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sábado, 25 de septiembre de 2010

Futuro Minado


“La fe en el crecimiento económico ilimitado como solución a los males sociales ha sido inherente al régimen capitalista, pero no fue hasta los años cincuenta del siglo pasado cuando dicha fe, bajo el nombre de desarrollismo, se convirtió en una política de Estado. A partir de entonces, la Razón de Estado fue principalmente Razón de Mercado (…) Pronto, el desarrollismo se ha convertido en una amenaza no sólo para el medio ambiente y el territorio, sino para la vida de las personas, reducida ya a los imperativos laborales y consumistas.
La alteración de los ciclos geoquímicos, el envenenamiento del entorno, la disolución de los ecosistemas, ponen literalmente en peligro la continuidad de la especie humana. La relación entre la sociedad urbana y el entorno suburbializado ha sido cada vez más crítica, pues la urbanización generalizada del mundo conlleva su canalización destructiva no menos generalizada: uniformización del territorio mediante su fácil accesibilidad; destrucción territorial por la contaminación y el ladrillo; ruina de sus habitantes por inmersión en un nuevo medio artificializado, sucio y hostil. El desarrollismo, al valorizar el territorio y la vida, era inherente a la degradación del medio natural y la descomposición social, pero, a partir del momento en que cualquier forma de crecer devino fundamentalmente una forma de destruir,
la destrucción misma llegó a ser un factor económico nuevo y se convirtió en condición sine qua non (…)”

Las líneas que preceden son el hilo argumental de la crítica que Miguel Amorós en el texto “Nosotros, los antidesarrollistas” lleva a cabo de las nuevas formas que tomó el capitalismo como tal desde la década de 1950 en adelante. Básicamente, la idea de este autor puede incluirse dentro de lo que comúnmente se denomina como “antiindustrialismo” o “antiprogresismo”. Dicho compendio de ideas descansa en argumentos que hacen hincapié en: un rechazo radical de la idea de progreso a cualquier costo, una crítica a los conceptos de modernidad/modernismo, un posicionamiento en contra de la fetichización de la tecnología como acción liberadora y, por ende, una crítica a la posibilidad de una técnica totalmente neutral. Éstos son los lineamientos generales sobre los que se estructura la crítica del autor respecto a lo que considera como “desarrollismo”, y a partir de ellos intentaré darle forma a las intenciones de este escrito.
La política de privatizaciones iniciada en la década de 1990 en Argentina habilitó un nuevo marco jurídico a las empresas, sobretodo a aquellas vinculadas al sector minero de capitales trasnacionales al permitir que éstas coparticipen junto al estado argentino en las directrices del sistema productivo. No sólo se abrió el juego a las inversiones, también se habilitó y legalizó la investigación y explotación de los recursos naturales. De esta manera, al clásico modelo agro exportador que caracterizó durante décadas a la economía Argentina se le agregó el modelo vinculado a la exploración y extracción minera. En el período que va desde 1990 hasta el 2000 la inversión en el sector minero fue de un aumento del 90% a nivel mundial, mientras que en Sudamérica alcanzó el 400%.(1) Crecimiento exponencial al servicio del capital, otorgado, ratificado y fortalecido por el estado argentino, sus instituciones y leyes con el fin de permitir la rapiña y acumulación de las trasnacionales mineras.
Ahora bien, cuando hablamos de minería no nos referimos a las formas tradicionales de extracción excavando galerías subterráneas, sino que hacemos mención a la conocida como “minería a cielo abierto”, modalidad utilizada a lo largo de los 5 mil kilómetros de pre cordillera y cordillera, desde Jujuy a Santa Cruz. Esta nueva forma de extracción de minerales por sus consecuencias inmediatas sobre los ecosistemas, encaja perfectamente en la crítica antidesarrollista de Amorós, sobre todo en lo concerniente al fetichismo de la tecnología y la técnica al servicio del progreso capitalista.

Una breve descripción

La minería a cielo abierto se diferencia de la minería tradicional no sólo por la forma en que extrae los minerales de la montaña, sino porque ésta implica niveles mayores de destrucción del medio ambiente y un uso desmedido de recursos, entre ellos el agua. La relación asimétrica e invasiva que establece con los ecosistemas se debe a que esta forma de extracción se lleva a cabo dinamitando la roca superficial, hasta reducir la montaña a pequeñas dimensiones, agotando el suelo hasta dejarlo inutilizable. La minería a cielo abierto utiliza de manera intensiva, importantes cantidades de cianuro afectando y contaminando las aguas freáticas o subterráneas. De esta forma, este tipo de extracción repercute directamente sobre las formas de desarrollo autóctono (agricultura, pastoreo, cría de animales), no sólo por la contaminación del agua sino también por su uso excesivo.
De esta manera, la mega minería se contrapone negativamente a las formas tradicionales de relación hombre/ naturaleza basados en el respeto de los ciclos naturales. Por el contrario, este nuevo modelo minero altera y agota los recursos persiguiendo el fin único del mayor beneficio al menor costo posible y las consecuencias de la implantación de esta metodología depredadora ya pueden verse a lo largo de la cordillera.

Radiografía Minera

La constitución de este modelo productivo es relativamente nuevo en Argentina ya que data desde principios de la década de 1990 cuando los grupos trasnacionales comienzan a ganar terreno en el andamiaje económico. Como quedó explicitado en líneas precedentes esta situación fue causa directa de las privatizaciones compulsivas durante el menemismo, al permitirle a los grupos económicos ir monopolizando poco a poco sectores claves de la economía como por ejemplo, el sector ganadero, pesquero, petrolero y por último, el minero.
A diferencia de países mineros por excelencia como Chile, Bolivia o Perú, la Argentina no tiene un pasado caracterizado por la preponderancia de este sector. Sin embargo, en la actualidad ocupa el sexto puesto en el mundo en cuanto a su potencial minero, y los informes consignan que el 75% de las áreas atractivas para la minería todavía no han sido sometidas a prospección.(2)
La minería a cielo abierto en fase de exploración o de extracción confirmada está presente en 12 provincias y es por ello que el suelo argentino es la cenicienta de empresas de Estados Unidos, Canadá, Japón y Australia por dos motivos claves. El primero por el potencial recurso virgen, y segundo, por que las empresas en sus países de origen encuentran trabas por el marco jurídico que protege a la naturaleza y sus recursos. Protección que no encuentran en Argentina lo que posibilita que puedan instalarse, presentar proyectos y coparticipar con las provincias en la exploración y extracción de metales.
La mega minería, en fase de exploración o ya en instancias de extracción, se encuentra presente en, por ejemplo, Andalgalá (Catamarca) con el nombre de Minera La Alumbrera y en Antofagasta de La Sierra (Salar del hombre muerto); En San Juan (Veladero, Pascua Lama
y Pachón); Chubut (Navidad, El Desquite); Río Negro (Calcatreu); Neuquén (Andacollo); Jujuy (Pirquitas, Minera Aguilar); Mendoza (San Jorge), Santa Cruz (Cerro Vanguardia, Manantial Espejo y San José Huevos Verdes) y La Rioja (Famatina), por nombrar algunas donde la controversia y el rechazo social comienza a visualizarse.

Resistencias: “el oro es un lujo inútil. Y sin agua no hay vida”

“La minería es una actividad meramente extractiva con múltiples consecuencias, tanto a escala económica como ecológica, social y cultural. Es un hecho comprobado que las regiones mineras del mundo son publicitadas inicialmente como regiones ricas y llenas
de oportunidades, pero terminan siendo las más pobres”,
afirma un comunicado de la Asamblea de Vecinos Autoconvocados de Río Negro”.(3)
A medida que se iban instalando estos mega proyectos mineros fueron apareciendo, primero tímida y aisladamente uno de otros, pequeños focos de resistencia con el objetivo de concienciar al resto de la población afectada directamente, pero ajena a la lucha en sí. Estos grupos básicamente de vecinos autoconvocados, fueron ganando terreno y experiencia, y pese a que los medios de información, por desidia o complicidad no hablaban de lo que estaba sucediendo, poco a poco empezaron a conectarse hasta nuclearse muchos de ellos en la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), creada en 2006 y posicionada hoy día como territorios de fuerte resistencia a la mega minería.
Uno de los casos pioneros de lucha contra la minería a cielo abierto fue el protagonizado por la población de Esquel en Chubut contra la minera canadiense Meridian Gold en marzo de 2003, y que culminó en un plebiscito donde el 80% de la población le dijo no a la mina. Este caso emblemático, conocido como “efecto Esquel”, tuvo un arrastre multiplicador sobre otras poblaciones con los mismos problemas socioambientales. A diferencia de otros países donde las resistencias provienen de los pueblos campesinos y originarios, en Argentina la particularidad está dada en la situación de que son asambleas de contenido multisectorial localizadas en pequeñas ciudades las que levantan la bandera de la lucha, y pese a que cada vez es más notoria la presencia de militantes ambientalistas y ecologistas, la resistencia al proyecto minero lo componen los pobladores que ven amenazado sus formas de vida.
Como bien destaca Maristella Svampa en el libro Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales, “los nuevos movimientos contra la minería a cielo abierto son conscientes de que han sido arrojados a un campo de difícil disputa y de posiciones claramente asimétricas, en el cual los adversarios van consolidando cada vez más una densa trama articulada, con efectos multiplicadores y complejos, en pos de la legitimación del modelo minero. Así, el correlato del dispositivo hegemónico, puesto al servicio de un modelo de desarrollo, va desde el avasallamiento del territorio, la destrucción de patrimonios arqueológicos, la instalación de explotaciones en zonas protegidas, hasta las más diversas estrategias de disciplinamiento y negación de consultas populares”.
Cualquier artimaña es válida para el Poder al momento de buscar los justificativos para legitimar sus acciones, y si no lo puede lograr por el camino de la persuasión tiene el sustento de la estructura jurídico-legal. Sino pensemos la “cacería de brujas” como consecuencia de la crisis de 2001 cuando la judicialización y criminalización de la protesta social encerró y procesó a más de cuatro mil personas, en su mayoría provenientes del “movimiento piquetero” y militantes sociales (sindicalistas de base, maestros, empleados, etc).
Respecto a la problemática ambientalista desde las esferas del poder la receta parece ser la misma ya que a excepción del problema ambiental de Gualeguaychu contra la pastera Botnia sobre el río Uruguay con fuerte presencia mediática, la norma suele ser el silenciamiento de las resistencias en primer lugar, y el aislamiento, persecución y ahogo en una segunda instancia. De esta manera, podemos trazar un paralelismo entre la explosión social de 2001 con la actual situación de rechazo a la mega minería.
Paralelismo basado no en las causas, sino en las consecuencias que ambas situaciones originaron sobre quienes decidieron luchar contra el poder avasallador de turno: persecución y hostigamiento sobre los más activos en las luchas en una primera instancia para dar paso después al aislamiento y criminalización de la protesta social. Esta es y será siempre la posición del Poder, buscar romper la lógica de la atomización estatal- empresarial debe ser el horizonte a seguir.


