos el peculiar interés que existe y persiste en la utilización de semejante rótulo, tenemos que recurrir –una vez más– a la pregunta ineludible: ¿qué es el anarquismo? Como bien señala Bonanno: siempre es necesario retomar el discurso con esta interrogante, aunque estemos entre anarquistas. –muchas veces, justamente por estar entre anarquistas es que resulta inevitable este cuestionamiento– . Alfredo (Bonanno), nos expone que el empleo reiterado de esta interrogante se debe a que el anarquismo no es una definición que, una vez alcanzada, pueda guardarse celosamente en una caja fuerte y conservarse como un patrimonio del cual tomamos argumentos a manera de insumos cada vez que los necesitamos. Y tiene razón. Paradójicamente, hay quienes se reivindican “anarquistas” y sostienen lo contrario; es decir, conciben al anarquismo como una ideología y lo guardan a buen recaudo –en esa caja de caudales que nos mencionaba Bonanno– para “protegerlo”, como si se tratara de un credo. Esos dogmáticos del anarquismo entienden el ideal como una Biblia inamovible que les otorga un abundante arsenal de argumentos a los que pueden apelar en cada circunstancia que se les presente y así, eluden la realidad repitiendo sus sagradas oraciones hasta el infinito. Lo inaudito, es que esta visión distorsionada del anarquismo –ideologizada, para ser exactos– es compartida por ambos bandos de las denominadas corrientes primigenias pese a sus divergencias irreconciliables. Es decir, tanto para la corriente “esencialista”, emparentada con el liberalismo, como para la “historicista”, descendiente directa del marxismo, el anarquismo va asimilarse como una ideología. Esto, de cierta forma, nos explica porque cada vez que el anarquismo se aleja de la realidad de las luchas concretas –ya sea a consecuencia de los períodos de repliegue o por los momentos de reflujo del movimiento real de los oprimidos– reaparecen estos viejos fantasmas y se degenera en ideología. En otras ocasiones, hemos insistido en esto y no nos cansaremos de repetirlo: el anarquismo obtiene su propia especificidad teórico-práctica en el momento en que rompe drásticamente con sus raíces; ahí es que se gesta como tal, revelando su carácter parricida.

Lamentablemente, salvo escasas y honrosas excepciones, la inmensa mayoría de la historiografía libertaria ha sido escrita por personas ajenas al anarquismo y en su defecto, se ha elaborado un producto edulcorado y atinadamente “acomodado” por connotados personajes académicos, por lo general, adscritos a esas corrientes primigenias que, lógicamente, han continuado su marcha de manera paralela. Así, encontraremos un amplio y voluminoso listado de historiografía libertaria, oportunamente confeccionada desde las buenas conciencias del humanismo liberal o desde la perspectiva historicista y pretendidamente científica de claro sello marxiano. En el caso particular de la historiografía libertaria disponible en lengua castellana, nos toparemos con un repertorio de historietas “libertarias” realmente nauseabundo, fabricado a la medida de las concepciones moralinas de personajes de la calaña de Carlos Díaz –conocido cagatintas al servicio del Vaticano–, Víctor García y, hasta de Fidel Miró; quienes manosearon y acondicionaron a su antojo, otras historietas previas, inventadas por los Abad de Santillán y compañía. No menos “acomodados” están los textos de Buenacasa y Gómez Casa, empeñados en mostrar las cosas según su conveniencia. Ya ni hablar de la historiografía “oficial” donde abundan ratas de la catadura de Ángel Herrerín López –escribano a sueldo del gobierno que esté de turno en el Estado español– o Juan Avilés. Desde luego, de este lado del charco, también se cuecen habas, aquí mismo tenemos joyitas del tamaño de Roger Bartra y Arnaldo Córdova, sólo por mencionar algunos y bueno, me viene a la mente otro personaje vomitivo, a quien el Estado cubano encomendó la “noble” tarea de borrar al anarquismo de la historia insular, Abraham Grobart (Fabio Grobart). Por eso hoy, tenemos que dedicarnos a hurgar. Hay que escarbar… Hay que nadar y zambullirse en medio de toda esa historiografía libertaria y tomar con pinzas la información y confrontarla con otras fuentes, aunque lo que encontremos provenga del enemigo, de la prensa burguesa de la época. Increíblemente, la mayoría de las veces, encontramos mucho más información en esas fuentes antagonistas –en la prensa, particularmente–, sobre todo, nombres y hechos, olvidados o, convenientemente, silenciados e ignorados. Pasa lo mismo con la historia “oficial”, con los textos de Herrerín y cía, allí a veces se encuentran datos extraídos de los archivos policiacos. En esos textos, con pretendido rigor académico y regularmente etiquetados como “Historia Social”, también podemos hallar información valiosa. Estos cagatintas se han encargado de recuperar algunos nombres y de exponer determinados hechos, con la clara intención de descalificarnos de presentarnos como bandidos y terroristas. Pero, a falta de estudios objetivos, de ahí hay que sacar nuestras conclusiones.

Y bueno, un poco adentrándonos en el tema de nuestra plática, definitivamente, tenemos que decir que, cuando se hace mención del denominado “anarquismo ilegalista”, es decir, del anarquismo insurreccional, por regla general, se están refiriendo a un conjunto de estrategias anarquistas implementadas, principalmente, en Francia, Italia, Bélgica, Suiza y Estados Unidos, en las últimas dos décadas del siglo XIX y las primeras tres del siglo pasado. Este período particular de nuestra historia –que, en realidad, abarca un poco más, porque ya desde 1874, en el Congreso de Madrid, se recogen los pronunciamientos insurreccionales y se recomiendan las llamadas “represalias”– sin duda, ese período fungió como parte aguas, dando lugar a esa falsa dicotomía de la que hablábamos con anterioridad, aquella de “anarquismo legalista” Vs. “anarquismo ilegalista”. Este “parte aguas”cobró mayor fuerza a raíz de las polémicas furibundas ocasionadas en Francia a finales del siglo XIX en torno al caso Duval. La expropiación de un hotel de la calle Montceauc de Paris, realizadael 5 de octubre de 1886, por los anarquistas Duval y Turquais, integrantes del grupo “La Panthére des Batignoles”, trajo consigo, un debate irreconciliable poco después de que Clément Duval fuera detenido, no sin defenderse, hiriendo al inspector a cargo de su captura. Esta polémica pronto llegaría a las páginas del periódico La Révolte, dirigido por Kropotkin, convirtiéndose en tema de discusión obligada al interior del movimiento anarquista. Rápidamente aflorarían los juicios de valor. Así, aparecieron en escena los “legalistas” que abogaban por un anarquismo evolutivo y pedagógico que conseguiría sus aspiraciones de justicia y libertad a través de la propaganda escrita u oral y la organización de las masas, acusando de “criminales ajenos a las ideas” a quienes actuaban “fuera de la ley”. Sin embargo, Duval, dejaba en claro su postura en la carta que enviaría al juez instructor –permítanme hacer lectura de un fragmento de la misma– : “En mi hoja de prisión en Mazas, he visto escrito: Tentativa de homicidio; yo creo, muy al contrario que he obrado en legítima defensa. Verdad es que usted y yo no consideramos esto de la misma manera, teniendo en cuenta que yo soy anarquista, o mejor dicho, partidario de la anarquía, pues no se puede ser anarquista en la sociedad actual; sentado esto, yo no reconozco la ley, sabiendo por experiencia que la ley es una prostituta a quien se maneja como conviene, en ventaja o detrimento de éste o del otro, de tal o cual clase. Si yo he herido al agente Rossignol, es porque él se ha arrojado sobre mí en nombre de la ley. En nombre de la libertad yo le he herido. Soy, pues, lógico con mis principios: no hay, pues, tal tentativa de asesinato. Ya es tiempo también de que los agentes cambien de papel: antes que perseguir a los ladrones, que prendan a los robados.”–Fin de la cita– Con esta carta, no caben dos opiniones al respecto: Duval, dejaba en claro que era anarquista y que, como tal, obraba consecuente fuera de la ley. Con sus palabras recalcaba lo que comentábamos al comienzo de esta charla: “los anarquistas, somos ilegales porque somos anarquistas, es decir, somos ilegales por naturaleza”.

