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domingo, 2 de enero de 2011

Contra el mercado: hacia una economía de lo concreto.

Desde el inicio de la crisis financiera que actualmente sacude a gran parte del mundo desarrollado, algunos políticos nacionalistas y populistas democráticos han puesto en boga la contraposición entre la “economía real de la producción” y la “falsa economía de la especulación y la burbuja financiera.” Según este razonamiento, existiría un capitalismo aceptable que estaría relacionado con la producción de bienes y servicios, y otro inaceptable (o de dudosa calidad moral) vinculado a la especulación financiera, las “hipotecas subprime” o los mecanismos bancarios generadores del crédito y creadores del dinero. Esta falsa dicotomía -tan cara a la “nueva izquierda latinoamericana” y a los adeptos al “Socialismo del Siglo XXI”- esconde la relación complementaria entre el sistema financiero y el complejo industrial, además de consagrar al aparato productivo como un sinónimo de virtud y laboriosidad, sin tener en cuenta la cruda realidad de la explotación del trabajador, la desigualdad en los ingresos, la imposición del trabajo asalariado como única forma admisible para el obrero (amenazado por el fantasma de la desocupación), la destrucción del medio ambiente, la producción para una sociedad consumista y que no tiene en consideración las necesidades de los verdaderos productores (los trabajadores, no los empresarios).
El capitalismo ha evolucionado y se ha adaptado a los cambios históricos. Desde los inicios de la economía liberal que se originó en la Inglaterra del siglo XVIII, pasando por la expansión imperialista hacia los mercados periféricos, la caída del patrón oro y la crisis financiera de los años 30, el surgimiento del Estado de Bienestar en sus diversas formas – la NEP soviética, el New Deal keynesiano, el auge del fascismo o el peronismo-, la adopción del patrón dólar, el retorno del neoliberalismo reaganiano, hasta la caída del mundo soviético y la globalización capitalista, con preponderancia de los organismos financieros por sobre el aparato productivo. En toda esta historia económica moderna hay un elemento preponderante -junto a la propiedad privada y el trabajo asalariado, y no menos importante que estos- cuya denominación se ha convertido en sinónimo de capitalismo: economía de mercado.
La economía de mercado es una condición sin la cual el capitalismo no podría existir. Según los economistas clásicos, fundadores del liberalismo, en un mercado libre -es decir, sin intervención externa (estatal o gubernamental)- los precios de las mercaderías se establecen según las leyes de la oferta y la demanda: cuando aumenta la demanda, aumentan los precios, y cuando disminuye la demanda, se reducen los precios. El mercado según esta teoría, tendería a la autorregulación, metaforizada con la imagen de la mano invisible. En contraposición a la teoría liberal, los discípulos de John Maynard Keynes sostienen que el mercado debe ser regulado e intervenido estatalmente, según la planificación económica gubernamental, aceptando un mercado regulado externamente. Este sistema de mercado con planificación e intervención ministerial es el sistema más difundido, y el que ha desarrollado más variantes a lo largo de la historia, adoptando la forma de peronismo, eurocomunismo, chavismo, laborismo, etc., según el caso histórico. Esta variante camaleónica defensora del “mercado social” hoy señala con el dedo al neoliberalismo, acusándolo de todos los males del capitalismo, como si ambas variantes no conformaran un sistema dual que se alterna en los ministerios de economía del mundo.
Desde la crítica anarquista no se ha tenido una posición uniforme con respecto al mercado. Los anarco-comunistas de todas las variantes y los anarcosindicalistas en general, han rechazado vigorosamente al mercado como una herramienta válida para el funcionamiento económico del comunismo libertario. En cambio, los mutualistas de Benjamín Tucker especialmente -aunque también algunos aspectos de la teoría mutualista proudhoniana- han conservado al mercado como el espacio virtual donde se realizan los intercambios económicos. Lo que eliminan los mutualistas es el beneficio o el fin de lucro, respetando “el derecho de cada uno al producto de su trabajo”. Consideran que en un mercado verdaderamente libre -sin un gobierno que intervenga - la competencia eliminará los monopolios. Proponen entonces un sistema de crédito libre que otorgaría dinero a quien lo necesite para emplearlo en la producción, que proporciona a cada uno la oportunidad de recibir dinero prestado sin interés, tendería a igualar los ingresos y a reducir las ganancias a un mínimo, y eliminaría de ese modo la riqueza lo mismo que la pobreza. Crédito libre y libre competencia en un mercado abierto, dicen ellos, tendrán como resultado la igualdad económica, mientras que la abolición del gobierno aseguraría la libertad igual.” (El ABC del comunismo libertario, Alexander Berkman).
Esta idea ha sido impugnada principalmente por Kropotkin, que veía la economía como una red de intercambio libre de bienes y servicios basada en principios solidarios, que eliminaría el fin de lucro y establecería un intercambio solidario. El valor del trabajo es imposible de calcular, ya que intervienen una multiplicidad de elementos que hacen imposible una asignación en cifras. Esto diferencia al comunismo anarquista del marxismo, que habla de “tiempo de trabajo socialmente necesario”. El valor trabajo aunque en verdad es inconmensurable, no obstante puede ponérsele precio, que estará sujeto a las variaciones de la oferta y la demanda. Como lo sintetiza Berkman, en su obra clásica: “El intercambio de mercancías mediante los precios conduce a la realización de ganancias, a aprovecharse y a la explotación; en una palabra, conduce a alguna forma de capitalismo. Si suprimes las ganancias, no puedes tener ningún sistema de precios ni sistema alguno de salarios o pago. Eso significa que el intercambio tiene que ser de acuerdo con el valor. Pero como el valor es incierto o no averiguable, el intercambio debe, consecuentemente, ser libre, sin un valor «igual», puesto que algo así no existe. En otras palabras, el trabajo y sus productos tienen que ser intercambiados sin precio, sin ganancia, libremente, de acuerdo con la necesidad. Esto conduce lógicamente a la propiedad en común y al uso colectivo.”
Si bien desde fines del siglo XIX hasta entrado el XX la producción teórica anarquista alcanzó su apogeo, lamentablemente, el retroceso mundial del anarquismo y del movimiento obrero a partir de 1930, produjo un hiato teórico en el análisis económico-social del movimiento anarquista. La economía mundial, junto al Estado y las sociedades humanas, han tenido dinámicos cambios y evoluciones que no siempre han sido analizados adecuadamente por los pensadores anarquistas, a veces a la saga de las modas intelectuales que imponían los estudiosos marxistas. Hoy se están haciendo intentos por superar esta carencia, retomando la senda de la investigación social y económica, a fin de proporcionar elementos de análisis para la acción, y apuntar a la construcción de una sociedad libre en todos los aspectos sociales, económicos y culturales. Estas iniciativas disímiles se reflejan en trabajos de economistas como Abraham Guillén, Michael Albert con su propuesta del Parecon, en la creación de centros de estudios como el Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA) o el Centre d’Estudis Llibertaris "Francesc Sàbat", por solo nombrar algunos ejemplos.
Con objeto de avanzar en esa dirección, intentaremos indagar en el pensamiento del brillante economista húngaro Karl Polanyi (1886-1964). De ideas socialistas democráticas, aunque no marxista, el pensamiento de Polanyi es sumamente original. Lejos de aceptar sus ideas políticas, no vinculadas al pensamiento anarquista, tomaremos algunos aspectos de su pensamiento económico compatibles con el anarquismo: su crítica a la sociedad de mercado (formuladas en su obra de 1944, La Gran Transformación); su propuesta de “economía incrustada” en la sociedad, y no separada de ella, como es la sociedad de mercado capitalista; la categorización del proceso económico en base a los conceptos de reciprocidad, redistribución e intercambio. Polanyi es considerado el fundador de la disciplina Antropología Económica, que se especializa en el estudio de las sociedades primitivas y las sociedades etnográficas.

Karl Polanyi y la economía de mercado
El mercado –según los economistas liberales- no puede ser afectado ni debe ser influido por las otras instituciones de la sociedad, las cuales deberán permanecer al margen, sin intervenir. Estos economistas clásicos han impuesto la idea de que la economía de mercado es producto de una tendencia natural del hombre al intercambio –que denominan presuntuosamente como homo economicus- y cuyo punto más alto de racionalidad es la economía de mercado. Allí los agentes individuales actuarían buscando maximizar sus beneficios dentro de las leyes de la oferta y la demanda. El comportamiento económico sería consecuencia de una propensión universal y natural del ser humano al comercio, es decir, a comportarse según la racionalidad capitalista.
Contrariamente a esta idea, en su obra La Gran Transformación, Polanyi sostiene que el capitalismo subordina todas las dimensiones humanas al aspecto económico, organizando las actividades productivas y distributivas en un sistema de mercado que controla la economía. Así, la economía de mercado no es la forma económica natural, ni la consecuencia de ninguna tendencia universal de los seres humanos al comercio. La economía de mercado sería un producto histórico moderno del Occidente europeo, surgido a mediados del siglo XVIII. El mercado se abalanzó sobre la economía y se apoderó de ella, convirtiéndose en la única expresión de la economía occidental. El mercado se impuso como modelo económico concomitantemente al surgimiento de los Estados nacionales, y a la expansión imperialista europea. Según Polanyi: "El laissez–faire no tenía nada de natural;...el propio laissez–faire fue por impuesto el Estado... el laissez-faire no era un cometido para el logro de algo, sino lo logrado"(…) "A esta paradoja se sumó otra; mientras que la economía del laissez-faire era el producto de una acción estatal deliberada, las restricciones subsecuentes al laissez-faire se iniciaron en forma espontánea." El propio liberalismo, que defendía el mercado autorregulado, era un producto de la planificación estatal. Los economistas liberales nunca dejaron de pedir la intervención estatal para contrarrestar la legislación sindical y las leyes antimonopólicas.
Para Polanyi, la economía de mercado y el estado-nación no son instituciones separadas, sino que constituyen la “sociedad de mercado.” El estado moderno se desarrolló conjuntamente con las economías de mercado y ambos han evolucionado complementariamente. El Estado transformó la sociedad y destruyó a las comunidades campesinas y la sociedad tradicional a fin de instaurar una economía capitalista competitiva. Por primera vez en la Historia la economía se separaba de la sociedad, y ésta quedaba en una posición subordinada a la primera. Todo se había convertido en mercadería: el trabajo, la tierra, los alimentos, las herramientas, el dinero, etc. El Hombre y la Naturaleza habían quedado a merced de las leyes de la oferta y la demanda, sacrificados en el altar del mercado. El fracaso de la economía liberal sumió al mundo en una crisis sin precedentes en la década de 1930, y la salida fue el intervencionismo estatal. El proteccionismo social fue una reacción a la desintegración social generada por el mercado libre. La gran transformación -la mercantilización absoluta de la propia sociedad- dio lugar a la dislocación social masiva, y a movimientos espontáneos de la sociedad para intentar protegerse. En este contexto se pueden comprender mejor las adhesiones de los obreros a los gobiernos populistas, fascistas-corporativistas, socialistas, nacionalistas y estalinistas, debido a que el Estado apareció frente a sus ojos ya no como el instrumento de gobierno y represión de la clase dominante, sino como el defensor de los intereses populares, como la encarnación de la comunidad. Ya conocemos actualmente las consecuencias de la intromisión del Estado en los asuntos de la comunidad, algo que Polanyi nunca percibió cabalmente.

La polémica con la economía formalista
El principal aporte de Polanyi a las ciencias sociales ha sido la contundencia con que desbarató el credo de los economistas en los principios universales de la racionalidad económica y en una teoría general de lo económico. Según postulaba el saber convencional, la economía es la ciencia que estudia el comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos. Esta definición es lo que se denomina el paradigma formalista: el significado de lo económico es una relación derivada del carácter lógico de la relación medios-fines, en referencia a la posibilidad de elección racional de los individuos entre los distintos usos de los medios insuficientes (escasos). La calidad de lo económico implicaría un comportamiento universal de la especie humana, tendiente a la maximización de algún fin deseado (Burling, 1976). En la sociedad de mercado este comportamiento está orientado a la obtención del máximo lucro, es decir, los agentes individuales hacen sus elecciones maximizando sus ganancias según las leyes de la oferta y la demanda. En eso reside toda la racionalidad del pensamiento económico. En verdad, el paradigma formalista basado en los autores liberales de la economía clásica es una transpolación a todas las sociedades humanas del comportamiento ideal de los agentes económicos en un sistema de mercado formador de precios.

Todo el edificio de la economía moderna se basa en estos principios. El propio concepto de economía aparece separado de la noción de sociedad, como dos entidades perfectamente separadas. En este modelo, la economía ocupa un lugar central y determinante para con el resto de las prácticas sociales y culturales. Esta idea reduccionista de la centralidad de la economía sobre el cuerpo social fue un legado que el marxismo recibió del liberalismo, proyectando sobre la historia social el determinismo económico. Polanyi fue crítico de Marx y sus seguidores en este punto: las relaciones sociales no pueden ser subsumidas bajo las relaciones de producción. Con gran claridad Fernando Alvarez-Uría y Julia Várela puntualizaron la reprobación de Polanyi al paradigma formalista: “La crítica de la racionalidad económica, el cuestionamiento de un corpus técnico-científico de carácter formal y universalizante que pretende convertirse en la última ratio, es decir, en razón fundante de la producción y de los intercambios, constituye un punto de partida para evitar que las políticas sociales se vean supeditadas a los tecnócratas quienes, al divinizar los parámetros económicos, se convierten en los sumos sacerdotes del orden social. La tan manida retórica sobre la recuperación de excedentes, el crecimiento de la economía, e incluso «el milagro económico» o la modernización, funciona como una cascara vacía cuando se la desvincula de las poblaciones directamente concernidas y del modo como los distintos grupos sociales se ven afectados por esos parámetros macroeconómicos.”