Notas

1 “Hacia una discusión sobre la mega minería a cielo abierto”. Maristella Svampa
y Mirta Antonelli
2 Hacia una discusión sobre la mega minería a cielo abierto. Maristella Svampa
y Mirta Antonelli
3 “Las minas de la polémica: breve recorrido por los 17 emprendimientos más
controvertidos de Argentina”
. http://www.lavaca.org/

Publicado en: Libertad! Nº 56, Septiembre –octubre 2010, Buenos Aires.
Autor: Gastón

viernes, 10 de septiembre de 2010

La caja ¿boba?


En “Crecer con la televisión: perspectiva de aculturación”, sus autores (George Gerbner, Larry Cross, Michel Morgan y Nancy Signorielli), dan una definición sobre la televisión al caracterizarla como “un sistema centralizado para contar historias. Sus dramatizaciones, noticiarios, publicidad y otros programas conforman un sistema relativamente coherente de imágenes y mensajes y los llevan a cada hogar. Este sistema fomenta desde la infancia las predisposiciones y preferencias que antaño se adquirían a partir de otras fuentes primarias”. Ahora bien, esta frase por sí sola no agrega nada nuevo a la idea de la televisión como soporte tecnológico de información, y menos aún nos permite indagar sobre las implicancias sociales de este fenómeno cultural. Sin embargo, da una idea vaga, esquemática y técnica para a partir de allí intentar desgranar su preponderancia, incidencia y efectos sociales. Ese es el propósito del texto: hacer una aportación al análisis sobre los mass media.
La televisión es el medio de masas con mayor penetración y protagonismo social, y la principal fuente de entretenimiento y ocio en los hogares. Por ejemplo, Nancy Signorielli afirma, en el trabajo citado al inicio, que en los EEUU el televisor permanece prendido una media de siete horas al día, y que las personas de más de dos años de edad ven con atención al menos tres horas de programación diarias. No es un hecho aislado, por el contrario, en mayor o menor medida esta particularidad es norma corriente en cualquier contexto social sin importar la idiosincrasia, los hábitos y costumbres propios de cada lugar. Sino pensemos mínimamente el nacionalismo futbolero que se respiró en la Argentina por el “síndrome mundial”, y que se destiló en cualquier emisión de la televisión sin importar que sea un noticiero, un programa deportivo, de chimentos o una publicidad. Hasta la presidente y su plana de ministros estuvieron, calculadoras en mano, imaginando un escenario político favorable si la selección argentina de fútbol lograba coronarse campeón mundial.
A los medios de información desde hace aproximadamente tres décadas se los ha dejado de ver como meros canales por donde el flujo comunicativo llega a la gente de manera limpia, directa y sin interferencias. Por el contrario, los estudios centrados en la comunicación hoy más que nunca hacen hincapié en el protagonismo en la construcción simbólica de los mass media. Esto se puede indagar en los trabajos de, por ejemplo, Eliseo Verón, Pierre Bourdieu o Aníbal Ford por citar solo alguno de ellos. Es tal la importancia de los media que Nancy Signorielli hace una analogía entre la televisión y la religión ya que ambas se materializan en un ritual diario, así como en las similitudes en relación a las funciones sociales que ponen en juego, y que para esta autora son las continuas repeticiones de formas (mitos, ideologías, datos, relaciones) al momento de adjetivar el mundo, legitimando un orden social particular.
Pero el análisis no debe quedarse en la superficie, sino que debe inmiscuirse en las causas de la mediatización social e indagar el porqué de la preponderancia de la televisión. Y para ello es necesario entender mínimamente su estructura y funcionamiento. Ese será el horizonte argumental a seguir a partir de esto momento.
La primera diferencia sustancial que la televisión establece con, por ejemplo, la radio y la prensa escrita es que requiere de nosotros una atención privilegiada a su embrujo. Cualquier otra actividad ajena a la contemplación exclusiva de sus mensajes queda anulada como posibilidad ya que la televisión no apela al pensamiento crítico, se contenta con que prioricemos aspectos emocionales de nuestra conducta al momento de sentarnos y mirar la pantalla. Básicamente esto es así porque la propuesta comunicacional televisiva se centra sobre dos ejes: la producción y circulación simbólica en función de una grilla preestablecida de estereotipos.
La televisión hace de la inmediatez, del “ahora mismo”, del discurso directo, la razón de ser de su propuesta. Y en este artilugio del instante presente como única posibilidad de relación es que las instancias de raciocinio y crítica quedan caducas y solamente necesita de la contemplación emocional. El pensamiento crítico queda anulado porque la televisión nos induce, a través del poder de la imagen, a vivir un mundo virtual de preconceptos arbitrarios y preestablecidos por la propuesta televisiva, fomentando en los ocasionales espectadores, una pasmosa pasividad mental.
Negar la influencia de los medios masivos de información en el quehacer diario es no ver la preponderancia que tienen en la construcción social. Hoy día lo que no es visualizado por ellos no tiene entidad, no existe. Es una exigencia pasar previamente por el filtro selectivo de los mass media para facilitar que un suceso cualquiera deje de ser una posibilidad enunciativa y se convierta en una noticia. Y para ello no importa que sea verdad o mentira lo que enuncia, sino que alcanza con que sea espectacular e inclusivo, inmediato y fugaz.
La televisión construye su discurso a través de una batería infinita de imágenes inconexas ordenadas coherentemente para dar la idea de homogeneidad. Pero como lo inmediato es lo que marca su curso, este rompecabezas de imágenes disímiles, pero presentadas ordenadamente, pasan desapercibidas para el espectador. Es así que nada sorprende cuando desde un noticiero se pasa de una secuencia de imágenes sobre represión a otra sobre las nuevas tendencias en la moda de los famosos, para volver luego a las corridas de una persecución policial y terminar con una publicidad sobre la elegancia de los autos de alta gama.
De esta manera, la imagen actúa de tal forma que no permite discernir sobre la función ideológica que oculta la presentación de su discurso. Nada es inocente en su propuesta, por el contrario, el collage de imágenes fragmentadas que presenta como un todo homogéneo sólo persigue un fin: confundir transformación con reproducción, o lo que es lo mismo, construcción mediática con reflejo social.
El tiempo en la televisión no se detiene un instante, todo está marcado por la fugacidad y velocidad con que se muestran las imágenes. El tiempo que cuenta es el presente, el cual se transforma en pasado en cuestión de segundos. Todo es vértigo, y la relación que establece la televisión con su espectador está dada por lo instantáneo. Teniendo en cuenta esta peculiaridad, y aunque parezca una obviedad, no está demás resaltar el carácter lineal, unidireccional y simplificado del mensaje televisivo. Y más que de instancias de comunicación (donde prima la bidireccionalidad) debemos hablar de instancias de información.
Comparada con otros soportes tecnológicos, la televisión posibilita una grilla relativamente restringida para una pluralidad de intereses y públicos por demás heterogéneos. Básicamente los programas televisivos son comerciales por necesidad, pensados para audiencias amplias, heterogéneas y acríticas. Como bien resalta Nancy Signorielli: “La audiencia está constituida siempre por un grupo de personas disponibles en un momento concreto del día, semana o estación. La elección de programas depende mucho más del reloj que del programa en sí. La cantidad y variedad de elección al alcance del espectador cuando éste está en disposición de ver un programa, también está limitada por el hecho de que muchos programas dirigidos a la misma audiencia general son similares tanto en apariencia como por su atractivo” (“La Televisión en la Sociedad”. 1986)
Hasta acá un pantallazo general de la estructura televisiva y de cómo ella incide en las relaciones sociales determinadas cada vez más por las mediatizaciones producto de la preponderancia de los medios de información. A esta característica propia de fines del siglo XX el filósofo francés Guy Ernest Debord ya la definía en 1967 bajo el concepto de “sociedad del espectáculo”, intelectual para quien las relaciones sociales dejan de ser mediatizadas por cosas y sustituidas cada vez más por las imágenes: “todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación”. Esta condición, en que la vida real es suplantada por la imagen es para Debord “el momento histórico en el cual la mercancía completa su colonización de la vida social”.

Autor: Gastón
Publicado en: Libertad Nº 56, septiembre 2010 (Buenos Aires).

miércoles, 4 de agosto de 2010

¿Qué ha pasado con la fe en la revolución?


Nos guste o no, la Fe en la Revolución ha reculado enormemente en el mundo en relación a lo que ella fue en el pasado siglo. Particularmente entre las masas laboriosas que más sufren de la brutal explotación capitalista. Hasta el punto que los que continúan proclamándose hoy Revolucionarios lo hacen con un convencimiento tal que es difícil saber si lo hacen por fidelidad a un pasado nostálgico o por aparentar un determinado radicalismo. Y se puede decir aparentar porque, en ningún caso, sus conductas son la prueba de una praxis, de una acción real de demolición del orden capitalista imperante; pues, en el mejor de los casos, cuando tales proclamaciones no son demagógicas, de pura fachada, ellas expresan sólo los deseos de transmutar en realidades la retórica revolucionaria. Aunque en general se hacen para dejar constancia de que no se ha renunciado al ideal manumisor, de que no se ha sucumbido al encantamiento reformista.
La pérdida de la Fe en la Revolución es pues incontestable, y más que al espejismo del bienestar material alcanzado a través de las luchas reformistas o de la integración mayoritaria del proletariado a la ideología del consumismo capitalista, esa desafección parece provenir más bien del desencuentro de esa Fe con la realidad de la Revolución. O, por lo menos, de la realidad de la Revolución tal como, hasta hace poco, ésta había sido pensada e intentado realizar. Pues, querámoslo o no, tanto marxistas como anarquistas habíamos pensado y creído que la Revolución era, debía ser, una forma social igualitaria impuesta irremediablemente por la fuerza. De ahí la diferencia entre Revolución y Reformismo, entre los que se proclamaban “revolucionarios” y aquellos a los que se consideraba “reformistas” por querer avanzar más lentamente, ¡el viejo dilema entre el ahora y el mañana!, con el trasfondo de la necesaria violencia revolucionaria para vencer a la violencia del Capital y el Estado. La Fe en que la Revolución sólo sería posible con la victoria del Proletariado sobre el Capitalismo en esa guerra social, política y a veces militar, que la inconciliable disparidad de intereses mantiene abierta entre estas dos clases.
Es en tal disyuntiva histórica que marxistas y anarquistas coincidíamos en la misma Fe en y por la Revolución, sin darnos cuenta de que, en la denuncia del Reformismo, del posibilismo político y social, unos y otros nos contradecíamos: los marxistas por participar en el parlamentarismo y los anarquistas en el sindicalismo. Claro que tanto unos como otros creíamos resuelta tal contradicción con simplemente proclamarse revolucionarios. O con intentar, en determinadas situaciones, hechos insurrecciónales, y, cuando estos hechos les fueron favorables, con proclamar la Revolución: en Rusia en 1917 y en España en 1936.