Clément Duval, comparecería frente al juez el 11 de enero de 1887, alegando en su defensa que la propiedad, asentada en sus leyes y otorgada como derecho burgués, era el robo y que quienes acumulaban fortunas apropiándose de las riquezas producidas colectivamente eran los verdaderos ladrones, no quienes, necesitados de sustento, tomaban en su provecho, por derecho a la existencia, lo que se les había arrebatado antes. Los alegatos de Duval, reafirmaban nuevamente los principios anarquistas frente a aquellos que intentaban desprestigiarle con su moralina burguesa. Al ser condenado a muerte, quedaba, a todas luces, sentenciado por anarquista. Por eso, no faltaron las voces valientes que le defendieran en nombre de la anarquía, como Luisa Michel, quién al grito de ¡Viva la anarquía! exigiera la unidad de todos los revolucionarios conscientes en la lucha contra su condena. Finalmente, ante las fuertes presiones ejercidas, le conmutarían la pena de muerte, sentenciándolo a cadena perpetua en la Guyana. De allí, lograría fugarse y trasladarse a Estados Unidos, donde se asentaría en la ciudad de Nueva York, gracias al apoyo y la solidaridad de los anarquistas italo-americanos, con quienes trabajaría en la edición de “L’ Adunata del Refrattari”. Esta publicación “refractaria” –como bien resalta su título–, sería uno de los medios anarquistas más aguerridos de su época en territorio estadounidense y serviría de asidero para la expansión de la consciencia refractaria y la conformación de un movimiento anarquista de clara tendencia insurreccional a lo largo y ancho de la geografía norteamericana. En esa misma tesitura refractaria del anarquismo insurreccional, se editarían infinidad de periódicos a finales del siglo XIX, en varios puntos de Europa, principalmente en Italia, Francia y España. Destacarían las publicaciones impresas en Barcelona, Valencia y Zaragoza, muchas veces editadas por anarquistas italianos refugiados en España.Títulos como “El Eco del Rebelde”, “La Cuestión Social”, “Penseiero e Dinamita”–redactado por el grupo de Paolo Schichi–, “La Revancha” –editado por Paul Bernard –, “La Revancha de Ravachol”, entre otros, ilustrarían la actividad del denominado “anarquismo ilegalista” a finales del siglo XIX.

Otro de los grupos anarquistas qué destacaría, por la puesta en práctica de la expropiación, a finales de la década del ochenta del siglo XIX, en la ciudad de París, sería el núcleo conocido como “Los Intransigentes”. Fundado por dos anarquistas italianos residentes en Francia: Pini y Parmeggiani. Vittorio Pini, reivindicaría la expropiación revolucionaria –contribuyendo al debate en torno a esta práctica–, poco después de su detención “accidental” como consecuencia de una solicitud de extradición interpuesta por el gobierno italiano. Cuando las autoridades francesas registraron su casa, encontraron un arsenal y la cuantiosa suma de 500 mil francos, lo que para 1889 resultaba ser una suma elevadísima. El hallazgo policial llevaría a los tribunales a Pini y algunos de sus compañeros de grupo.

La condena de Vittorio Pini a 20 años de trabajos forzados, resucitó la polémica, llegando nuevamente a ventilarse el debate en “La Révolte”. En sus páginas quedaría registrada la opinión de sus editores al respecto –permítanme nuevamente leer unos apuntes– “Pini, jamás actuó como un ladrón profesional. Es un hombre de muy pocas necesidades, que vivía sencillamente, pobremente incluso y con austeridad. Pini robaba para destinarlo a la propaganda, eso nadie lo ha negado. En el juicio, Pini se hizo responsable único de los hechos y defendió el principio anarquista del derecho al robo o mejor a la expropiación”. Fin de la cita.

Los casos de Duval y Pini, ponían sobre el tapete el tema de la expropiación revolucionaria, situándolo en el marco de la acción directa y las tácticas insurreccionales, por lo que se retomaría el debate en la Conferencia Internacional de París de 1889, sin que se alcanzaran acuerdos a manera de conclusión al respecto. Sin embargo, existían antecedentes que mostraban lineamientos claros en relación a la acción directa que –si bien no abordaban la expropiación de manera explícita–no dejaban lugar a dudas en cuanto al empleo de una amplia gama de tácticas que iban desde las represalias a la propaganda por el hecho, justificadas desde la óptica de la insurrección permanente. El Congreso Anarquista de Londres de 1881, da buena cuenta de ello. Por cierto –quiero hacer un paréntesis como nota anecdótica–, está ampliamente documentada la participación de un anarquista mexicano en el congreso de Londres del 81. Según los registros, dejó constancia del “necesario aprendizaje de la química para la elaboración eficaz de explosivos”. También quedaría documentada la infiltración de agentes policíacos en dicho congreso y su insistente interés en desprestigiar el mismo, presentándolo como una reunión de peligrosos “terroristas” internacionales.

La polémica entre quienes, reclamándose anarquistas, justificaban la expropiación y la propaganda por los hechos y las inscribían en la amplia lista de acciones directas válidas –mismas que identificaban como medios consecuentes con el fin– y, aquellos, que, igualmente reclamándose anarquistas, las condenaban, por “amorales” y “violentas”, trajo consigo el rótulo de “anarquismo ilegalista” que hoy nos ocupa y con éste, la profundización de las diferencias en torno a la acción directa o, a la manera de como ésta se concebía según el lente con que se mirase. Dicha polémica, lamentablemente, nos ha acompañado a lo largo de la historia y ha sido aceptada o, por lo menos, asimilada, como una “ambigüedad” de base, originada en las formulaciones primigenias del anarquismo y que, por tanto, deberíamos de arrastrar por los siglos de los siglos. Sin embargo, esta pretendida “ambigüedad” es falsa y se ubica –una vez más– en el manejo acrítico, en el acomodo amañado y oportuno de los términos y en el reforzamiento de esos parentescos de los que hablábamos al comienzo, de esas familiaridades apócrifas con las que el anarquismo no puede sino reafirmar la más determinante y violenta de las rupturas. Es el reflejo de las contradicciones arrastradas a partir de esa otra falsa “ambigüedad” que pretende perpetuarse en el anarquismo justificando su origen en las corrientes de pensamiento progenitoras –que mencionábamos– y que da lugar a la tesis de “los dos anarquismos”. Esto, ya lo hemos abordado en incontables ocasiones y hemos sido rotundamente determinantes, recalcando que, para nosotros, el anarquismo es un cuerpo viviente de teoría y práctica que se gesta a partir de una configuración abierta de pensamiento y acción, encarnada en un movimiento refractario, que cobra su especificidad en el instante que concreta ese divorcio, irreconciliable, con el idealismo liberal y trasciende las limitaciones de la visión economicista del marxismo mediante la reflexión –original e intransferible– en torno al sistema de dominación y la conformación de las clases sociales.

Durante las primeras tres décadas del siglo pasado, las tácticas y los métodos del anarquismo insurreccional volvieron a tomar fuerza. En los años previos a la Revolución rusa, va a extenderse y generalizarse su práctica, cobrando nuevos bríos la expropiación y la propaganda por el hecho. Por esas fechas, alcanzaría notoriedad en Francia el grupo de “Los trabajadores de la noche”, también conocido como “la banda de Abbeville”, por el enfrentamiento armado que se suscitara en esa ciudad entre integrantes de este grupo con la policía, tras una acción fallida, resultando muerto el oficial Pruvost Alexandre Jacob, mejor conocido como Marius Jacob, sería el eje articulador de este pequeño núcleo expropiador, en el que también participaba su madre y su esposa. Había sido detenido en posesión de explosivos tras una serie de expropiaciones menores que habrían conducido a las autoridades hasta él, siendo condenado a 6 meses de cárcel. Poco después sería detenido nuevamente pero. fingiría demencia evitando una sentencia de cinco años de prisión y le enviarían a un manicomio de donde se fugaría, refugiándose en la ciudad de Sète. Allí, comenzó a organizar su grupo con personas afines que, aunque no se reclamaran partidarios de la Anarquía, en los hechos compartirían sus principios mediante un acuerdo mínimo –otra vez, permítanme leer estas anotaciones–: “sólo se usarán las armas para proteger nuestra vida y nuestra libertad de la policía; se robará sólo a los considerados parásitos sociales -empresarios, banqueros, jueces, militares, nobles y al clero, pero jamás a aquellos que realizan profesiones nobles y útiles –maestros, médicos, artistas, artesanos, trabajadores, etc. Y se destinará un porciento del dinero recuperado a la propaganda de la causa anarquista”.

