Se ha producido un error en este gadget.

Total de páginas visitadas

viernes, 10 de junio de 2011

El retorno al pragmatismo “socialista” de los 70: De la guerra de Vietnam al culebrón venezolano

Me gustaba la literatura pasada de moda: latín de iglesia, libros eróticos ignorantes de la ortografía, novelas de nuestras abuelas, cuentos de hadas, libritos infantiles, viejas óperas, estribillos bobos, ritmos ingenuos.

Arthur Rimbaud

La década de los 70 del siglo XX fue, sin que quepan dudas al respecto, la de mayor expansión stalinista; no sólo en términos de territorios gobernados por esa invocación sino también en aquellos otros más etéreos pero igualmente importantes que guardan relación con una maciza influencia intelectual. No es extraño, por lo tanto, que la misma se recuerde con devoción por parte de quienes ven en ella el escenario privilegiado de realizaciones y promesas que luego sufrieran una drástica y dolorosa interrupción. Es sabido, sin embargo, que no es posible volver atrás y ni tan siquiera recuperar en un contexto distinto y con décadas de retraso aquel elemento del pasado evocado con mayor nostalgia. No obstante, es exactamente eso lo que celebraba y proponía Atilio Borón hace cinco años en polémica librada con Luis Hernández Navarro a propósito de las evaluaciones que les mereciera el Foro Social Mundial (FSM) realizado en Caracas en enero de 2006: “Hernández Navarro manifiesta su preocupación porque, según su entender, en el Foro prevaleció la propaganda anti-imperialista ortodoxa sobre la heterodoxia propia de las anteriores ediciones del FSM. ‘El pensamiento de izquierda de los setentas’, asegura, ‘ha renacido y se está comiendo otras expresiones del pensamiento crítico’. […] qué tiene de malo el renacimiento del pensamiento de izquierda de los setentas. ¿Que se ‘coma’ a otras expresiones del pensamiento crítico? Si se las pudo comer debe ser porque no eran tan rigurosas y críticas como se suponía, o porque carecían de esa capacidad para ‘abrir nuevos horizontes’ emancipatorios como muchos pensaron. Por otra parte, si la reinstalación de temas como el estado, el poder, el imperialismo y el socialismo son obra de la izquierda setentista pues, ¡enhorabuena!, porque se trata de asuntos que jamás debían haber sido postergados y que, al hacerlo, lesionaron gravemente la capacidad de los movimientos contestatarios para luchar eficazmente contra sus enemigos.”[1] De tal modo, Borón nos anunciaba en sus propios términos el revival de la izquierda stalinista en su versión de los años 70 del siglo XX, animado tangencialmente en América Latina por la “revolución bolivariana” y complementado a nivel mundial por cosas tan curiosamente significativas como los triunfos y accesos gubernamentales en Nepal y en Chipre o la exótica proclamación del poder soviético en dos aldeas estonias.[2] Y no se trata de desmerecer la importancia de los temas en los que Borón se justifica –el Estado, el poder, el imperialismo y el socialismo– sino de proclamar que éstos no pueden tener ya la misma formulación que tuvieran décadas atrás dando a problemas nuevos soluciones viejas y a las preguntas de hoy las respuestas de antaño. En este sentido, el revival stalinista bien puede ser calificado desde el inicio como un movimiento teórico-político regresivo.

A todo esto, sólo cabe continuar este desarrollo respondiéndonos antes cuál es exactamente el elenco de este revival; al menos en el campo latinoamericano o, cuando mucho, en los algo más vastos territorios de las lenguas ibéricas: operación evidente por sí misma, pero que nos permitirá precisar sin mayores objeciones el campo de protagonismos cubiertos por el presente análisis. Una definición puramente nominal nos diría entonces que allí revistan los residuos orgánicos del bloque soviético –los viejos partidos “comunistas”, para ser más claros–, increíblemente algunas fracciones del trotskismo[3], la proclamada pero no practicante herencia de las guerrillas guevaristas hoy nucleadas en el Encuentro Conosur[4], los remanentes más o menos exóticos del maoísmo y aquellas variedades a las que cabría calificar de proto-stalinistas; y todo ello sin que falten a la cita algunos cultores “antediluvianos” del stalinismo puro y duro, en deslumbrado recuerdo de sus próceres, como Enver Hoxha.[5]Obviamente, nos estamos refiriendo a las distintas denominaciones del leninismo stalinista. Habrá que decir, entonces, que por stalinismo entendemos muy sintéticamente a aquella derivación (o “desviación”, según algunos teóricos trotskistas) del marxismo-leninismo que se concretó fundamentalmente en tanto práctica orientada a la conquista del poder por parte de una hipotética vanguardia clasista organizada en un partido jerárquico y centralizado de “revolucionarios profesionales” que luego será monopólico y excluyente incluso de las fracciones internas; un partido pensado para monitorear las aproximaciones sucesivas hacia la conquista del poder por medio de estrategias de “acumulación de fuerzas” en torno al “enemigo principal” y una conquista del poder entendida como la instauración de una “dictadura del proletariado” y ésta a su vez como el preámbulo inexorable y como condición imprescindible de una construcción “socialista” que siempre hubo de consumarse a través de la estatización y la planificación centralizada.[6] Esta concepción fue la que sucumbió sin recuperación posible en esos pocos años que –tratando de situar tentativamente un comienzo y un final– van entre la asunción de Gorbachov al frente del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y la propia desaparición de la URSS; y ésa es la concepción que hoy se pretende reanimar como si la crisis sólo hubiera dado por tierra con la casa matriz pero sin haber rozado en nada a sus múltiples y variadas derivaciones.

Uno de los grandes problemas del revival, sin embargo, es que el propio Stalin resulta inseparable de la casa matriz; algo que es inocultable para aquellos resucitadores que no pueden menos que apelar a la gesta originaria para su eventual oxigenación. Y es por eso que todas sus apelaciones tienen el inconfundible aroma del movimiento nostálgico. Es así que no puede encontrarse otra cosa que la monótona repetición de los esquemas de origen, como cuando Raúl Calvo Trenado afirmaba sin demasiados rubores y con ejemplar sinceridad: “Quedaba definitivamente asentado el concepto de partido como vanguardia organizada a la conquista del poder desenmascarando las tendencias conciliadoras y oportunistas que habían convertido los partidos socialdemócratas en máquinas electorales que representaban (si acaso) al proletariado para jugar a la negociación parlamentaria cuando el electoralismo debe ser utilizado sólo cuando interese como caja de resonancia.” (subrayados nuestros). Y lo hacía, para colmo, en el contexto de un artículo que hasta en el título recurre a una metáfora completamente extemporánea y con casi un siglo de retraso; como si las revoluciones del futuro debieran ser entendidas una vez más como el asalto de aquel Palacio de Invierno que de por sí ya funciona como una figura retórica poco lograda sobre la naturaleza del poder.[7]

Para Calvo se trata de comenzar de nuevo el mismo ciclo desde su más lejano comienzo sin reparar demasiado en condiciones históricas abrumadoramente diferentes ni tampoco en el fracaso apabullante de la experiencia previa: otra vez más se contemplará el mundo a la vista del Palacio de Invierno; errática pero eficaz metáfora de la toma del “poder político”. Borón, algo más prudente y quizás hasta “posibilista”, se encarga de “actualizar” el desfase y se conforma con el retorno de la izquierda de los 70.[8] Sin embargo, la lógica del revival es la misma y, si en aquel entonces, la función emblemática de las inminencias “socialistas” fue cumplida a satisfacción plena por la guerra de Vietnam, ahora ese papel se le asignará al culebrón venezolano liderado por el “comandante” Hugo Chávez y conocido como “revolución bolivariana”..