Las causas

Pero hoy sabemos lo que nos deparó la historia después. Cómo y en qué han acabado las Revoluciones triunfantes, las que se impusieron por la fuerza y se erigieron luego en sistemas dictatoriales, cuando no descaradamente totalitarias. Y esto es así porque esas praxis, esas acciones que se pretendieron o que, en algunos pocos casos, se siguen pretendiendo ser una Revolución, no sólo no cambiaron la relación de sometimiento y explotación, en el seno de esas sociedades, sino que, además, se demostraron incapaces de autocrítica y, en consecuencia, incapaces de poder evitar el volverse ancien régime. Un siglo de Revoluciones triunfantes, habiendo pretendido todas, sin ninguna excepción, haber instaurado el socialismo, cuando no el comunismo, y acabado restaurando el capitalismo en beneficio de la burocracia transformada en nueva oligarquía. Y muchas de ellas, por no decir todas, tras haber impuesto el terror como forma de gobernar y controlar la población, una población convertida en asalariada del capitalismo de Estado.
Ante tal fracaso del ideal revolucionario confrontado con su praxis histórica, ¿cómo seguir teniendo Fe en la Revolución? Claro que se puede argüir, como explicación, el hecho que todas esas experiencias partían ya contaminadas con el virus del autoritarismo y el exclusivismo ideológico, de que todas ellas fueron comenzadas o acabaron protagonizadas por un Partido único, cuando no por un Caudillo. Y que, en tales condiciones, era inevitable que se acabara confiscando y sometiendo el impulso revolucionario de las masas a las ansias de poder del Caudillo o de la élite que pretendía y pretende encarnar la Revolución. Claro que es legítimo argüir esto, pues es evidente que esta orientación autoritaria, jerárquica, fue determinante para que todas esas experiencias revolucionarias no pudieran pasar del capitalismo de Estado al verdadero socialismo o comunismo con libertad. Como es igualmente evidente que, al considerar como única propiedad sagrada la del Estado, es el derecho de propiedad que se hace de nuevo central y la propiedad estatal se convierte en el paradigma de todos los derechos fundamentales. Y que en tales condiciones sea la clase que detenta el poder y gestiona el Estado la única en aprovecharse del valor que el trabajo del pueblo produce.
¿Cómo pensar pues que esta clase pueda tener interés alguno en renunciar a los privilegios adquiridos? Al contrario, ella hará todo lo que esté en su poder para evitar que el pueblo pueda conseguir la socialización de los medios de producción; pues es evidente que preferirá, como así ha sido, la reconstitución del orden burgués históricamente hegemónico. Y aquí está el principal fallo de la profecía marxista.
Ahora bien, que esto haya sido así porque el “modelo” revolucionario seguido fue el marxista, es sin duda cierto; pero eso no quiere decir que si se hubiera seguido el “modelo” anarquista, tanto en la etapa insurreccional como en la post insurreccional, los resultados habrían sido fundamentalmente diferentes. No sólo porque no es legítimo suponerlo y aún menos afirmarlo, sin experiencias históricas probatorias, sino porque, impuesta la Revolución anarquista también por la fuerza, se habrían creado inevitablemente las condiciones de la jerarquización de la lucha y de la gestión del triunfo revolucionario, como ya comenzó a verse en la incipiente y malograda “Revolución Española”.

Necesidad de reconsiderar

El problema es pues la Revolución concebida como un parto con fórceps, como el resultado de una lucha armada y un triunfo militar. La conquista de los Palacios de Invierno o la derrota del capitalismo por una huelga general revolucionaria, con el pueblo armado desarmando a la policía y al ejército.
Esos proyectos elaborados para construir el devenir de la historia, sueños de otro tiempo, que se han ido a dormir en los cajones de los que escriben la Historia, y de los que nadie o casi nadie se atreve hoy a mencionarlos siquiera. Y ello a pesar de que el capitalismo vuelve, cómo antes, a mostrar cínicamente sus entrañas, a presentarse como lo que realmente es: un sistema de explotación y dominación injusto, brutalmente injusto y absurdo, además de destructor del planeta. ¿Cómo pues no tomar en consideración esta inédita situación?
Por primera vez, en la historia de las luchas contra la explotación y la dominación, la alternativa no ha sido tan brutalmente evidente, tan clara y urgente: o salimos del capitalismo o seguiremos en la barbarie y avanzando hacia el abismo pues, con este sistema, además de la continuidad de la explotación y dominación capitalistas hay ahora el peligro de nuestra propia desaparición como especie. Y, sin embargo, es este modelo productivista y consumista el que siguen aplicando, en complicidad con las transnacionales capitalistas, hasta los que pretenden gobernar hoy en nombre del “socialismo”.
De ahí pues la necesidad y la urgencia de reaccionar antes que sea demasiado tarde para impedir que se realice tan terrible perspectiva, y, para ello, es necesario y urgente reconsiderar la idea misma de Revolución. No sólo para evitar nuevos fracasos sino también para hacer posible la multiplicidad de las resistencias y la creación de espacios comunes de libertad y creatividad. Algo que ya está a la obra, pues en estos espacios de resistencia y creatividad se encuentran ya anarquistas y marxistas denunciando los fracasos de esas Revoluciones que no quisieron o no supieron socializar los medios de producción y la fuerza de trabajo, que se quedaron en la sacralización del Estado y con ello contribuyeron a consolidar la ilusión, generadora de impotencia, de una supuesta efectividad global del poder capitalista.
Marxistas y anarquistas cuestionando la idea de la excepcionalidad del Estado como trascendencia de la sociedad, tanto en la base del poder actual del capital como en la del futuro poder revolucionario. No sólo por su inoperatividad probada sino también porque es una fórmula segura de generar sometimiento, derrotismo y pasividad. Y porque, además, el Estado y lo público son también formas de expropiación de la libertad y lo común; pues, sea privada o pública, la propiedad es y será enemiga de la libertad y lo común.

Transformar la obediencia en desobediencia

Ha costado comprenderlo y admitirlo; pero es obvio que, en tales condiciones, es mejor no tener Fe que tenerla. Y tanto más si ella es ciega e incondicional; sobre todo, tratándose de la Revolución. Esa Fe, obligatoriamente religiosa, que nos empuja a considerar como enemigos, y a oprimirles y hasta matarles, a todos aquellos que no piensan como nosotros. Esa Fe que se expresa en frases aparentemente inocuas y bellas, como “la magnificencia y sublimidad del compromiso revolucionario”; pero que pueden acabar traduciéndose en actos terribles. Y de ello hemos tenido demasiados ejemplos a lo largo de este siglo de Revoluciones triunfantes, y todas, absolutamente todas, finalmente desvirtuadas, fracasadas. Además, la revolución no debe ser un acto de Fe, ni siquiera para construir un paraíso terrenal. Y mucho menos si este paraíso debe surgir de un cataclismo.
Howard Zinn nos advertía: “¡Cuidado con tales momentos!” Y lo traigo a colación porque yo también considero que el cambio revolucionario, que la revolución debemos comenzarla ahora mismo, empezando por deshacernos de las relaciones autoritarias en cada instante y lugar de la vida cotidiana, rompiendo la lógica de la obediencia que el poder, toda forma de poder, tratará de imponernos.
Resistiéndole, practicando la desobediencia y dando el ejemplo de cómo deseamos vivir; pues son estas acciones, inclusive “las más pequeñas acciones de protesta en que participamos”, las que se convierten “en las raíces del cambio social”.
Es pues este desafío, radical y permanente al estado de cosas impuestas por el sistema dominante, el que prepara desde hoy el cambio revolucionario de mañana. Un cambio que no se anuncia con fanfarrias ni proclamas, y mucho menos con movilizaciones encuadradas por líderes y lemas. Un proceso que no es una creación ex nihilo sino de metamorfosis de la sociedad, que se hace presente en todas partes y en ninguna, impulsado por gentes con dignidad y coraje que defienden conscientemente sus formas propias de vida. Es la insurrección de las conciencias que afirman su voluntad de existir libremente, sin relaciones de obediencia o de mando, en la igualdad y la autonomía, y sin la cual la revolución no sería más que una
Utopía mesiánica y el revolucionario un acólito rezando incansablemente en las brumas teológicas de la Fe en la magia decisoria del Poder.

Autor: Octavio Alberola

Publicado en: El Libertario, Nº 59, junio-julio 2010, Caracas.

domingo, 25 de julio de 2010

El Error de junio: La comedia mediocre del leninismo cubano

A propósito de un artículo de Pedro Campos

(A Rafael Spósito, in memoriam)

“Libertad sin Socialismo es privilegio e injusticia; Socialismo sin Libertad es esclavitud y brutalidad.”
M. Bakunin

En el transcurso del presente mes (junio, 2010) han proliferado de manera significativa los artículos de «colaboración-crítica» desde el «dentro-contradictorio» y los llamados a la «cohesión revolucionaria» y al «diálogo sin sectarismos», así como las invitaciones en busca de consensos -entre las filas revolucionarias- hacia la impostergable transición al Socialismo en Cuba, en el contexto de un innegable ambiente tibiamente crítico que ha venido cobrando fuerzas al interior de ciertos sectores que aún mantienen una devoción confesa al gobierno de los hermanos Castro y a su partido único y excluyente.