Acusado de más de un ciento cincuenta expropiaciones y del asesinato del oficial Pruvost, Jacob sería llevado a juicio en marzo de1905 en la ciudad de Amiens, enfrentando la posible condena a muerte en la guillotina. Durante el proceso, dejará bien claro en los tribunales los ideales que le inspiran –aquí lo tengo–: “He preferido conservar mi libertad, mi independencia, mi dignidad de hombre, antes que hacerme artífice de la fortuna de un amo. En términos más crudos, sin eufemismos, he preferido robar antes que ser robado”. Logró escapar de la guillotina pero lo sentenciarían, con 26 años de edad, a trabajos forzados de por vida en Cayenne. Tras 17 intentos de fuga de la Isla del Diablo y con poco más de 20 años de condena cumplida, regresaría a Francia. En 1936, atraído por la irradiación de la Revolución española, Jacob viaja a Barcelona con el propósito de luchar junto al movimiento libertario, presentando una estrategia de acopio de armamento para las milicias anarquistas. Sin embargo, ya no estarían Ascaso ni Durruti y, se toparía de bruces con el “anarquismo legalista” en el poder. Decepcionado con la realidad española sentenciaría de manera lapidaria: “¿Dónde están los anarquistas? En las fosas comunes. Traicionados en las retaguardias, se sacrifican en el frente”. Desde luego, esto no lo registraría Gómez Casa ni Víctor García.

También habría que mencionar entre los muchos grupos anarquistas insurreccionales que alcanzarían notoriedad en Europa a comienzos del siglo XX a otro núcleo francés conocido como “la banda Bonnot”, ya que iniciaría sus actividades por iniciativa de Jules Bonnot y un grupo de anarquistas insurreccionales nucleados en torno al periódico “ilegalista” L’Anarchie. En esos primeros años del siglo XX, se teorizaría sobre la expropiación revolucionaria y la propaganda por el hecho en un montón de publicaciones anarquistas insurreccionales que le otorgaban particular validez a estos métodos dentro de la amplia gama de tácticas insurreccionales.

Y bueno, de este lado del charco, también hay tela de dónde cortar aunque mucha de la historiografía esté igualmente acomodada, manoseada y edulcorada, en el mejor de los casos porque, cuando nos ponemos a rastrear este tipo de información nos encontramos que, evidentemente, muchas cosas se han silenciado y condenado al olvido. Pero bueno, hay que ir hilvanando la historia con lo que hay.

Cuando nos ponemos a rastrear por acá, encontramos los antecedentes del anarquismo insurreccional en Julio López Chávez, quien mantendría una intensa actividad expropiadora y beligerante entre 1867 y 1868, siendo fusilado en julio del 68, por órdenes del gobierno liberal de Benito Juárez. López Chávez o Chávez López –ya que algunos historiadores invierten sus apellidos por lo que no se sabe con certeza cuál era su nombre correcto, incluso hay documentos de la época, periódicos principalmente, donde le llaman Julián López Chávez, en lugar de Julio– Pero, bueno… quedémonos con Julio López Chávez, había sido discípulo de la escuela moderna, la Escuela del Rayo y el Socialismo, que fundara en Chalco, estado de México, Plotino Rhodakanaty, inspirado en las ideas de Fourier y de Proudhon, pero López Chávez, abandonaría rápidamente las ideas mutualistas y se convertiría en Bakunista. Reafirmando su pensamientodiría: –permítanme leer esta pequeña cita– “Soy anarquista porque soy enemigo de todos los gobiernos y comunista, porque mis hermanos quieren trabajar la tierra en común” (fin de la cita). Rhodakanaty, se distanciaría de su discípulo por estar en desacuerdo con el anarquismo insurreccional, ya que, desde su visión idílica y evolutiva, no reconocía la acción armada consecuente con el ideal libertario. Julio López se convertiría en una verdadera pesadilla para los hacendados, flagelando incansablemente a toda la clase acaudalada del área de Chalco y Texcoco, extendiendo sus acciones a Morelos por el sur, al este hasta San Martín Texmelucan y al oeste hasta Tlalpan. Expropiaba las haciendas de la zona pero en el sentido más extenso del término, es decir, no sólo saqueaba las casas de los hacendados llevándose el dinero, los objetos de valor, las armas y todos los caballos sino que, además, repartía la tierra expropiada entre los campesinos de la región. También realizó infinidad de asaltos a diligencias en la zona, ganándose la reputación de “bandido comunista”, que era como le llamaban los periódicos de la época. Su grupo llegó a contar con más de medio centenar de integrantes, extendiendo la consciencia refractaria entre los campesinos e indígenas de la zona. Después de su fusilamiento, la actividad expropiadora e insurreccional, continúo hasta 1870, no sólo en la zona original de operaciones sino, además, se extendió a Yucatán, al ser deportados a ese estado sureño varios de sus compañeros de acción. Quince de ellos serían fusilados en la ciudad de Mérida, el 24 de febrero de 1869.

También se extendería el anarquismo insurreccional a otros estados, quedando registrada la actividad insurreccional de tres compañeros de López-Chávez, en el estado de Chiapas, que estarían involucrados en las rebeliones indígenas de 1869 y en el asalto armado a las haciendas de la región. Ignacio Fernández Galindo, su esposa, Luisa Quevedo y, Benigno Trejo, excompañeros de Julio Chávez en la escuela de Chalco, participarían activamente en las labores de organización de la lucha y en la difusión de las ideas anarquistas y la propaganda por los hechos, entre los indígenas Tzotziles. Fernández Galindo, se encargaría de brindarles entrenamiento en el uso de las armas y dotaría de tácticas combativas a la revuelta. Las autoridades estatales harían frente violentamente a la insurrección, exigiendo que los “transgresores de la Ley” que “se rindan incondicionalmente y entreguen las armas y a los cabecillas de afuera que les han engañado y manipulado”. Por esas fechas, se publicó un cartel dirigido a los Indígenas rebeldes, que apareció pegado en todos los muros de las calles de San Cristóbal de las Casas, en el que se ilustra perfectamente los sucesos –Otra vez tengo que leer aquí en mis apuntes.. a ver–: “El presidente de la República ya sabe lo que ustedes están haciendo y por eso está muy enojado y aunque aquí tenemos mucha tropa y bastantes armas, dice que va a mandar bastante gente y entonces es seguro que ustedes acaban; porque esa gente que viene no los conoce a ustedes, y por eso no los quiere como nosotros los queremos […] pidan perdón al gobierno y presenten todas las armas que tienen para que crea que es verdad lo que ustedes dicen”.

Durante la denominada “revolución mexicana”, también se registrará la acción del anarquismo insurreccional, protagonizado por los miembros radicalizados del Partido Liberal Mexicano. Las figuras de Ricardo Flores Magón y Práxedis Guerreo, serán destacadísimas en ese período revolucionario; sin embargo, muchos anarquistas insurreccionales internacionalistas, no coincidirán con esa particular apreciación que le otorga rango de “revolución” a las contiendas de la época. Específicamente, esa sería la postura de los anarquistas insurreccionales italianos que, motivados por las crónicas apasionadas que publicara el periódico Regeneración y por las fervientes arengas de sus colaboradores en la ciudad de Los Ángeles, se trasladarían en 1917 al norte de México, con la intención de unirse a la lucha insurreccional libertaria. Entre esos anarquistas insurreccionales italianos estarían Sacco y Vanzetti, quienes viajarían a la ciudad de Monterrey –donde radicaba un grupo de anarquistas italianos que habían huido del reclutamiento militar en Estados Unidos, al estallar la Primera Guerra– interesados en sumarse a la “revolución anarquista”. Pronto se decepcionarían, identificando a la “Revolución” mexicana como una lucha por el poder entre bandos opuestos. Ese grupo particular de anarquistas italianos haría historia con sus expropiaciones y sus acciones de propaganda por los hechos, a lo largo y ancho de Estados Unidos. Era el grupo nucleado en torno al periódico anarquista insurreccional “Cronaca Sovversiva”, donde también colaboraban Sacco y Vanzetti. Esta publicación, redactada en italiano, se convertiría en el arma de difusión por excelencia del anarquismo insurreccional, entre los anarquistas italianos residentes en Estados Unidos. El grupo de los insurreccionales se ampliaría rápidamente, siendo denominado por la prensa burguesa de la época como “Los Galleanistas”, en alusión al editor del periódico, Lugy Galleani. En este grupo –que en poco tiempo se convertiría en una verdadera red con presencia en las principales ciudades estadounidenses–, destacarían por su notoriedad los conocidísimos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, Mario Buda alias Mike Boda, Nestor Dondoglio alias Jean Crones, Gabriella Segata Antolini, Lugi Bachetti, entre otros que no puedo recordar. Aquí tengo otros nombres de compañeros de este grupo anotados por aquí: Frank Abarno, Pietro Angelo, Carmine Carbone, Andrea Ciofalo, Ferrucio Coacci, Emilio Coda, Alfredo Conti, Roberto Elia, Luigi Falsini, Frank mandese, Ricardo Orciani, Nicola Recchi,Giuseppe Sberna, Andrea Salsedo, Raffaele Schiavina y Carlo Valdinoci.