Polanyi, un estudioso de las sociedades etnográficas, demostró que las motivaciones de lucro no son las que mueven al hombre a producir, y que tampoco se corresponden con un comportamiento universal de la especie. Por otro lado, en la sociedad capitalista, el mercado tiende a eliminar la decisión humana, reemplazándola por los mecanismos de leyes de oferta y demanda. Así, el supuesto “comportamiento económico racional” de los individuos, en realidad sería una ficción alejada de la realidad. Ya en la década de 1920, el etnólogo británico Bronislaw Malinowski había cuestionado la universalidad del homo economicus de los economistas clásicos, mientras que su contemporáneo francés Marcel Mauss en las su influyente obra Ensayo sobre el don sugería que “no está todavía todo clasificado en términos de compra y venta. Las cosas tienen un valor sentimental además de su valor venal, si hubiera valores que se pudieran clasificar solo como de este tipo. Tenemos otras morales, además de la del mercader” (1971, pág. 30). Fuera de los parámetros del mercado formador de precios, el paradigma liberal pierde toda su relevancia para el análisis económico.
Frente a este modelo, Polanyi va a proponer un paradigma sustantivo: “el significado substantivo de lo económico deriva de la dependencia del hombre, para su subsistencia, de la naturaleza y de sus semejantes. Se refiere al intercambio con el medio ambiente natural y social, en la medida en que este intercambio tiene como resultado proporcionarle medios para su necesaria satisfacción material” (Polanyi, 1976).

Lo importante pasa a ser lo concreto, lo real, la interacción humana con su medio ambiente para la satisfacción de las necesidades materiales. La economía es un proceso institucionalizado: los movimientos de producción, distribución y apropiación de los bienes y servicios se encuentran atravesados por valores culturales incrustados en instituciones no económicas. La economía aparece como un entramado de relaciones, una red que atraviesa a toda la sociedad y no es por completo separable de la sociedad que le da sentido. Esta concepción es perfectamente compatible con el ideal expresado por Kropotkin que representaba a la sociedad como “una red entretejida, compuesta de una infinita variedad de grupos y federaciones de todos los tamaños y grados, locales, regionales, nacionales e internacionales, temporales o más o menos permanentes, para todos los objetivos posibles: producción, consumo e intercambio, comunicaciones, servicios sanitarios, educación, protección mutua, defensa del territorio, etc.; y, por otra parte para la satisfacción de un número creciente de necesidades científicas, artísticas, literarias y de relación social.”

Más aún, la definición de economía que propugnaba Kropotkin, es una anticipación del punto de vista de Karl Polanyi. Todo el enfoque y la investigación del gran anarquista ruso trazada en Campos, Fábricas y Talleres, podría situarse dentro del paradigma sustantivista. También Kropotkin criticaba los enfoques de los economistas clásicos –a los que consideraba precientíficos- centrados en las variaciones de precios, la renta, los intereses del capital, etc. Asimismo, define a la economía como “una ciencia dedicada el estudio de las necesidades de los hombres, y de los medios de satisfacerlas con la menor perdida de energía, esto es, en una especie de fisiología de la sociedad. Pocos economistas, sin embargo, han reconocido hasta ahora que este es el dominio propio de la economía, tratando de considerar a su ciencia bajo este aspecto. El punto fundamental de la economía social, esto es, la economía de la energía necesaria pata la satisfacción de las necesidades humanas, es, por consiguiente, lo último que uno debe esperar hallar tratado en forma concreta en obras de economía.” Ambos autores intuyeron que el conocimiento de las sociedades primitivas posibilitaba un contraste con la sociedad capitalista del cual se podrían obtener enseñanzas para una recomposición de la sociedad en términos de igualdad y libertad, en armonía con el medio ambiente ecológico.

La idea kropotkiniana de la economía y la sociedad como imbricadas en una red de intercambios libres y recíprocos, tiene una fuerte impronta etnográfica -al igual que la obra de Polanyi- debido a que el ruso –geógrafo de profesión- basó los resultados de su obra La ayuda mutua, en sus investigaciones sobre la cooperación en las “sociedades primitivas.” En este mismo punto, Polanyi profundizará estas intuiciones y desarrollará un enfoque original, que se basará en tres formas de integración económica a las que contrastará entre sí para comprender las formas históricas que tomaron las relaciones económicas en las distintas culturas. Estas son la reciprocidad, la redistribución y el intercambio. Las analizaremos no para aplicarlas al estudio de la sociedad primitiva, sino a fin de confrontarlas con las formas de organización propuestas históricamente por el anarquismo.

Las formas de integración económica
Los términos reciprocidad, redistribución e intercambio no reflejan formas de comportamientos individuales, es decir, agregados conformados por la suma del accionar de las interacciones recíprocas individuales. Son formas social y culturalmente dominantes que tienen un efecto integrador gracias a dispositivos institucionales. Existen determinadas condiciones sociales previas subyacentes, que ponen a los comportamientos individuales en el contexto dominado por cada una de estas formas de integración. Esto explica en realidad por qué en un sistema económico “el comportamiento interpersonal no tenga los esperados efectos en ausencia de unas concretas precondiciones institucionalizadas” (Polanyi)

Por ejemplo, los regalos de cumpleaños o los depositados alrededor de un árbol de Navidad provienen de antiquísimas tradiciones de reciprocidad, pero por más extendidos que estén, no afectan ni un ápice a la sociedad capitalista. Cuando en una sociedad de mercado como la que nos domina se emprenden comportamientos económicos cooperativos, a veces en forma extendida, por fuera de las relaciones de mercado, estos no logran prosperar más allá de un umbral que si es atravesado, se deben acomodar a las reglas del mercado. Luego de la crisis del 2001 en Argentina el movimiento de fábricas recuperadas, las cooperativas y las organizaciones como el Club del Trueque tuvieron cierto auge; pero pronto tuvieron que acomodarse a las reglas del mercado. El caso del Club del Trueque fue el más destacado: creció en proporción geométrica con la crisis y la ausencia de dinero en efectivo y la caída del poder adquisitivo de la población, y para satisfacer a tantos participantes de las ferias de trueque hubo de acomodar mecanismos mercantiles formadores de precios, que resintieron la base de intercambio recíproco que daba sentido a la institución. Una vez que la crisis se moderó lo suficiente, el club se vació y prácticamente desapareció, con el sombrío mérito de haber fortalecido aquello que pretendía sustituir.

Veamos entonces las tres formas de integración económica que propuso Polanyi:
Reciprocidad: La reciprocidad implica que los movimientos de bienes y servicios se dan entre puntos correlativos de agrupamientos simétricamente dispuestos. Por ejemplo, en algunas sociedades etnográficas existe reciprocidad económica entre grupos simétricos de parentesco sólo si se dan estructuras simétricamente organizadas. Como lo explica el propio Polanyi:
“Un grupo que deliberadamente emprende la organización de sus relaciones económicas sobre bases de reciprocidad puede, para llevar a cabo su propósito, dividirse en subgrupos de miembros correspondientes los cuales puedan identificarse entre sí como tales. Los miembros del grupo A podrán entonces establecer relaciones de reciprocidad con sus contrapartidas del grupo B, y viceversa, Pero la simetría no se limita a la dualidad. Tres, cuatro o más grupos pueden ser simétricos con respecto a dos o más ejes; tampoco los miembros de los grupos necesitan ser recíprocos uno a uno, sino que pueden serlo con los miembros correspondientes de un tercer grupo con el cual mantienen relaciones análogas. […] Cuanto más estrechamente se sientan atraídos los miembros de la comunidad circundante, más general será la tendencia entre ellos a desarrollar actitudes recíprocas con respecto a las relaciones específicas limitadas por el espacio, el tiempo o de cualquier otra forma.” En este caso, los bienes circulan en sentido A-B-C-D-(…)-A, donde todo el sistema es solidario, aunque no de forma directa.

En sociedades de bandas y aldeas de hasta 200 miembros, donde todos se conocen entre sí, los lazos de intercambio son recíprocos. Se da porque se espera recibir en el futuro, y viceversa. De esta forma los seres humanos desde su más temprano amanecer estaban prevenidos contra los imprevistos de una mala cosecha mediante el simple mecanismo de ser siempre generosos. A mayor riesgo, más se comparte. O como sentencia Marvin Harris: “La reciprocidad es la banca de las sociedades pequeñas”. En el intercambio recíproco prima el desinterés, y la solidaridad se da por sentada. El reparto de alimentos se hace de forma equitativa entre las familias integrantes de la comunidad.

Según propone el antropólogo Marshall Sahlins, la reciprocidad en las sociedades tribales se expresa de muchas maneras, y tiene diferentes gradaciones. No implica de hecho un intercambio igualitario, tan solo reducido al aspecto material, un toma y daca calculado económicamente, sino que abarca un espectro que va dese la asistencia gratuita y el obsequio, al intercambio equilibrado; e incluso existe un tipo de reciprocidad negativa, es decir, la relación por mero interés y utilitaria, y su contraparte en el principio de la lex talionis y la vendetta, muy común en el derecho consuetudinario tribal.

Se puede, entonces, diferenciar entre: 1) Reciprocidad generalizada. Son transacciones de tipo altruista, donde la retribución puede ser o no devuelta en el corto plazo, incluso jamás retribuida. Las reglas de hospitalidad, asistencia a los enfermos y ancianos, la ayuda mutua entre parientes, no tienen la expectativa de una retribución material directa: “El lado social de la relación supera al material y, en cierto modo, lo encubre, como si no contara.” La obligación de corresponder está implícita, pero es indefinida en tiempo, cantidad y calidad: una madre que amamanta a su hijo no actúa esperando una retribución determinada. El receptor corresponderá si le es posible o si el dador lo considera necesario. Puede ser un continuo fluir en una sola dirección. Los integrantes más desfavorecidos de la comunidad que no puedan sostenerse a sí mismos son los típicos beneficiarios de este comportamiento social. 2) Reciprocidad equilibrada. Involucra intercambios directos con retribución inmediata, basados en una equivalencia de mutuo acuerdo. En la sociedad tribal se producen en arreglos matrimoniales entre los parientes de los novios, convenios de paz, trueques de productos y alimentos. En estas transacciones existe una retribución y un plazo de tiempo definido para realizarla; además, a diferencia de la reciprocidad generalizada, el vínculo social-afectivo no es muy significativo. “La gente actúa adherida a intereses económicos y sociales separados. El aspecto material de la transacción es tan importante como el social, y debe haber cierto ajustamiento más o menos exacto, ya que las operaciones deben compensarse. Así, la prueba pragmática es aquí una incapacidad de tolerar la circulación en una sola dirección: las relaciones entre las personas se rompen cuando una se retracta”. En otras palabras, el cálculo y la medida se adueñan de la transacción, pero sin la picardía de obtener ventaja a costa de la otra parte. 3) Reciprocidad negativa. Se trata de obtener una utilidad, obtener un beneficio a costillas de la otra parte, incluyendo el regateo, la trampa y la estafa. Los participantes tienen una relación distante, intereses opuestos e intentan maximizar su beneficio a expensas del otro. La relación es insolidaria, pero ayuda a mantener la cohesión social debido a que el accionar agresivo de un grupo hacia otro será pasible de una reacción del mismo tenor. En sociedades de miles de habitantes como los nuer de Sudán, el robo de ganado o el asesinato tendrán la devolución de la contraparte; la impunidad no es una característica de las sociedades etnográficas.

Estas formas de transacción se corresponden, según Sahlins, con la distancia social entre quienes la practican: “La reciprocidad generalizada prevalece en las esferas más estrechas, se debilita en las más amplias; la reciprocidad equilibrada es característica de las relaciones segmentarias intermedias, y la negativa es la forma de intercambio dominante en la esfera periférica, especialmente la intertribal.” La solidaridad se practica más intensamente según las circunstancias, ya que en épocas de carestía los suministros de víveres suelen compartirse sin especulación, se redobla la cooperación y la ayuda mutua es llevada más allá de lo normal. Solo en situaciones extremas (como las hambrunas o sequías) el sistema no soporta la presión y la solidaridad da paso al individualismo y el egoísmo.

En general, la reciprocidad se presenta en las comunidades articulada con la redistribución y el intercambio, aunque estos aparecen subordinados. La diferencia estriba en que una estructura de reciprocidad necesariamente se debe dar entre grupos simétricos e igualitarios, mientras que la redistribución precisa de un centro, asimétrico -diferenciado socialmente- del resto de la sociedad. Lo cual nos lleva al siguiente punto.

Redistribución: aquí los movimientos económicos de una comunidad fluyen hacia un centro de apropiación y luego retornan hacia el exterior; es condición imprescindible la existencia de un centro de almacenamiento y distribución. La asignación de los bienes y prestaciones de servicios se reúnen en una sola mano, que comúnmente en las sociedades originarias está asociada a un cargo de poder político (el cacique o jefe). Este recibe, almacena y luego redistribuye entre los miembros de la comunidad. La redistribución se ha presentado en sociedades muy diversas, desde tribus de cazadores-recolectores hasta las sociedades estatales antiguas del antiguo Egipto, Sumer, Babilonia y el estado incaico del Perú. Puede estar combinada con la reciprocidad y el intercambio a manera de métodos subordinados.