Añejas acusaciones desde nuevas formulaciones

Llama extremadamente la atención que en estos momentos cruciales afloren viejos señalamientos recargados y reelaborados en nuevas enunciaciones para rotular, desde la crítica tímida y de reciente factura, los mismos puntos que, con cincuenta años de antelación y de manera mucho más contundente expusieron los libertarios desde la Asociación Libertaria de Cuba (ACL)1, a través de un manifiesto2 donde se denunció, a comienzos del año 1959, con autonomía de criterio e incuestionable lucidez, el creciente «centralismo estatal» camino de un «ordenamiento autoritario»; no sin antes recordar el papel protagónico de los anarquistas cubanos en la lucha contra la dictadura del presidente-General Fulgencio Batista. En el mismo documento, se acusa la estrategia obscena desarrollada por el Partido Comunista de Cuba (PCC), con miras a «recabar la hegemonía que […] durante la era de dominación batistiana […] gozaron». En igual tesitura, el Solidaridad Gastronómica del 15 de febrero de 1959, mediante otro Manifiesto a los Trabajadores y al Pueblo en general, advierte, ante las imposiciones verticales a favor de mantener en sus puestos dirigentes a toda la jauría de cuadros del PCC al servicio de la dictadura batistiana y de remover de las filas del proletariado a los orientadores anarcosindicalistas, que « […] Es imprescindible que sean los propios trabajadores quienes decidan la inhabilitación sindical de sus pasados dirigentes, pues de hacerlo de otra forma, sería caer en los mismos procedimientos que ayer […] combatiéramos»3. El editorial del 15 de marzo de 1959 de la misma publicación libertaria, condena sin tapujos «los procedimientos dictatoriales […] acuerdos y mandatos desde arriba que imponen medidas, quitan y ponen dirigentes.»
Asimismo, incrimina a los «elementos incondicionales […] en las asambleas, que sin ser miembros del organismo sindical, levantan el brazo a favor de una orden de los dirigentes.». Y, acto seguido, se describen algunas de las técnicas de intimidación puestas en práctica para alcanzar la hegemonía: « […] se llenan las salas asamblearias de milicianos armados que constituyen una flagrante coacción, no se respetan los preceptos reglamentarios […] se llega a cualquier tipo de procedimiento para mantener el control de los sindicatos.»4
Desde luego, como bien reza el refrán «nunca es tarde si la crítica (dicha) es buena» pero lo cierto es que no sólo llegan tarde sino son poco “dichosos” los planteamientos desde donde parte esta corriente de críticos timoratos que lanza llamados de auxilio en clave Morse digitalizada. Es curioso que ahora se repitan las críticas de antaño y que además se acepte a plena luz que «Esta nociva práctica sectaria continúa hasta nuestros días» y se afirme que «En Cuba, hoy, se aprecia con total nitidez el carácter reaccionario del sectarismo en esas acciones que crean divisiones, resentimientos y obstaculizan el avance socialista. », sin embargo, se elude reconocer que estos mismos señalamientos fueron expuestos en los propios albores del proceso revolucionario desde una crítica decididamente comprometida con el Socialismo y la Libertad. También se evita examinar a profundidad el meollo del conflicto.
Como acertadamente señala el compañero Ramón García Guerra «La cuestión exige problematizar a fondo las consecuencias de las políticas. Exigiría, además, definir a quiénes éstas benefician y a quiénes perjudican […] La crítica actual especula con el malestar popular mientras apela al sentido común. Saben que los estados de incertidumbre hacen infelices a las gentes. Como una solución al dilema, ahora nos ofrecen una vuelta a los momentos en que todo parecía funcionar bien en la sociedad (curiosamente la solución llega de aquellos que imaginan obtener ciertas ventajas con el retorno al pasado). La reacción opuesta sería fomentar el inmovilismo ante las exigencias de cambio en la sociedad. Significa esta política otra manera de especular con el sentido común. Entonces se apela a los miedos. Somos al final rehenes de sueños y miedos colectivos que impiden imaginar otras realidades sociales posibles. Entonces, la crítica que hacemos busca convertir el malestar en conciencia que facilite el cambio […]»5
Del mismo modo se plantea la defensa de una alternativa que esbozan a manera de «visión», misma que no pretenden imponer a nadie «sino divulgarla, debatirla y buscar la manera de que forme parte de las soluciones; pero sectariamente se rechazan su discusión y difusión en los medios masivos oficiales»6, ignorando que desde los primeros pasos de la Revolución fue puesto a consideración de la sociedad cubana un entramado de cuestionamientos y alternativas de calado mucho más profundo y no sólo fue rechazado sino aplastado con lujo de violencia y ensañamiento.
Quizá, esta “ignorancia” responda a esos “miedos colectivos que impiden imaginar otras realidades sociales posibles” que nos imprime García Guerra.
Claro que no es necesario tener conocimiento previo de cuántas iniciativas se intentaron en el pasado para emprender nuevas alternativas socialistas frente a la barbarie reaccionaria del sectarismo que aún perdura después de cincuenta y un años de absoluta hegemonía. Sin embargo, sí consideramos requisito de vital importancia el estudio escrupuloso de la historia del movimiento social-revolucionario, no sólo cubano sino del movimiento socialrevolucionario internacional, para no repetir errores o sucumbir ante los mismos peligros y/o desviaciones.
Sería muy lamentable que esta preocupación genuina de los libertarios cubanos, se transfigure de nueva cuenta en etéreos recursos polémicos y se nos vuelva a diagnosticar «ansias de protagonismo escénico », «comportamientos políticos arribistas » e «inclinación a la rentabilización política»7, haciendo gala de cierta perversidad congénita y/o de un analfabetismo ideológico crónico.

Identificando a los emisarios y ubicando el domicilio remitente

Al comienzo de este texto llamaba la atención sobre la proliferación –acrecentada de forma particular durante el presente mes de junio (2009)- de artículos, propuestas, ataques y respuestas, confeccionadas desde la “colaboración-crítica” y el “dentro-contradictorio”, de la mano de reiterados llamados a la “cohesión revolucionaria” y al “diálogo sin sectarismos” hacia la impostergable transición al Socialismo en Cuba.8
Cabe señalar que en este sinnúmero de “mensajes” (más allá de las firmas y/o el anonimato) se localizan de manera puntual dos emisarios, con agendas políticas contrapuestas pese a ciertas analogías del discurso y la similitud de objetivos.
Se detecta, a primera vista, la presencia de dos fracciones en pugna con idéntico domicilio remitente:
1.- La vanguardia histórica del Partido Comunista Cubano, de claro corte stalinista, mayoritaria y octogenaria; en funciones públicas de alto nivel y/o en reserva bajo el “plan pijama” y, 2.- El impulso reformista de una nueva generación de militantes del Partido Comunista Cubano y de cuadros cercanos a esta institución, de inspiración trotskista, minoritaria, que oscila entre los 40 y 60 años de edad, miembros de nivel medio o medio-bajo de la élite gobernante cubana9.
También hay que ubicar en las proximidades de esta tendencia a un grupo de intelectuales mucho más heterodoxo que comulga con un amplio abanico de doctrinas políticas, en los límites de la socialdemocracia sueca y el “comunismo” italiano de Refundación, pasando por la Izquierda Unida española y aterrizando en el “socialismo” bolivariano del Siglo XXI de manufactura chavista.
Si bien es cierto, como señala el compañero Armando Chaguaceda, que esta primera fuerza prefiere la opción, actualmente en curso, de «la hibridación de comunismo cuartelario y políticas capitalistas (en sus versiones estatal y neoliberal)10», más en la tónica de las reformas “C o c a”11 implementadas por el presidente-General.
El segundo grupo, opta por la Quinta Internacional Socialista Participativa y propone como “solución” las Propuestas Programáticas para un Socialismo Participativo y Democrático (SPD), «presentadas desde dentro de la revolución y el Partido Comunista»12.
Desde luego, si fuéramos a optar por el mal menor, sin el más mínimo cuestionamiento, nos adheriríamos a esta fracción.
Pero ese no es el caso. Aunque sabemos de antemano que es factible entablar un debate (y hasta un diálogo) con los representantes de esta corriente reformista -de hecho desde hace algunos años mantenemos una polémica abierta que, además, me atrevería a calificar de fraterna, dependiendo más de la personalidad del interlocutor que de las ideas que profesa-, reconocemos gruesas contradicciones en sus planteamientos que, inevitablemente, generan reticencias.
Aún así -insisto- registramos una abismal diferencia entre estos portavoces del SPD, cargados de buenas intenciones, sin lugar dudas y, los abueletes cuartelarios. A esta corriente reformista no se les puede imputar un solo asesinato, una delación, una condena, una golpiza, una traición; en cambio, los stalinistas cuartelarios han sido los protagonistas directos de cuanta infamia se ha cometido en Cuba durante los últimos 77 años. Sin embargo, vemos con asombro cómo se alistan -tal vez de manera involuntaria, por inercia o por miedo- a repetir los mismos “errores” que en el pasado cometiera su casa matriz.

Descifrando los mensajes

Tan sólo reparemos en esta frase de Campos13, para ahondar someramente en estas reticencias que comentaba con anterioridad: « […] más que nunca es necesaria la cohesión entre las filas revolucionarias, sin que por ello cese la lucha de ideas en su seno por hacer avanzar el socialismo» (el subrayado es nuestro). E inmediatamente, dos párrafos más abajo, afirma: « […]Los enemigos del diálogo, del intercambio y el entendimiento; los partidarios de agudizar las contradicciones, siempre se opondrán a este tipo de movimientos y buscarán torpedearlos para más encono y agravamiento de las tensiones», equiparando a “los partidarios de agudizar las contradicciones” -es decir, a los revolucionarios sociales conscientes de su rol- con “enemigos del diálogo, del intercambio y el entendimiento”.
Cualquier análisis medianamente racional nos lleva a concluir que estamos frente a una gigantesca incongruencia y nos exige cuestionarle a Campos semejante maroma dialéctica, por lo menos mediante la formulación de un par de interrogantes: a.- ¿Cómo pretende “la cohesión entre las filas revolucionarias, sin que por ello cese la lucha de ideas en su seno por hacer avanzar el socialismo” sin agudizar las contradicciones ni agravar las tensiones propias de la lucha entre excluidos e incluidos? b.- ¿Con quién procura dialogar y alcanzar un entendimiento sin agudizar las contradicciones ni agravar las tensiones?
En el mismo texto señala, a modo de punteo preciso, que: «Hace tiempo se viene insistiendo en la necesidad de acabar de establecer el nuevo consenso sobre la sociedad en que el pueblo cubano desea vivir, la cual no puede ser impuesta, sino resultante del intercambio entre todos los revolucionarios y con todos los cubanos honestamente interesados en el bienestar de la nación […] Cuba debe cambiar en muchos aspectos y muchas modificaciones habrán de hacerse para perfeccionar el sistema político a fin de lograr una verdadera democracia participativa y decisoria, como demanda una sociedad que pretenda construir el paradigma socialista nunca alcanzado […] El pueblo cubano vive decenios de inseguridad, sometido a infinidad de indefiniciones y multitud de regulaciones de todo tipo impuestas por los distintos niveles de la burocracia, que obstaculizan la vida del cubano común, sin saber cuál va a ser el rumbo que seguirá el gobierno, sin poder hacer planes a mediano y largo plazo, dependiendo de cambiantes coyunturas y decisiones de las que no participa […] Si no se asume, con todas sus consecuencias que el sistema burocrático de propiedad estatal, trabajo asalariado y centralización de las decisiones y el excedente, heredado del estalinismo ya fracasó y por tanto debe ser cambiado, no simplemente actualizado, el único avance garantizado es… hacia el hundimiento. Lo demás, como postergar indefinidamente el VI Congreso, no informar públicamente los planteamientos del pueblo, no realizar una discusión en el seno revolucionario y otros movimientos, sólo pueden ser interpretados como la intención de ganar “tiempo”, a la espera de que un milagro reviva el “modelo”...de desastre. Se socializa y democratiza el sistema o se derrumba.
Ya muchos revolucionarios cubanos han expuesto ideas al respecto. Y no culpen luego al imperialismo. El burocratismo, y muy especialmente el sectarismo dogmático predominante en las esferas de la dirección del partido y el gobierno, están impidiendo el diálogo sincero y comprometido en el seno revolucionario […] En Cuba, hoy, se aprecia con total nitidez el carácter reaccionario del sectarismo en esas acciones que crean divisiones, resentimientos y obstaculizan el avance socialista. […]». Y, sin embargo, concluye: «[…] Algunos quieren que abandonemos la política de colaboración-crítica con el gobierno-partido y asumamos el enfrentamiento. No voy a calificar sus intenciones y métodos gastados, cada cual sabrá sus razones, pero no vamos a prestarnos a campañitas que puedan siquiera parecer fuera de la Revolución o contra ella. Todo cuanto hagamos será siempre desde el dentro-contradictorio. En lo personal, con ella y a partir de ella, moriré o viviré […]».
De más está aclarar que no tengo motivos para dudar que Campos en realidad desea que el cubano de a pié se apropie enteramente de su destino y participe democráticamente del debate para “establecer el nuevo consenso sobre la sociedad en que el pueblo cubano desea vivir”, mismo que no puede ser impuesto “sino resultante del intercambio entre todos los revolucionarios y con todos los cubanos honestamente interesados” en un cambio de forma y de fondo.
Lo que despierta mis suspicacias es que, no obstante (después de haber llegado hasta aquí), Campos termina sumido en una proposición insostenible; porque toda posibilidad de que la gente cubana haga suyos los conflictos en curso y decida, libre y autónomamente, la sociedad en la que quieren vivir, transcurre inexorablemente por el abandono de la política de colaboración con el régimen y la superación del gobierno-partido. Acciones que presuponen la necesidad de emancipación socio-humana para el pleno disfrute de la Libertad. Esa Libertad que no se agota en las libertades burguesas que donairosamente reconoce la Declaración Universal de Derechos Humanos ni cabe en las estrechas urnas de ningún circo electoral sino que solamente se concreta con la capacidad individual y colectiva de decidir la propia vida, libre y autónomamente, sin relación de dominación alguna que la coopte. Y ello, obviamente, nada tiene que ver con prestarnos a “campañitas” contrarrevolucionarias como insinúa Campos.14
Esto, sin que me quepa un ápice de duda, lo sabe perfectamente la corriente que integra Campos. Tal vez, al final del camino, todo pueda reducirse al inconveniente de las disparidades en los tiempos de maduración ideológica. Pero lo definitorio al respecto aún está por decirse.