En efecto, la guerra de Vietnam fue el símbolo revolucionario más fuerte y más representativo de los años 60 y 70 del siglo pasado y no hay duda que el retiro de las tropas norteamericanas admitió en su momento ser interpretado no sólo como una derrota ocasional sino prácticamente como el final de sus insolencias belicistas y como el correspondiente comienzo del triunfo “socialista” a nivel mundial. Aquel heroico pueblo del sudeste asiático se batió sin medias tintas con la principal potencia militar de la época –que casualmente sigue siéndolo todavía en el siglo XXI– y se consumó como el ejemplo a emular por la izquierda revolucionaria en estas latitudes latinoamericanas: “crear dos, tres, muchos Vietnam es la consigna” decía Ernesto “Che” Guevara en su Mensaje a la Tricontinental de abril de 1967 y ése fue el horizonte de su propia inmolación. La “revolución bolivariana”, mientras tanto, no es vista exactamente como su réplica textual pero sí se le adjudica una función similar: constituirse en estas latitudes latinoamericanas en el vector de vanguardia en el derrumbe y la sepultura de los Estados Unidos y, por ende, en tanto la antesala del “socialismo”; un “socialismo” que ya no se reconocerá estrictamente como leninista en cuanto a sus invocaciones teóricas básicas sino que habrá de presentarse como el “socialismo del siglo XXI”.


La conducción de la “revolución bolivariana”, tal como se ha insinuado, no es leninista; y no sólo no lo es por descuido sino que no lo es expresamente y por deliberada convicción. No obstante ello, lo interesante del caso es que concita en torno suyo las expectativas leninistas de casi todos los pelos y casi todos los colores. Esto ha sido así por cuanto las reflexiones leninistas propiamente dichas la perciben, entre otras cosas, como la superación de una situación previa en el campo popular que producía urticaria a los sobrevivientes de la concepción difunta. Veamos lo que nos recetaba Claudio Katz, en el marco de su arremetida contra el “autonomismo”: “Desde mediados de los 90 la prédica autonomista tiene buena recepción en América Latina. Sus teóricos son atentamente escuchados y sus propuestas prácticas despiertan gran interés. Pero este escenario ha comenzado a cambiar con la aparición de nuevos gobiernos nacionalistas y de centroizquierda. El ascenso de Lula, Kirchner y Tabaré, el afianzamiento de Chávez, el resurgimiento de Fidel y la gravitación de López Obrador modifican el cuadro que favoreció la expansión de las tesis libertarias”[9]¡Más claro, imposible! El “autonomismo” latinoamericano volvía a agitar los viejos fantasmas que tanto preocuparan al autoritarismo “comunista” –el anarquismo, el consejismo, el extraparlamentarismo– y entonces el antídoto no puede elaborarse en otro laboratorio que no sea el de la toma del poder del Estado y el ejercicio del gobierno. Y, al igual que lo que ocurría con Borón, para Katz también se trata de satirizar y de anular las experiencias renovadoras –reunidas arbitrariamente todas ellas bajo el rótulo de “autonomismo”– con la mira puesta en la recuperación de las estrategias de la izquierda setentera: “La izquierda puede retomar el legado de los 70 si reconstituye su proyecto socialista”.[10] Parece ser que el legado irrenunciable al que Claudio Katz apela y llama a rescatar de manera puntual, no es otro sino el fatídico pragmatismo “socialista” que caracterizó a los años setenta, justificando las más infames traiciones en nombre de “la razón de Estado” en el contexto de la denominada “Guerra Fría” como telón de fondo. Todos los indicios apuntan a que ese pragmatismo “socialista” cobra vida en nuestros días en la Venezuela “bolivariana”.

Repitámoslo: la conducción de la “revolución bolivariana” no es leninista, pero alcanza y sobra con su consolidación en la titularidad del Estado, con una tenaz y “amenazante” prédica “anti-imperialista” de su parte y con proclamar su intencionalidad “socialista” para que casi todos los leninistas de tomo y lomo la contemplen de allí en adelante ya no con indulgencia sino con especial embeleso y como la consumación de los vaticinios más reiterativos de su recuperado determinismo histórico. La “revolución bolivariana” será así, a falta de algo mejor, la expresión y la reactualización “realmente existentes” de la izquierda setentera y el Vietnam de los comienzos del siglo XXI. Ha llegado el momento, pues, de aproximarnos al culebrón venezolano, al pragmatismo del “socialismo del siglo XXI”; y nada mejor que comenzar con un somero repaso de los argumentos de sus amanuenses más comprometidos. Empecemos, entonces, con Albert Escusa, uno de los más acérrimos defensores del revival del pragmatismo “socialista”

Albert Escusa se cuida celosamente de reconocerse como stalinista stricto senso y bien podría ser clasificado como uno de los más notorios exponentes de lo que hemos denominado “cripto-stalinismo”; incluso aunque ocasionalmente muestre cierta “preocupación” por desmarcarse de alguno de los más notorios tics de dicha concepción. Ello no le impide rendirle el tributo correspondiente a una de las piedras miliares del stalinismo: el pragmatismo “socialista” y es así que nos dice lo siguiente en alusión a la cobarde deportación de Joaquín Pérez Becerra: “En el caso de la deportación de Joaquín Pérez encontramos unas motivaciones similares a otros procesos revolucionarios que se han visto obligado a firmar tratados internacionales desiguales y humillantes realizados bajo la presión injerencista, las amenazas y chantajes, y a veces, desgraciadamente, sin que ni siquiera puedan mediar tratado legal alguno que ampare tales medidas, injustas desde el punto de vista humano y legal, pero quizás inevitables desde otros aspectos que pudieran ser infinitamente más importantes. Afirmaciones del estilo «una revolución nunca debe hacer tal o cual cosa» son muy bonitas ante la galería pero no ofrecen soluciones concretas ante los problemas reales, como tampoco aquella famosa ley que dice que «no se pueden transigir con los principios»: ¿a qué se consideran «principios», a la protección individual de una persona sobre el interés del pueblo de Venezuela o a la protección de este mismo pueblo ante una coyuntura nacional e internacional muy dura? Lamentablemente, muchas veces hay que escoger entre una opción u otra” (subrayados nuestros). Para remate enmarca estas afirmaciones en un artículo que desde el comienzo –en el propio título– ya apela a las descalificaciones a priori, dando por hecho que todo aquel que se atreva a cuestionar las decisiones tomadas por “los dirigentes que los pueblos reconocen legítimamente como suyos” es portador de una “doble moral” e ipso facto se ubica en el seno de “la izquierda bienpensante”. Pero, en el mismo texto, Escusa se excusa y sitúa el revival del pragmatismo “socialista” en su justo territorio: “la década de 1970”.[11] Desde allí intenta satanizar e invalidar las críticas revolucionarias y las somete bajo un mismo rótulo, quedando todas agrupadas caprichosamente como “doble moral de la izquierda bienpensante”, en evidente recuperación del pragmatismo “socialista” del stalinismo setentero.

En el desafortunado artículo, Escusa aprovecha y, de paso, ratifica –con la misma óptica maquiavélica–, la justificación de incontables traiciones del gobierno cubano a luchadores revolucionarios en el transcurso de la “incuestionable” conducción del ex presidente Fidel Castro y nos receta en cuatro apretados renglones, a manera de sentido mea culpa, la oprobiosa extradición de casi un centenar de luchadores revolucionarios: “Recordemos cuando, a finales de la década de 1970, el gobierno cubano, acosado por una campaña internacional que lo acusaba de complicidad con el terrorismo, decidió extraditar a todos los que secuestraban aviones por motivos políticos y los dirigían hacia La Habana: tales secuestros finalizaron en el acto.”[12] De un plumazo evita entrar en detalles, no nos ofrece números y elimina nombres, rostros, historias… Sin embargo, consideramos importante, justo en este momento y ante los reiterados ejemplos de pragmatismo “socialista” ahora ejecutados por el gobierno bolivariano de Venezuela, recordarle a Escusa y cía., el lamentable derrotero de tortura y cárceles sufrido por aquellos combatientes por la libertad gracias a ese pragmatismo “socialista” que él con tanto ahínco defiende.

