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jueves, 31 de diciembre de 2009

Algunos aspectos del anarquismo chileno en los años 30.

Debilitamiento, antifascismo y diáspora.

La década de los treinta representa un perío­do interesantísimo en la sociedad chilena en su conjunto por ser una etapa de alta politización y movilización social por parte de todos los grupos sociales contemporáneos. Una década en la que hitos de importancia como la caída del dictador Ibáñez, el levantamiento de la marinería en Co­quimbo y Talcahuano, la “pascua trágica” o los anecdóticos doce días de “república socialista” abren los fuegos de un período de rearticulacio­nes y expectativas marcadas tanto por lo nacio­nal como lo internacional.
Sería una labor extensa pero no menos inte­resante la de dar cuenta de los acontecimientos arriba enumerados, por lo que nos centraremos en el anarquismo presente en la década y en sus particularidades referentes a su situación en la lucha social, sus complicaciones y principalmen­te su antifascismo, como elemento relevante en el discurso y la práctica libertaria.

PANORAMA GENERAL DE LA DÉCADA.

La caída de Ibáñez en el año 1931 trajo consigo un leve respiro para las organizaciones sindicales y sociales después de 5 años de persecuciones, deportaciones, asesinatos y reformas naciona­listas modernizantes. No debemos olvidar que la represión ibañista afectó a todo el espectro social siendo víctimas igualmente sectores conservado­res o liberales además de las clases medias y ba­jas. Sin embargo, los principales afectados fueron el proletariado reconocido como revolucionario, a saber, los anarquistas y los comunistas, princi­palmente, quienes vieron desmanteladas sus or­ganizaciones y deportados a sus miembros más notables.
La labor inmediata a la caída de Ibáñez fue entonces rearticular al movimiento reducido a la clandestinidad y a grupos que en las sombras siguieron operando durante la dictadura. Se su­maba a lo anterior la urgencia de fortalecerse para apresurar la crisis del capitalismo cuya gran señal fue el “crack” del 29 (donde según consta en informes internacionales de la época, Chile fue prácticamente el país más afectado por su condición de país monoexportador de salitre y dependiente de empréstitos norteamericanos) que sumió a los sectores revolucionarios en un ánimo impetuoso y esperanzado en que parecía aproximarse un gran cambio, la descomposición y muerte de un sistema que lanzaba sus últimos estertores de agonía.

ENTRE LA REVOLUCIÓN SOCIAL Y LAS DICTADU­RAS.

En este contexto inmediato situamos a los ácratas, quienes además de verse afectados por el panorama general, lo fueron también y previa­mente por las reformas sociales que cooptaron a una considerable cantidad de simpatizantes bajo la égida de un Estado que se promocionaba como consciente y preocupado de la “cuestión social”. A esto debemos agregar la aparición del Partido Comunista en 1921, hecho que significó una con­frontación directa y declarada entre “infantilis­tas” y “dictadores”, y que en el largo plazo daría con una merma en el capital social monopilizable a disposición de los anarquistas.
El panorama poco provechoso era una preocu­pación interiorizada por parte de los dirigentes ácratas quienes contaban con fragmentos dis­persos de la nunca tan relevante FORCH (Fede­ración Obrera Regional Chilena) y de una IWW ya disminuida e integrada por veteranos nostálgicos de las grandes gestas de comienzos de los veinte. La debacle permite dejar de lado por un momen­to las pugnas entre anarquistas marcadas por discusiones entre “federalistas” y “centralistas” o entre “sindicalistas” y “específicos” para dar paso a la creación de la Confederación General de Trabajadores (CGT), instancia de tipo federativo con proyección nacional integrada por gremios como los estucadores, los zapateros y los tipó­grafos, por mencionar a los más relevantes. Esta­mos ante la última organización con algo de peso en el movimiento revolucionario y sindical de la historia de la región chilena. Este agrupamiento por el momento dejó de lado las diferencias y se concentró en mantener una línea más o menos común en cuanto a temas de unidad sindical con organizaciones partidarias o no revolucionarias (como la Confederación Nacional de Sindicatos y la futura CTCH) y los intentos de unidad que da­rán con la formación del Frente Popular en 1936.
Dentro de éstas líneas comunes que hemos planteado se destacan más o menos elementos similares al anarquismo “clásico” estudiado pro­fusamente en los últimos años (que de manera general comprenden desde la última década del XIX y fines del 1920) y que abarcan la oposición al Estado y sus instancias de “participación” po­lítica, reducidas en la época por los estados de excepción dictados en el mandato de Alessandri (1932-1938); el anticlericalismo y la celebración de “las semanas ateas” y la fe ciega e irrenunciable a la acción directa y la huelga general como úni­cas e irremplazables armas de combate contra el capital. La postura de los anarquistas respec­to al último punto les costarán prácticamente un aislamiento social y la pérdida de relevancia en el panorama sindical, en el que sobrevivieron gracias a un anarquismo velado por las posturas sindicalistas, siendo el caso más patente que ha­llamos el de los estucadores y su organización, la URE, o “Unión en Resistencia de Estucadores”, la que por ésta misma condición de intermedio entre ente revolucionario o únicamente dedica­do a conquistas materiales gremiales, terminó evidenciando una escisión entre los componen­tes “duros” (anarcosindicalistas) y los cercanos a partidos políticos, especialmente el Comunista y el Socialista.
Sin embargo, y producto en parte de lo ante­rior, podemos notar un cambio en la fraseología anarquista a través de la prensa y que se va nu­triendo cada vez más de una vertiente clasista, menos marcada por las proclamas universalistas y de tinte más ilustrado, como se puede apreciar en los periódicos y folletines de comienzos de si­glo, preocupados por temas como el ascetismo tolstoyano, la astrología o incluso la poesía. Des­taca en este aspecto el reforzamiento del antimi­litarismo como crítica constante en un contexto local marcado por la presencia de las “Milicias Republicanas” (guardias paramilitares adictas al régimen conformadas por elementos burgueses) o bien los “nacistas” criollos al mando de Jorge González Von Marées, y en un contexto interna­cional por la inminencia de la guerra que se deja­ba ver por los ascensos de los fascismos italiano y alemán así como por la actitud velada de belige­rancia de las “democracias”. Lo antimilitar buscó articular un movimiento proletario mundial que previniera la guerra, siempre perniciosa para los oprimidos.
Menos humanista, más sindicalista y prepa­rándose para la revolución próxima, las cosas no parecían fáciles y las “grandes luchas” antes pro­tagonizadas ya no volverían a repetirse con mag­nitud de antaño. Sin embargo, pese a lo complejo del contexto local, el ánimo se nutrió con la revo­lución española y el fascismo amenazante.