Las contundentes acciones de estos anarquistas los llevaría a convertirse en el grupo revolucionario más perseguido por las autoridades federales en los estados Unidos. Sin embargo, otra vez el “acomodo” de la historia y no sólo de la historia “oficial” sino de la historiografía de factura libertaria, los condenaría a ser unos perfectos desconocidos, encargándose de silenciar todas sus acciones y de “desaparecer” sus textos, reflexiones y demás aportaciones teóricas. Con la excepción de Sacco y Vanzetti, a quienes el “anarquismo legalista” se ocuparía de dotar de una historia falsa que los convirtió en “mártires” del anarquismo. Como habrían hecho antes con los anarquistas de Chicago: “Los Mártires de Chicago”. Una vez más, las conocidas artimañas para ocultar la historia. En el caso de Sacco y Vanzetti sucedió igual. El argumento que se inscribía en una lógica estrategia de la defensa para que se les declarara “inocentes”, terminó convirtiéndose en la “historia oficial” de los hechos. Con la excepción del historiador libertario Paul Avirich que se ocuparía de profundizar en la actividad anarquista de esa época y un trabajo de Bonanno sobre el tema, el resto de la literatura publicada en torno al caso Sacco y Vanzetti, niega rotundamente su participación en la expropiación por la que terminarían siendo condenados. Realmente las expropiaciones eran realizadas constantemente por el grupo en el que participaban activamente Sacco y Vanzetti y los fondos recaudados mediante estas expropiaciones se usaban para continuar imprimiendo propaganda anarquista para financiar atentados, las llamadas represalias y para auxiliar a compañeros presos y desempleados o en algunos casos a sus familias. Los atentados estarán siempre enfocados contra el Estado, el capital y el clero, siendo objeto de sus ataques banqueros, industriales, políticos, jueces, fiscales, policías y curas.

Este grupo tiene incontables anécdotas –podríamos estar aquí el resto del día contándolas– pero hay varias acciones que merecen por lo menos una breve mención, como el atentado ejecutado el 24 de noviembre de 1917 contra el Cuartel de Policía de la Ciudad de Milwaukee, donde estalló una bomba de retardo poderosísima, con varios kilos de pólvora negra. El artefacto había sido construido por Mario Buda quien era el experto en explosivos del grupo –por cierto, también haciendo uso de sus habilidades, ayudaría a Luiggi Galleani, a confeccionar un manual de explosivos que circularía exitosamente entre los anarquistas insurreccionalistas y que aparentemente tradujera al inglés Emma Goldman– Y bueno, se supo que el plan fue ingeniosísimo ya que debido a la gran actividad anarquista de la época, las estaciones de policía estaban muy bien protegidas y además tenían grandes controles al momento de acceder a estos recintos; por lo que el grupo para poder introducir la bomba en el cuartel, la colocó primeramente en los cimientos de una iglesia de la ciudad y le pasaron la información a un personaje que sospechaban era informante de la policía. Rápidamente el escuadrón de explosivos se movilizó y retiró la bomba de la iglesia, trasladándola a la estación de policía, pensando que había fallado el mecanismo de activación. Minutos después de comprobar que el artefacto se encontraba en las instalaciones, lo hicieron detonar matando a nueve policías y una víctima civil. Y bueno, con el atentado lograron matar dos pájaros de un tiro porque no sólo cumplió su objetivo, sino que además, les permitió desenmascarar al soplón. Otro atentado que merece ser mencionado, es el realizado por Nestor Dondoglio en la ciudad de Chicago en 1916. Dondoglio era un cocinero de origen italiano que se hacía llamar Jean Crones, al enterarse que se planeaba realizar un gran banquete en honor del arzobispo de esa ciudad, el arzobispo Mundelein, con la asistencia de un nutrido grupo de la jerarquía católica, se presentó como voluntario diciendo que quería donar sus habilidades y obsequiar sus exquisitos platillos a los comensales, envenenado alrededor de doscientos invitados al agregarle arsénico a la sopa. Ninguna de las víctimas murió porque en su afán por eliminarlos, Dondoglio utilizó demasiado veneno lo que provocó inmediatamente vómitos en las víctimas, logrando expulsar el veneno. Sólo moriría, dos días después del envenenamiento, el cura O´Hara, párroco de la iglesia de St. Matthew en Brooklyn, Nueva York, quien había sido capellán en el patíbulo de la prisión de Raymond St. Dondoglio, inmediatamente después del atentado, se trasladó a la Costa Este, donde fue escondido por un compañero de grupo hasta su muerte en 1932.

Por esas fechas, sobran ejemplos del accionar anarquista insurreccional, con infinidad de expropiaciones y acciones de propaganda por el hecho. La condena a muerte de Sacco y Vanzetti, serviría de detonante para incrementar las acciones. En La Habana, Montevideo y Buenos Aires, también explotarían incontables bombas en protesta por el crimen de Estado. En Argentina y Uruguay, también dejarían su huella los anarquistas insurreccionales practicando la expropiación y la propaganda por el hecho. Destacarían por su notoriedad Severino Di Giovanni y sus compañeros de grupo. También el núcleo de Roscigna, Uriondo, Malvicini y Vázquez Paredes. Tanto en Argentina como en Uruguay se continuó realizando expropiaciones y acciones de propaganda por los hechos hasta nuestros días. En el pasado reciente, destacan también entre los compañeros expropiadores el negro Fiorito, Amanecer Fiorito, y nuestro Urubú, que muriera a manos de la policía en una expropiación fallida. En Chile también tienen una larga historia los anarquistas insurreccionales, con acciones de expropiación y propaganda por el hecho, que igualmente llega a nuestros días, con pérdidas lamentables como la de Maury y este compañero que recién le estalló el artefacto en las manos –Luciano–, si, exactamente Luciano.

Aquí en México, la expropiación ha sido y es una práctica recurrente aunque, por regla general, no se reivindique. Bueno, con la excepción de Acción Anarquista Anónima de Tijuana que sí ha reivindicado expropiaciones en sus comunicados. Tampoco podemos olvidar, a manera de homenaje y reivindicación, al compañero Mariano Sánchez Añón, de origen aragonés, exilado primero en Francia –cuando tuvo que huir de Mas de las Matas, su pueblo natal–, tras la insurrección anarquista de diciembre de1933 y, después, se refugiaría por acá en México, tras el triunfo del fascismo franquista. Llegaría a estas tierras a bordo del Ipanema, junto a su compañera Armonía de Vivir Pensando, entrando por el puerto de Veracruz. Inmediatamente sería reubicado en una finca en Santa Sabina, Chihuahua, donde lo enviarían a trabajar como jornalero por sus orígenes campesinos y su experiencia agropecuaria. Pero, Sánchez Añón, no renunciaría al ideal anarquista y continuaría en México con su actividad revolucionaria. Rápidamente, comienza a organizar a los peones en donde laboraba contra la explotación a la que estaban sometidos y le dispara al encargado de la finca, dándole muerte. Buscado por la policía, tendrá que trasladarse a la ciudad de México junto al compañero Francisco de Diego Salas. Por acá, fundarán un grupo de acción, integrado por cinco compañeros españoles que se negaban a renunciar a las ideas anarquistas y a la acción revolucionaria, como les exigía el gobierno de México, como requisito para otorgarles asilo. Participarían en varias expropiaciones hasta la fallida operación de la Cervecería Modelo.

