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viernes, 9 de julio de 2010

¿Dónde se es?: Paisaje y arraigo

La idea del anarquista como un sujeto desarraigado es una no­ción que debe revisarse perma­nentemente. El amor a la patria es una cosa, amar un paisaje es otra.

Este periódico se reconoce oriundo de la Región Chilena, si hemos utili­zado esta idea es porque nuestros compañeros del la primera época de El Surco también se referían así al contexto territorial desde donde escribían. Porque no creemos en el concepto de Chile como un República (de esas que a uno le enseñan en el colegio), para nosotros, lo que se hizo acá fue trazar líneas imaginarias sobre una región del globo terráqueo.

Desde esta aparentemente sutil diferencia, proyectamos las palabras venideras, donde queremos comentar con respecto a ciertos nociones del anarquista como un sujeto desarraigado, es decir, una persona que no es de aquí, ni de allá (diría Facundo Cabral), incapaz de establecer lazos emocionales con un territorio, por el hecho de no creer en la patria, repúblicas o estados.
Es claro que esta idea está cargada de una concepción errónea de lo que significa anarquía, el que escribe se considera un internacionalista, en la idea de que como Homo sapiens nos tocó poblar un mismo planeta y aquello nos conecta como espe­cie. No obstante, hay un paisaje que me es propio, hay una combinación de elementos atmosféricos que recuerdo con nostalgia cuando estoy lejos: plantas, olores, sonidos y casas, es un todo que no podría describir ni pintar, construido desde la experiencia y con el cual he desarrollado lazos afectivos y emocionales que lo convierten en único.

Conviene invocar en este las palabras del geógrafo cultural Yi Fu-Tuan: “Un paisaje es, ante todo, una composición. Revela grandes y pequeñas armonías, la mayoría de las cuales les resultan invisibles a las personas que ha­bitan en él y deben atender sus necesidades inmediatas”1 .

La cita se refiere a una jerarquía de armo­nías, no especifica, pero es claro que estas armonías son creadas por quien vive el paisaje. Nuestra concepción de un paisaje acotada a su dimensión visual es errónea por simplista, el paisaje es una experiencia, y como tal es multisensorial. Así, todos nues­tros sentidos se disponen hacia el paisaje, reconociendo armonías (que no deben ser necesariamente bellas) como puede ser un olor en relación a un sonido, o un sabor en función de un color.

Como fetichistas de la historia, no podemos dejar de lado la relación entre el individuo y el paisaje que se genera desde la interac­ción en el tiempo, ésta carga el paisaje de vivencias sobre las que volvemos cada vez que lo visitamos. Aquella esquina deja de ser una intersección y se convierte en el ne­fasto lugar donde nos caímos de la bicicleta, aquel árbol abandona su follaje actual, para nosotros solía ser más pequeño.

El arraigo pasa necesariamente por esas relaciones: Uno es, donde ha sido, suena redundante, pero lo que queremos expli­car es que la posibilidad de reconocerse, es mucho mayor en los lugares donde hubo una conexión entre el espacio y la persona. Mantengamos caliente la idea de “experiencia”.

Cuando nos dicen “ama a tu patria”, se nos pide verter un sentimiento íntimo sobre una molde abstracto. En lo personal, me es imposible proyectar amor en algo que no concibo, para mi esto de las líneas que no se ven y las banderas son sólo construccio­nes de otros que me han impuesto. Por ser impuestas, no puedo sentir aprecio sobre las mismas.

No sucede lo mismo con un paisaje, este genera placer porque existe un vínculo (arraigo), que cueste definir lo que más gusta de un paisaje, no quiere decir que no tengamos claro lo que compone dicho conjunto, sólo explica lo difícil que es poner en palabras una experiencia. Así entonces, estamos dispuestos a sentirnos parte de un territorio, lo importante es tener claro cuánto se está dispuesto a sacrificar por este territorio (entendiendo como territorio el emplazamiento físico sobre el que se construye un paisaje).

Para ejemplificar este sacrificio, prefiero hablar desde un yo: ¿Estaré dispuesto a matar por mi derecho a un territorio? La verdad la pregunta suena extrema, pero creemos que en el fondo esa es la consigna que sustenta las guerras. Suelo hacerme esta pregunta cuando miro por la ventana de la pieza, reconociendo esos detalles íntimos, sutiles despojos de realidad que he hecho míos. La verdad querido lector, es que no tengo una respuesta definitiva.

Todo lo que está ante nosotros, no nos pertenece, a pesar de ser nuestro (una cosa es poseer, otra cosa es ser dueño). Por lo tanto no tiene sentido morir defendién­dolo, sin embargo, todos los sentimientos vertidos nos van a impedir entregarlo así como así, tiene mucho de injusto el sentirse desplazado.

La patria es una multiplicidad de paisajes, muchos de los cuales no son más que una postal para nosotros, por lo mismo creo imposible sentirse arraigado en Chile, como podría uno sentirse arraigado en un espacio personal. A pesar de que los paisa­jes que amamos se proyectan desde Chile. La gran diferencia está en que el territorio es una posibilidad de arraigo, la intención de sentir que se puede ser en un lugar, es algo personal, va con nosotros y por lo tanto puede aplicarse a voluntad sobre el territorio que nos plazca.

No hay que creer en esa consigna patriotera que transforma un objeto abstracto en una suerte de “madre”, nosotros, como humanos, podemos sentirnos cómodos incluso en los lugares más inhóspitos, eso depende de la voluntad de arraigo.

Si le pusieron un nombre al territorio que va desde las cordillera al mar, eso me es indiferente, para mi puede tener múltiples nombres, según mi estado de ánimo.

Entonces uno comprende por dentro esos versos conocidos del compañero Pezóa Velis:

“Entonces, muerto de angustia,
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.”

Citas:
[1]. Tuan, Yi-fu, Escapismo, formas de evasión en el mundo actual; trad. Karen Muller. Península, Barcelona, 2003. Pág. 161

Autor: Rako
Publicado en: El Surco Nº 17, Chile

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