La redistribución posee propiedades de integración social, ausentes en la reciprocidad económica: su capacidad para aglutinar conglomerados poblacionales de mayor tamaño es notable. Como contrapartida, la redistribución tiende a disminuir la reciprocidad equilibrada, se generan posiciones de poder en el centro distribuidor y se centraliza el intercambio. En su exposición acerca del origen del Estado, Harris sugiere que inicialmente, la redistribución “servía estrictamente para consolidar la igualdad política asociada al intercambio recíproco”. Pero el intercambio redistributivo impulsaba la sobreproducción, ya que los líderes prestigiosos que se ubicaban en el centro consolidaban su autoridad engrosando los almacenes comunales a su cargo. Así, el poder político comenzó a asociarse a la riqueza económica en las sociedades primitivas. Era el Estado en su etapa germinal.

Intercambio: son movimientos económicos entre personas o grupos, en ambos sentidos dentro de un sistema de mercado formador de precios; los precios fluctúan con las variaciones de la demanda y la acción de la competencia. Entre los participantes del mercado la relación es antagónica, ya que la motivación de los participantes es la obtención de lucro. Como lo explica George Dalton: “es la organización del mercado la que obliga a los participantes a buscar una autoganancia material; todos deben vender algo con valor en el mercado para adquirir los medios materiales de existencia.”
Ya no se produce para el consumo, sino para el intercambio, a fin de obtener lucro, el cual a su vez estimula la sobreproducción. “Ante la sentencia del mercado el consumidor está condenado a la escasez y, por tanto, a una condena perpetua de duro trabajo. Ni se encuentra tampoco alivio en adquirir objetos. Participar en una economía de mercado es una tragedia inevitable: lo que empezó en insuficiencia terminará en privación. Porque cada adquisición es simultáneamente una privación -de otra cosa que podía haberse adquirido en lugar de la primera-. Comprar un objeto es privarse de otro” (Sahlins). Así, se crea la sociedad de mercado, donde la organización del mercado lo abarca todo y organiza la sociedad según sus principios. Por ejemplo, los trabajadores que venden su fuerza de trabajo en el mercado laboral, se trasladan a mercados de trabajo mejor remunerados en busca de mejores salarios, o en caso de que estos bajen. La población se distribuye y relocaliza según las fluctuaciones del mercado de trabajo. La sociedad pasa a estar en función del mercado.

Contra el mercado; contra el Estado
El mercado todo lo invade y ordena, todo lo subordina a su lógica. Lejos de generarse una competencia que motorice el progreso, el bienestar general en condiciones de igualdad y libertad, genera injusticia y desequilibrio social, pobreza, desigualdad y la subsunción de las fuerzas productivas y la clase trabajadora a la lógica de la eficiencia en la obtención de ganancias empresariales, la mercantilización de los valores y la moral social, igualando el valor económico de los bienes producidos por la sociedad al precio o valor de cambio. La intervención del Estado pretende corregir esto, pero nunca abandona la lógica del mercado.

El Estado de bienestar de Roosevelt o el peronismo en Argentina, por ejemplo, dan una preponderancia a la redistribución dentro de un modelo de intercambio. Se redistribuye lo que se recauda impositivamente, en teoría aumentando la inversión estatal en los sectores más desfavorecidos y de menores ingresos. Esta redistribución puede asumir la forma de planes sociales, planes “Trabajar”, seguros de desempleo, cajas de alimentos o la “Asignación Universal por Hijo”. El Estado se enquista en la sociedad como la “cosa pública”, frente a la avidez del sector privado. Pero el Estado en verdad se asume en defensa de aquello que destruyó previamente: la comuna social. El Estado como representante del bien público se convierte en empresario, impulsando las obras públicas, absorbiendo los sindicatos y las obras sociales y aumentando el grado de corporativismo del capitalismo.

El fracaso de la “utopía liberal”, que se ejemplifica en el modelo de la copa que rebalsa, es decir, la presunción de que cuando los capitalistas alcancen asombrosos beneficios, los restos del festín que caigan al suelo beneficiarán a los trabajadores y al resto de la sociedad, da lugar al modelo de “justicia social” donde el “gasto público” corrige las iniquidades del mercado. Pero la situación no es sostenible en el largo plazo, iniciándose un retorno pendular al liberalismo. La quimera del libre mercado en lo económico y la democracia en lo gubernativo sucumben frente a la verdad sempiterna: Los monopolios siempre se imponen, en lo económico o en lo político. Pero el monopolio está vigente tanto en el modelo neoliberal como en el asistencialista. En lo económico reinan las transnacionales, las grandes corporaciones industriales, los grupos económicos “nacionales”, las grandes financieras y los bancos; en lo político/social reinan el partido “nacional y popular”, el sindicato amarillo y sus obras sociales, los ministerios de trabajo, las negociaciones paritarias, la corporación periodística y las fuerzas de seguridad.

¿Cuánto vale la Gioconda?
En la sociedad de mercado todo tiene precio. En resumidas cuentas, podría decirse que ahí está la raíz de todos los males y la explicación al reduccionismo de los economistas, que en realidad estudian el funcionamiento del sistema de precios de las sociedades, el intercambio de bienes y servicios con precio a través del sistema de mercado, y a ello llaman pomposamente “ciencia económica”. Huelga decir que la economía no es una ciencia en absoluto, y que la casi totalidad de la producción académica sobre el tema son en realidad complicados estudios acerca un juego que inventaron los capitalistas. Las reglas de este juego (un Monopoly o un Estanciero de trágica complejidad) se basan en la archi-refutada “racionalidad de los agentes económicos”, en que el comportamiento de los seres humanos está orientado a la “maximización”.

Dentro de esta supuesta racionalidad del mercado, de este juego de la oferta y la demanda, el precio es la medida de todos los intercambios, pagos, materias primas y bienes producidos, inclusive del trabajo humano. Así, dentro de este punto de vista, una decisión como la de rescatar a los mineros chilenos en una mina derrumbada a 700 metros de profundidad es considerada antieconómica porque era más barato dejar morir a los mineros y pagar una indemnización, que gastar en el rescate millones de dólares. Sin embargo, el precio político hubiera sido muy alto, por lo que al rescatar a los mineros se maximizó el rédito político del gobierno chileno, frente a los costos materiales.

Veamos un poco la “racionalidad” de esta lógica mercantil: supongamos que en el mercado de cereales, 100.000 toneladas de trigo cuestan 100 millones de dólares. Y con este precio de cien millones se puedan comprar otros bienes equivalentes, según el precio del mercado: La Gioconda de Da Vinci, un avión de guerra de última generación, la descontaminación de un río, la indemnización laboral para 1000 pobladores afectados de cáncer por el establecimiento de una Central Nuclear. Según la “racionalidad de los agentes económicos”, son equivalentes en precio, por lo tanto son intercambiables. Es decir, se pierde lo mismo si se destruye La Gioconda o un avión de guerra, o mueren x cantidad de personas; da igual comprar cereales que aviones si equivalen en precio. Y que cualquiera de estos bienes y servicios sean iguales a unos cuantos miles de pedazos de papeles manoseados, creados por los bancos y emitidos por los Estados, que llamamos “dinero”. Como ya lo decía Marx, todo en el capitalismo es una mercancía. Y como las todas mercancías en la sociedad de mercado tienen precio, todo tiene precio, hasta nuestras vidas.

Hacia una economía de lo concreto
De las formas de integración económica que sucintamente hemos descripto, indudablemente el anarquismo se ajusta con una economía de reciprocidad que, como dijimos, generalmente se da combinada con alguna forma de redistribución. Para que esto sea posible, es necesario que las unidades sociales sean simétricas, iguales, libres y solidarias entre sí. En las sociedades etnográficas, las sociedades primitivas y sin estado, la redistribución y la reciprocidad se daban entre sus unidades sociales componentes, es decir, las aldeas, los clanes, las fratrias, las secciones de las tribus e incluso confederaciones tribales; estas realizan intercambios simétricos, por completo opuestos y absolutamente distintos a los intercambios asimétricos que se dan en las sociedades con jefaturas y las monarquías. También las típicas Federaciones respaldadas por el anarquismo clásico implican una descentralización y unidades simétricas; y también son compatibles con una estructura recíproca y redistributiva. Una economía anarquista, según las necesidades de sus miembros, deberá tener estructuras de redistribución en los casos en que sea necesaria una circulación de determinados bienes y servicios hacia un centro, para luego redistribuirlos hacia afuera. Esta circulación de bienes también coexistirá y estará atravesada por nutridas redes de reciprocidad entre los productores.

Estas formas de reciprocidad y redistribución se pusieron en práctica en las colectivizaciones durante la Revolución Española, aunque en un contexto donde aún el Estado no había sido eliminado. Se realizaron experiencias muy diversas, en algunos casos más cercanas al cooperativismo, en otros casos con un tipo de moneda interna para regular los intercambios dentro de una comuna (similar al mutualismo proudhoniano); en otras colectivizaciones se abolió el dinero y se acercaron a un sistema comunista; también hubo libretas de racionamiento y consumo en una organización de tipo colectivista. Y con los productores individuales que se resistieron a unirse a las colectivizaciones y en la circulación inter-colectividades, se utilizaron formas de intercambio acordadas libremente, en base a trueques o intermediadas con dinero. Lamentablemente estas redes de reciprocidad y redistribución fueron desmanteladas por los burgueses comunistas, harto preocupados en defender a la burguesía industrial y la propiedad privada.

Dentro de un sistema de redes y federaciones superpuestas, donde los productos circulan libremente en base a acuerdos entre los colectivos e individuos que forman parte del total de la sociedad, el único peligro inherente a la organización del sistema radica en el peso que adquieran los centros de redistribución. La redistribución puede derivar en autoritarismo, debido a que la concentración económica en un centro puede generar mecanismos de poder político y clientelismo, incluso en un sistema donde se haya abolido la propiedad privada y el mercado. No debemos desatender las experiencias que los antropólogos registraron en las comunidades con jefaturas incipientes:

“Cuanto más concentrada y abundante sea la cosecha y menos perecedero el cultivo, tanto más crecen las posibilidades de grandes hombres de adquirir poder sobre el pueblo. Mientras que otros solamente almacenaban cierta cantidad de alimentos para sí mismos, los graneros de los redistribuidores eran los más nutridos. En tiempos de escasez la gente acudía a ellos en busca de comida y ellos, a cambio, pedían a los individuos con aptitudes especiales que fabricaran ropa, vasijas, canoas o viviendas de calidad destinadas a su uso personal. Al final el redistribuidor ya no necesitaba trabajar en los campos para alcanzar y superar el rango de gran hombre. (…) De forma creciente, este rango era considerado por la gente como un cargo, un deber sagrado transmitido de una generación a otra con arreglo a normas de sucesión hereditaria. El gran hombre se había convertido en jefe, y sus dominios ya no se limitaban a una sola aldea autónoma de pequeño tamaño sino que formaban una gran comunidad política, la jefatura” (Marvin Harris).

Este peligro era el que intuían los militantes de la FORA que recelaban de algunos aspectos del anarcosindicalismo sobre el papel de los sindicatos después de la revolución. Aprensiones que en muchos casos les darían amarga razón durante la experiencia española. En las sociedades modernas, el paradigma más claro de un sistema dominado por la redistribución es el comunista (marxista-leninista). El Estado es el organismo redistribuidor por excelencia, si bien funcionan algunas redes de intercambio y reciprocidad al nivel de los individuos. En una economía comunista todos los habitantes son empleados del Estado; este sistema ha sido denominado como “capitalismo de Estado”, aunque por supuesto no existe un “mercado” que forme los precios. Los precios son fijados por el Estado según sus propios criterios. Unos aportan su fuerza de trabajo al Estado, y este brinda los servicios y reparte los bienes producidos. El Estado Socialista se convierte en una poderosa estructura de la que nadie puede quedarse por fuera, sin caer en la marginalidad. La misma lógica que se aplica para el sistema político, se aplica para el sistema económico. Esto no hace más que confirmar la proposición de Polanyi de que la economía y la sociedad (la cultura, la política, la religión, etc.) están incrustadas entre sí, y no es posible analizarlas por separado cayendo en el reduccionismo económico (como han hecho los liberales, y también en buena medida los marxistas).

Pero una economía anarquista también deberá cuidarse de que el sistema de reciprocidad termine subordinado a la esfera del intercambio, lo cual llevaría a un retorno del capitalismo. Esa es la gran debilidad de las propuestas mutualistas, que incluso conservan un sistema de precios y un mercado para el intercambio. No vamos a reproducir la crítica que se les ha hecho a los mutualistas (en especial de la escuela norteamericana de Tucker) por parte de los anarcocomunistas (como Berkman) y algunos individualistas. Pero sí dejaremos sentado que la única forma de integración económica compatible con el anarquismo es la reciprocidad, asociada a formas subordinadas de redistribución.