Bastaría entonces con presentar el caso del compañero Lorenzo Kom’boa Ervin, luchador afroamericano ex Panteras Negras, que desviara un avión a Cuba el 25 de febrero de 1969 al ser buscado por el FBI por sus actividades revolucionarias, preso en la Isla y deportado a la extinta Checoslovaquia donde “extrañamente” fue localizado por agentes del FBI, arrestado y extraditado a Estados Unidos de Amerikkka; allí recibió un juicio racista en una localidad perdida del estado de Georgia y fue condenado a cadena perpetua. Tras una intensa campaña internacional de la “izquierda bienpensante” –esa que no quiere “salirse de lo políticamente correcto, del izquierdismo de apariencia radical pero desprovisto de esencia real”.–y por motivos de enfermedad, sería excarcelado 15 años después. Otro caso notorio –por lo obsceno de su esencia– sería el de los luchadores mexicanos “refugiados” en Cuba y el nefasto rol jugado por el castrismo castrense en contubernio con la dictadura del “Revolucionario Institucional”. Las famosas “recogidas” y los traslados a la Isla de la Juventud de estos revolucionarios cada vez que el asesino de Tlatelolcovisitaba la Isla y era recibido y alabado como “compañero Luis”. Cabría reseñar, además, los reiterados “castigos” a los indomables que se negaban a ser cómplices de esas “vacaciones” pactadas y hacían hasta lo imposible por salir de Cuba e incorporarse a la lucha. Tal es el caso de Alberto Sánchez y sus compañeros de la Liga de los Comunistas Armados de Monterrey –miembros después de la flagelada Liga Comunista 23 de Septiembre–, quienes desviaron en 1972 un avión de Mexicana de Aviación a La Habana, exigiendo que los acompañara la compañera Edna Ovalles, herida y presa por las autoridades mexicanas, junto a otros seis desaparecidos. Al llegar a La Habana fueron sometidos a juicio militar en la prisión de La Cabaña y enviados a realizar trabajos forzados en Valle de Picadura junto a viejos comunistas y revolucionarios de la lucha contra la dictadura de Batista, presos y castigados por “disidentes”. La odisea de estos revolucionarios y sus intentos de abandonar la Isla para continuar la lucha, involucraría a Hilda Guevara –hija del fallecido “Che” Guevara y, para esas fechas (1973), esposa de Alberto Sánchez– por lo que se le negaría primero, la actualización de su pasaporte en la embajada mexicana de La Habana y, después, la salida de la Isla. Así podríamos continuar relatando la historia de la infamia y enumerando una nutrida lista de sucesos similares como la ignominiosa entrega a las autoridades españolas –que el mismo Escusa cita– de miembros del “Comando Aralar” de ETA, refugiados en la embajada cubana de Madrid en noviembre del año 2000. Pero esto también tiene excusas para Escusa, porque si no se acalla toda esta afrenta puede ponerse “en peligro las relaciones bilaterales entre dos países y [con ello] cause un grave daño a la revolución y al pueblo de Cuba”.

Para Albert Escusa la detención y extradición de Joaquín Pérez Becerra; la encarcelación y deportación de los guerrilleros colombianos Nilson Navarro, Priscila Ayala Mateus, Oswaldo Espinosa Barón, Carlos Julio Tirado y Carlos Duban Pérez –a quienes reconoce como “desafortunados”–; y, seguramente, la detención y probable extradición de Julián Conrado, “como máximo” debe ser calificado de “triste error político”[13]. Punto y se acabó ¡Fin del tema! Sin duda, pésima parodia de la guerra de liberación vietnamita, de las pifias de la revolución cubana, del “comunismo de guerra” y hasta de la Nueva Política Económica (NPE), la “revolución bolivariana” se consume entre desplantes mesiánicos, traiciones, parasitismo estatal y corrupciones por doquier, un proyecto que avanza a golpes de caprichos e improvisaciones y cuyo rostro más deleznable en términos estructurales consiste en la apresurada formación de una nueva élite dominante a la que con acierto se ha dado por llamar “boliburguesía”. Pero ejerce el poder político centralizado, la teatralización y la promesa; todo lo cual parecería bastar para continuar provocando el acompañamiento solidario así como justificar el revival del pragmatismo stalinista y hasta su razón de ser: un entusiasmo no carente de de oscilaciones dignas de un electrocardiograma y de contradicciones en las que habrá que reparar necesariamente para registrar a cabalidad la situación.

Pero estos “desastres” no tienen por qué parecer raros puesto que el problema no radica en los sucesos de superficie sino en las propias bases tácitas o explícitas de razonamiento y elaboración. En efecto, la trasposición mecánica, caprichosa y arbitraria de los rasgos de un ciclo histórico que ya concluyó junto con sus protagonismos, nociones e instrumentos básicos, no puede dar lugar a otra cosa que a un desbarajuste irresoluble de aparentes contrasentidos como éste que nos ocupa. Se trata de los nuevos apóstoles del stalinismo contra los sobrevivientes, pero siempre girando en torno a la disputa del poder absoluto o de las parcelas y migajas que quedan libradas al juego político correspondiente a la orilla del camino. En definitiva, si hay algo que es ajeno a todo esto, eso es nada menos que el problema y el drama de la libertad y del socialismo; esos acertijos fundamentales que siempre espantaron (y espantan) al stalinismo y que el leninismo no supo resolver en el tramo histórico que le correspondió como suyo y que menos podrá hacerlo repitiéndose a sí mismo en los patéticos espasmos del extemporáneo revival del pragmatismo “socialista”. Sea como sea, los años 70 ya no volverán y no admiten segundas versiones: en este marco sólo podemos esperar y sufrir la estética decadente del culebrón venezolano[14] y que éste nos muestre a todas luces sus radicales inconsecuencias y las flagrantes condiciones de imposibilidad de su pleno despliegue.

Gustavo Rodríguez

San Luis Potosí

A 3 dejunio de 2011



NOTAS:

[1] Los comentarios de Atilio Borón a las opiniones de Luis Hernández Navarro están contenidos en “El Foro de Caracas: la otra mirada”, recogido en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=27284. Estas disquisiciones de Borón no deberían resultar extrañas a todos cuantos conozcan el papel de guardián del templo que éste se ha asignado frente a todo cuanto huela vagamente a novedad. Para comprobarlo, ver también "¿Posmarxismo? Crisis, recomposición o liquidación del marxismo en la obra de Ernesto Laclau", en Tras el búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo; CLACSO y Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires-México, 2000

[2] “Dos aldeas estonias proclaman el restablecimiento del Poder Soviético” en la dirección http://www.kaosenlared.net/noticia/dos-aldeas-estonia-proclaman-restablecimiento-poder-sovietico.

[3] Salvo honrosas excepciones –como es el caso de LIT-CI, la FT-CI y algunos connotados intelectuales que se reivindican de esta tendencia– encontraremos con sorprendente frecuencia un grado extremo de cripto-stalinismo al interior de las diversas y numerosas microfracciones trotskistas; esta aparente incongruencia puede quedar aclarada si nos remitimos a la matriz del trotskismo: la teoría leninista.Poco importa, entonces, que en ocasiones, los textos escritos por Lenin contradigan los hechos que generó; poco importa, por ejemplo, que Vladimir Ilich no hubiera teorizado realmente sobre el “partido único” sino el cuadro organizativo que resultó de su actuación. Siendo así, debe entenderse en este contexto por “teoría leninista” no al conjunto de sus trabajos escritos sino a la elaboración conceptual sedimentada con posterioridad a su muerte y justificada en los hechos históricos que protagonizó; un sedimento del cual, naturalmente, aquel conjunto forma parte, incluso con sus flagrantes contradicciones entre deseos y realidades, como aquellas suscitadas a raíz de la imposición de la Nueva Política Económica (NPE), ratificada por el propio León Trotsky en el X Congreso del Partido Comunista Ruso. Ése será para nosotros el “leninismo realmente existente” pero, desde luego, no es el tema que nos ocupa.