Localizando el (o los) destinatario(s)

En términos genéricos, pueden identificarse dos destinatarios a quienes van dirigidos estos mensajes, sin que importe demasiado reparar en distinciones sobre el “color” de la fracción que los emite.
Ambas caras del Partido dirigen sus SOS en dos sentidos, unos hacia el exterior y otros de carácter endógeno: En el exterior, los destinatarios son sus pares en busca de apoyo estratégico.
Necesitan armas y parque (aunque sean teórico-ideológicas) que les auxilie para librar esta guerra fratricida en que se enfrentan. Alzarse con el Poder del partido, depende de ello. Lo que no distinguen estos contrincantes es la inutilidad de semejante lucha. El Partido Comunista Cubano es un inmenso elefante blanco varado en una piscina. Por mucho que chapotee está destinado a ahogarse, ya sea si se aferra a continuar nadando hacia ningún lugar o si decide beberse toda el agua que le oprime. La fuerza y la utilidad del Partido radicaban en la enorme (y desaparecida) potencia imperialista que les avalaba.
El oro de Moscú les permitió mantener todos los puestos que ostentaban con Batista y comprar cuantos ministerios, direcciones y grados militares, consideraran necesarios para asegurarse la supervivencia y el control hegemónico. Las toneladas de armas y los millones de barriles de petróleo a cambio de azúcar y carne de cañón en operaciones militares, aseguraban la prosperidad del confortable virreinato
“socialista” en plena “guerra fría”.
No es por casualidad que Abraham Grobart (Fabio), uno de los más fieles servidores del Komintern en la Isla, le ofreciera el Secretariado General del Partido (Primer Secretario) al “compañero” Fidel en 1975, durante el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba. De no haber tenido tanto que ofrecer jamás hubiesen sobrevivido a una revolución burguesa de claro carácter nacionalista, mucho más próxima (ideológicamente hablando) a los postulados nacionalsocialistas italianos y al populismo revolucionario de Perón, que a los legados marxistas. Desde luego, el pragmatismo leninista les llevaría a bucear en la historia y justificar la paternidad común (Georges Sorel) de ambas ideologías (fascistas y leninistas).
En el interior, los mensajes tienen un único destinatario: el presidente-General.
Ambas fracciones coinciden en la búsqueda de reconocimiento y se ofrecen como “gestores” proponiéndose como vehículo de salvación ante la inminente implosión.
Unos pretenden venderle “lo bueno por conocer” y los otros -desde sus roídas pijamas o en los puestos de confianza- procuran continuar brindándole “lo malo conocido”; producto probado y calado que le ha permitido la perpetuidad en el Poder a los provectos hermanitos por más de medio siglo. En resumen, lo único que parece unificar a las fracciones del Partido es la búsqueda de reconocimiento y la continuidad en Poder, para ello se prestan a auxiliar al presidente-General. Tanto los representantes del SPD como los defensores a ultranza del stalinismo cuartelario se aprestan a tender la mano con la mascarilla de oxígeno que reanime el régimen: El oportunismo es inherente al leninismo.
El viejo Marx tenía razón cuando sostuvo que la historia, en caso de repetirse, regresaba en forma de comedia aquello que alguna vez fuese tragedia.
Indudablemente, los leninistas cubanos ya tienen lista para escena una comedia mediocre y aspiran ha realizar su segunda representación. Una vez más se disponen a traicionar al movimiento social revolucionario, al conjunto de los trabajadores y al pueblo en general, sólo que en esta ocasión el calendario se adelantó dos meses.

El panorama pese a todo alienta

Estas fueron las palabras, cargadas de ánimo y optimismo, con que concluía aquel editorial de Solidaridad Gastronómica de enero de 1959, que mencioné al comienzo de este texto, donde se acusaba el «centralismo estatal» y el evidente «ordenamiento autoritario» que empezaba a tomar cuerpo bajo la dirección de los hermanos Castro con el auspicio de los stalinistas cuartelarios. Cincuenta y un años más tarde estas palabras pueden volver a cobrar significado, si y sólo si, se alcanza la “cohesión”15 de todas las filas revolucionarias más heterodoxas y se concreta el “diálogo sin sectarismos” no con los jerarcas del régimen sino entre los socialistas anti-autoritarios en busca de alternativas al capitalismo; si y sólo si, se logra el consenso entre TODOS los luchadores incansables por la impostergable transición al Socialismo en Cuba.
Bakunin, estuvo tempranamente en condiciones de otear los desvíos y deformaciones que sobrevendrían si no compaginábamos adecuadamente las porciones de Socialismo y Libertad. Aquella sentencia lúcida que enunciaba que “Libertad sin Socialismo es privilegio e injusticia; Socialismo sin Libertad es esclavitud y brutalidad”, adquiere gran pertinencia después de conocer en carne propia los estragos del leninismo bajo el capitalismo de Estado de los regímenes cínicamente bautizados bajo el eufemismo de “socialismo realmente existente”.
Jamás lograremos “el paradigma socialista nunca alcanzado”, con abstracciones y malabares dialécticos o, acomodos semánticos y declaraciones bien intencionadas.
Si realmente deseamos construir una verdadera democracia directa, autogestionaria, participativa y decisoria, fundada en el Socialismo y la Libertad, debemos atender a exigencias políticas bien delimitadas, que no pueden conducirnos a otro derrotero que no sea el cese de la amenaza represiva institucionalizada.
Dicho de otra forma: si realmente queremos extender la democracia directa e incitar a la participación popular, no hay otra alternativa que la instauración de un amplio régimen de libertades edificado sobre el consenso popular y la cohesión de las fuerzas motrices del socialismo antiautoritario.
Esto está en nuestras manos y no en las del presidente-General o cualquier otro jerarca reaccionario. Y sólo será posible mediante la abolición de las prohibiciones sociales y la derogación de las leyes y decretos represivos; a través del reconocimiento y respeto de las libertades individuales y colectivas (libertad de reunión, de expresión y movimiento); suscitando la autogestión de las colectividades obreras y campesinas; promoviendo la libertad sindical y la autonomía de los sindicatos, federaciones y confederaciones obreras y campesinas; rechazando toda exclusión -queremos una Cuba, diversa y múltiple, donde quepan muchas Cubas- y, construyendo una nueva sociedad sin oprimido s ni explotados, basada en la Libertad, la Igualdad, la Solidaridad, el Apoyo Mutuo y el respeto a la ecología, a la biodiversidad y el amor a la Tierra.
Como propone el Movimiento Libertario Cubano (MLC), en los “Seis Puntos Básicos de Consenso para un Cambio Social”, sugeridos a modo de “agenda mínima de convergencia” tendiente a un cambio social hacia el Socialismo en Cuba y “con el objetivo de consolidar discernimientos y estrechar la coordinación antiautoritaria, dentro y fuera de Cuba”, en aras del fortalecimiento del creciente movimiento socialista participativo y libertario.
Como afirmara, con esa sagacidad que le caracterizaba, nuestro entrañable Spósito: «No hay ni puede haber en esto operaciones fantásticas y una vez más habrá que repetir lo tantas veces dicho: una creación social libertaria y socialista no puede concebirse como el resultado espontáneo de una nebulosa legalidad histórica ni como un designio caudillista ni como una operación de ingeniería bajo la forma de la planificación central ni como la automática derivación del desarrollo tecnológico ni como una casualidad ni como un advenimiento mágico; una sociedad libertaria y socialista, en Cuba como en cualquier otra parte, ahora tanto como en cualquier otro momento, sólo puede ser el fruto de una profunda decisión autonómica y de una interminable sucesión de luchas y de gestos que se forman en los pliegues de la conciencia colectiva. O también, para decirlo en forma más sencilla, en Cuba habrá autogestión y por ende socialismo, sólo si lo quiere y lo decide la gente y no porque así lo disponga generosamente alguna resolución desde las alturas […]».16
Mientras tanto, no habrá participación popular ni democracia directa, mucho menos arribaremos al paradigma social nunca alcanzado, porque éste no ha de consumarse por obra y gracia de las buenas voluntades de la corriente de intenciones que integra Campos. En su defecto, tendremos “más de lo mismo” y continuaremos anclados en la patética espera de los designios de Cronos. En el transcurso habrá que soportar los dictados desde la cámara hiperbárica de las “reflexiones del Coma Andante” per saecula saeculorum y las especulaciones cotidianas en torno a las tan anunciadas reformas del presidente- General. Ojala mañana no tengan que arrepentirse los portavoces del “error de junio”.

Por el Socialismo y la Libertad.

San Luís Potosí, México,
25 de junio de 2010.
Autor: Gustavo Rodríguez
Publicado en: Cuba libertaria
Notas:

1. revolucionario de 1920 a 1940, agrupados dentro de la Federación de Grupos Anarquistas de Cuba
(FGAC) y Solidaridad Internacional Antifascista (SIA), acordaron celebrar una asamblea a comienzos de la década de los 40 con el propósito de reagrupar en una sola organización el esfuerzo libertario, disolviéndose ambos organismos (FGAC y SIA), con el fin de constituir un nuevo agrupamiento denominado Asociación Libertaria de Cuba. (ALC). Cfr. Fernández, Frank, El anarquismo en Cuba, Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, Madrid 2000, Pág. 73. A mediados del año 1960 los militantes de la ALC fueron encarcelados o exilados. Ex miembros de esta asociación constituirían en el exilio, en el año de 1961, en la ciudad de Nueva York, el actual
Movimiento Libertario Cubano (MLC).
2. Vid. Solidaridad Gastronómica, Año X. Número 1, La Habana, Enero 15, 1959, pp. 6-7.
3. Firmado por el Secretariado de Asuntos Sindicales de la ALC, con fecha 18 de enero de 1959 y, publicado en Solidaridad Gastronómica del 15 de febrero de 1959. Cfr. Solidaridad Gastronómica, Año X. Número 2, La Habana,
Febrero 15, 1959, pp. 7 y 11.
4. Vid. “Hacia dónde va el movimiento obrero”, Solidaridad Gastronómica, Año X. Número 3, La Habana, Marzo 15, 1959, Pág. 2.
5. Ramón García Guerra en ”Contra el silencio de la flecha”, disponible en http://www.kaosenlared.net/ noticia/por-verdadero-socialismo-cuba
6. Pedro Campos en “Cuba. Diálogo sin sectarismos: necesario para la cohesión revolucinaria”, disponible en http://www.kaosenlared.net/noticia/cuba-dialogo-sin-sectarismos-necesario-para-cohesion-revolucionaria
7. Roberto Cobas en “Cuba y el compromiso con su proyecto socialista más allá del anarquismo de la polémica” en http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=39087
8. Vale aclarar que, con el objetivo de facilitar su estudio, he integrado en un mismo paquete artículos de análisis y virulentos ataques anónimos, bajo orden cronológico como único criterio de unidad, con la finalidad de resaltar el incremento de estos “intercambios” en el transcurso de este mes.
9. Para corroborar esta afirmación sólo hay que reparar en los puestos ocupados por algunos de sus más destacados exponentes (más allá de que hayan o no “caído en desgracia” en algún momento de sus carreras) : Pedro Campos ocupó cargos diplomáticos y también fue Investigador Jefe de Proyecto en el Centro de Estudios sobre Estados Unidos de la Universidad de La Habana; Roberto Cobas fue especialista del Instituto de Investigaciones del Transporte; Soledad Cruz fue embajadora cubana ante la UNESCO; la difunta Celia Hart fue directora del Museo “Abel Santamaría”, entre otros.
10. Chaguaceda Armando, La Campana vibrante. Intelectuales, esfera pública y poder en Cuba: balance y perspectivas de un trienio (2007-2010), Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales, Universidad Veracruzana,
Xalapa, Veracruz, Abril 2010, Pág.41.
11. Co:Cosméticas hacia dentro y Ca: Capitalistas hacia fuera.
12. Campos Pedro, Op cit.
13. Ibíd.
14. Id.
15. No la “unidad” aparente que esconde la subordinación a un pensamiento único y hegemonizador,
como atinadamente subraya Pedro Campos.
16. Spósito Rafael (Daniel Barret), De Fidel a Raúl: La Cuba de los Politi-Castros, Montevideo, 2009, Pág.170. De su libro en preparación “Cuba: El dolor de ya no ser.

viernes, 9 de julio de 2010

¿Dónde se es?: Paisaje y arraigo

La idea del anarquista como un sujeto desarraigado es una no­ción que debe revisarse perma­nentemente. El amor a la patria es una cosa, amar un paisaje es otra.

Este periódico se reconoce oriundo de la Región Chilena, si hemos utili­zado esta idea es porque nuestros compañeros del la primera época de El Surco también se referían así al contexto territorial desde donde escribían. Porque no creemos en el concepto de Chile como un República (de esas que a uno le enseñan en el colegio), para nosotros, lo que se hizo acá fue trazar líneas imaginarias sobre una región del globo terráqueo.

Desde esta aparentemente sutil diferencia, proyectamos las palabras venideras, donde queremos comentar con respecto a ciertos nociones del anarquista como un sujeto desarraigado, es decir, una persona que no es de aquí, ni de allá (diría Facundo Cabral), incapaz de establecer lazos emocionales con un territorio, por el hecho de no creer en la patria, repúblicas o estados.
Es claro que esta idea está cargada de una concepción errónea de lo que significa anarquía, el que escribe se considera un internacionalista, en la idea de que como Homo sapiens nos tocó poblar un mismo planeta y aquello nos conecta como espe­cie. No obstante, hay un paisaje que me es propio, hay una combinación de elementos atmosféricos que recuerdo con nostalgia cuando estoy lejos: plantas, olores, sonidos y casas, es un todo que no podría describir ni pintar, construido desde la experiencia y con el cual he desarrollado lazos afectivos y emocionales que lo convierten en único.

Conviene invocar en este las palabras del geógrafo cultural Yi Fu-Tuan: “Un paisaje es, ante todo, una composición. Revela grandes y pequeñas armonías, la mayoría de las cuales les resultan invisibles a las personas que ha­bitan en él y deben atender sus necesidades inmediatas”1 .

La cita se refiere a una jerarquía de armo­nías, no especifica, pero es claro que estas armonías son creadas por quien vive el paisaje. Nuestra concepción de un paisaje acotada a su dimensión visual es errónea por simplista, el paisaje es una experiencia, y como tal es multisensorial. Así, todos nues­tros sentidos se disponen hacia el paisaje, reconociendo armonías (que no deben ser necesariamente bellas) como puede ser un olor en relación a un sonido, o un sabor en función de un color.

Como fetichistas de la historia, no podemos dejar de lado la relación entre el individuo y el paisaje que se genera desde la interac­ción en el tiempo, ésta carga el paisaje de vivencias sobre las que volvemos cada vez que lo visitamos. Aquella esquina deja de ser una intersección y se convierte en el ne­fasto lugar donde nos caímos de la bicicleta, aquel árbol abandona su follaje actual, para nosotros solía ser más pequeño.

El arraigo pasa necesariamente por esas relaciones: Uno es, donde ha sido, suena redundante, pero lo que queremos expli­car es que la posibilidad de reconocerse, es mucho mayor en los lugares donde hubo una conexión entre el espacio y la persona. Mantengamos caliente la idea de “experiencia”.

Cuando nos dicen “ama a tu patria”, se nos pide verter un sentimiento íntimo sobre una molde abstracto. En lo personal, me es imposible proyectar amor en algo que no concibo, para mi esto de las líneas que no se ven y las banderas son sólo construccio­nes de otros que me han impuesto. Por ser impuestas, no puedo sentir aprecio sobre las mismas.

No sucede lo mismo con un paisaje, este genera placer porque existe un vínculo (arraigo), que cueste definir lo que más gusta de un paisaje, no quiere decir que no tengamos claro lo que compone dicho conjunto, sólo explica lo difícil que es poner en palabras una experiencia. Así entonces, estamos dispuestos a sentirnos parte de un territorio, lo importante es tener claro cuánto se está dispuesto a sacrificar por este territorio (entendiendo como territorio el emplazamiento físico sobre el que se construye un paisaje).

Para ejemplificar este sacrificio, prefiero hablar desde un yo: ¿Estaré dispuesto a matar por mi derecho a un territorio? La verdad la pregunta suena extrema, pero creemos que en el fondo esa es la consigna que sustenta las guerras. Suelo hacerme esta pregunta cuando miro por la ventana de la pieza, reconociendo esos detalles íntimos, sutiles despojos de realidad que he hecho míos. La verdad querido lector, es que no tengo una respuesta definitiva.

Todo lo que está ante nosotros, no nos pertenece, a pesar de ser nuestro (una cosa es poseer, otra cosa es ser dueño). Por lo tanto no tiene sentido morir defendién­dolo, sin embargo, todos los sentimientos vertidos nos van a impedir entregarlo así como así, tiene mucho de injusto el sentirse desplazado.

La patria es una multiplicidad de paisajes, muchos de los cuales no son más que una postal para nosotros, por lo mismo creo imposible sentirse arraigado en Chile, como podría uno sentirse arraigado en un espacio personal. A pesar de que los paisa­jes que amamos se proyectan desde Chile. La gran diferencia está en que el territorio es una posibilidad de arraigo, la intención de sentir que se puede ser en un lugar, es algo personal, va con nosotros y por lo tanto puede aplicarse a voluntad sobre el territorio que nos plazca.

No hay que creer en esa consigna patriotera que transforma un objeto abstracto en una suerte de “madre”, nosotros, como humanos, podemos sentirnos cómodos incluso en los lugares más inhóspitos, eso depende de la voluntad de arraigo.

Si le pusieron un nombre al territorio que va desde las cordillera al mar, eso me es indiferente, para mi puede tener múltiples nombres, según mi estado de ánimo.

Entonces uno comprende por dentro esos versos conocidos del compañero Pezóa Velis:

“Entonces, muerto de angustia,
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.”

Citas:
[1]. Tuan, Yi-fu, Escapismo, formas de evasión en el mundo actual; trad. Karen Muller. Península, Barcelona, 2003. Pág. 161

Autor: Rako
Publicado en: El Surco Nº 17, Chile

Unidad y Autonomía

Existe una discusión dentro de los movimientos libertarios, casi tan vieja como el propio anarquismo y que nada sabe de fronteras, una tensión continúa entre la búsqueda de la unidad y la sana necesidad de la libertad y autonomía individual y grupal. No pretendo dar con una fórmula mágica, pero si plasmar aquí unas simples reflexiones que tal vez puedan aportar algo y que si no simplemente pueden quedar en el olvido como tantas cosas que se dicen o escriben. Lo escribo expresamente pensando en el momento que viven los movimientos libertarios en este pedazo alargado de tierra que alguien decidió llamar Chile, pero seguramente podrá ser entendido por anarquistas y libertarios de cualquier otro lugar del globo.

En especial me motiva a ello el grado de descalificación que alcanza a veces una discusión entre visiones del anarquismo que debiera ser tan natural como sana y enriquecedora. No sé si, cuando pensamos en las acciones, lógicas, tácticas, estrategias… que desarrollamos lo hacemos pensando en un fin a alcanzar, en un resultado o al menos en un avance en alguna dirección concreta. Si es así, que debiera ser lo más lógico, deberíamos tener siempre presente que lo realmente importante es ese fin que perseguimos y no la acción, lógica, táctica o estrategia en sí misma que empleamos en pos de ese fin. De modo que lo segundo, la acción, la táctica, debiera estar siempre abierta a la evaluación regular, a replantearse, a no ser considerada irrenunciable, un dogma, como el fin mismo, y por tanto abierta a cambio, en caso de que el resultado obtenido con dicha estrategia a lo largo del tiempo no sea el que se buscaba, no nos haya acercado lo más mínimo al fin o incluso se observe que nos aleja de él o nos estanca irremediablemente. Esto nos debiera dar, en cualquier caso, mayor flexibilidad a la hora de valorar (que es lo que deberíamos hacer en lugar de juzgar, que para eso ya existe un estamento que teóricamente desearíamos suprimir) las acciones o estrategias de otros grupos que teóricamente persiguen el mismo fin, puesto que entenderíamos que, igual que nosotros hacemos con nuestros métodos, ellos lo hacen con los suyos, que todo está abierto a crítica constructiva y, sobre todo, a autocrítica, que no existe en el método nada absoluto y que las estrategias sólo se muestran acertadas o erróneas en la práctica concreta y a lo largo del tiempo, y no apriorísticamente sobre un papel o un manual. Que ciertos métodos pueden ser útiles en una coyuntura adecuada y sin embargo hacer retroceder más que avanzar, ser un obstáculo, en otras.