Además habrá que abandonar definitivamente cualquier forma de valoración por sistemas de precios. Una economía anarquista deberá centrarse en la satisfacción de las necesidades y no en el lucro. Los ejemplos de intercambio en base a las necesidades, simétricos y sin la finalidad de obtener una ganancia no solo son abundantes en la literatura antropológica y sociológica, sino en la sociedad moderna capitalista. Cuando los niños y las niñas compran figuritas para intentar completar un álbum, a medida que los van llenando lo más probable es que vayan acumulando un número creciente de figuritas repetidas. Entonces hacen lo más lógico, las intercambian con otros niños participantes desprendiéndose de las repetidas y obteniendo las faltantes. En ningún momento se genera un “mercado de figuritas”, se les pone precio o se obtiene un lucro en estas transacciones, sino que se dan en completa simetría, satisfaciendo las necesidades de los concurrentes e intensificando la solidaridad y la cooperación.

Como percibía el etnólogo Marcel Mauss en los intercambios primitivos, en una economía basada en el don (en lugar de la mercancía), los bienes que se dan no tienen precio, porque no tiene precio aquello que no está en venta. El trueque tiene un efecto redistributivo donde los dones que se intercambian son simétricos. Cuando los intercambios son asimétricos, se genera una “deuda” u “obligación” y el donante adquiere poder sobre el receptor, generándose las condiciones para el surgimiento de una jefatura o una relación clientelista. En las economías basadas en la reciprocidad y la redistribución simétrica, los intercambios maximizan el placer de dar y recibir, reforzando la solidaridad grupal, aminorando los conflictos, aumentando la cooperación y el desarrollo individual de las personas. En una sociedad con una economía de este tenor, el comportamiento egoísta se enfrentará a algún tipo de una sanción social: aquellos que pretendan beneficiarse del comportamiento altruista y solidario, sufrirán como contrapartida algún tipo de reciprocidad negativa.

La antropología, la etnología y la sociología modernas han desarrollado plenamente las intuiciones que Kropotkin, expuso en La Conquista del Pan, El Apoyo Mutuo y Campos, Fábricas y Talleres. Abandonar al mercado y al Estado, los dos pilares ineludibles de la economía capitalista moderna y la sociedad de mercado, no es una quimera ni el producto de fantasiosos teóricos anarquistas, sino una posibilidad concreta y viable, que contiene un sustento teórico científico ponderable. Los anarquistas no podemos desestimar la importancia de repensar nuestros presupuestos teóricos y nuestras propuestas, para alcanzar una sociedad libre e igualitaria. Bien claro está que las formas de explotación y opresión se sostienen no solo por el poder de las armas y la persuasión de los mass media, sino también por la validación académica universitaria y lo que se denomina “sabiduría convencional”. A fin de cuentas, la economía de los economistas de mercado no es más que una intrincada jerga tecnocrática y mentirosa, del mismo tenor que los disparates, extravíos y devaneos de la teología y la sabiduría religiosa.


Bibliografía:
Marvin Harris, Nuestra Especie. Alianza Editorial, Madrid, 1991.
Maurice Godelier, Antropología y Economía. Anagrama, Barcelona, 1976.
Marcel Mauss, Ensayo sobre el Don. Editorial Tecnos, Madrid, 1971.
Alexander Berkman, El ABC del Comunismo Libertario.
Karl Polanyi, La Gran Transformación. Ediciones La Piqueta, Madrid, 1989.
Karl Polanyi, El Sustento del Hombre. Mondadori, Barcelona, 1994.

Autor: Patrick Rossineri
Publicado en Libertad!, Nº 56 y Nº57, Diciembre 2010-Enero 2011, Buenos Aires.

viernes, 31 de diciembre de 2010

CONTRA “GAZOLINAZOS” A DERRUMBAR EL NEOLIBERALISMO MASISTA

Crece el sentimiento general de desconfianza y rechazo a este castigo
navideño denominado como “gasolinazo”. Que a pesar de que funcionarios del
gobierno lo traten de justificar y tildar de necesario, desde donde se vea
atentará principalmente y brutalmente contra la economía del pueblo
trabajador que es constantemente atropellado por experimentos económicos
insensibles del Capitalismo de Estado reformista y su cada vez más
evidente y maquillada economía neoliberal.

Los tecnócratas del gobierno alientan a no perder la calma después de esta
nivelación local a precio internacional de precios de los combustibles..
Nos dicen que es tiempo de reaccionar con la cabeza y no con el hígado. El
gobierno desnuda su insensibilidad y desafía nuestra paciencia con
declaraciones al mejor estilo de la derecha de antaño que con cifras frías
justifican los medios perversos que efectivizan en busca de los fines
macroeconómicos, que aseguran la estabilización de la economía boliviana,
esa economía que en los papeles(oficialistas) es un país de bonanza
económica y país saludable en su economía, un país de las maravillas que
merece la envidia de nuestros vecinos, un país que defiende la cifras
macroeconómicas pero niega la creciente pobreza y desempleo que golpea
cada vez con más fuerza. Y esto no nos extraña pues quienes manejan las
estructuras económicas de este gobierno se camuflan de Masistas y
revolucionarios pero son los mismos que manejaron muchos años la economía
liberal, que por entonces defendía a las corporaciones en desmedro del
pueblo, ahora defiende al Estado en desmedro de los trabajadores. Los
capitalistas, las dirigencias Masistas y las elites fascistas regionales
conviven en su bonanza económica, manejan el poder y tiran migajas en
épocas de elecciones al pueblo hambriento y desesperado, para comprar su
apoyo y servilismo.

La lucha es contra el contrabando nos dicen, suponiendo que así sea, se le
corta la subvención a los contrabandistas, pero quien fiscaliza a quienes
ahora administraran el dinero sobrante? Los mismos que jugaron a ser
jueces y parte de una repartija vergonzosa del dinero del pueblo? Este
proceso liderado por Evo Morales que muestra cada vez más su verdadera
vocación autoritaria y demagoga con declaraciones y pronunciamientos en
los que nos dicen que no hay porque hacer huelgas, marchas o bloqueos como
antes, pues ahora vivimos en un proceso de transición democrática y no hay
porque protestar, pues eventualmente los sueldos subirán para palear la
subida generalizada de los precios de los artículos indispensables para
vivir así como el costo de vida en general. Nos preguntamos, esa eventual
subida de los sueldos cuando será? Realmente sucederá? Y que pasara con
quienes apenas sobreviven pues no consiguen trabajo, quien les subirá sus
pocas monedas que eventualmente consiguen? Podremos confiar en que los
patrones suban los sueldos, aun cuando en la actualidad ni siquiera
respetan los derechos básicos del código del trabajo? Quien defenderá al
pueblo de la inflación de costos y la especulación? Y quien nos garantiza
que esta medida económica ahora si impactara en mejorías para los
trabajadores y no en casas y vacaciones para los dirigentes Masistas como
paso y pasa hasta ahora?

Creemos que este gobierno no solo no responderá a ninguna de estas
preguntas con sinceridad sino que en decadencia por sus propios errores
desvelara finalmente su incapacidad y su verdadera cara neoliberal y nos
demostrará una vez más que solo sirve para garantizar la emergencia y
consolidación de una nueva clase parasitaria que vive y disfruta gracias a
todo cuanto a nosotros como trabajadores el Estado nos arrebata, con
medidas económicas como las de este “gasolinazo”. En otras palabras Evo
Morales y el MAS refuerzan la noción de revolución pacífica con la misión
de que no existan reacciones del pueblo indignado que ve pasivamente que
las medidas gubernamentales nunca llegan a impactar en la vida cotidiana y
bolsillo del pueblo, que ve como son pocos los privilegiados en la nueva
burocracia Masista junto a dirigentes sindicales comprados que en vez de
hacer respetar los derechos colectivos de los trabajadores ante la
soberbia de los gobernantes, disimulan la realidad de que cada vez la
población explotada y oprimida esta peor, sin dignidad y con más problemas
para llegar a fin de mes sin hambrear y que al mismo tiempo los
explotadores y políticos afines a la línea oficialista se encuentran cada
vez más volcados en contra de su pueblo y con mas privilegios. Esperamos
que las bases sociales rebasen a los dirigentes que muy comprometidos con
su coima mensual y cegados por la pasividad doctrinaria olvidan que se
deben a sus bases y a su pueblo, que cuando los trabajadores nos
organizamos aquí nadie nos para, ni con armas ni con mentiras ni con
dirigentes corruptos…Ya muchos vividores parásitos que lucraban con la
política de la dominación y la jerarquía institucionalizada vieron de los
que somos capaces.

A movilizarnos, a organizarnos a demostrarles a los corruptos gobernantes
que los guerreros de la “guerra del gas” estamos aquí para rebelarnos
contra su tiranía institucionalizada que de revolucionaria y comunitaria,
no tiene nada. Ahora nuestra lucha no será por bajar presidentes, sino
para cambiar finalmente las estructuras políticas, sociales y económicas
en busca de que el pueblo siente las bases del poder popular comunitario,
autogestionario y federativo. A reapropiarnos de lo que nos pertenece, los
medios de producción. A ejercer la autogestión mediante un control real y
efectivo de las organizaciones populares, autónomas e independientes, para
que no se repita su “nacionalización” o “estatización” que hoy tras muchos
años de implementación demuestra su fracaso económico producto de la
burocracia y corrupción de las dirigencias que controlan la producción y
su generante económico.

“Contra la institucionalización de la Revolución: ¡Pueblo consciente,
combativo y autoorganizado!”

O.A.R.S. Organización Anarquista por la Revolución Social

Organización Anarquista por la Revolución Social
"Contra la Institucionalización de la Revolución:
¡Pueblo Conciente, Combativo y Auto-organizado!"


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viernes, 19 de noviembre de 2010

Tenemos mucho que aportar a los conflictos concretos contra el poder, donde quiera que se expresen


Entrevista al compañero RAFAEL UZCÁTEGUI.




Hace pocos días vio la luz el libro “Venezuela: La revolución como espectáculo”, editado en conjunto por cinco editoriales de España, Argentina y Venezuela, su autor es Rafael Uzcátegui, un compañero de la región venezolana principalmente conocido entre el medio internacional por su labor en el equipo editor de El Libertario, vocero ácrata con más de 15 años de vida. El 22 de noviembre tendremos el agrado de tener a Rafael en Santiago, en Casa Volnitza, y para preparar un poco nuestro encuentro El Surco quiso conocer un poco más las dimensiones del libro y su perspectiva sobre las posibilidades anarquistas en nuestros días.

Para la opinión pública internacional desde que el actual presidente Hugo Chávez tomó el poder en Venezuela, el país inició un camino de transformación social denominado “revolución bolivariana”. En estos once años de Gobierno ¿Cuáles han sido, de acuerdo a tu perspectiva, los principales alcances y limitaciones de tal proceso? ¿Podemos hablar efectivamente de una revolución, es decir de una transformación estructural del sistema en su conjunto?
Una de las hipótesis centrales de “Venezuela: La revolución…” es que el proceso político liderizado por el presidente Chávez es más una continuidad que una ruptura de la cultura y la tradición política venezolana. Para intentar explicar esto, en medio de tanta propaganda, mitificaciones y medias verdades, tanto de quienes lo apoyan como de quienes lo adversan, desarrollamos tres bloques temáticos. El primero, y sin el cual es imposible entender a este país, por el proyecto modernizador que orbita en torno al desarrollo de una economía extractivista basada en la venta de petróleo, y otros minerales, al mercado internacional. El petróleo ha generado unas maneras de pensar la sociedad, y el propio cambio, que han modelado la racionalidad inherente tanto al chavismo como a sus pretendidos contrarios. El segundo aspecto es la vida cotidiana dentro de la llamada revolución bolivariana, en un país que a pesar de ser autocalificado como vanguardia del “socialismo del siglo XXI” exhibe las cifras de violencia y anomia más grotescas de toda la región. En esta parte, basados en cifras oficiales, afirmamos que el bolivarianismo sólo puede mostrar datos positivos si se compara con la década anterior –un período atravesado por una fuerte crisis económica y convulsiones sociales-, pero que si se confronta con todo el período denominado democrático, a partir del año 1958, se evidencian con claridad un hilo conductor basado en el populismo rentista petrolero y la política caudillista. Por último describimos la situación de los movimientos sociales, desarrollando con ejemplos concretos como la cooptación e institucionalización del tejido beligerante de la década de los noventas, que precisamente llevó a Chávez al poder a través de los votos, recuperó un grado de gobernabilidad tal posterior al “Caracazo” que pudieron implementarse medidas, como la reversión de la nacionalización petrolera, que eran impensables quince años atrás. Un aspecto positivo, que sin embargo también encontramos en el pasado venezolano, es la reivindicación simbólica de lo popular. Sin embargo esto es, a todas luces, insuficiente para categorizar lo que pasa como una revolución. Lo que ha sucedido, e intentamos demostrar en 300 páginas, ha sido la profundización del rol asignado a Venezuela por la globalización y la acoplación de nuestro país a sus principales tendencias, maquillado con un discurso políticamente correcto.

Sin duda “La revolución como Espectáculo” es un enunciado provocativo. ¿Qué elementos del Espectáculo definido por Guy Debord te han llevado a homologarlo al “proceso bolivariano”?
Al contrario de lo que pasa en muchos ensayos similares, la dicotomía entre el discurso y los hechos, así como las continuas épicas gaseosas y pirotécnicas publicitadas desde Caracas hicieron que, ante la necesidad de contar con un concepto que explicara dicha proeza demagógica, utilizáramos el concepto situacionista, redescubierto en estos tiempos dominados por los flujos de información. La idea más poderosa, que por sí misma puede describir a Venezuela, es que nos encontramos en un momento en que la producción de imágenes ha sustituido la producción de cosas que eleven la calidad de vida de la gente.