[4] El Encuentro Conosur es un espacio de intercambio de organizaciones vinculadas a la lucha armada en el período anterior como el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT-Santucho) de Argentina o el Frente Patriótico Manuel Rodríguez de Chile y también de agrupaciones de formación más reciente como Fogoneros de Uruguay. Su constitución se remonta al primer encuentro realizado en Santiago de Chile en octubre de 2006.


[5] Ver, por ejemplo, “1908, Nace Enver Hoxha, líder de la revolución socialista albanesa” en http://kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=50215 y la reproducción del discurso de ruptura del partido de Hoxha con el kruschevismo en http://www.marxists.org/espanol/enver/1960nov.htm.

[6] Repárese en que esta definición está intentando situar al stalinismo fundamentalmente como una práctica política: la de Stalin, por supuesto, y también la de quienes luego se justificaron en él.

[7] Raúl Calvo Trenado en “Sigamos asaltando Palacios de Invierno. 90 Aniversario de la Revolución Rusa”; disponible en http://kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=44453. En otro orden de cosas, reconocemos que se nos puede objetar que muchas de las citas que realizaremos no se apoyan en autores demasiado creativos o relevantes, como es el caso del mencionado Raúl Calvo Trenado. Sin embargo, esto es precisamente un hecho porque la pobreza teórica del revival tampoco permite contar con un bagaje de referencias que sea realmente significativo.

[8] Tan es así que el artículo de Borón le pareció excesivamente tímido a autores como Malime, quien aboga, en su comentario “La otra mirada de Atilio A. Borón”, por una reedición en toda regla de la internacional comunista. Ver. el artículo en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=27445.

[9] La cita ha sido extraída del trabajo de Claudio Katz “Los problemas del autonomismo”, alojado en la dirección http://lahaine.org/index.php?blog=3&p=7650. Dicho trabajo está fechado en mayo de 2005 y es por eso que en la enumeración de gobiernos que han puesto proa hacia una transformación “progresista” no se menciona a los de Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Fernando Lugo o la Señora Kirchner ni al candidato Ollanta Humala, mientras que las menciones sí existentes a “los ex presidentes Lula, Kirchner y Tabaré” hoy día no las sostendría como ejemplo de sus dichos ni el propio Katz. El gobierno de Chávez, mientras tanto, es otro tema y de eso es precisamente de lo que estamos hablando.


[10] Claudio Katz en “Centroizquierda, nacionalismo y socialismo”, ubicable en la dirección www.rebelion.org/noticia.php?id=11980.

[11]Albert Escusa en “El linchamiento de Hugo Chávez: Heinz Dieterich, los presos políticos y la doble moral de la izquierda bienpensante”; disponible en http://www.kaosenlared.net/noticia/linchamiento-hugo-chavez-heinz-dieterich-presos-politicos-doble-moral- Somos conscientes que, una vez más, no nos apoyamos en autores demasiado creativos o relevantes pero, como ya dijimos, la pobreza teórica del revival del pragmatismo “socialista” no nos ofrece mayores opciones.

[12]Id. ib.

[13]Íd. Ib.

[14]Qué bien podría intitularse “Muchas gracias amigo, usted lo merece hermano”, como atinadamente nos sugiere Ingrid Storgen.

Publicado en:
http://www.kaosenlared.net/noticia/retorno-pragmatismo-socialista-70-guerra-vietnam-culebron-venezolano

Dietrich y el “socialismo” del siglo XXI

–De la “ultima ratio de la evolución anti-capitalista” a la última Coca-Cola del desierto

No hay nostalgia peor que añorar
lo que nunca jamás sucedió.