Mariano Sánchez Añón, sería cobardemente vilipendiado por la Federación Anarquista del Centro y las pretendidas “Juventudes Libertarias” de San Luis Potosí, quienes publicarían un comunicado condenando la expropiación a la Cervecería Modelo y, acusando de “gánsteres” a los compañeros españoles exilados que participaron en dicha acción.–Aquí tengo el comunicado pero, igual si desean, pueden leerlo en línea, este comunicado se encuentra alojado en el sitio de la Biblioteca Virtual Antorcha– Desde luego, la expropiación de la Modelo, así como el propio Mariano Sánchez Añón y sus compañeros de ideas, recibirán también la condena de algunos de los libertarios españoles refugiados por acá, los denominados “bomberos” –lógicamente porque apagaban el fuego cada vez que era necesario– los connotados “santones” del exilio inmovilista, entre los que se contaba uno que otro “cincopuntista”, como Fidel Miró.

Curiosamente, cuando los compañeros nos pidieron que presentáramos este tema, que preparáramos esta plática, encontramos un archivo valiosísimo que está sin ordenar pero que tiene mucha información qué bien valdría la pena sacar a la luz para que se conozcan las actitudes antagónicas de esos “dos anarquismos”. Les hablo del archivo del Comité Técnico de Ayuda a los Españoles en México (CTAE). Este “comité” tiene la peculiaridad de haber sido creado por Juan Negrín, el jefe del gobierno republicano, a modo de continuación del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles, fundado en Francia, con el financiamiento del Gobierno de la República. Presidido por José Puche, el grupo se mantuvo en contacto con varias Secretarías de Estado y con el propio Lázaro Cárdenas, para coordinar la llegada de los refugiados, el arribo de los vapores Sinaia e Ipanema. Después continuaría con su particular labor, digamos… de “enlace”, con el gobierno mexicano; también se encargó de suministrar subsidios individuales, alojamiento y alimentos, préstamos para emprender negocios. El Comité fundaría, con capital del Gobierno de la República, la Financiera Industrial Agrícola, con ese financiamiento, abrirían la Empresa Vulcano, la Editorial Séneca, el Instituto Luis Vives, la Academia Hispano-Mexicana, el Colegio España y otros colegios en los estados. Se puede encontrar algo de esto en Internet a raíz de las memorias publicadas del exilio español pero el archivo existe y tiene muchísima información. Lo más sorprendente es la participación de varios anarquistas en este comité, encargados de rendir “informes” frecuentes de la actividad anarquista por estas tierras. Ahí encontrarán varios reportes de Ricardo Mestre, Fidel Miró y Adolfo Hernández, precisamente sobre Mariano y otros compañeros, en los que se les tilda de “violentos”, “tarados de la guerra”, “atracadores” y “bandoleros”. En fin…

Pues, definitivamente en nuestros días, las expropiaciones revolucionarias siguen siendo un vehículo imprescindible de financiamiento para las actividades anarquistas, tanto para la realización de acciones como para la edición de propaganda anarquista, libros, publicaciones, etc. En regiones como Grecia e Italia, donde el anarquismo insurreccional tiene gran actividad, destacan muchísimos compañeros y compañeras que, constantemente, van a parar a prisión por expropiaciones fallidas. Alfredo Bonanno, Pipo Staicy, Christos Stratigopoulos y Yiannis Dimitraki, estos últimos aún continúan en prisión, víctimas, además, del silencio y la condena del “anarquismo legalista”. También siguen tras las rejas por expropiación los compañeros Claudio Lavazza, Giovanni Barcia y Gilbert Ghislain, anarquistas insurreccionales italianos, presos en el Estado español. Además, están encarcelados por expropiación los compañeros españoles Giorgio Rodríguez, Juan José Garfia, este último está en la cárcel desde 1987. Y un montón de compañeros y compañeras que ahora no recuerdo sus nombres. También en Chile y Argentina.

Por eso, cuando abordamos el denominado “ilegalismo ácrata”, lo hacemos señalando el tamaño gigantesco de esta incongruencia pero, además, reconociendo que con ese eufemismo se están refiriendo al anarquismo insurreccional y entonces, tenemos que reafirmar la vigencia y la objetividad de la propaganda por el hecho y la expropiación, tácticas éstas que reconocemos como prácticas consecuentes con nuestros principios, apropiadas para los momentos de repliegue y retroceso del movimiento real de los oprimidos y para los períodos de reflujo, rearticulación y acumulación de fuerzas. Pero, precisamente por eso, no debe reducirse nuestro actuar a la acción por la acción misma, sin ideales ni principios que la reafirmen, sino como consecuencia directa de esos principios y esos ideales llevados a la práctica. Por ese motivo, no coincidimos con los compañeros que, como Miguel Amorós, a pesar de ser contundentemente críticos con el falso anarquismo “legalista” y la farsa de la organización ficticia sostenida exclusivamente con la propaganda oral y escrita, caen en el lugar común de aseverar que el anarquismo en general –en su totalidad– sufrió una metamorfosis en la que abandona la táctica insurreccional y se transforma en una ideología ajena a las luchas reales.

Si bien es cierto que en el período que denominamos “anarquismo en transición”, acto seguido a la derrota del anarco-sindicalismo español, se produjo una ideologización en amplios sectores del anarquismo, una degeneración ideológica –al abandonar todo contacto con la realidad y refugiarse en las ideas abstractas de las corrientes primigenias–. También es cierto, que todo el liberalismo “libertario”, inmediatamente después de la Revolución francesa, pujó incansablemente por el abandono de las prácticas insurreccionales y por la degeneración ideológica en la que hoy se encuentran sumidos, sentando las bases de ese liberalismo humanista y filantrópico que aún predican desde los sagrados templos del anarquismo “oficial”. En ese mismo costal, no se puede echar a quienes, consecuentemente y acorde con las circunstancias impuestas por un contexto de retroceso de las luchas, continuaron en pié de guerra contra la dominación, con las tácticas y los métodos correspondientes a ese período de decadencia del movimiento real y de dispersión y retroceso de las luchas. El propio Amorós, ha reconocido en sus múltiples críticas al anarquismo insurreccional, que en condiciones de repliegue y retroceso de las luchas, la organización mínima es la única posible y también, ha subrayado la imposibilidad de la ofensiva contra el sistema de dominación en pleno retroceso de las luchas. Entonces nos preguntamos ¿cómo no pueden reconocer que ha sido precisamente en esos períodos de decadencia y retroceso que, limitados por las circunstancias, se han puesto en práctica otras formas de lucha refractarias con el objetivo de no darle la menor tregua al enemigo?

Al no aceptar el reformismo ni los procesos evolutivos ni la actitud contemplativa del “anarquismo” legalista, nos situamos frente a la disyuntiva de quedarnos cruzados de brazos a espera de que estén dadas las condiciones “objetivas y subjetivas” o, articular e impulsar otras acciones refractarias que nos mantengan vivos, en pié de guerra y no den tregua al enemigo, no de un solo segundo de paz al sistema de dominación.

Consideramos que reconocer las tácticas y los métodos que corresponden a cada período de lucha es imprescindible para elaborar una crítica unitaria. Estamos convencidos que mientras no se propague la consciencia refractaria, no se logrará la recomposición del movimiento real de los oprimidos y mientras no se concrete esto, no podremos extender las luchas y alcanzar la insurrección generalizada. Esos, son los ingredientes indispensables para hacer reventar en pedazos este viejo mundo que habitamos y concretar la destrucción total del actual sistema de dominación pero no nos detendremos a esperar por la maduración del proceso revolucionario, no esperaremos ni por la Revolución y tampoco nos preocupa mucho si ésta se concreta o si jamás se verifica, porque las revoluciones conocidas –desde la francesa hasta nuestros días–, han degenerado, todas, en procesos reformistas, autoritarios y dictaduras que únicamente han ayudado al fortalecimiento del Estado. Nuestra lucha es y será por la liberación total, por la Anarquía. No nos conformamos con menos ¡Gracias!

*Charla de Gustavo Rodríguez, en el Centro Social Okupado “Casa Naranja”, Tlanepantla, estado de México. Domingo 3 de julio de 2011.