Es ampliamente sabido que para muchos de los apologistas del “socialismo del siglo XXI” en todo opositor al régimen chavista hay un vendido al imperialismo Norteamericano. ¿Cómo se han enfrentado a este tipo de acusaciones?
Dicho descalificativo stalinista nos ha hecho, al equipo redactor de El Libertario, tener que argumentar impecablemente nuestras afirmaciones, ejemplificando más con hechos concretos que con recursos exclusivamente ideológicos. En el caso del libro se ha privilegiado la voz de decenas de activistas populares que participaron, activa y decididamente, en el movimiento chavista en sus primeros años, pero que en los actuales momentos y por diferentes circunstancias expresan su descontento y antagonismo al mismo. La estupidez es incorregible y estadísticamente necesaria, por ello los interlocutores e interlocutoras que nos interesan son aquellos alérgicos al chavismo en tanto religión y que desean tener una visión compleja, y por tanto más real, de lo que pasa en Venezuela.

¿Cómo ves el anarquismo en Venezuela? ¿Qué alteraciones ha creado la promesa revolucionaria de Chavez al interior del movimiento libertario?
El anarquismo en Venezuela le ha ocurrido lo mismo que al resto de movimientos sociales del país: ha sido fuertemente cooptado y estatizado por la nueva burocracia en el poder. Para nosotros/as, en El Libertario, ha sido de mucha ayuda comprender lo que pasó con el anarquismo y los anarquistas en la Cuba castrista y en la Argentina peronista. Ello nos ha ayudado a delinear una posición que se distancia tanto del chavismo en el poder como de sus pretendidos contrarios en la oposición, y apostar por la recuperación de la autonomía de los movimientos sociales locales como precondición para la expansión de los valores libertarios. Hoy, en tanto como movimiento con lazos orgánicos y acciones coordinadas por afinidad, no existe un movimiento anarquista en el país. Lo que sí hay es un puñado de compañeros y compañeras, dispersos por todo el país, intentando sobrevivir en esta difícil coyuntura, empezando su acción y reflexión desde casi cero.

A nivel latinoamericano ¿Te parece que crece y madura ese “Despertar anarquista” que hace algunos años describía el compañero Daniel Barret?
Creo que el diagnóstico realizado por el compañero uruguayo, infelizmente desaparecido hoy, es básicamente cierto. En medio de la crisis de las ideologías, y particularmente de las de izquierda –a pesar de los gobiernos autodenominados progresistas, que son precisamente expresión de esa implosión- los valores antiautoritarios del anarquismo son herramientas práctica poderosas para el porvenir. Sin embargo, la crisis de la izquierda no nos ha pasado por encima, y como muestra se encuentra ese oxymorón promovido por algunos y algunas de “poder popular libertario”, lo cual demuestra que 1) no hemos aprendido nada de la historia y 2) la crisis es de tal magnitud que estamos importando los conceptos y prácticas más rancias de la izquierda autoritaria. Por un lado tenemos la mitificación del pasado, en algunos círculos anarquistas autocomplacientes, y por otra una terrible flojera de pensar que hace que luzcamos como orgullosamente nuestras algunas consignas que nos son totalmente ajenas. Y en este punto es cuando más extrañamos a Daniel Barret, una de las cabezas más lúcidas del anarquismo latinoamericano contemporáneo, que nos abandonó cuando producía reflexiones que aterrizaban lo mejor de la tradición anarquista con las realidades del presente siglo.

Algunas palabras finales…
No soy de quienes jerarquizan que es más o menos importante en nuestra lucha por una vida que merezca ser vivida. Por ello hay que valorar la diversidad que parece expresarse en la expansión de todas y cada una de las prácticas anarquistas en la región. Por una misteriosa vocación rescato el espíritu autodidacta expresado en los quijotes editores de prensa ácrata en un continente tan áspero como el nuestro. En sintonía, nos agrada la vitalidad expresada en El Surco y creemos que es ejemplo de la potencia presente en la región chilena. Tenemos que seguir tejiendo amorosamente los lazos y afinidades por encima de las fronteras, generando conocimiento, complejizando lo simple y simplificando lo complejo, actuando y generando experiencias concretas con gente corriente. Este es uno de los retos que tenemos que abordar quienes, en América Latina, nos formamos en el anarquismo en su aspecto más contracultural: salir de nuestros guettos y construir libertad y justicia social con quienes no piensan, actúan –o incluso se visten- diferente de nosotros y nosotras. Tenemos mucho que aportar a los conflictos concretos contra el poder, donde quiera que se expresen, lo cual podemos hacer sin disimular nuestra propia identidad –como lo hacen los plataformistas- y dándole más valor a las actitudes concretas y los valores que a las etiquetas. Un abrazo a todos y todas.

Puedes descargar el libro en:
www.larevolucioncomoespectaculo.com

Publicado en: El Surco Nº 21, Santiago de Chile, noviembre de 2010.

La tierra se traga hombres. El sistema vomita injusticia

Nunca en la historia habíamos tenido tantos noticiarios. Nunca en la historia de esta región esos noticiarios habían estado, hora tras hora, exponiendo hechos. Nunca antes los medios de comunicación habían dado la posibilidad de acceder a la “realidad” de la forma y en el momento más inmediato. Probablemente nunca en Chile vayan a existir tantas universidades ofreciendo la carrera de periodismo.
Aún así y todo, pocas veces como hoy en día, hemos estado más desinformados.
El show (al parecer sin el beneplácito de los protagonistas) minero terminó, y contrario a lo que pensábamos, fue dejado de lado con bastante rapidez. Hemos de suponer que la búsqueda de responsables o la discusión en torno a las condiciones laborales de cientos de miles también quedará de lado. No hay perforadora ni cápsula que saque del encierro asfixiante al resto de los oprimidos; ellos mismos habrán de remover escombros, de cavar, de buscar la salida al aire fresco de la libertad. Todos en conjunto.
¿O no? ¿Si el gobierno pudo rescatar a los treinta y tres de la fama desde las entrañas de la tierra no podrá hacerlo con los de acá? Los ricos y poderosos no podrían, no quieren porque si lo hacen todo su reino se desmoronaría. La salida a la superficie no se realizará sin hacer saltar todo el edificio que sobre ésta se sustenta.
Y mientras tanto, todo quedó en suspenso. No hubo asaltos, choques, allanamientos ni decomisos, los mapuche dejaron de luchar. Los medios mostraron –extrañamente- a un Chile unido. Todos con los ojos puestos en las ingratas tierras de Copiapó (ingratas desde hace siglos) dejaron de hacer lo que hacían. A la fuerza pero con beneplácito, los medios -y sobre todo la televisión por sus ventajas técnicas- nos configuraron en un ejército de televidentes, uno de los más disciplinados que han enorgullecido a esta aguerrida raza. Un advenedizo Golborne, empresario anodino e intragable, lo comandó como si lo conociera desde hace tiempo. Lo hizo con la venia de su superior el presidente, que jamás puso más a prueba sus operaciones oculares como lo hizo ahora, con una sonrisa que deja entrever las orillas rojizas y brillantes de parpados que se cierran pero no descansan, y que parpadean al ritmo de Wall Street. Como el ejército del que formamos parte vimos una lógica nueva, la promocionada “nueva forma de gobernar”. No hubo funcionarios, ni burócratas, ningún medio pelo que la concertación hacía desfilar ante cada calamidad. El nuevo gobierno se compone sólo de cabecillas, para este caso dual, siendo a veces triunvirato con Lavín que en terreno enseña de manera solemne en escuelitas modulares de la zona afectada por el terremoto.
Los mineros fueron rescatados por Piñera y Golborne, nadie más. Nadie sabe cómo un ingeniero civil y otro comercial aprendieron a manipular de repente máquinas perforadoras, a planificar los primeros auxilios, etcétera. Ya se habla del advenedizo anodino como carta presidenciable. Sus cifras en encuestas se dispararon porque el ejército de espectadores aprecian su capacidad de manejo de la situación, ¿si pudo sacarlos, cómo no podrá hacerlos con nosotros, que estamos sumidos en la miseria, muy profundo?
Padecemos síndrome de Estocolmo, prematuro y alarmante, con la nueva forma de gobernar, que de nueva tiene sólo las cicatrices constantemente tensadas por las emociones en los ojos de Piñera.
A cavar hacia la superficie para hacerlos caer, entonces. En el presente número hemos dejado de lado el tema tan recurrente del rescate dando paso a otras noticias. Felizmente hemos de comunicar que el tiraje se nos hace cada día más escaso, y para contribuir codo a codo con la salida a la superficie de los oprimidos comunicamos también la pronta salida del primer suplemento de “El Surco”.

Grupo Anarquista “El Surco”

Publicado en: El Surco Nº 21, Santiago de Chile, noviembre de 2010.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Meterse en las luchas sociales concretas




Muchos de nosotros hemos empezado nuestro camino radical a partir de la lucha contra una injusticia en particular.
Luego, con experiencia y con lecturas, nos hemos dado cuenta de que el problema es más profundo. No es un policía, es toda la institución. No es un gobernante corrupto, es un sistema político que responde a la clase dominante. No es una empresa, es el capitalismo. Cuando tomamos conciencia de que la raíz de todos los problemas sociales se encuentra en la organización social basada en la explotación, y que para solucionar esto se necesita un cambio revolucionario de la misma, solemos perdernos en debates estériles contra otras visiones que se reclaman revolucionarias e incluso con gente de nuestra misma visión sobre cómo llevar a cabo esa revolución.
Dependiendo de cómo respondamos esa pregunta, la identidad de revolucionario que tendremos, desde la cual haremos nuestra propaganda y nuestras “intervenciones” en el presente. Pero luego de identificarnos con una determinada ideología revolucionaria pasa algo más grave. Una vez reconocida la diferencia entre el camino revolucionario y el reformismo, se suele adoptar un enfoque anti-reformista. Y de allí viene la abstención de las luchas reivindicativas y por reformas y por lo tanto el aislamiento del movimiento real de los explotados y oprimidos, al cual consideramos atrasado por sus ideas y sus métodos. ¿Pero atrasado respecto a qué? ¿Respecto a la situación histórica y los objetivos inmediatos? No, atrasado respecto a las ideas y métodos que reclamamos nuestros. Es un criterio egocéntrico. Y es que hacer política (aun si se la llama anti-política) desde una identidad, en vez de hacerla desde las necesidades y posibilidades reales del movimiento de los explotados, es egocentrismo.
Desde esta política identitaria todo lo que tenemos que hacer es machacar con nuestras ideas y buscar rendijas en las luchas actuales donde podamos “intervenir” sin comprometer nuestra identidad política (a la que llamaremos “principios” o “programa”). Desde esta política lo más prioritario es delimitarse, no integrarse. Es oponerse al status quo, no pugnar por superarlo. Algunos que buscan participar en las luchas sociales de su entorno sin imponer sus ideas habrán asentido con la cabeza al leer esto pensando que están exentos de esta crítica. Pero después en lo que escriben sobre esas luchas sociales se nota que lo que más les interesa no son los obstáculos que tienen enfrente y cómo superarlos, sino evaluar en qué medida estas luchas se acercan a sus ideas, en qué medida el movimiento avanza adonde ustedes creen se encuentran parados, esperándolo (por más retórica antivanguardista que utilicen).
El rol del revolucionario consciente no es esperar a que los frutos estén maduros para su “intervención”.
Tampoco es participar en las luchas sociales haciendo ultimátums (explícitos o implícitos) sobre el carácter que tendrán que tener para poder ser parte de ellas sin comprometer sus “principios”.
Tampoco es ser furgón de cola del reformismo. El rol del revolucionario consciente es participar del movimiento actual de los explotados -tal como es y no tal como se quisiera que fuera- para hacerlo avanzar en su desarrollo.
Pero el criterio para definir qué es un avance y qué un retroceso del movimiento de los explotados no debe ser una ideología revolucionaria. Debe ser la evaluación práctica de la lucha en cuestión y la historia de ese movimiento. Cosa es mucho más compleja de evaluar, porque significa abordar matices que para la ideología son irrelevantes.
Por culpa del enfoque ideológico y de la política identitaria muchos revolucionarios están ausentes de luchas tales como:
- Las luchas por la igualdad jurídica y los derechos específicos (como el derecho al aborto).
- La protección del medio ambiente y los bienes comunes.
- Las luchas vecinales (semaforización de las calles, asfalto y cordón cuneta, iluminación de los barrios, etc.).
¿En qué se justifica esa ausencia? En que esas luchas son reformistas, sólo buscan un cambio de legislación y de las instituciones y por lo tanto son un “remiendo del sistema” (lo cual, para la ideología del “cuanto peor, mejor”, es inaceptable).
De esta manera, los revolucionarios se aislan de muchísimos procesos sociales cooperativos en los cuales los explotados buscan resolver sus necesidades (necesidades que un movimiento parcial, como el movimiento obrero, no resuelve). O esos procesos adoptan formas organizativas e ideas compatibles con nuestra ideología revolucionaria, o nos abstenemos de ellos.
Una vez nos demos cuenta de cómo nos autolimitamos se abrirá ante nosotros un amplio abanico de posibilidades de participación autónoma en lugares tales como la cooperadora de la escuela, las reuniones de consorcio, el centro vecinal. Lugares que ni en pedo son revolucionarios ni están previstos en la ideología revolucionaria clásica (como sí lo están los sindicatos, por ejemplo). Se podrá objetar que en esos lugares hay mucha ideología reaccionaria y egoísmo. Pero es que nosotros no vamos a ir ahí a hacer proselitismo de nuestras ideas sobre la sociedad y cómo cambiarla, vamos a aportar teórica y prácticamente para resolver las necesidades comunes que dieron lugar a esos procesos cooperativos. No vamos a presentarnos como “revolucionarios”, sino como personas que tenemos intereses en común y quieren aportar.
A lo que tenemos que apuntar es a lograr una superación de las actuales formas de cooperación, y sólo podemos hacer la diferencia cuando participamos autónomamente en los procesos cooperativos tal como son. Imponer condiciones ideológicas a nuestra participación es lo mismo que abstenerse, y la abstención nunca es revolucionaria si no existe una opción superadora a la que elegir.