Joaquín Sabina

De nueva cuenta Heinz Dieterich Steffan, sale al mercado y trata de vender su formulita: el “socialismo del siglo XXI” y nada mejor que recetárselo a los enfermos crónicos. Si bien tuvo resultado en los “socialismos” debutantes latinoamericanos y logró consolidarlos disimulando el inmenso abismo entreprédica y práctica –la larga e imparable serie de errores que hoy desemboca en la alianza “táctica” del chavismo con el paramilitarismo colombiano–, ahora puede ser bien efectivo para reanimar un muerto: el “socialismo” castrense castrista. Veamos lo que nos dice a manera de diagnóstico, en el marco de sus alabanzas a “la revolución más profunda que Karl Marx contemplaba” y que él identifica en la “Revolución post-soviética, post-castrista (fidelista) o post-Stalin” que lleva a cabo Raúl Castroen la Isla caribeña: “El modelo de transición que Raúl pretende instalar descansa doctrinariamente sobre Oliver Cromwell y Friedrich List, e históricamente sobre las experiencias de China, Singapur y la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin. Es un modelo de transición binario. Solo puede tener dos desenlaces: el capitalismo salvaje o el Socialismo del Siglo XXI”[1] (subrayados nuestros).
Consideramos imprescindible, para profundizar en la concepción dieterichniana de “socialismo del siglo XXI”, echar un rápido vistazo a las ideas contenidas en su libro homónimo. Ahí encontraremos que nos dice lo siguiente: “El conflicto entre los que tienen y acumulan y aquellos que no tienen y son empobrecidos, no se resolverá por teleconferencia y filantropismo de los ladrones globales sino sólo por la conquista del poder” (subrayado nuestro).[2] O, en otras palabras, el problema sí se resolverá gracias a las convocatorias de masas presenciales en la plaza pública para escuchar por tiempo indefinido al mismo orador y también gracias al filantropismo de quienes ostenten el poder; encargados por propia voluntad y libre determinación de desparramar el bien y la justicia en los más alejados confines del planeta. Dieterich además plantea una suerte de inconfesable retorno a aquel punto teórico abracadabrante que se sitúa a una distancia aproximadamente equidistante del optimismo iluminista, del evolucionismo y de un positivismo que no encuentra modo de ocultarse detrás de sus palabras. Así, nos espeta sin anestesia que tanto los adelantos científico-tecnológicos como el conocimiento de “las variables que determinan la evolución de la sociedad” ponen a disposición –ahora sí– el “reino de la libertad” en tanto es posible apropiarse de los dos elementos clave del enigma humano: ¡“su genoma y su sistema neuronal”! De tal modo, un Dieterich regocijado y pletórico de inminencias socialistas, continúa con su derroche de esperanzas: “En la medida en que entendamos científicamente cómo funciona este sistema, su comprensión en términos nebulosos (cualitativos) -como humor, depresión, memoria, trauma, inteligencia, etcétera- cederá el lugar al conocimiento objetivo de sus potenciales y límites, proporcionando las bases para un planteamiento realista sobre las posibilidades de la sociedad futura.[3] El “socialismo” de Dieterich, pues, ya no tiene nada que ver con esos “caprichos” cualitativos y neblinosos que caracterizan a la mente humana sino que bien pueden ser tratados en términos estadísticos y de laboratorio. ¿No tendrá esto algo que ver con aquellos dislates de Lenin en persona cuando asociaba el “socialismo” con la electrificación? No se trata de romper con Lenin, entonces, sino de complementarlo con los últimos adelantos de la ciencia: “¿Quiere decir esto, que lo que Marx, Engels, Lenin y otros socialistas desarrollaron, es obsoleto para la actualidad? ¿Que ya no puede aportar nada su obra? No, por supuesto que no. Sería como afirmar que Newton es obsoleto, porque existe Einstein. Para determinadas tareas de la realidad, las enseñanzas de estos próceres revolucionarios siguen siendo vigentes; pero, para otras nos faltan los Einstein, Planck, Heisenberg y Gell-Mann del socialismo teórico” (subrayado nuestro).[4]
Pero, he aquí que el “socialismo del siglo XXI” que pregona Dieterich no acaba de romper, como sí lo había hecho Marx, con una de las claves del capitalismo: el trabajo asalariado. La concepción de Dieterich sobre el salario queda explicita en los siguientes términos: “En pocas palabras: el salario equivale directa y absolutamente al tiempo laborado. Los precios equivalen a los valores, y no contienen otra cosa que no sea la absoluta equivalencia del trabajo incorporado en los bienes. De esta manera se cierra el circuito de la economía en valores, que sustituye a la de precios. Se acabó la explotación de los hombres por sus prójimos, es decir, la apropiación de los productos del trabajo de otros, por encima del valor del trabajo propio. Cada ser humano recibe el valor completo que él agregó a los bienes o a los servicios.”[5] Aparentemente lo dijo primero Quevedo y es seguro que luego lo confirmó Antonio Machado: los necios confunden valor y precio. Es así que el galimatías de Dieterich nos dice que los valores sustituyen a los precios pero que de todos modos ambos serán equivalentes, de donde se deduce que el fin de la explotación no es mucho más que una justa paga del trabajo; el que, por cierto, no perderá su condición asalariada y, por lo tanto, subordinada a quien realice por la vía y del modo que sea la fijación del monto correspondiente independientemente de que se le llame precio o valor. Esa paga se medirá en horas y da la impresión que esas horas son las formadoras reales de los precios en estricta equivalencia con el trabajo incorporado en los bienes. Así, el “socialismo” de Dieterich no se evalúa según las relaciones de convivencia –una tontería “subjetiva”, al parecer– sino que sólo podrá ser sopesado mediante un cronómetro. ¡Bravo!: ¡que alguien nos proteja de la “ciencia”, que afortunadamente de la ignorancia podemos protegernos solos!
Pero Dieterich tiene bastantes más cosas que decirnos sobre el “socialismo” del siglo XXI: “Hoy, como en el siglo XIX, la superación del subdesarrollo en condiciones de una economía global neocolonial, sólo es posible con la estrategia de desarrollo proteccionista empleada por Alemania y Japón; después por los tigres asiáticos y en América Latina, por Cárdenas, Perón y Vargas. Esto con una diferencia vital: ya no se puede aplicar sólo a nivel nacional. El espacio mínimo para su exitosa implementación es un mercado y un Estado regional que pueda defender ante Estados Unidos y la Unión Europea el bloque proteccionista latinoamericano que permitirá el desarrollo de sus industrias, el rescate del campo, la conservación de sus recursos naturales, el fomento de las ciencias y tecnologías de punta y la defensa de una identidad propia.”[6] Dicho en otros términos, la estrategia de construcción del “socialismo” del siglo XXI –sobre todo teniendo en cuenta las familiaridades históricas que es posible trazar en esta región del mundo– no es otra que la de los conocidos populismos del siglo XX; los mismos que casualmente compartieran la inspiración provocadora de las políticas de “liberación nacional”, refrendadas por el Congreso del PCUS de 1956 y una vez superado el período correspondiente a los frentes anti-fascistas.[7] Y el hecho de que Dieterich nos hable de un “Estado regional” y no del Estado-nación cambia poco y nada las cosas pues el proyecto populista de alcance continental también era parte de las orientaciones de la época; muy particularmente en lo que respecta al general Juan Domingo Perón.
Estas disquisiciones de Dieterich en realidad no hacen más que introducirnos a su propuesta política en tiempo presente. Por lo pronto, es importante destacar que el “socialismo” no es otra cosa que una promesa a cumplir en un futuro impreciso: “Plantear la implantación del socialismo regional hoy como alternativa a la balcanización o la anexión neoliberal a Estados Unidos, no sería más que un deseo. Porque es evidente, que un proyecto político sin programa y sin sujetos sociales, es una quimera.” (cursiva en el original)[8] ¿Y cuál es el dichoso programa?: “(El) Capitalismo proteccionista de Estado”; nos contesta Heinz, entusiasmado.” Lo cual se fundamenta de este modo: “La única estrategia de desarrollo que en la historia moderna ha sido exitosa para salir del subdesarrollo neocolonial (…). Esta estrategia fue inventada por el país de la revolución industrial, Gran Bretaña, a finales del siglo XVIII. Los alemanes –que vieron de cerca el avance de la industria, prosperidad, ciencia y poder inglés– temieron convertirse en un país subdesarrollado y una neocolonia económica de Inglaterra y, para impedirlo, copiaron la estrategia del capitalismo proteccionista de Estado para convertirse pronto en la tercera potencia mundial. Cincuenta años después, los japoneses, quienes corrieron el mismo peligro que los alemanes, adoptaron la estrategia inglesa-alemana y se transformaron en la segunda potencia del mundo. En este siglo, los ‘tigres asiáticos’ siguieron el mismo ejemplo y con ello, superaron el subdesarrollo, la miseria y la dependencia.” (cursiva en el original)[9] O, más aún: “Una economía nacional moderna en América Latina sólo es viable si se sustenta sobre cuatro columnas estructurales o polos de crecimiento: 1. las pequeñas y medianas empresas (PYMES); 2. las corporaciones transnacionales nacionales (CTN); 3. las cooperativas y 4. las empresas estratégicas del Estado. Esta verdad debe constituir el punto de partida de toda teoría y planificación económica en América Latina. Sin embargo, el tema es tabú porque contradice los intereses de Washington, de Japón y de la Unión Europea.”[10] La claridad de Dieterich es rotunda y sólo los ingenuos parecen no haberse percatado: el “socialismo del siglo XXI” no es más que un largo peregrinaje que termina no en la apropiación colectiva de los recursos productivos sino en un trabajo asalariado “justamente” retribuido y comienza –conquista del poder mediante, aunque ya ni siquiera en manos del “partido del proletariado”– por las políticas del “capitalismo proteccionista de Estado”; la consabida estación transicional de la cual nunca se sabe muy bien cuánto habrá de durar ni cómo se habrá de salir.
Si, en los hechos y según su principal expositor, el “socialismo del siglo XXI” ha quedado reducido en sus comienzos al “capitalismo proteccionista de Estado”, su realización más estridente en la Venezuela bolivariana no resulta ser mucho más que su grotesca caricatura. En efecto, el gobierno del “comandante” Hugo Rafael Chávez Frías no ha demostrado ser más que una parrafada de impronta militarista que, ampliamente favorecida por la acumulación financiera procedente de los altos precios internacionales del petróleo y luego de un oportuno aprovechamiento del descalabro del sistema de partidos venezolano, supo mantener su atractivo electoral y su predicamento “izquierdista” fuera de fronteras a partir de políticas de corte asistencialista sabiamente sazonadas con una estruendosa retórica “anti-imperialista” y una limitada y polémica pero innegable proyección continental de su liderazgo.
La retórica “anti-imperialista” de la ópera bufa “chavista”; sustituye en el plano emotivo a las realizaciones propias del “capitalismo proteccionista de Estado”. Porque ¿de qué “capitalismo proteccionista” puede hablarse en un país que se ha mostrado especialmente generoso con la inversión extranjera, que ha transformado en sociedades mixtas aquello que ya estaba nacionalizado y cuyo principal socio comercial es precisamente Estados Unidos?[11] ¿qué “capitalismo proteccionista” es éste que no tiene ninguna estrategia productiva reconocible y que ni siquiera ha accedido a niveles razonables de sustentabilidad alimentaria o diseñado políticas de promoción industrial que le permitan reducir su alta dependencia de las importaciones? ¿qué “capitalismo proteccionista” puede ser el de un país que sufre los embrujos de varios mega-proyectos delirantes y que no obstante sólo se ha mostrado especialmente diligente en términos de una inversión concreta cuando se trata nada menos que de la modernización tecnológica de sus fuerzas armadas? En Venezuela no hay, entonces, ni siquiera el “capitalismo proteccionista de Estado” que ha pergeñado Dieterich como el comienzo de la larga marcha hacia el “socialismo” del siglo XXI, pero sí hay a cambio un “anti-imperialismo” declamatorio que ha colocado a Chávez como paladín de un enfrentamiento de tonalidades apocalípticas aunque no sea más que en el plano verbal mientras en los hechos se presta a hacer el trabajo sucio y a extender el Plan para la Paz, la Prosperidad y el Fortalecimiento del Estado (vecino), mejor conocido en la región como Plan Colombia. Eso, hoy por hoy, lo reconoce hasta el propio Dieterich.
Pero desde la óptica dieterichniana lo importante no es la imposible exhibición de logros “socialistas” en la trayectoria “revolucionaria” sino esa insólita reputación con categoría de espejismo que intenta transformar al “socialismo del siglo XXI” en la nueva puesta en marcha de la historia hacia su destino manifiesto. Entonces, si desde fines de los 80 del siglo pasado la debacle del “socialismo real” sumió en el mayor de los desconciertos a esos vastos contingentes de izquierda que en él depositaban con entusiasmo o de mala gana su fe en el futuro, el “socialismo del siglo XXI” no podía dejar de funcionar como una recuperación y un renacimiento de esa imperiosa necesidad de creer.
En tal sentido, Dieterich reconoce en la Isla de los hermanos Castro a un cliente potencialmente urgido. El discurso “socialista” del gobierno de La Habana ha agotado su credibilidad. El fin del proteccionismo de Estado decretado en el recién concluido VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, cambia de manera radical las reglas del juego. Los drásticos límites al ya precario “asistencialismo”; la reafirmación de la explotación asalariada –ahora, además, desde el sector privado–; la creciente inversión extranjera –que ha convertido en sociedades mixtas a muchas de las empresas nacionalizadas desde la década del 60–; y la ausencia de una estrategia productiva que al menos pudiera concretar la sustentabilidad alimentaria o disminuir la dependencia de las importaciones, ponen grotescamente de manifiesto los próximos pasos de la conducción “raulista”. En efecto, el camino está trazado. No es casual el veredicto dieterichniano: “Raúl Castro se encuentra, quiera o no, en el papel histórico de Deng Tsiao Ping, de tener que superar la crisis terminal del modo de producción soviético, so pena de colapso de la Revolución. No cabe duda, que Raúl es el único en la isla que puede realizar esa tarea. Es un revolucionario y comunista que tiene la audacia y el pragmatismo necesarios para salir de la dramática situación de precolapso del sistema. Y es el único que tiene suficiente poder para reemplazar el modo de producción soviético. Pese al idílico discurso oficial sobre reformas y profundización del socialismo, la verdad cubana es clara y excluyente: O es Raúl Castro, o es un Gorbachev con apellido cubano.” Justo antes de emitir su juicio, Dieterich se esmera y hace verdaderos malabares dialécticos para justificar el viaje en círculo: “El Partido Comunista de China evitó ese fin [en referencia al final del “socialismo” soviético] mediante la política de “apertura y reforma” (1978), conducida por el veterano de la Larga Marcha, Deng Hsiao Ping. Sobre la base de los grandes logros del periodo de Mao Tse Tung, ese modelo de transición ha sido muy exitoso. Combina elementos del sistema soviético de planificación protosocialista y del monopolio de poder político unipartidista, con mecanismos económicos del capitalismo. El resultado es una configuración de dualidad de poderes, que es dinámica e inestable. Se trata de poderes antagónicos temporalmente obligados a coexistir en una fase de acumulación de fuerzas. Como en Cuba, no se sabe el desenlace final de esta transición. Pero, a diferencia de Moscú, el modelo evitó el estrepitoso colapso del sistema y le proporcionó al Partido Comunista una moratoria histórica”[12] (subrayado nuestro). Como es obvio, desde la perspectiva de Dieterich lo importante no reside en el fortalecimiento de las autonomías sino en el monopolio del poder político: la clave de bóveda de la construcción “socialista” del siglo XXI. Cuba, sin que quepan dos opiniones al respecto, posee más de medio siglo de experiencia en el tema. Dieterich sabrá venderle la última Coca-Cola del desierto.