Publicado en: http://www.kaosenlared.net/noticia/ilegalismo-anarquista-valga-redundancia

sábado, 2 de julio de 2011

La mirada propia: especificidad teórico-práctica del anarquismo

En el presente trabajo intentaremos destacar la especificidad teórica del anarquismo clásico para, desde allí, analizar cómo ésta se manifiesta en lo que hoy hemos denominado anarquismo post-clásico. Asumamos, en este momento, que el anarco-sindicalismo ha sido –al menos para los sindicalistas anarquistas– la expresión más genuina de la lucha de clases en un estado pretendidamente depurado de “impurezas”, de mediaciones y de representaciones de tipo político. Situémonos ahora en el momento en que tales ideas se encuentran en vías de maduración y, recordemos que las mismas no resultaron ser una proyección automática de una posición social dada sino una opción entre otras: el municipio libre, las asambleas llamadas soviets, el grupo anarquista, la comunidad experimental y aún las cooperativas.[1] Aceptemos, naturalmente, que cualquiera de esas opciones también puede ser considerada como expresiva de la lucha de clases, aunque ahora habrá que admitir que lo será no directamente sino a través de mediaciones conscientes ejercidas por individuos y grupos que le otorgan al hecho social básico sus propias refracciones teóricas y sus propias marcas de actuación. Sin embargo, si lo anterior es efectivamente así, sólo cabrá concluir que las diferencias que separan a tales prácticas del anarco-sindicalismo son diferencias básicamente de grado, por cuanto éste tampoco es un mero reflejo de la situación de clase, aunque esté indudablemente más cerca de ésta que las restantes expresiones alternativas. Pero si lo está, curiosamente, esto obedece a que la lógica de la organicidad sindical está estrechamente vinculada a la lógica de organicidad del capital y a sus modalidades de despliegue; y aun cuando no la reproduzca totalmente, y conserve todos los grados de libertad que le sean posibles, ésa seguirá siendo su plataforma de lanzamiento. Por eso es que la huelga constituye su arma preferida y de mayor frecuencia de uso y por eso es que ésta se reduce –políticamente en relación con el poder y jurídicamente en relación con la propiedad– a la lucha por el control o la gestión de las decisiones productivas.[2]
El problema, de alguna manera, parece estar situado en torno a la definición misma de clase y a las oscuridades que rodean el manejo del término en el período de existencia unitaria de la 1ª. Internacional; un espacio neblinoso, donde se habla muchas veces indistintamente de los trabajadores, los obreros, los asalariados o los proletarios y, con frecuencia menor de la merecida, también de los artesanos; cuando no mucho más ampliamente de los oprimidos, los desposeídos o los desheredados, como forma de englobar además a los campesinos pobres y a esa categoría incomprensible despectivamente denominada “lumpenproletariado”. En este terreno, como en muchos otros, es preciso reconocer que el movimiento anarquista en sus comienzos –una vez relegado Proudhon a un segundo plano–[3] ubicó su teorización a la retaguardia del pensamiento marxista[4]; se acomodó, aunque no siempre con agrado, a su agenda teórica y adoptó sin muchos miramientos una conceptualización que, como veremos más adelante, no le sería luego del todo funcional y mucho menos coherente. Pero el propio marxismo no estuvo, durante este período, exonerado de imprecisiones a diestra y siniestra[5], que nos permiten encontrar incontables afirmaciones descuidadas y panfletarias, como aquellas sobre las que versa el Manifiesto Comunista y las restrictivas consideraciones que sitúan la conformación de las clases en torno a la producción y la apropiación de plus-valía.[6] Sea como sea, lo cierto es que, a impulsos de la teorización marxista se constituyó cierto saber entendido en cuanto al problema de la formación de las clases, situándose básicamente ésta –en lo que al proletariado se refiere– en torno a la categoría de explotación y al consiguiente saqueo de la plus-valía correspondiente. En términos más generales, se admitía que el espectro de clases de una sociedad resultaba de los diferentes tipos de relación existentes entre éstas y los medios de producción.
La clase era, entonces, el producto de cierta situación social común, conformada esencialmente a partir de los contenidos económicos de la misma; lo cual articulaba coherentemente con la cosmovisión marxista. Además, dicha conceptualización parecía reunir los requisitos epistemológicos mínimos, al menos para una época tan profundamente marcada por el paradigma de la mecánica newtoniana como horizonte y límite de toda modelización con pretensión científica. Pero el problema era que el marxismo pretendía ser bastante más que una radiografía de la sociedad; su aspiración básica consistió en ser una teoría del cambio social, una teoría de la revolución, una teoría de la lucha de clases y, a través suyo, de la historia toda. Siendo así, las observaciones más elementales apuntaban a la constatación de que ya no era la clase como situación social expresada en términos de máxima abstracción la que entraba en acción sino un segmento determinado que había resuelto traducir sus puntos de partida en vocación de lucha y apuesta por el futuro. El problema del marxismo residió, precisamente, en que no pudo captar las diferencias y centró sus análisis de la lucha de clases más en las clases que en la lucha, suponiendo ingenuamente que la una era la consecuencia directa de la otra y que sólo se trataba de distinguir –en clave hegeliana pero a manera de trabalenguas sociologizante– a la clase en sí de la clase para sí. Marx apoyaba sus elaboraciones en la convicción de que la existencia determinaba la conciencia,[7] pero se olvidó de indagar el hecho, para nosotros evidente, de que ninguna existencia real es reducible ni expresable en términos de su relación –ya no sólo predominante sino además excluyente– con categorías conceptuales abstractas como la producción y la apropiación de plus-valía. De tal modo, la teoría marxista –y muchas veces por extensión el anarquismo, particularmente el anarco-sindicalismo– quedó atrapada en sus propias insuficiencias conceptuales para recorrer el camino que iba desde la definición estructural y cientificista de las clases hasta las revueltas históricas concretas. Pero no seríamos completamente justos si no dejáramos constancia de que esto parece haber sido advertido por el propio Marx, lo que le obligó a dejar momentáneamente de lado los corsés de su teorización para inclinarse concretamente sobre los problemas que planteaban los movimientos históricos reales. [8]
En términos cientificistas y estructuralistas, el arco de coherencia marxista fue realmente implacable: la existencia determinaba la conciencia y la única existencia medianamente interesante era aquella definida por la situación económica de clase; el empuje progresista de la burguesía conllevaría el desarrollo de las fuerzas productivas y, por lo tanto, del propio proletariado; en cierto momento, las relaciones de producción opondrían un muro de contención a ese desarrollo; entonces, y como por arte de magia, estarían dadas las condiciones materiales para el advenimiento del socialismo, precedido de una revolución obrera capaz de desplazar a la burguesía en el timón del Estado y de modificar definitivamente las relaciones de dominación política de algunos países dados que, en concordancia con lo medular del esquema, no podían ser otros que Inglaterra y Alemania, precisamente las sociedades que presentaban una maduración plena de las fuerzas productivas. Los restantes países, mientras tanto, tendrían que esperar el decurso histórico que los aproximara a las circunstancias que Inglaterra y Alemania ya ostentaban en tiempos de la 1ª. Internacional. Por esa razón, el protagonismo que el marxismo asignaba al proletariado estaba asociado con su condición de “clase en ascenso”, de clase representativa de las formas de producción tecnológicamente más avanzadas de la época; que no eran otras que las de la gran industria, el gen en que ineludiblemente habría de sentar sus reales la vanguardia revolucionaria. En este marco, Marx y Engels encuadraron tanto los acontecimientos históricos de su tiempo como los del porvenir inmediato y, por lo tanto, lo fundamental de su producción intelectual estuvo más orientado a destacar los componentes estructurales de la situación de clase que la lucha de clases en sí: las experiencias de lucha y la conciencia que en ellas se desarrollaba fueron efectivamente objeto de atención, pero de una atención subalterna con respecto al núcleo de la teoría general.
Tan fue así que Marx transformó permanentemente en blanco de sus ironías y sus burlas a todos los oponentes del campo socialista que se atrevieron a proyectarsobre los trabajadores, sus movimientos y sus luchas, una mirada diferente. El desarrollo de la gran industria –y, con ella, el de la clase obrera que allí se gestaba– era la única expectativa revolucionaria realmente seria, mientras que el resto de las visiones estaban llamadas a confundirse con las banalidades del cristianismo, las chabacanerías del humanitarismo o los delirios utópicos del falansterio. Dentro de la concepción materialista de la historia no había lugar para sensiblerías y las elucubraciones sobre el problema de la conciencia o sobre los criterios de justicia a aplicar en tal o cual situación no resultaban ser más que compromisos ancestrales heredados del idealismo o, en el mejor de los casos, una agenda anticipada para los tiempos en que el “reino de la libertad” sustituyera al “reino de la necesidad”. Fue por eso que Marx jamás llegó a incorporar a la teoría, en forma responsable y oportuna, ningún problema social que no tuviera una articulación coherente con su concepción central de la historia y con su visión “materialista” de las clases sociales. Esto explica su profundo despiste sobre la penetración del colonialismo británico en Asia o su justificación de la anexión por parte de Estados Unidos de los territorios de California, Texas y Nuevo México. Asimismo, valdría la pena preguntarse quiénes serían los “aliados tácticos” de esta perla de su pensamiento: “La prohibición general del trabajo infantil es incompatible con la existencia de la gran industria y, por tanto, un piadoso deseo, pero nada más. El poner en práctica esta prohibición –suponiendo que fuese factible– sería reaccionario, ya que reglamentada severamente la jornada de trabajo según las distintas edades y aplicando las demás medidas preventivas para la protección de los niños, la combinación del trabajo productivo con la enseñanza desde una edad temprana es uno de los más potentes medios de transformación de la sociedad actual”.[9]