Publicado en: Parrhesia Nº 10, agosto, de 2010; Bahía Blanca.
Autor: Ricardo Fuego

Ecuador: contra todo golpe de estado (incluso los fingidos)


Como es del dominio público, el pasado 30 de septiembre, la policía ecuatoriana desencadenó una serie de hechos que tuvieron como punto álgido el secuestro del presidente Rafael Correa y sus declaraciones acerca de la promoción de un golpe de Estado en su contra. Hagamos aquí un paréntesis inicial para evitar malos entendidos y lecturas ligeras. Como anarquistas estamos en contra de todos y cada uno de los golpes de Estado realizados en la historia reciente de nuestro continente. Aquí no hacemos las distinciones que hacen otros. No hay golpes de Estado buenos y malos, ni militares progresistas y conservadores. Si bien existen las tendencias dentro de las Fuerzas Armadas, así como diferencias entre las dinámicas castrenses de país a país, los Ejércitos reaccionan por igual con “espíritu de cuerpo” y son un dispositivo que concentra todos los antivalores que rechazamos en tanto libertarias y libertarios. Por ello repudiamos con vehemencia, en cada una de las circunstancias, que los conflictos a resolver por la sociedad en su conjunto, y especialmente por las clases oprimidas, tengan la injerencia de quienes, estatalmente, monopolizan las armas y la violencia. Sin embargo este rechazo firme y contundente al golpe de Estado no es traducible, desde el anarquismo, con un apoyo tácito o estratégico al gobierno de turno. Y en este sentido Ecuador no es una excepción.
Todas las cronologías sobre los hechos colocan como desencadenante de la crisis ecuatoriana la rebelión de las fuerzas policiales, cuya motivación visible fue la pérdida de beneficios laborales como consecuencia de la aprobación, el día anterior, de la “ley de servicio público”, con la participación activa de la bancada parlamentaria correísta, la llamada “Alianza País”. La movilización policial y el caos, como era de esperarse, intentaron ser capitalizados políticamente por sectores del país desplazados del poder, como por ejemplo fuerzas alrededor del ex presidente Lucio Gutiérrez, los cuales –no dudamos un segundo-, si la espiral de hechos les hubiera favorecido habrían intentado un derrocamiento abierto de Rafael Correa de la presidencia. No sería ni la primera ni la última vez que políticos “demócratas” de la región azuzaran los vientos del golpismo si los aires les fueran favorables.
Si bien los hechos no son únicamente expresión de un cándido descontento popular, como lo quiere hacer ver un sector de los medios, no deja de ser cierto que a pesar de la popularidad de Correa hay razones para el malestar social. El comunicado de la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indigenas del Ecuador) los resume en: 1) Ataque y deslegitimación sistemática de sectores populares organizados, 2) Carácter autoritario del gobierno en la promulgación de leyes y 3) Represión en contra de las movilizaciones críticas del modelo extractivista petrolero. Un segundo acierto del pronunciamiento indígena es que caracterizó el enfrentamiento como una pugna entre la vieja derecha –la desplazada por el poder- y la nueva derecha –la burguesía que florece amparada por el correísmo-. Este elemento es clave para el análisis.
Otra versión asegura al mundo que los hechos de Quito son el clásico golpe de Estado promovido por “la derecha” – con lo que Correa se encontraría ubicado “a la izquierda”- con el apoyo del imperialismo. Sin embargo esta explicación fácil, además de la retórica se sustenta en pocas evidencias. Como lo escribió Pablo Stefanoni: “Resulta difícil organizar un golpe sin apoyo de los militares, de al menos parte de la burguesía y de grupos de poder, entre ellos al menos algunos medios, y de sectores de la sociedad civil. Finalmente, no menos importante para un país pequeño, algún apoyo externo. Nada de esto hubo este jueves en Ecuador”.
Como bien nos recordó Stefanoni las rela¬ciones entre Ecuador y Estados Unidos son cordiales. El 8 de junio, -Hillary- Clinton fue recibida con gestos amistosos en Quito. El embajador de Ecuador en Washington, Luis Gallegos, resumió el evento a la agencia IPS. “Creo que esta visita es una muy mala noticia para la recalcitrante derecha ecuatoriana, que ahora no sabe lo que pasa, pero también para los ‘talibanes’ que desearían que el gobierno ecuatoriano no converse con Estados Unidos”. Correa y Clinton se tiraron varias flores. El ecuatoriano puntualizó que no abriga “ninguna animadversión” hacia el gigante del Norte. “Al contrario, es un país muy querido, en el que pasé cuatro de los más felices años de mi vida”, dijo, refiriéndose a sus estudios de doctorado en la Universidad de Illinois. “Estamos forjando un nuevo marco de relaciones. Estamos en el siglo XXI. Esto es el 2010. No vamos a poner el reloj para atrás”, respondió la estadounidense. Por último, el pasado 5 de julio en Caracas el presidente Rafael Correa afirmó que los principales enemigos de su “Revolución Ciudadana” no era ni la “oligarquía” ni el “imperialismo”: “El mayor peligro para los socialistas no son los escuálidos ni los pitiyanquis (...) son los que toman nuestras banderas y con infantilismo ridículo toman nuestros discursos y le hacen daño. Hay que estar atentos con el izquierdismo infantil del todo o nada que es el mejor aliado del estatus quo”. Aquello era una clara alusión al movimiento indígena y ambientalista del centro del mundo, que ha venido cuestionando la fidelidad de Rafael Correa a las políticas extractivistas de recursos energéticos con destino el mercado global.
Al cierre de la presente edición de El Surco, el único pronunciamiento libertario conocido proveniente del propio Ecuador, es el de la organización “Hijos del Pueblo”. A pesar del uso de un lenguaje más leninista que anarquista (“-necesitamos-la conformación de un Partido de clase, una vanguardia revolucionaria, el fogueo entre las masas con un Programa Revolucionario…”) complejizaba la versión oficialista, amplificado por la izquierda autoritaria mundial, al deslizar que los hechos eran un golpe “bajo sospecha” o un “autogolpe, según las últimas reflexiones”. Asimismo concluía, como la CONAIE, que lo sucedido había sido una confrontación de naturaleza interburguesa y “luego de esto, es inevitable que el proceso ciudadano vuelva con más fuerza; a la vez que la cooptación, el fraccionamiento y desarticulación del movimiento popular, sería la combinación perfecta para generar control directo sobre las masas explotadas faltas de un referente partidario”. La promoción de una falsa polarización, mientras se cumple el rol asignado al país por el capitalismo globalizado, ha sido el núcleo del disciplinamiento y dominación de los países de América Latina que hoy son gobernadas por coaliciones autodenominadas “progresistas”.
Mientras esperamos otros aportes que iluminen e interpreten el 30 de septiembre ecuatoriano reiteramos el rechazo anarquista a todos los golpes de Estado (aunque sean simulados) y nuestro compromiso con la autonomía y beligerancia con las organizaciones sociales de base en conflictos con el poder.

Publicado en: El Surco, Nº 20, Octubre de 2010, Chile.
Autor: Rafael Uzcategui

miércoles, 20 de octubre de 2010

La tragedia minera, el Bicentenario y el alma NAZI-ONAL


Viva Chile Mierda!” Espetó eufórico el empresario -y gerente del Estado chileno- Sebastián Piñera luego de comunicar públicamente que los 33 mineros atrapados en las profundidades de la mina San José (700 mts.) estaban aún con vida, después de 17 días sin que se tuviese noticia de ellos. Mediante un mensaje escrito en un ajado papel, con letras rojas y emotivas (que fue guardado en La Moneda para la celebración del Bicentenario, según señaló el mismo Piñera), en el que se leía escueta­mente “Estamos bien, en el refugio, los 33”, el día domingo 22 de agosto del 2010, se tuvo por primera vez noticia de los malogrados mineros, lo que causó gran conmoción en la sociedad “chilena”, que ya se mostraba alicaída y desesperanzada de encontrarlos con vida, en cuanto los pronósticos no eran los mejores. De la desesperanza se transitó a la alegría incontenible. Ese día, tras el aviso presidencial no sólo los familiares de los mineros y los rescatistas cantaron alegremente, entre sollozos y lágrimas de emoción, el himno nacional, sino también las personas que salieron a las calles a manifestarles su apoyo y solidaridad en el centro de Santiago, a varios kilómetros de distancia del lugar de la tragedia. En la Plaza Italia (centro neurálgico de la capital) se congregaron alrededor de un centenar de personas, sin previo aviso ni convocatoria alguna, para celebrar el acontecimiento, con sus respectivas vuvuzelas (sobrantes del mundial sin duda), banderas chilenas, escudos nacionales, y una que otra pancarta (“Viva Chile y sus mineros” decía una de las más publicitadas), mientras los automovi­listas que por allí transitaban les tocaban las bocinas azuzándolas y gritando, junto a ellas, “Viva Chile” o “Ce, Hache, I…” por las ventanas, o entonando estrofas del himno nacional. Es más, Piñera en su declaración, antes mencionada, señaló que se sentía “más orgulloso que nunca de ser chileno” (nótese: “de ser chileno”) y que no se podía dar inicio de mejor forma al “mes de la pa­tria” (Septiembre) de este año, que por lo demás tiene una connotación festiva para el poder y la clase dominante: La celebración de la creación forzosa del Estado-nación chileno (el Bicentenario). Banquete al cual no están todos invitados, por más que nos hagan creer lo contrario en sus spots publici­tarios democráticos e inclusivos y sus seudo políticas sociales.

El patrioterismo si bien no es nuevo, y se puede rastrear tristemente desde el punto de vista histórico, no ha dejado de sorprendernos estas últimas semanas a propósito de la tragedia minera y del dolor de las familias afectadas. ¿Cómo se explica lo anterior? Para intentar dar una respuesta a esta interrogante es necesario señalar que el gobierno de Sebastián Piñera ha apostado en todo momento de crisis (socio-política) por potenciar la abstracta e inexistente idea de “unidad nacional”, a través de un discurso fuertemente nacionalista, que linda en mu­chos casos con los planteamientos fascistas. Idea populista contraria, por cierto, a las ideologías que tienden a la fractura social burguesa (y por ende a la guerra social, a la lucha de clases, etc.) y a quienes las pregonan férreamente (especialmente los anarquistas y antiautoritarios), en tanto asume a la nación como una “comunidad indivisa” y enemigos irreconciliables, a quienes atentan contra ella o la cuestionan discursiva y prácticamente.

Desde su campaña presidencial Piñera ha hecho alusión, en más de una oportunidad, al concepto de “alma nacional”, entroncado con el de “unidad nacional”, el cual no sólo debe ser visto como un mero e inofensivo recurso literario por parte del magnate-presidente, sino que deber ser considerado como un término de larga data que carga con una connotación ultranacionalista innegable y que desde el punto de vista histórico ha tenido horrorosas manifestaciones socio-políticas tras la implementación de gobiernos de corte totalitario de extrema derecha en Europa. Dicho concepto fue utilizado por Piñera en diversas oportunidades tras el terremoto del 27 de febrero y hoy día, en que los medios han potenciado el nacionalismo-popular a punta de sensacionalismo y morbo por la tragedia de los obreros mineros, nuevamente lo ha traído a colación insistentemente, sobre todo si consideramos que ya se escuchan las populares y tradicionales cuecas en las radioemisoras y se vislumbra uno que otro volantín en los contaminados cielos de Santiago.