Gustavo Rodríguez

San Luis Potosí

A 6 de junio de 2011 .

NOTAS:

[1]Ver. Heinz Dieterich Steffan,La Revolución de Raúl Castro; disponible en:http://www.kaosenlared.net/noticia/la-revolucion-de-raul-castro

[2] Ver. Heinz Dieterich Steffan, El socialismo del siglo XXI, pág. 11 (edición en pdf, disponible en algún momento en la página web www.rebelion.org)
[3]Ibíd.; pág. 27.

[4]Ibíd.,; pág. 38.

[5] Arno Peters, de acuerdo a la mención realizada por Heinz Dieterich en Op. Cit., pág. 40.
[6] Heinz Dieterich; Op. Cit., pág. 66.

[7] Al respecto, es especialmente curioso que en nuestro continente el incipiente anticipo teórico de esta estrategia se encuentre nada menos que en León Trotsky en persona, según la particular interpretación de una corriente trotsko-nacionalista argentina cuyo principal exponente fuera Jorge Abelardo Ramos. Ver, a propósito del tema, Por los Estados Unidos de América Latina, passim; selección de textos prologada por Dionisio Villar, Editorial Coyoacán, Buenos Aires, 1961.
[8] Heinz Dieterich; Op. Cit., pág. 69.
[9] Ibídem., pág. 70.

[10] Ibídem., pág. 71.

[11] Desde una óptica anarquista, el mejor análisis sobre el carácter engañoso y de doble faz del “anti-imperialismo” bolivariano se encuentra en el libro de Rafael Uzcátegui “Venezuela, la revolución como espectáculo”, disponible en: http://issuu.com/ellibertario/docs/revespectaculo_web
Ver también del mismo autor “Globalización a paso de vencedores”, radicado en www.nodo50.org/ellibertario/descargas/.
[12]Dieterich, La Revolución de Raúl Castro; Op. Cit

Publicado en: http://www.kaosenlared.net/noticia/dieterich-socialismo-siglo-xxi

miércoles, 1 de junio de 2011

Por qué 2001 no fue un fracaso

A casi diez años de las revueltas que dieron lugar en Argentina, principalmente en la ciudad de Buenos Aires y en el conurbano, nos topamos con las acampadas en distintas ciudades del territorio español. La asociación ente ambas experiencias parece por momentos evidente y por momentos rebuscada. Según se lean las similitudes o las diferencias podrían decirse muchas cosas.

Entre tantos hilos posibles, encuentro que existe una resonancia muy significativa entre ambas experiencias. No estoy nombrando una causalidad, sino una reverberación. En diciembre de 2001 había trazos de Cochabamba, de Seattle y de Génova que, más que antecedentes, eran algo así como nodos de una onda sonora que se amplifica con la reverberación. Ya la experiencia zapatista había vuelto a poner en discusión las ideas emancipativas que parecían muertas luego del avance mundial del neoliberalismo como patrón cultural hegemónico de la posmodernidad.

Ahora en las acampadas resuenan todas estas experiencias de ruptura. La primera lectura más o menos generalizada, en el seno de las organizaciones de carácter emancipativo, e incluso en tantas opiniones de café, es que todo terminará en la nada. “Como en 2001”, se repite una y otra vez. Encuentro dos formas generalizadas de referirse a 2001: como un fracaso, o como una crisis. Sin embargo, somos varios los que sostenemos que allí ocurrió otra cosa, otra cosa que se ubica en el punto ciego de las miradas tradicionales de las políticas hegemónicas y revolucionarias, otra cosa que no sólo no terminó en nada, sino que aún no terminó. Esto recién empieza.

De modo que quisiera repasar algunos puntos que son claves para repensar aquella experiencia, y que bien pueden aportar al pensamiento de las experiencias actuales.

1- Pedirle peras al olmo.

En estos momentos se promociona, casi publicitariamente, la revuelta española como una Spanish Revolution. Se discute acerca de los alcances que esta “revolución” pudiera tener, cuánto habrá de cambiar las condiciones materiales de la sociedad, qué tan burgueses son sus adherentes, cómo convertir el proceso en un proceso “verdaderamente revolucionario”. Lo mismo se discutía de aquél fenomenal “Que se vayan todos”.

Y entonces aparecen las primeras profecías autocumplidas del fracaso. Entre el principio de deseo y el principio de realidad, la ansiedad suele producir fracasos. En otras palabras, más que evaluarse las situaciones desde dentro, desde las potencias que se despliegan efectivamente en la situación, se hacen evaluaciones trascendentes con la pretensión de alcanzar de forma inmediata sueños teleológicos, aspiraciones enlazadas con fines de última instancia, con “posiciones de máxima”.