En este contexto teórico, Marx y Engels no estuvieron en condiciones de apreciar la distancia y los tortuosos recorridos existentes entre la situación de clase y los antagonismos, enfrentamientos, conflictos, luchas y beligerancias que se planteaban en el terreno de las relaciones políticas de dominación propias de una sociedad dada. Tales procesos, siempre que evidenciaran algún inesperado “desfasaje”, eran interpretados casi como caprichos de la realidad y de la historia, meros episodios que sólo podían asimilarse –a la corta o a la larga– a la contradicción mayor y determinante que se planteaba entre la burguesía y el proletariado, a la que más temprano que tarde habrían de asimilarse las clases secundarias así como todos y cada uno de los elementos más remolones de las dos clases principales. Esa visión de las clases como entidades unitarias e indivisibles, y sobre todo la necesidad de que las mismas se correspondieran más o menos exactamente con sus expresiones políticas, demoró considerablemente la distinción entre organizaciones sindicales y partidarias. Para Marx y Engels fue totalmente incomprensible –al menos hasta el momento de la ruptura en el Congreso de La Haya de 1872– que la propia Asociación Internacional de Trabajadores no se pensara a sí misma como el partido de clase que ellos creyeron estar construyendo durante ese tiempo.[10] A la política –tanto como al derecho, a la religión, a la moral, a la filosofía y en algún momento también a la ciencia, al arte, a las costumbres sexuales y a los hábitos culinarios– sólo podía arribarse, al menos en términos que tuvieran algún sentido histórico y valieran realmente la pena, a partir de una situación de clase estructuralmente definida por las relaciones de producción y el desarrollo de las fuerzas productivas, que ya se encargarían de “determinar en última instancia” cualquier aspecto concebible de la vida en sociedad. Así, la conclusión inevitable de esta “determinación en última instancia” no podía ser otra, traducida a los términos de la construcción socialista, que la socialización de los medios de producción como clave de bóveda; lo cual, en algún momento, haría innecesario al propio Estado y conllevaría su inevitable “extinción”.
El marxismo de base estructuralista –que, sin dudas, fue el grueso del tronco marxista y el que comandó las experiencias del “socialismo realmente existente”– se planteó, en clave ideológica, como opuesto a las condiciones constatables de vida y a la experiencia histórica concreta; anulando, disolviendo, deformando o minimizando todo lo que no encajara en forma coherente con su esquema básico de funcionamiento de la sociedad y de la historia.[11] Una lógica de conjuntos teóricamente administrada forzó unidades allí donde sólo había diversidad, confiriéndole un valor ontológico que desbordaba sobremanera su existencia histórica específica. Incluso, cuando las exigencias teóricas de un tiempo que ya no era el de su alumbramiento llevaron al marxismo estructuralista a una sofisticación de sus planteamientos que apuntaba a incorporar las carencias más notorias y a resolver los errores más evidentes, esto no pasó de ser un barroquismo modernizador que se mostró incapaz de revolverse contra sus bases fundacionales y sus esquemas de origen.[12] Porque, en definitiva, al marxismo decimonónico también le corresponden “las generales de la ley” y mal se le puede reclamar a una teoría aquello que su época no ha puesto todavía en condiciones de producir: el contexto cultural e ideológico, el humus conceptual, la disponibilidad de procedimientos y las formas de hacer ciencia o de generar pensamiento social existentes en tiempos de Marx y Engels no fueron los mismos que los de un siglo XX que luego vio pasar ante sus ojos la física cuántica y a las matemáticas no lineales, a la antropología cultural y al psicoanálisis, al pensamiento borroso y a la teoría del caos, a la semiótica y al post-estructuralismo o, en otro orden distinto, a la revolución rusa, la formación del bloque soviético y el desplome del “socialismo real”.
Pero hay un aspecto que, desde el punto de vista teórico, es aún más importante y que no hemos siquiera insinuado todavía. En la concepción marxista, la clase constituye un contenido absoluto y, en esa medida, condiciona las configuraciones políticas o las dota –en condiciones de igualdad formal– de un sentido distinto, según cuál sea la clase que ejerza efectivamente el poder. Para Bakunin, en cambio, las configuraciones políticas –suponiendo que sólo quepa considerarlas como tales– generan sus propios condicionamientos e instituyen una esfera relativamente autónoma y relativamente prescindente de la clase que ejerza titularidad en ellas. Cuando Bakunin sostiene que el más humilde de los obreros, sentado en el trono del zar de todas las Rusias, se transformaría en un breve tiempo en un gobernante tan cruel y tiránico como el propio zar,[13] está sosteniendo de hecho que las formas del poder político gozan también de la facultad de crear clases sociales cuya distinción no guardará ahora relación con la propiedad de los medios de producción sino con la facultad de ejercer algún tipo de dominación. Y no se tratará tan sólo de una metáfora aguda ni de una profecía sin sentido: bajo esta concepción se cobijan las razones por las cuales se escindirá la Asociación Internacional de Trabajadores, se insinúan los primeros diseños de una teoría de la burocracia y se anticipan los derroteros que algunas décadas después seguirán las experiencias socialistas de inspiración marxista. Casi cien años más tarde, con la arrogancia que lo caracterizaba y una olímpica ignorancia de la época, el filósofo marxista Louis Althusser sentenciará una vez más: "Transformar el mundo no es explorar la luna. Es hacer la revolución y construir el socialismo, sin regresar hacia el capitalismo. El resto, incluida la luna, nos será dado por añadidura".[14] Hoy, luego de las azarosas realidades que el socialismo marxista se encargó de confirmar, al tiempo que llovía sobre mojado, rendía tributo al anticipo bakuninista y “regresaba” al capitalismo sin pena ni gloria, parece claro que ha llegado el momento de revisar cosas de tanta relevancia como la teoría de la construcción socialista, la teoría de las clases y, por supuesto, también la exploración y la conquista de la “luna”, que no nos será dada de casualidad ni meramente por añadidura.
Si intentáramos ahora un reordenamiento y un resumen de lo expuesto habría que decir que el discurso del anarquismo clásico se fundó efectivamente sobre una concepción de la lucha de clases centrada en la oposición entre la burguesía y el proletariado, careciendo de una elaboración teórica afinada en tal sentido y, por tanto, mostrándose dependiente de los contenidos y los ritmos que en la materia impusieron Marx, Engels y sus seguidores. Sin embargo, esto no implica que el anarquismo clásico no contara con una mirada propia sobre el tema y con elementos más que suficientes para distinciones que no dejan mucho lugar a dudas. En primer lugar, el movimiento anarquista no asignó papeles históricos a la clase obrera como reflejo del desarrollo de las fuerzas productivas sino a partir de su rol constructivo en el establecimiento de una sociedad comunista, basándose en criterios de solidaridad y justicia distributiva y, por lo tanto, abriendo el espectro de sectores laborales protagónicos sin vanguardismos excluyentes o anticipaciones hegemonistas. En segundo término, el movimiento anarquista no entendió que entre una situación social común y el papel jugado en las luchas contra las estructuras de dominación hubiera un camino previamente determinado, inexorable y continuo, sino que tal recorrido debía estar necesariamente mediado por la conciencia, por la auto-organización, por la voluntad y por la preparación del enfrentamiento. Por último, el movimiento anarquista encontró su más fuerte especificidad teórica en el supuesto de que la propiedad o, genéricamente, la relación con los medios de producción, no era el único y excluyente factor de formación de clases, sino que las propias instancias de dominación –y el Estado muy particularmente– eran también mecanismos generadores de grupos sociales a los que, al menos, cabría reputar de privilegiados. Nada de esto fue objeto en su momento de una sistematización y una profundización teóricas; no obstante, constituyen una herencia fuerte y suficiente desde la cual trabajar; sobre todo, luego de un recorrido histórico que, en principio, no parece haber hecho otra cosa que confirmar la tonicidad de aquella originalidad y obligarnos hoy a especificarla aún más, actualizarla e inscribirla en el marco post-clásico en el que creemos encontrarnos. Pero antes, tendríamos que saldar algunas cuentas postergadas y abocarnos a la elaboración de un balance histórico, objetivo y riguroso, que nos permita soltar amarras y abandonar la confusión que hoy nos arroja a la inútil selección entre inercia e inmovilismo.
Gustavo Rodríguez
San Luis Potosí
A 26 de junio 2011


Notas:
[1]Véase, Max Nettlau, La anarquía a través de los tiempos, págs. 105 y 106. Ediciones Júcar, Madrid, 1978. Debe tenerse imperativamente presente que traer a colación ahora las posiciones de Nettlau no pretende más que facilitar una ubicación de época, pero de ningún modo sostener que éstas sean las alternativas que se nos presentan en la presente circunstancia histórica.