Si con lo que todo libertario sueña es, más o menos esquemáticamente, con una sociedad radicalmente distinta, basada en la ausencia de autoridad, en el apoyo mutuo, el consenso y la horizontalidad, es difícil pensar que caminamos hacia ese sueño descalificando encarnizadamente a quienes están en el mismo lado de la lucha, a quienes teóricamente comparten un mismo fin, aunque con distinta lógica. Si entre nosotros actuamos así, si tan difícil resulta el consenso entre anarquistas, ¿cómo pensamos que en una sociedad futura quienes hoy viven en base a parámetros diametralmente opuestos serán capaces de consensuar nada con nosotros? Esa sociedad que llevamos en nuestro corazón debemos construirla a diario desde ese corazón mismo, debemos vivirla en nosotros. Sólo así se irá haciendo posible y será creíble para otros. Y que nadie entienda aquí que personalmente doy por buenos todos los métodos, todas las acciones, todas las lógicas, todas las estrategias. Personalmente no creo que el fin justifique los medios. Pero no me parece éste el lugar ni el momento para posicionarme personalmente. Cada uno debe reflexionar sobre su praxis y los resultados de ella y obrar en consecuencia, estoy muy lejos de sentirme juez de otras personas con el mismo derecho a acertar o equivocarse, a replantearse a diario, tomar un camino u otro según su propia reflexión, maduración de las ideas, formas de sentir la vida y la acción.

Dicho todo eso, voy ya sin más vueltas al tema que quería abordar: la unidad y la autonomía. Dándole vueltas a ese eterno dilema, pienso que uno de los errores, desde mi punto de vista, más habituales es plantearse el tema como una cuestión de opuestos. Pensar que la unidad anula la autonomía o que la autonomía impide la unidad. Pienso que en el momento que vivimos, tanto en América Latina como en Europa, aunque las realidades puedan parecer muy distantes, la unidad es más necesaria que nunca, por múltiples motivos. El primero de todos, que estamos ante un momento histórico en el que sería posible noquear definitivamente el sistema económico, político y social que lleva siglos sometiéndonos, y eso es difícil de conseguir desde acciones aisladas sin un sentido común y, sobre todo, sin unos objetivos y una propuesta clara. Pero, ¿unidad a costa de maniatar la autonomía, la libertad, la sana espontaneidad individual o grupal? No creo que eso sea tan necesario y de hecho me parecería un empobrecimiento, una renuncia a la propia base del anarquismo.

La cuestión es que es bien posible funcionar en ambos sentidos. Pienso que es a todas luces necesaria una coordinación, un entendimiento y un apoyo mutuos, una dirección común y, para ello, acciones, tácticas y estrategias comunes entre todos aquellos que soñamos con otro tipo de relaciones humanas, laborales, familiares, vecinales, vitales, entre estudiantes, trabajadores, cesantes, ecologistas, mujeres (personalmente considero una de las luchas más vitales la que sitúe definitivamente a la mujer en un plano de igualdad real con el hombre), okupas, pueblos originarios y cuantos grupos y sectores humanos estén sometidos o en lucha; un campo para la reflexión común, el consenso y la acumulación de fuerzas para hacer avanzar entre todos cada uno de los terrenos en los que la lucha es necesaria, en los que recuperar la sociedad, la economía y la política para los propios interesados, para el pueblo, para los actores reales de la vida, es imprescindible. Para ello, en base a mi reflexión, sería un gran avance contar con un espacio común bajo unas señas de identidad unitarias (por decirlo de alguna manera, un nombre y unas señas de identidad comunes, una “marca”) que sirva de paraguas para cuanta organización, grupo de afinidad, colectivo o individualidad desee, y en cuyo nombre se realicen sólo aquellas acciones que, persiguiendo objetivos concretos entre todos acordados y en una dirección por todos marcada, sean asumidas por todos quienes se integren en él. Sería también lógico que, en cada campo de la lucha, primara la voz de los colectivos directamente afectados y que conocen en mayor profundidad las problemáticas concretas y lo que en su terreno puede ser acertado o contraproducente. Es difícil que un/una estudiante de Derecho sepa mejor que un/una obrero del metal la estrategia que conviene en el sector metalúrgico, y viceversa, por poner ejemplos claros, aunque seguramente ambos puedan aportar desde sus saberes ideas útiles a los otros.

Al mismo tiempo, cada organización, grupo de afinidad, colectivo o individualidad debería poder guardarse el derecho a actuar de forma autónoma, en su propio nombre y sin la cobertura de ese conglomerado unitario, en aquellos campos o a través de aquellos métodos que no quepan en ese consenso. No sólo el derecho a actuar libre y autónomamente, sino también el derecho a no informar de acciones o estrategias que consideren por diversas razones que no deben ser difundidas. Por supuesto, el espacio para la crítica a las acciones, estrategias o lógicas autónomas debería quedar siempre abierto, puesto que la discusión permanente sobre lo que aporta o entorpece al conjunto, siempre con la vista puesta en el fin, y no en los medios como fin en si mismos, es siempre imprescindible y ayuda a que nadie pierda de vista el horizonte, cegado por la excitación de la propia práctica y sobre todo por el ego que a menudo se alimenta, aunque sea de forma inconsciente, a través del protagonismo que dan algunas prácticas.

La cuestión es: ¿quién toma la iniciativa para convocar a dicha unidad a organizaciones, colectivos, grupos de afinidad e individualidades hoy en día tan dispersos e inmersos en luchas cotidianas que con frecuencia se dan mutuamente la espalda? Con voluntad todo es posible.

Autor: Asel Luzarraga.
Publicado en: Revista El Surco Nº 17, julio de 2010, Chile.

lunes, 5 de julio de 2010

Contra el fetichismo obrero


Apuntes para superar la terminología marxista entre los anarquistas.



"Mira qué fácil es todo, cuando está bien explicado, me han dicho que el mundo es la lucha entre los buenos y los malos.
Que está la clase explotada y enfrente la explotadora y la lucha entre los dos bandos es el único motor de la historia.
Cualquiera que sea un currante, por el mero hecho de serlo, está de nuestro lado y merece nuestro respeto.
Por contra están los ricos, que son siempre los culpables de todo lo malo que ocurra y de todo lo malo que pase.
Y yo pienso que esta forma de no pensar es una mierda que impide ver los problemas tal como son, la realidad tal como es.
Simplificarlo todo así, sólo nos puede conducir a darnos contra una pared y creernos que eso es resistir"

(Producto Interior Bruto)

Hay entre los que se reclaman revolucionarios hay un cierto grado de sacralización de las figuras del obrero, del sindicalismo, de las masas y de la idea de lucha de clases. Si uno plantea la transformación social sin centrar el análisis en estos sujetos, conceptos y espacios, se estaría cometiendo herejía. Entre más “popular” vista el individuo o su organización, más genuinamente revolucionario es. Si no te llenas la boca con “proletariado”, “lucha de clases” otras palabras del mismo tono y no centras la acción cotidiana en ellas, ya no eres uno de ellos. A lo sumo serás un ambiguo postmoderno, un infantilista irresponsable o, derechamente, un reaccionario. Por supuesto, esta situación no es ajena a los llamados anarquistas. Y a mi entender esto se debe a que no nos hemos sabido librar completamente de la herencia analítica, estética y discursiva de los paradigmas revolucionarios marxistas de los sesenta, setenta y ochenta. El anarquismo criollo no ha superado del todo el trauma del izquierdismo que alguna vez reemplazó su lugar en el combate anti-estatal (MIR, FPMR, MJL). Hablo de trauma porque el rebrotar de la actividad libertaria en los noventa encontró huérfano al “movimiento anarquista” de referentes locales de su propia ideología (extintos hace tiempo), lo que llevó a muchos, explícitamente a veces, inconscientemente en otras, a acercarse a los modelos de análisis marxistas, a adoptar su estética, su memoria histórica y, lamentablemente, a copiar en ciertos casos sus modelos de organización. Las consignas, las demandas, los 29 de Marzo y los 11 de Septiembre, son los ejemplos más visibles de este proceso.

El recuerdo de los que combatieron y murieron por la libertad y el de las experiencias subversivas de otras vertientes ideológicas es sumamente importante si buscamos en ello herramientas para el hoy, pero es contraproducente cuando rememorar se vuelve un porfiado ejercicio para traer fórmulas del pasado que ya no resisten al presente. Por mucho que se le enrostre al marxismo la burocratización y el autoritarismo en cada una de sus experiencias históricas, cuestión irrefutable por lo demás, no vemos un vivo atrevimiento ni la intención a lo menos de cuestionar y cambiar tajantemente las herramientas de investigación sociológica que ellos emplean y que nosotros no abandonamos aún.

El principal problema que veo en esto es que por no cuestionar las claves de análisis del marxismo y sus terminologías, concluimos encerrándonos en sus mismas lógicas estrechamente economicistas en donde la revolución depende de las estructuras de producción, excluyéndose del estudio (y combate) las múltiples aristas del sistema de dominación que no necesariamente se vinculan al trabajo asalariado. A saber, la cultura, la política, el inconsciente colectivo, las diferencias étnicas y etcétera. Según los marxistas todo esto depende de los modos de producción (estructura y superestructura), entonces si trasformamos la economía, cambiaremos todo lo demás. (1) Y para modificarla hay que tomar el control político del Estado con la consiguiente y macabra dictadura del proletariado, que no es más que la dictadura del Partido Comunista. Pero para nosotros quienes sostenemos que no hay igualdad ni libertad en donde existen jerarquías y control policiaco, ninguna dictadura es deseada. Y aún en el caso de que trasformemos la economía suprimiendo en el proceso la estructura orgánica del Estado (instituciones, espacios y capacidad de control), aquello no importa una relación directa con la modificación del pensamiento individual. Es más fácil hacer notar a alguien que su jefe lo explota a explicarle que deje de creer que su compañera es su propiedad, que el peruano o el argentino no es su enemigo o que se puede vivir mejor sin autoridad alguna. Por muy comunista que sea la economía, no hay revolución alguna si no hay un cambalache categórico de las estructuras mentales. Y la economía no determina las cosmovisiones, sino una serie de factores que tienen que ver primordialmente con las experiencias particulares de cada ser. (2) La cuna no determina tu lugar en la lucha, eso sería creer que la distribución de mentalidades en el orden actual es como generalmente lo fue en la edad media europea. Un obrero puede ser tan enemigo de la libertad como su patrón. ¡Falsa conciencia! -nos gritan los marxistas y quienes creen en sus metodologías: como los poderosos controlan la cultura, modifican las aspiraciones de los obreros y los hacen renegar de los “verdaderos” intereses de su clase, pero cuando llegue el día –nos advierten- en el que todos los trabajadores se hagan la idea de que son una gran unidad histórica y de que juntos deben hacer la revolución anteponiendo sus intereses a los de las clases hegemónicas, se acabará la falsa conciencia y la sociedad de clases. Bonita ilusión, decimos, que no considera siquiera las dinámicas de la sociedad moderna en donde los roles se confunden anulando las divisiones nítidas entre los diversos actores sociales.

Hoy, un siglo y medio después de cuando se trazaron las ideas genéricas del materialismo histórico, tiempo en que todas las estructuras de dominación se han perfeccionado y sofisticado sobremanera, urge cuestionar todo aporte teórico desde esas vertientes. Y no se trata de destruir por destruir, por cierto.

Apremia también cuestionar el modelo de “explotados y explotadores”, pues ya no hay sociedad –y nunca la hubo- dual. Las redes de poder y los conflictos en sus entretejidos son muchísimo más complicadas que un simple encontrón entre burgueses malvados y proletarios descamisados. En todo individuo hay un opresor, en todo trabajador hay un capitalista, en todo militante hay un militar: es preciso acabar con todos.