FASCISMO

De manera general (y esto aplicado no sólo a los anarquistas), el fascismo se definió como un mo­vimiento retrógrado, destructor de la cultura y de la voluntad del individuo que, por lo demás, era útil al capitalismo en decadencia. Un sistema en crisis ya no veía en la democracia un método útil para perpetuar sus intereses por lo que recurría a elementos barbáricos sometidos a los dictá­menes del imperialismo mundial (pese a que el fascismo se define como tremendamente nacio­nalista) para, principalmente, detener el avance inexorable del proletariado mundial. Estos tér­minos se aplicaron tanto a los fascistas europeos como a los locales, nos referimos al Movimiento Nacional Socialista y en menor grado a la Mi­licia Republicana. Igualmente, el gobierno de Alessandri y su ministro de Hacienda, Gustavo Ross, fueron catalogados con el término, dando a entender la amplitud y elasticidad con que –tal como hoy- se utiliza.
Debemos entender que cualquier definición que emane de tal o cual grupo obedecerá a los proyec­tos propios y amenazas de cada uno, de manera tal que el fascismo aparece como concepto de reconceptualización de los adversarios respecti­vos, así podemos entender cómo los fascistas se asocian a la burguesía, al imperialismo, y a las ar­bitrariedades del gobierno, en algunos casos.
Esta misma lógica podemos hallar en los anar­quistas, quienes se refirieron al término de una manera bastante radical, llegando a distinguir entre sus componentes tanto a los gobiernos “democráticos” como a la Unión Soviética con Stalin a la cabeza. La categorización de “fascismo negro” “fascismo pardo” y “fascismo rojo” ejem­plifica bien esto al diferenciar sólo el color de una manifestación que en el fondo es la misma.

ANTIFASCISMO

Más importante aún resulta abordar las prácticas de combate al fascismo que se desarrollaron en el período y que legitimaron prácticas antiguas a la vez que pusieron en duda nuevos panoramas de lucha. Como arma principal de combate, la elec­ción defendida tanto por los anarquistas locales como por organizaciones internacionales (A.I.T.) fueron sin lugar a dudas el boicot y la acción di­recta. Entendiendo al fascismo como manifesta­ción de un capitalismo imperialista en constante busca de mercados, el boicot a los productos pro­venientes o dirigidos a países fascistas resultaba una táctica útil para impedir el abastecimiento de sus industrias y por consiguiente el cese de su alarmante producción bélica. Con esto también se hacían llamados a no comprar en tiendas o a trabajar en empresas de dueños italianos, alema­nes, o españoles nacionalistas. La acción directa halló manifestaciones prácticas en instancias como destruir mercaderías vinculadas al “fascio”, en impedir la exhibición de películas propagan­dísticas y hasta en pifiarlas o gritar consignas contra de ellas. Una acción más significativa fue la reunión de fondos para ir en ayuda de los combatientes en España, así como también para ayudar a los refugiados que arribaron a Chile una vez derrotados.