[2] No obstante, no podemos olvidar otras interpretaciones de la expresión programática de esta lucha por la gestión de las decisiones productivas. Para Buenaventura Durruti no es otra que la expropiación y lo manifestaba con palabras ejemplares: “La Federación Anarquista Ibérica patrocina el atraco colectivo, expresión de la revolución expropiadora. Ir a por lo que nos pertenece. Tomar las minas, los campos, los medios de transporte y las fábricas, porque nos pertenecen. Esto es la base de la vida. De aquí saldrá nuestra felicidad, no del Parlamento” (subrayados nuestros). Cit. en Abel Paz, Durruti, pág. 268; Editorial Bruguera, Barcelona, 1978.

[3] No es posible en este trabajo sopesar el papel de Pierre Joseph Proudhon en las polémicas de la Asociación Internacional de Trabajadores. Su influencia sobre Bakunin es indiscutible, pero no carente de ciertas ambigüedades. El peso específico de las ideas proudhonianas sobre los trabajadores internacionalistas franceses está también fuera de duda. Sin embargo, las propias inconsecuencias de Proudhon hicieron que su incidencia sobre el movimiento obrero europeo fuera declinante entre un momento de auge que correspondería situar a nivel de su Premier Memoire –que mereciera el rendido homenaje del propio Marx– y sus posteriores incursiones en el tema de las clases. Cf., de Proudhon, ¿Qué es la propiedad?; Editorial Proyección, Buenos Aires, 1970 y La capacidad política de la clase obrera; Editorial Júcar, Madrid, 1977.

[4] Esta afirmación puede ser discutida hasta la saciedad, por lo que bien valdría la pena realizar algunas aclaraciones. Para empezar, es necesario ubicarse históricamente y tener en cuenta que, para las fechas que estamos hablando, el pensamiento marxista estaba produciendo ya lo que fueron sus máximas teóricas y había constituido alrededor suyo un aparato hegemónico que controlaba de hecho a la Asociación Internacional de Trabajadores. El movimiento anarquista, mientras tanto, era todavía un imperfecto mecanismo sin demasiada fuerza ni extremada conciencia de sí. Por lo tanto, sostener que ese movimiento embrionario se encontraba teóricamente en la retaguardia, en lo que respecta a la temática de la Internacional no constituye demérito alguno y, además, no implica desconocer que la elaboración bakuninista fue esencialmente autónoma y constituyó tempranamente centros de interés y líneas de construcción –la libertad, concretamente– muy poco influidos por el marxismo.

[5] Como lo está cualquier pensamiento en vías de elaboración. Además, si esto ocurre, con frecuencia mucho mayor de la que se está dispuesto a reconocer, en elaboraciones de tipo académico, con más razón todavía ocurrirá en teorizaciones que no pueden hacer mucho más sino entablar una fuerte relación con las luchas políticas, que las condicionan y les dan prioridades y nociones que generalmente no pueden ser abordados con una racionalidad integral y excluyente, una pretendida neutralidad de lenguaje y un desapasionamiento absolutamente inoportuno.

[6] Hay que decir que el barniz científico que habitualmente se le otorga al concepto de plus-valía es muy discutible. Como se sabe, el concepto adquiere sentido en el marco de la teoría del valor-trabajo y ésta hoy solamente puede ser considerada, más que en cuanto adecuada descripción de la realidad, en tanto prescripción y criterio de justicia sobre cómo la realidad debería ser finalmente ordenada.

[7] Bakunin no usa expresiones demasiado diferentes al referirse a este problema, aunque quizás puedan leerse entrelíneas algunas elucubraciones teóricas que apuntarían en otra dirección.

[8] Sin dudas, la mejor prueba de ello es La guerra civil en Francia –en Tomo I, pág. 460 y ss., de las Obras Escogidas de Karl Marx y Friedrich Engels en dos tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1955. Por otra parte, en torno a este tipo de dificultades es posible encontrar, aunque indirectamente, la clave de las diferencias entre los marxistas cuya piedra fundamental es el materialismo histórico como ciencia y quienes creen que lo es la dialéctica, pero como “método”.

[9] Karl Marx, Crítica del Programa de Gotha, en Tomo II, pág. 28, de las Obras Escogidas en dos tomos; Editorial Progreso, Moscú, 1955.

[10] Se trataba, desde luego, de la proyección de la “existencia” y de su correspondiente reflejo en el plano de la “conciencia”. Eso explica, por ejemplo, que en el marco de las resoluciones adoptadas por la 1ª. Internacional en La Haya se dijera que “el proletariado no puede actuar como clase si no se constituye como partido político distinto” (cit. en Eduardo Colombo; El espacio político de la anarquía, pág. 54; Editorial Nordan-Comunidad, Montevideo, 2000). La asimilación teórica entre lo social y lo político, como se ve, tenía consecuencias prácticas evidentes y hacía ya sus correspondientes estragos. En este terreno y en lo que tiene que ver con la distinción entre organización sindical y organización de tipo “partidario” no hay duda que la práctica de Bakunin y sus compinches se anticipó notoriamente a la rezagada elucubración marxista.

[11] Como ya se ha insinuado más arriba, la presente discusión ha venido librándose sólo contra una de las dos grandes corrientes en que puede subdividirse la tradición de inspiración marxista. La otra gran corriente, que básicamente se sostiene en una lectura del marxismo no como ciencia de la sociedad y de la historia sino como una teoría crítica, descansa sobre bases diferentes y recorre un camino de elaboración que ocasionalmente presentó ciertos puntos de contacto con el anarquismo; un camino que pasa por el primer Georg Lukacs, Karl Korsch, la Escuela de Frankfurt, algunos tramos de Jean Paul Sartre, Guy Debord y, más recientemente y antes de su conversión reformista, Perry Anderson, entre muchos otros. Desde luego, nada de eso podrá ser abordado aquí, por lo que nos conformaremos con remitir al comentario de Alvin Gouldner en Los dos marxismos; Alianza Editorial, Madrid, 1983.

[12] El más sonoro intento de “barroquismo modernizador” fue el de la escuela de pensamiento inspirada por Louis Althusser. Cf. del autor su adopción del concepto freudiano de “sobredeterminación” como intento de superación de la original “determinación en última instancia” en “Contradicción y sobredeterminación”, incluído en La revolución teórica de Marx; Siglo XXI Editores, México, 1999. De inspiración althusseriana, y como abordaje que intenta rescatar la autonomía relativa de lo político y la complejidad de la estructura de clases, el trabajo más representativo es el de Nicos Poulantzas; ver., Poder político y clases sociales en el Estado capitalista; Siglo XXI Editores, México, 1985.
[13] La idea es, para nosotros, la auténtica piedra de toque que da a la concepción anarquista su especificidad. En ella se dibujan los principales elementos de ruptura con el marxismo y, por tanto, la autonomía teórica que tal vez no se desplegara hasta entonces con lujo de detalles. Siendo así, un trabajo serio de recomposición teórica debería revisar y corregir conscientemente todo cuanto había dicho Bakunin en línea con un materialismo histórico centrado en la “determinación en última instancia” de los factores económicos; una re-lectura que, desgraciadamente seguiremos debiéndonos.

[14] La frase fue pronunciada por Althusser el 23 de enero de 1968 durante su intervención en el Seminario Hegel realizado en el Colegio de Francia bajo la dirección de Jean Hyppolite.


Tomado de Kaos en la Red: http://www.kaosenlared.net/noticia/mirada-propia-especificidad-teorico-practica-anarquismo