Si alguien creía que las asambleas de los años 2002 y 2003 iban a constituirse como órganos de gestión social, política o económica, capaces de desplazar la estructura política del Estado, seguramente se habrá decepcionado. Pero el punto es preguntarse hasta dónde cabía semejante pretensión. ¿En función de qué argumentos, de qué observaciones, podía decirse tal cosa? Como contraparte, se leía la pura agregación de motivos, ordenados todos en descontentos individuales más o menos mezquinos, asociados a intereses económicos pequeñoburgueses. Por un lado, la excesiva pretensión del deseo. Por otro la reducción pragmática a las determinaciones materiales según intereses constituidos, propios de la estructura inmediatamente anterior al estallido de la revuelta. Pero en ningún caso (o casi en ninguno) se observa el aspecto político del asunto, lo que tuvo de disrupción frente a la política del momento.

Y es que la experiencia de 2001, tanto como la de estos días en España, como las anteriores ya citadas, fueron experiencias políticas, no económicas ni sociales. No es que no hubiera ni haya aspectos económicos y sociales. Tampoco digo que no puedan evaluarse ciertos factores económicos o sociales como disparadores de semejantes experiencias. Pero hay algo que cambia, hay algo nuevo, y la novedad, precisamente, es política.

¿Qué es lo que hace que, frente a situaciones de conflictividad social, con los argumentos que sea, se tome una u otra posición? ¿Por qué se sale a la calle o no se sale? Y, sobre todo, ¿por qué se sale de una forma o de otra?

Se puede responder a las primeras dos preguntas dando preeminencia a las fallas gubernamentales y a la intensidad de los conflictos (lo cual llamaré el paradigma de la crisis), o incluso al trabajo sostenido de las militancias emancipativas en los tiempos inmediatos anteriores (lo cual llamaré el paradigma del fracaso). Pero la tercera pregunta no tiene respuesta posible con las herramientas previas de la situación de que se trate, salvo que se pretenda oscurecer las novedades que surgen, ahí donde surgen, suponiendo que deberían surgir en el abstracto de las doctrinas trascendentales de la filosofía política.

La dinámica al interior de todos los casos nombrados, están atravesadas por discursos y prácticas que marcan el aspecto fundamental de lo que ocurre, marcan la diferencia de lo que ocurre respecto de lo que otras veces ha ocurrido y respecto, sobre todo, de lo que podía esperarse que ocurra antes de que ocurra. Voy a listar cinco aspectos que se me hacen los más relevantes al respecto, y que encuentro coincidentes tanto en el caso de 2001 como en el de ahora (posiblemente extensibles también a los anteriores):

1- prácticas horizontales descomponiendo patrones de representación política (“ni sindicatos ni partidos”),

2- aspectos ciertamente igualitarios (todos hablando en nombre propio y cualquiera pudiendo hablar),

3- dinámicas solidarias y autogestionarias, administrando colectivamente los esfuerzos y la satisfacción de las necesidades,

4- apelación a la construcción de espacios colectivos a partir de las diferencias existentes, esto es, rechazo de las hegemonías igualizantes en la búsqueda de una igualdad a partir de las diferencias,

5- ocupación concreta y efectiva de espacios públicos, es decir, de los espacios que simbolizan la existencia de un sujeto colectivo presente y no representado (“uso público del espacio público”, se decía no hace tanto en Tigre, cerca de Buenos Aires, o “la calle es nuestra”, como marca de la intervención comunicacional, mayoritariamente artística, en las calles)

Como cabe esperar de cualquier movilización popular, ambos procesos han sido habitados por contradicciones a veces exasperantes. Que gritos como el “Que se vayan todos” soporte sentidos como la petición de un recambio de autoridades que sean más representativas de la opinión pública, puede enloquecer a cualquiera. Lo mismo ocurre cuando la ruptura con el orden representativo a través de la presentación de las personas en los espacios públicos, rechazando cualquier intermediación institucional, se hace en nombre de más y mejor representatividad. Consignas inmediatamente anteriores, como el “no les votes”, resultan ser estratagemas para trasladar la acumulación del bipartidismo a estructuras representativas menores. Y es que la potencia no garantiza un efecto, ni mucho menos puede interpretarse una acción libre y colectiva (esto es, una acción popular sin dirigencias ni conducciones) como si se tratase de una operación estrictamente racional. Se trata de movimientos habitados por inconsistencias, por contradicciones y por una multiplicidad de motivos diferentes, de estímulos diferentes, de prospectivas diferentes, que confluyen en acciones comunes. Por eso es que de nada sirve analizar los motivos o los anhelos, sino que el enfoque debe centrarse en los fenómenos y en lo que tengan de potentes frente al actual orden de las cosas.

2- La crisis como causa

El proceso de restauración de las políticas representativas a partir de 2002 en Argentina, consistió en un par de estrategias destinadas a estructurar las asambleas e incluirlas en los esquemas anteriores a su existencia, de forma tal que lo que hubo de novedad desaparezca progresivamente. Por eso cabe decir que tanto la intervención de organizaciones como la Corriente Clasista y Combativa, el Polo Obrero, la Federación Tierra y Vivienda, Barrios de Pie, Movimiento libres del Sur, etc, accionaron reactivamente, operaron en contra de la ruptura que efectivamente se había producido, ya sea para apropiarse de aquél proceso, para sacar algún provecho de él, para detenerlo o simplemente por creer que la institucionalización de las asambleas sería efectiva para alguna acción política trascendente, luego de asumir que tal trascendencia es útil y necesaria para las transformaciones sociales y políticas.

En cualquier caso, la reacción restauradora acabó siendo protagonizada y claramente capitalizada por la confluencia de sectores políticos y económicos que conformaron lo que cabe nombrar como kirchnerismo. Esta restauración consiste en retrotraer los análisis y discursos políticos al momento anterior de la ruptura, y nada mejor para eso que interpretar esa ruptura como una crisis. Desde el punto de vista de una crisis, solamente cabe esperar la variación de ciertos factores en el seno de una continuidad. Es decir que no se remite a algo que se rompe, a la inscripción de una novedad suficientemente radical como para operar un cambio, sino a la falla de un sistema o de una estructura que hay que subsanar en su defensa. La crisis, cuando es superada, fortalece, y cuando no es superada ya no es una crisis, sino un cambio.

De modo que nombrar el proceso de 2001 como una crisis es ocultar cualquier novedad que haya aparecido en aquél momento. Lo mismo ocurre ahora, cuando se identifica la revuelta española con una crisis del sistema político y económico. De hecho, siendo que efectivamente pueden nombrarse como detonadores los conflictos económicos y políticos, tanto en 2001 como ahora, se concentran los análisis en los detonantes para no mirar en qué detonó, es decir, cuáles fueron y son las formas en las que se accionó a partir de esos detonantes.

Una marca muy característica en Argentina, es la campaña del gobierno del kirchnerismo en general, que sostiene que a partir de la gestión kirchnerista se produjo una “reconciliación del pueblo con la política” y “una creciente movilización de la juventud”. Esta campaña consiste en apropiarse de la movilización popular (nombrada como efecto de la crisis económica) y de la política misma, como si no hubiera otra política que la representativa, y como si pudiera llamarse política a la gestión administrativa de intereses económicos y sociales. Cuando se sostiene que “la juventud” (primera operación representativa) antes gritaba que se vayan todos y ahora milita en política, se está exponiendo muy claramente la estrategia y el posicionamiento reaccionario (podríamos decir oscuro) del progresismo kirchnerista. Lo que se dice es: 1- la juventud existe como un todo propietario de saberes, voluntades y acciones, 2- el grito que se vayan todos es un grito de frustración que aleja a quienes gritan de la política, 3- la política es la gestión de intereses constituidos y no existe ni puede existir otra política, 4- la única acción política consiste en asumir la representación de partidos, dirigentes y conductores, 5- el desorden producido por la crisis de 2001 reclamaba el orden del Estado administrado por un buen gobierno (esto es, un gobierno representativo del pueblo y de la identidad nacional).