“AL FASCISMO NO SE LE DISCUTE, SE DE DESTRUYE”

Pero ¿qué pasa cuando los fascistas aparecen en las calles, rayando muros, haciendo marchas, golpeando y hasta asesinando adversarios? La violencia política alcanzó ribetes considerables en los treinta, prueba de ello son los numerosos asesinatos que se registran de los cuales ningún grupo político escapó. El contexto llevó por nece­sidad a preguntarse por la adopción de tácticas violentas para hacerle frente a las Tropas Nacis­tas de Asalto, grupo de choque del M.N.S. Los ejemplos de militarización del Partido Socialista con sus milicias y el posterior caso de España con la conformación de ejércitos más regulares en los que la C.N.T. formó parte forzaron la toma de po­sición. No conocemos resoluciones categóricas o experiencias que hayan ido en el sentido de disciplinar una respuesta violenta pero sí hay re­gistros de ciertos “grupos de choque de la C.G.T.” que habrían sido en Osorno una herramienta muy útil para contrarrestar la violencia con violencia.

ESPAÑA LA TRINCHERA Y EL MUNDO LA RETAGUARDIA.

Hemos hecho un par de alusiones a España como referente de antifascismo, y la verdad es que la mirada de los anarquistas pareció estar más pendiente de los sucesos de España que en el de­sarrollo de los acontecimientos locales. Esto se debe a que la revolución allá en marcha puso a prueba el proyecto libertario en la realidad mis­ma mediante colectivizaciones y mayor relevan­cia de sindicatos en el desarrollo de la guerra. Nu­merosas noticias que señalan el éxito cualitativo y cuantitativo de las fábricas, campos y servicios socializados fueron un aliento para los anarquis­tas locales, quienes se cerraron –debido al ánimo por el caso español- a cualquier instancia de par­ticipación, como el Frente Popular o la C.T.C.h. España aportó un grado de autorreferencia que rayó en lo clínico, al punto de señalar que la C.G.T. de Chile era la C.N.T. de España y que la primera era la única capacitada para llevar a cabo la revo­lución social, haciendo un llamado a engrosar las filas de los sindicatos anarquistas. Se entiende en esto que para la condición de alguna forma mar­ginal del anarquismo en el período, esto significó un suicidio social en el sentido de que se hipotecó la posibilidad de un desarrollo cuantitativo.
De la mano del ánimo aportado por España, tam­bién se desarrolló constantemente un sentimien­to anticomunista. La revolución contó con episo­dios de violencia entre anarquistas, poumistas y comunistas como la “semana trágica” de mayo del 37, manifestación de un clima alimentado por las sospechas de uno y otro lado, por asesinatos, secuestros etc. Principal responsable de esto fue el electricista chileno Félix López, delegado de la C.G.T. en España quien fue testigo cercano al clima de beligerancia presente en la retaguardia. Por medio de extensas cartas desde la península, López se dedica a hacer críticas a los comunis­tas españoles por sus prácticas poco honestas, y principalmente por su “traición a la revolución” consistente en su postura en torno a las colectivi­zaciones. Todo esto repercutió de manera negati­va en el contexto local, en donde los comunistas chilenos en su política de “Frentes Populares” adoptaron una postura hasta de amabilidad ha­cia los anarquistas, no sin dejar de disputarles la predominancia en sindicatos como el de la cons­trucción.
La década terminaba con el ascenso del Frente Popular en Chile, con el fracaso de la experiencia española, y con un anarquismo que por conflictos internos se dividía de manera letal. Estos dos úl­timos puntos serán de trascendental importancia en el replanteamiento de la praxis ácrata, marca­da por un espíritu anticomunista y de sospecha total hacia el sistema político que bajo el Gobier­no de Aguirre Cerda prometía pan, techo y abri­go. Aún escasean estudios que den cuenta del anarquismo en los 40, pero desde ya se pueden adelantar que dicho período vio nacer propuestas de partidos libertarios así como –por otro lado- la consideración de vías revolucionarias violentas para la revolución social.

Autor: Chamorro
Publicado en: El Surco, Nº 8 y 9, Santiago de Chile, 2009.

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