El concepto de “alma nacional” fue asido, por la derecha latinoamericana, incluida la de la región chilena, de los paradigmas teóricos del nacionalismo europeo (alemán, francés y español), especialmente del romanticismo. Dichos paradigmas asocian a las naciones, a organismos con espíritu, con almas, a seres ontológicos, y se expresaría en manifesta­ciones culturales concretas, tales como el folklore, símbolos patrios (himnos, banderas, escudos, bailes, etc.), tradiciones, etc. (eng­lobados en el concepto de cultura nacional). Asimismo, la nación y su esencia se expresa­rían en individuos escogidos (personalidades providenciales), que acogen el sentir nacional, y que combaten por extensión, a través de todos los medios represivos a su alcance, a los infiltradores de la nación -destructores del alma nacional- y de sus ideas (liberalismo, marxismo, anarquismo, etc.). De esta forma se hace urgente, perseguirlos y combatirlos, ya que la salvación de la nación supone la exclusión de los “elementos disolventes”, y si es necesaria su destrucción física. En el caso chileno, los elementos nocivos han ido cambiando con el paso del tiempo. Hacia fines del XIX y comienzos del XX fueron los liberales, socialistas y anarquistas (incluidos los demócratas), para dar paso luego a los comunistas y marxistas de todos los tintes (VOP, MIR, MJL, etc.), en el contexto de la Guerra Fría (1945-1989), mientras que hoy en día, nuevamente lo son los anarquistas -desde su irrupción a comienzos de los años noventa- y los mapuche, “terroristas por excelencia” y enemigos de la nación chilena y de la civilización occidental. De la misma forma, el nacionalismo en la actualidad se ha potenciado gracias al accionar de los medios de comunicación de la burguesía (especialmente de la TV) y las campañas de solidaridad del empresariado, que apuntan al asistencialismo y a la caridad, más que a la mejora real de las condiciones de vida y laborales de los oprimidos. Se constituyen como medidas de contención social, para aplacar, el enfrentamiento social.

A partir de lo anterior, queremos concluir que no es accidental, que ante contextos de anomia y/o fractura social (o ante tragedias socio-laborales, que causan gran conmoción en la sociedad) el gobierno de Piñera (y la derecha política en general), invoque los conceptos nacionalistas de “alma y unidad nacional”, para potenciar ideológicamente la idea de “nación chilena”, apostando por la homogeneización artificial patriotera, contraria al conflicto social, mientras sus medios de comunicación los reproducen insistentemente y le hacen publicidad gratis al empresariado avaro que se jacta de solidario, en tanto, se preocupa sólo discursivamente de “Chile y los chilenos” y no prácticamente. De esta forma, y sa­cándole provecho a la conmemoración del Bicentenario (2010) se ha potenciado, por los opresores la supuesta chilenidad construida artificialmente a sangre y fuego1, desde el punto de vista histórico, con una finalidad eminentemente demagógica y oportunista (la popularidad de Piñera tras la tragedia minera ha crecido exponencialmente), mientras que el silencio informativo respecto la huelga de hambre de los presos políticos mapuche, que mueren día a día de inanición, antes los ojos insensibles de los mismos chilenos que solidarizan fervientemente con los mineros; o sobre los montajes judiciales de los presos anarquistas y antiautoritarios (y la razzia comunicacional), no es más que una treta construida intencionalmente, por ellos mismos, para combatir y perseguir a los que atentan contra sus valores, institu­ciones y su opresor Estado-Nación; ya que les permite desviar la atención de la opinión pública, pauteada por su prensa, de las cuestiones de fondo, los problemas de los desposeídos, derivados del régimen social actual, a 200 años de vida republicana. La finalidad es simple y cae por su propio peso, al igual como lo hicieron para 1910, en el Centenario, en que la clase dominante se auto-celebró, hoy nuevamente apuesta por una celebración, ahora bicentenaria, limpia, de cartón, sin miseria, sin conflicto, sin opresión, pero también sin manifestaciones socio-populares, ni de individualidades que les agüen la fiesta a la que, por lo demás, están invitados sólo los sumisos ciudadanos chilenos, que se emborracharán con alcohol y con los discursos (ultra) nacionalistas (y xenófobos), que benefician a la minoría opresora de siempre.

*Citas:

[1]. Véase, El Adversario, “Independencia de algunos de Chile: La nación forzada y el origen de la mentiras tricolores”, Parte I y II, El Surco, N° 7 y 8 respectiva­mente. Disponibles en www.elsurco.net

Autor: Lumpen apátrida sin orgánica

Publicado en: El Surco, Nº 19, Septiembre 2010, Santiago; Chile.

viernes, 1 de octubre de 2010

Editorial de EL SURCO: ¡Libertad a los compañeros detenidos!

Los sentimientos con los que nos dirigimos a ustedes el día de hoy son de rabia y de acusación.
En los últimos años se han venido diversificando las formas de protesta ante el descontento, acumulado durante cerca de cuarenta años repartidos entre una dictadura brutal y un régimen democrático burgués que vistos en perspectiva histórica se han esforzado -como todo gobierno- a reprimir los cuerpos y las ideas de quienes piensan e intentan vivir en sociedades que consideran antagónicos a los principios de la ganancia y la competencia bajo un Estado tutelar de la desigualdad.
En múltiples puntos se hacen profusas las formas de descontento. En el sur, los mapuche recuerdan que el conflicto no desapareció, que crece con fuerza. En las escuelas, los jóvenes se resisten a seguir recibiendo una educación que los preparará para obedecer y producir. Los anarquistas y antiautoritarios, por nuestra parte, seguimos intentando construir una sociedad nueva a pesar de todo.
Como sabrán, desde hace un par de años, la sociedad chilena ha sido artificialmente infundida de un miedo insano hacia el mundo antiautoritario en general gracias al amplificado “caso bombas”.Tal como ocurrió hace ya un siglo (entre 1911-1913), aparecieron expertos de menor cuantía y periodistas con incontinencia que han esgrimido las teorías más desaforadas para explicar a estos sujetos de “ideas disolventes” tras los atentados. ¿Recuerdan el rumor esparcido en los medios de una supuesta “cumbre anarquista mundial” en Chile el 2009? ¿Estaban frente al televisor cuando se señaló que las bombas eran proveídas a los anarquistas por un sujeto vinculado a grupos neonazis? ¿Por qué, de repente, todos esos inventos quedaron en el olvido?
Podríamos seguir con el derroche creativo que hemos visto desfilar durante el último período...
Todo demostró que las ideas anárquicas jamás fueron, son o serán comprendidas por el sistema actual, pues siendo diametralmente opuestas producen la hidrofobia inmediata de quienes parasitan y defienden la propiedad y la opresión.
El clima de hostilidad que se ha generado como corolario ha preparado conciencias y adormecido cualquier intento de contestación por parte de la sociedad. Este era un paso necesario para que la derecha, haciendo uso de las herramientas represivas que la Concertación no supo utilizar eficientemente por su blandura socialistoide neoliberalizante, llevara la razzia un paso más allá. En este contexto el tristemente célebre fiscal Alejandro Peña, un sujeto oscuro que carece de altura moral (ha sido acusado –entre otras cosas- de prácticas antisindicales), ha entrado en acción inventando lo que no existe y omitiendo lo que le contradice. Así, el día 14 de agosto cayeron presos 14 compañe@s por integrar una supuesta asociación ilícita terrorista responsable de cierta parte de las más de cien bombas que al parecer han amenazado “la paz y la democracia” de la sociedad chilena; bastaba trastocar las figuras legales para que de un día a otro aparecieran líderes, roles claramente establecidos y supuestos financiamientos para los explosivos.
Pareciera ser que se recrea un nuevo pacto por parte del Estado empresarial y la sociedad, aparentemente bastante conforme con toda la farsa. Naturalmente, nosotros los proscritos no fuimos considerados en el banquete de consumo, de docilidad y de patrioterismo del próximo bicentenario; hemos de desaparecer -dicen ellos- antes de que todos se sienten en la mesa prestos al exceso obsceno de este sistema. Pero no será así.
Hacemos un gesto de solidaridad con todos los que hoy se hallan en conflicto contra el Estado y el Capital. Fuerza, les decimos, pues el camino es largo y está lleno de sinuosas inflexiones. Libertad a los presos de este oprobioso teatro mediático-judicial. Que cada uno (junto a los suyos) halle su propio método de resistencia y creación con miras a una nueva sociedad.

Periódico Anarquista “El Surco”
Santiago, 26 de agosto del 2010.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Futuro Minado


“La fe en el crecimiento económico ilimitado como solución a los males sociales ha sido inherente al régimen capitalista, pero no fue hasta los años cincuenta del siglo pasado cuando dicha fe, bajo el nombre de desarrollismo, se convirtió en una política de Estado. A partir de entonces, la Razón de Estado fue principalmente Razón de Mercado (…) Pronto, el desarrollismo se ha convertido en una amenaza no sólo para el medio ambiente y el territorio, sino para la vida de las personas, reducida ya a los imperativos laborales y consumistas.
La alteración de los ciclos geoquímicos, el envenenamiento del entorno, la disolución de los ecosistemas, ponen literalmente en peligro la continuidad de la especie humana. La relación entre la sociedad urbana y el entorno suburbializado ha sido cada vez más crítica, pues la urbanización generalizada del mundo conlleva su canalización destructiva no menos generalizada: uniformización del territorio mediante su fácil accesibilidad; destrucción territorial por la contaminación y el ladrillo; ruina de sus habitantes por inmersión en un nuevo medio artificializado, sucio y hostil. El desarrollismo, al valorizar el territorio y la vida, era inherente a la degradación del medio natural y la descomposición social, pero, a partir del momento en que cualquier forma de crecer devino fundamentalmente una forma de destruir,
la destrucción misma llegó a ser un factor económico nuevo y se convirtió en condición sine qua non (…)”

Las líneas que preceden son el hilo argumental de la crítica que Miguel Amorós en el texto “Nosotros, los antidesarrollistas” lleva a cabo de las nuevas formas que tomó el capitalismo como tal desde la década de 1950 en adelante. Básicamente, la idea de este autor puede incluirse dentro de lo que comúnmente se denomina como “antiindustrialismo” o “antiprogresismo”. Dicho compendio de ideas descansa en argumentos que hacen hincapié en: un rechazo radical de la idea de progreso a cualquier costo, una crítica a los conceptos de modernidad/modernismo, un posicionamiento en contra de la fetichización de la tecnología como acción liberadora y, por ende, una crítica a la posibilidad de una técnica totalmente neutral. Éstos son los lineamientos generales sobre los que se estructura la crítica del autor respecto a lo que considera como “desarrollismo”, y a partir de ellos intentaré darle forma a las intenciones de este escrito.
La política de privatizaciones iniciada en la década de 1990 en Argentina habilitó un nuevo marco jurídico a las empresas, sobretodo a aquellas vinculadas al sector minero de capitales trasnacionales al permitir que éstas coparticipen junto al estado argentino en las directrices del sistema productivo. No sólo se abrió el juego a las inversiones, también se habilitó y legalizó la investigación y explotación de los recursos naturales. De esta manera, al clásico modelo agro exportador que caracterizó durante décadas a la economía Argentina se le agregó el modelo vinculado a la exploración y extracción minera. En el período que va desde 1990 hasta el 2000 la inversión en el sector minero fue de un aumento del 90% a nivel mundial, mientras que en Sudamérica alcanzó el 400%.(1) Crecimiento exponencial al servicio del capital, otorgado, ratificado y fortalecido por el estado argentino, sus instituciones y leyes con el fin de permitir la rapiña y acumulación de las trasnacionales mineras.
Ahora bien, cuando hablamos de minería no nos referimos a las formas tradicionales de extracción excavando galerías subterráneas, sino que hacemos mención a la conocida como “minería a cielo abierto”, modalidad utilizada a lo largo de los 5 mil kilómetros de pre cordillera y cordillera, desde Jujuy a Santa Cruz. Esta nueva forma de extracción de minerales por sus consecuencias inmediatas sobre los ecosistemas, encaja perfectamente en la crítica antidesarrollista de Amorós, sobre todo en lo concerniente al fetichismo de la tecnología y la técnica al servicio del progreso capitalista.

Una breve descripción

La minería a cielo abierto se diferencia de la minería tradicional no sólo por la forma en que extrae los minerales de la montaña, sino porque ésta implica niveles mayores de destrucción del medio ambiente y un uso desmedido de recursos, entre ellos el agua. La relación asimétrica e invasiva que establece con los ecosistemas se debe a que esta forma de extracción se lleva a cabo dinamitando la roca superficial, hasta reducir la montaña a pequeñas dimensiones, agotando el suelo hasta dejarlo inutilizable. La minería a cielo abierto utiliza de manera intensiva, importantes cantidades de cianuro afectando y contaminando las aguas freáticas o subterráneas. De esta forma, este tipo de extracción repercute directamente sobre las formas de desarrollo autóctono (agricultura, pastoreo, cría de animales), no sólo por la contaminación del agua sino también por su uso excesivo.
De esta manera, la mega minería se contrapone negativamente a las formas tradicionales de relación hombre/ naturaleza basados en el respeto de los ciclos naturales. Por el contrario, este nuevo modelo minero altera y agota los recursos persiguiendo el fin único del mayor beneficio al menor costo posible y las consecuencias de la implantación de esta metodología depredadora ya pueden verse a lo largo de la cordillera.