De modo que el progresismo kirchnerista, como corresponde a los corporativismos nacionalistas, viene a decirnos que nuestra acción política consistente en rechazar la representación haciéndonos presentes y buscando (con mayor o menor éxito) formas propias para la toma de decisiones colectivas, nunca existió. Viene a decirnos que la ruptura del marasmo sumiso de la década de los 90 la generó un gobierno que supo conducir la voluntad general. Viene a decirnos que nuestro destino es ser corderos de un rebaño dirigido por políticas de Estado. Viene a decirnos que los jóvenes eran estúpidos, pero que gracias a ellos ahora son peronistas. Viene a decirnos, por fin, que antes fuimos objeto de la crisis, y ahora somos objeto de la gubernamentalidad y, encima, que eso es bueno. Esto es lo que se llama construcción de realidad desde la hegemonía del Estado, a través de todos sus Medios de Formación de masas, como bien nombrara García Calvo a los mal llamados medios de comunicación. Este es el discurso hegemónico de la “crisis de 2001”, en el que todo se reduce a que los intereses económicos de la nación fueron afectados por al mal desempeño de los dirigentes, de la “clase política”. ¿Acaso no es lo mismo que se dice de la revuelta española? No solamente ha sido efectivo ese discurso en Argentina, sino que ha llegado al punto de constituir la principal contradicción de las acampadas.

Si consideramos que las revueltas han sido producidas por la crisis, un breve análisis sintáctico nos muestra a las claras que el sujeto activo de la situación se halla del lado de la estructura social. Es como pensar que todos los goles son culpa del arquero. Es evidente que este mecanismo solamente sirve para oscurecer cualquier aparición posible de un sujeto colectivo. Según se esté posicionado ideológicamente en una posición o en otra, existirán deseos relacionados con revolucionar la sociedad, con reformarla o conservarla, pero en cualquier caso se estará mirando más a los propios anhelos que a las acciones que dinamizan las situación. Lo cierto es que si algo puede ocurrir en términos disruptivos, será necesariamente inexplicable según las condiciones previas a su aparecer, es decir, según las herramientas propias de aquello que se rompe.

Desde las miradas emancipativas, tenemos que asumir que nuestras propias categorías también serán posiblemente estériles para abordar ciertos procesos disruptivos y, sobre todo, tenemos que asumir que no toda ruptura vendrá en la dirección que soñamos, ni tendrá necesariamente por argumento y motor lo que estamos queriendo construir. Esto no implica que la ruptura no exista, ni mucho menos que no podamos recoger de ella, cuando aparece, los aspectos que hallemos positivos. Pero el punto más interesante es que en la lectura que hagamos de un proceso vivo estaremos inscribiendo en él un factor condicionante. Si apremiados por anhelos revolucionarios, o asustados por voluntades conservadoras, volcamos el contenido de nuestra anterioridad en análisis tendientes a interpelar una situación específica como si fuera un caso de las situaciones generales, como si cada revuelta fuera un caso de todas las revueltas, estaremos conspirando en arruinar lo que pueda haber de novedad.

3- La potencia de las miradas

Tenemos dos formas de abordar estos procesos: desde la propia situación en la que ocurren y desde la forma en que ocurren, o desde la exterioridad de anhelos y doctrinas y desde la anterioridad que establece pretensiones y necesidades. El primer camino nos llevará a indagar la potencia disruptiva de estos procesos tal y como son frente a las condiciones en las que ocurren. El segundo nos llevará por los paradigmas del fracaso y de la crisis.

Ahora mismo en España hay un movimiento que, plagado de contradicciones, consiste fundamentalmente en un cuestionamiento en acto de la representación tal y como estaba operando hasta ahora. Los aspectos que enumeré más arriba dan cuenta de una mirada válida y necesaria, y que viene a sostener la potencia disruptiva que tiene tal presentación. Si pensamos en 2001, veremos que aquellas revueltas y asambleas han dejado huellas, y que las huellas dependen en todo de cómo las indaguemos, y, principalmente, de cómo las sostengamos. Otra forma de plantear lo mismo es: de las múltiples huellas que el fenómeno social que nombramos “diciembre 2001” ha dejado como consecuencia de su aparecer, habremos de sostener las que reconocemos como propias y las que sean social, política, o económicamente productivas. Según nos posicionemos de una o de otra manera frente a esas huellas, habremos de asumir posiciones emancipativas, reactivas o reaccionarias.

Quienes piensan que en 2001 debía haber una revolución social, sostienen el fracaso. Quienes piensan que en 2001 existió el peligro de la descomposición social y la transformación del sistema, sostienen la crisis. Quienes pensamos que en 2001 ocurrió la presentación de los comunes por fuera de las políticas de representación, sostenemos la ruptura. Pienso que esta última posición es la que resulta claramente emancipativa, en tanto que nos habilita a persistir en aquella ruptura cada vez, y que nos permite advertir la resonancia productiva en fenómenos aparentemente inconexos o estériles.

Hoy por hoy podemos advertir una secuencia que va dando forma a las novedades políticas del cambio de siglo. No hay razón para pensar que 2001 ya pasó. 2001 es el nombre que damos, al menos algunos por acá, para esta novedad que aparece, para esta secuencia que nadie puede decir que haya terminado. Hasta ahora 2001 no hizo más que comenzar. 2001 no es una fecha, es un nombre, y eso que nombra es la reverberación de acontecimientos políticos que confluyen en dar cuerpo a la ruptura de una lógica política, que es la lógica de la representación. 2001 es el nombre de un vacío que no deja de aparecer, y que como tal dice más de la estructura que se rompe que de lo que habremos de hacer con eso. Cuando aparece ese vacío, ese no-lugar que en lo político se instala como sitio al que nada de lo existente pertenece, habremos de decidir cómo haremos nuestra realidad, y habremos de posicionarnos ya sea sosteniendo la ruptura o reaccionando contra ella. Negar el aparecer de este vacío, en nombre de la esterilidad y del fracaso, o en nombre de la crisis, es, aunque nos pese, decidir que todo siga como estaba.

Las contradicciones de la revuelta en España, principalmente la más contundente, esa que consiste en romper la representación en nombre de la representación, no debe confundirnos a la hora de pensar lo que ocurre. Digo que no debe confundirnos porque lo que ocurre, en tanto ruptura, es un exceso que excede, incluso, las proclamas producidas en su seno. Es lo mismo que pasó con la consigna “que se vayan todos”. Lo que importa no es tanto la dirección que tiene el bote, o la que se dice que tiene, sino más bien el efecto que produce en el río su andar, y las huellas que en la orilla dejan las olas a su paso. De otra manera estaríamos esperando que una realidad soñada aparezca un día de buenas a primeras, colectando una voluntad social a partir de una minoría militante.

Quienes perseveramos en pensar la sociedad para cambiarla de cuajo, quienes perseveramos en la idea del comunismo anárquico, no podemos pretender, en la plenitud de la sociedad democrática y capitalista que habitamos, ser otra cosa que una minoría. No estamos en la España del 36. Ni siquiera en la Argentina de los años 20. Estamos en un mundo en el que ciertos rasgos de rebelión aparecen en cada ruptura que ocurre frente a los lazos sociales vigentes. Si despreciamos lo que se rompe por suponer que debería romperse otra cosa, estaríamos dejando pasar los acontecimientos que advienen en aquellos sitios donde la estructura social aparece inconsistente, mientras que lo emancipativo consiste, al contrario, en profundizar cada ruptura según las ideas sociales, políticas y económicas que soportan nuestro hacer emancipativo.

2001 no fue un fracaso porque no era una revolución. 2001 es cada nueva ruptura que podamos hacer sosteniendo sus huellas en la búsqueda de una política de la presentación, una otra política sin Estado, una política del simpoder.

Autor: Hernún
Publicado en: http://entornoalaanarquia.com.ar/blog/2011/05/26/por-que-2001-no-fue-un-fracaso/