Radiografía Minera

La constitución de este modelo productivo es relativamente nuevo en Argentina ya que data desde principios de la década de 1990 cuando los grupos trasnacionales comienzan a ganar terreno en el andamiaje económico. Como quedó explicitado en líneas precedentes esta situación fue causa directa de las privatizaciones compulsivas durante el menemismo, al permitirle a los grupos económicos ir monopolizando poco a poco sectores claves de la economía como por ejemplo, el sector ganadero, pesquero, petrolero y por último, el minero.
A diferencia de países mineros por excelencia como Chile, Bolivia o Perú, la Argentina no tiene un pasado caracterizado por la preponderancia de este sector. Sin embargo, en la actualidad ocupa el sexto puesto en el mundo en cuanto a su potencial minero, y los informes consignan que el 75% de las áreas atractivas para la minería todavía no han sido sometidas a prospección.(2)
La minería a cielo abierto en fase de exploración o de extracción confirmada está presente en 12 provincias y es por ello que el suelo argentino es la cenicienta de empresas de Estados Unidos, Canadá, Japón y Australia por dos motivos claves. El primero por el potencial recurso virgen, y segundo, por que las empresas en sus países de origen encuentran trabas por el marco jurídico que protege a la naturaleza y sus recursos. Protección que no encuentran en Argentina lo que posibilita que puedan instalarse, presentar proyectos y coparticipar con las provincias en la exploración y extracción de metales.
La mega minería, en fase de exploración o ya en instancias de extracción, se encuentra presente en, por ejemplo, Andalgalá (Catamarca) con el nombre de Minera La Alumbrera y en Antofagasta de La Sierra (Salar del hombre muerto); En San Juan (Veladero, Pascua Lama
y Pachón); Chubut (Navidad, El Desquite); Río Negro (Calcatreu); Neuquén (Andacollo); Jujuy (Pirquitas, Minera Aguilar); Mendoza (San Jorge), Santa Cruz (Cerro Vanguardia, Manantial Espejo y San José Huevos Verdes) y La Rioja (Famatina), por nombrar algunas donde la controversia y el rechazo social comienza a visualizarse.

Resistencias: “el oro es un lujo inútil. Y sin agua no hay vida”

“La minería es una actividad meramente extractiva con múltiples consecuencias, tanto a escala económica como ecológica, social y cultural. Es un hecho comprobado que las regiones mineras del mundo son publicitadas inicialmente como regiones ricas y llenas
de oportunidades, pero terminan siendo las más pobres”,
afirma un comunicado de la Asamblea de Vecinos Autoconvocados de Río Negro”.(3)
A medida que se iban instalando estos mega proyectos mineros fueron apareciendo, primero tímida y aisladamente uno de otros, pequeños focos de resistencia con el objetivo de concienciar al resto de la población afectada directamente, pero ajena a la lucha en sí. Estos grupos básicamente de vecinos autoconvocados, fueron ganando terreno y experiencia, y pese a que los medios de información, por desidia o complicidad no hablaban de lo que estaba sucediendo, poco a poco empezaron a conectarse hasta nuclearse muchos de ellos en la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), creada en 2006 y posicionada hoy día como territorios de fuerte resistencia a la mega minería.
Uno de los casos pioneros de lucha contra la minería a cielo abierto fue el protagonizado por la población de Esquel en Chubut contra la minera canadiense Meridian Gold en marzo de 2003, y que culminó en un plebiscito donde el 80% de la población le dijo no a la mina. Este caso emblemático, conocido como “efecto Esquel”, tuvo un arrastre multiplicador sobre otras poblaciones con los mismos problemas socioambientales. A diferencia de otros países donde las resistencias provienen de los pueblos campesinos y originarios, en Argentina la particularidad está dada en la situación de que son asambleas de contenido multisectorial localizadas en pequeñas ciudades las que levantan la bandera de la lucha, y pese a que cada vez es más notoria la presencia de militantes ambientalistas y ecologistas, la resistencia al proyecto minero lo componen los pobladores que ven amenazado sus formas de vida.
Como bien destaca Maristella Svampa en el libro Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales, “los nuevos movimientos contra la minería a cielo abierto son conscientes de que han sido arrojados a un campo de difícil disputa y de posiciones claramente asimétricas, en el cual los adversarios van consolidando cada vez más una densa trama articulada, con efectos multiplicadores y complejos, en pos de la legitimación del modelo minero. Así, el correlato del dispositivo hegemónico, puesto al servicio de un modelo de desarrollo, va desde el avasallamiento del territorio, la destrucción de patrimonios arqueológicos, la instalación de explotaciones en zonas protegidas, hasta las más diversas estrategias de disciplinamiento y negación de consultas populares”.
Cualquier artimaña es válida para el Poder al momento de buscar los justificativos para legitimar sus acciones, y si no lo puede lograr por el camino de la persuasión tiene el sustento de la estructura jurídico-legal. Sino pensemos la “cacería de brujas” como consecuencia de la crisis de 2001 cuando la judicialización y criminalización de la protesta social encerró y procesó a más de cuatro mil personas, en su mayoría provenientes del “movimiento piquetero” y militantes sociales (sindicalistas de base, maestros, empleados, etc).
Respecto a la problemática ambientalista desde las esferas del poder la receta parece ser la misma ya que a excepción del problema ambiental de Gualeguaychu contra la pastera Botnia sobre el río Uruguay con fuerte presencia mediática, la norma suele ser el silenciamiento de las resistencias en primer lugar, y el aislamiento, persecución y ahogo en una segunda instancia. De esta manera, podemos trazar un paralelismo entre la explosión social de 2001 con la actual situación de rechazo a la mega minería.
Paralelismo basado no en las causas, sino en las consecuencias que ambas situaciones originaron sobre quienes decidieron luchar contra el poder avasallador de turno: persecución y hostigamiento sobre los más activos en las luchas en una primera instancia para dar paso después al aislamiento y criminalización de la protesta social. Esta es y será siempre la posición del Poder, buscar romper la lógica de la atomización estatal- empresarial debe ser el horizonte a seguir.


Notas

1 “Hacia una discusión sobre la mega minería a cielo abierto”. Maristella Svampa
y Mirta Antonelli
2 Hacia una discusión sobre la mega minería a cielo abierto. Maristella Svampa
y Mirta Antonelli
3 “Las minas de la polémica: breve recorrido por los 17 emprendimientos más
controvertidos de Argentina”
. http://www.lavaca.org/

Publicado en: Libertad! Nº 56, Septiembre –octubre 2010, Buenos Aires.
Autor: Gastón

viernes, 10 de septiembre de 2010

La caja ¿boba?


En “Crecer con la televisión: perspectiva de aculturación”, sus autores (George Gerbner, Larry Cross, Michel Morgan y Nancy Signorielli), dan una definición sobre la televisión al caracterizarla como “un sistema centralizado para contar historias. Sus dramatizaciones, noticiarios, publicidad y otros programas conforman un sistema relativamente coherente de imágenes y mensajes y los llevan a cada hogar. Este sistema fomenta desde la infancia las predisposiciones y preferencias que antaño se adquirían a partir de otras fuentes primarias”. Ahora bien, esta frase por sí sola no agrega nada nuevo a la idea de la televisión como soporte tecnológico de información, y menos aún nos permite indagar sobre las implicancias sociales de este fenómeno cultural. Sin embargo, da una idea vaga, esquemática y técnica para a partir de allí intentar desgranar su preponderancia, incidencia y efectos sociales. Ese es el propósito del texto: hacer una aportación al análisis sobre los mass media.
La televisión es el medio de masas con mayor penetración y protagonismo social, y la principal fuente de entretenimiento y ocio en los hogares. Por ejemplo, Nancy Signorielli afirma, en el trabajo citado al inicio, que en los EEUU el televisor permanece prendido una media de siete horas al día, y que las personas de más de dos años de edad ven con atención al menos tres horas de programación diarias. No es un hecho aislado, por el contrario, en mayor o menor medida esta particularidad es norma corriente en cualquier contexto social sin importar la idiosincrasia, los hábitos y costumbres propios de cada lugar. Sino pensemos mínimamente el nacionalismo futbolero que se respiró en la Argentina por el “síndrome mundial”, y que se destiló en cualquier emisión de la televisión sin importar que sea un noticiero, un programa deportivo, de chimentos o una publicidad. Hasta la presidente y su plana de ministros estuvieron, calculadoras en mano, imaginando un escenario político favorable si la selección argentina de fútbol lograba coronarse campeón mundial.
A los medios de información desde hace aproximadamente tres décadas se los ha dejado de ver como meros canales por donde el flujo comunicativo llega a la gente de manera limpia, directa y sin interferencias. Por el contrario, los estudios centrados en la comunicación hoy más que nunca hacen hincapié en el protagonismo en la construcción simbólica de los mass media. Esto se puede indagar en los trabajos de, por ejemplo, Eliseo Verón, Pierre Bourdieu o Aníbal Ford por citar solo alguno de ellos. Es tal la importancia de los media que Nancy Signorielli hace una analogía entre la televisión y la religión ya que ambas se materializan en un ritual diario, así como en las similitudes en relación a las funciones sociales que ponen en juego, y que para esta autora son las continuas repeticiones de formas (mitos, ideologías, datos, relaciones) al momento de adjetivar el mundo, legitimando un orden social particular.
Pero el análisis no debe quedarse en la superficie, sino que debe inmiscuirse en las causas de la mediatización social e indagar el porqué de la preponderancia de la televisión. Y para ello es necesario entender mínimamente su estructura y funcionamiento. Ese será el horizonte argumental a seguir a partir de esto momento.
La primera diferencia sustancial que la televisión establece con, por ejemplo, la radio y la prensa escrita es que requiere de nosotros una atención privilegiada a su embrujo. Cualquier otra actividad ajena a la contemplación exclusiva de sus mensajes queda anulada como posibilidad ya que la televisión no apela al pensamiento crítico, se contenta con que prioricemos aspectos emocionales de nuestra conducta al momento de sentarnos y mirar la pantalla. Básicamente esto es así porque la propuesta comunicacional televisiva se centra sobre dos ejes: la producción y circulación simbólica en función de una grilla preestablecida de estereotipos.
La televisión hace de la inmediatez, del “ahora mismo”, del discurso directo, la razón de ser de su propuesta. Y en este artilugio del instante presente como única posibilidad de relación es que las instancias de raciocinio y crítica quedan caducas y solamente necesita de la contemplación emocional. El pensamiento crítico queda anulado porque la televisión nos induce, a través del poder de la imagen, a vivir un mundo virtual de preconceptos arbitrarios y preestablecidos por la propuesta televisiva, fomentando en los ocasionales espectadores, una pasmosa pasividad mental.
Negar la influencia de los medios masivos de información en el quehacer diario es no ver la preponderancia que tienen en la construcción social. Hoy día lo que no es visualizado por ellos no tiene entidad, no existe. Es una exigencia pasar previamente por el filtro selectivo de los mass media para facilitar que un suceso cualquiera deje de ser una posibilidad enunciativa y se convierta en una noticia. Y para ello no importa que sea verdad o mentira lo que enuncia, sino que alcanza con que sea espectacular e inclusivo, inmediato y fugaz.
La televisión construye su discurso a través de una batería infinita de imágenes inconexas ordenadas coherentemente para dar la idea de homogeneidad. Pero como lo inmediato es lo que marca su curso, este rompecabezas de imágenes disímiles, pero presentadas ordenadamente, pasan desapercibidas para el espectador. Es así que nada sorprende cuando desde un noticiero se pasa de una secuencia de imágenes sobre represión a otra sobre las nuevas tendencias en la moda de los famosos, para volver luego a las corridas de una persecución policial y terminar con una publicidad sobre la elegancia de los autos de alta gama.
De esta manera, la imagen actúa de tal forma que no permite discernir sobre la función ideológica que oculta la presentación de su discurso. Nada es inocente en su propuesta, por el contrario, el collage de imágenes fragmentadas que presenta como un todo homogéneo sólo persigue un fin: confundir transformación con reproducción, o lo que es lo mismo, construcción mediática con reflejo social.
El tiempo en la televisión no se detiene un instante, todo está marcado por la fugacidad y velocidad con que se muestran las imágenes. El tiempo que cuenta es el presente, el cual se transforma en pasado en cuestión de segundos. Todo es vértigo, y la relación que establece la televisión con su espectador está dada por lo instantáneo. Teniendo en cuenta esta peculiaridad, y aunque parezca una obviedad, no está demás resaltar el carácter lineal, unidireccional y simplificado del mensaje televisivo. Y más que de instancias de comunicación (donde prima la bidireccionalidad) debemos hablar de instancias de información.
Comparada con otros soportes tecnológicos, la televisión posibilita una grilla relativamente restringida para una pluralidad de intereses y públicos por demás heterogéneos. Básicamente los programas televisivos son comerciales por necesidad, pensados para audiencias amplias, heterogéneas y acríticas. Como bien resalta Nancy Signorielli: “La audiencia está constituida siempre por un grupo de personas disponibles en un momento concreto del día, semana o estación. La elección de programas depende mucho más del reloj que del programa en sí. La cantidad y variedad de elección al alcance del espectador cuando éste está en disposición de ver un programa, también está limitada por el hecho de que muchos programas dirigidos a la misma audiencia general son similares tanto en apariencia como por su atractivo” (“La Televisión en la Sociedad”. 1986)
Hasta acá un pantallazo general de la estructura televisiva y de cómo ella incide en las relaciones sociales determinadas cada vez más por las mediatizaciones producto de la preponderancia de los medios de información. A esta característica propia de fines del siglo XX el filósofo francés Guy Ernest Debord ya la definía en 1967 bajo el concepto de “sociedad del espectáculo”, intelectual para quien las relaciones sociales dejan de ser mediatizadas por cosas y sustituidas cada vez más por las imágenes: “todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación”. Esta condición, en que la vida real es suplantada por la imagen es para Debord “el momento histórico en el cual la mercancía completa su colonización de la vida social”.

Autor: Gastón
Publicado en: Libertad Nº 56, septiembre 2010 (Buenos Aires).