Si bien el anarquismo tuvo una época en que su relación con el mundo de las organizaciones de trabajadores era estrecha, innovando orgánicamente y aportando de diversas formas a sus luchas contra las redes de poder económico y estatal; su cuerpo teórico concibió ideas de redención que sobrepasaban los márgenes productivos. La idea era la transformación integral del individuo y con él de la sociedad toda. No te liberas en cuanto a tu clase, sino en tu calidad de ser. Ni opresores ni oprimidos, he ahí la cuestión primera.

Volviendo a la necesidad de superar al materialismo histórico en el campo anarquista me resulta preocupante el afán de muchos de “reafirmar el carácter de clase del anarquismo”. Haré referencia a un artículo de la revista plataformista Hombre y Sociedad, pero insisto en que esto no solo está presente en dicha corriente. No criticaré punto por punto sus postulados que, asumo, están inspirados de buena fe, aunque no concuerde con la mayoría de ellos. Pero sí me interesa ejemplificar el problema con éste, un típico caso de matrimonio entre anarquismo y fetichismo obrerista, en donde abundan los términos “proletariado”, “dialéctica”, “conciencia de clase”, “masas”. Aunque, como veremos, la similitud no sólo está en las palabras, sino también en las claves de lectura de la realidad. Espero no distorsionar el sentido del texto, como ocurre casi siempre cuando se cita para debatir, pero creo que este párrafo habla por sí sólo. Dicen desde H&S para combatir a los detractores de su tendencia:

“Así la resistencia a la plataforma aparece como la resistencia a dar el salto de un anarquismo abstracto, marginal, a ser parte activa en la lucha de clases, a hacerse parte de las dificultades reales que experimentan los movimientos sociales, por temores virginales a lidiar con la política real, se trata del temor natural que produce esta idea de que el anarquismo es sólo una posibilidad que hay que hacer parir, además del miedo al dolor y al trabajo que éste implica necesariamente” (3) (la negrita es mía).

¡Ay de nosotros los abstractos, los marginales y ajenos a las reales dificultades, los de vírgenes temores, los miedosos al dolor y al trabajo! Pero más allá de la arrogancia evidente, y de la ignorancia respecto a los costos que implica desarrollar la anarquía en otras formas, lo que me urge referir sobre este artículo es el porfiado tema de la lucha de clases. En donde no se concreta un cuestionamiento a la terminología marxista sino que, sirviéndose de ella, se permiten definir entre anarquismos concretos y abstractos. Personalmente valoro todo trabajo que se haga para mermar el sistema de dominación, cuanto más diversos mejor, y me agrada la preocupación por hacer más efectiva la presencia de las prácticas y valores libertarios en la sociedad, como supongo a la gente de H&S, pero me parece peligroso que se alimenten del materialismo histórico sin hacer al mismo tiempo una crítica profunda (más allá de los lugares comunes: antiburocracia, antipartidismo, etc.) de sus estrechos marcos economicistas. ¡La vida social es mucho más compleja que las relaciones con el malvado capital! Antes que el capital está la autoridad, y no hablo solo de las fuerzas evidentes del Estado o sus edificios y símbolos (Ejército, carabineros, cárceles, escuelas, edificios administrativos), sino –y principalmente- de aquella red de creencias que hacen de él una fortaleza aparentemente inexpugnable. Creencias como aquella hegemónica –y pilar de la dominación- que nos advierte que no se puede vivir sin autoridad. Y a esa máxima no la acabaremos únicamente con piedras y bombazos, ni con huelgas ni grandes manifestaciones. Aunque todo sirve, por cierto.

Y como soy un convencido de que las formas de combatir los mil rostros de la dominación pasan por multiplicar mil espacios de respuesta y contraofensiva, no puedo dejar de cuestionar aquella creencia (que también empieza a abundar entre los ácratas) que invita a distanciarse completamente de la lucha económica por considerarse funcional al orden. En esa lógica, por ejemplo, el sindicalismo vendría a ser otro instrumento más de dominación.

Veamos un caso. En el nº 53 de la publicación anti-plataformista Libertad! de Buenos Aires apareció un artículo firmado por Patrick Rossineri que sintetiza esta idea (4). Coincidimos en su análisis, más no en las conclusiones. Ante la pregunta de si acaso es posible o deseable para los anarquistas horizontalizar y autogestionar los sindicatos, el articulista remata negativamente, aunque deja en claro la necesidad de fortalecer entidades anarcosindicales, el trabajo en los barrios y con los no sindicalizados, con los cesantes. Bien dice Rossineri que el sindicato está inserto en el sistema de dominación en tanto reproduce al mismo en las estructuras jerárquicas de su funcionamiento interno, así como en su disponibilidad a las subvenciones estatales. Y es cierto que el sindicato es hoy un organismo autoritario y pancista, sólo preocupado en demandas inmediatas de caracteres gremiales y restringidos a su particular radio de acción. Ya no existe la huelga política, la huelga solidaria, como otrora cuando por ejemplo los gremios paraban sus labores para apoyar a otros sindicatos o reclamar la libertad de los presos políticos. Pero, a nuestro juicio, que el sindicato esté amarrado a la estructura de poder no implica negar la posibilidad para un anarquista de luchar en él. Requerimos transformar todos los espacios en los que nos desenvolvemos ¿por qué éste no? Y esto tampoco significa claudicar, hay que combatir a los politicastros, a los legalistas y todo dirigente sindical debe ser objeto de desconfianza en tanto autoridad, pues la delegación y la sumisión muchas veces visten ropajes simpáticos. El sindicato es una herramienta como tantas otras y además se ha mostrado útil para detener el abuso patronal en no pocos casos. Creo más bien que el problema pasa por no hacer del sindicato y el sindicalismo la panacea. Por su parte el anarcosindicalismo es una solución parcial y limitada a la burocratización del sindicato legal y partidista, pero no es en sí mismo la solución al general sistema de dominación.

La gesta libertaria trasciende nuestro lugar en el sistema de producción y el entretejido de relaciones salariales en el que sobrevivimos. Hasta acá llegamos hoy. El llamado es a cuestionar el uso indiscriminado y acrítico de la terminología y las claves de análisis marxistas entre los anarquistas, y para sugerir cuidado sobre su antípoda antieconómica. Y es que el anarquismo no depende de las estructuras de producción, pero tampoco puede desentenderse de las mismas. Pero y en todo caso, no es la verdad anarquista la que habla hoy, sino la limitada opinión de uno de los miles que se reclaman como tal. Provocar a la reflexión es la idea.

Citas:
[1]. A pesar de las reformulaciones y “actualizaciones” del pensamiento marxista, por ejemplo con el rescate de los aportes sobre “hegemonía” de Gramsci (opacado por largo tiempo en A.L. por Althusser y compañía), estas ideas continúan intactas. Entre otros véase, Marta Harnecker, Los conceptos elementales del materialismo histórico, X edición, Siglo XXI, Santiago, 1972.
[2]. Incluso los mismos historiadores marxistas lo han notado, aunque no se note en las directrices de sus partidos. Estúdiese los aportes de E. P. Thompson y su “Formación de la clase obrera en Inglaterra”, Editorial Crítica, Barcelona, 1989.
[3]. El artículo referido es “A propósito de las resistencias a “La Plataforma”: Contribución a un anarquismo de masas.”, Hombre y Sociedad, nº 24, Invierno 2009, Santiago, p.15.
[4]. “El sindicato como herramienta de domina¬ción”, Libertad!, nº 53, Octubre-Noviembre 2009, Buenos Aires.

Autor: Manuel de la Tierra
Publicado en: El Surco Nº15 - Chile

lunes, 14 de junio de 2010

Arquitectos mediáticos


“La neutralidad frente al mundo, frente a lo histórico, frente a los valores, refleja simplemente el miedo que tiene uno de revelar su compromiso. Este miedo, casi siempre, resulta del hecho de los que se dicen neutros están “comprometidos” contra los hombres, contra su humanización.”
(Paulo Freire)

“El problema principal de la comunicación consiste en saber si se han cumplido las condiciones de recepción. ¿Tiene quien escucha el código para decodificar lo que estoy diciendo? Cuando se emite una “idea preconcebida”, el problema está resuelto. La comunicación es instantánea porque, en un sentido, no existe. Es solo aparente.”
(Pierre Boudieu)

No es la primera vez que desde las páginas de ¡Libertad! se aborda el tema de lo mediático y su incidencia en la construcción social, pero considero oportuno insistir en la problemática de pensar y reflexionar el rol de la comunicación/información, tomando como punto de partida el papel protagónico que los medios tienen en el día a día. Y para hacerlo, parto de las frases de Paulo Freire y Pierre Bourdieu, que sin ser estudiosos de las teorías de la comunicación, sí han sabido resumir en esas dos frases algunas cuestiones básicas que encierran los conceptos en cuestión.
La repetición mecánica de ideas genera, entre otras cosas, que se las adopte como verdades infranqueables, naturalizándolas acríticamente como capital simbólico. Esta naturalidad no hace más que vaciar de contenido los conceptos que puedan servir al momento de explicar temáticas de incidencia social. ¿A qué viene todo esto?
Es común leer en diferentes análisis de la relación medios de información/sociedad, utilizar el concepto de “desinformación” en oposición al de “información”.
Este abordaje ha sido palpable en lecturas de diferente tinte social, sin pretender por ello priorizar unos en detrimento de otros ya que cada uno de ellos incide particularmente según los intereses que genere o modifique. La idea preconcebida de que los medios masivos “desinforman” corre del eje dos aspectos fundamentales de la estructura informativa: 1- que los medios son constructores de realidades, y no meros reflejos sociales; y 2- que son grupos económicos (o parte de ellos) que mercantilizan la información según sus propios intereses.
De esta manera, partir del concepto de “desinformación” para entender el funcionamiento de los medios es un error teórico ya que permite que éstos se escuden en la posibilidad del error, suavizando su incidencia en lo mediático y vaciando de carga simbólica su discurso. Resumiendo: los medios no desinforman, por el contrario, construyen realidad, poniendo en el tapete aquellos temas que mejor les sirvan para su beneficio.
El recurrente tema de la violencia en la sociedad y sus análisis ciudadanos despojados de sus causas sociales es uno, entre muchos ejemplos, que sirven para poder entender el funcionamiento de los medios. Primero se estigmatiza y polariza el problema: por un lado se habla de “pibes chorros”, “lacras”, “malvivientes”, “insensibles” o “pacos”; por otro, de “honrado ciudadano”, “buen trabajador”, “padre de familia”, “buen amigo”. Se establecen como normas dos instancias separadas e inconexas entre sí, como si ambas no formaran parte de la misma situación. Las causas del problema se ocultan, las particularidades se generalizan y se bombardea mediáticamente hasta instalar el hecho como un problema de índole inmediata y determinante. Y ya sabemos qué sucede cuando los medios instalan un tema como “el tema” (sino pensemos rápidamente en titulares como: “secuestros Express”, “los problemas del campo y el artículo 125”, “creciente inseguridad”, “ola delictiva”, “la maldita policía” “countries e inseguridad”, etc).
Es indudable que hoy no se puede negar la influencia que los medios de información tienen en la cotidianeidad social. Esta incidencia es producto, entre otras cosas, de la capacidad de creación simbólica que poseen. Desde esta óptica es que el argumento de “desinformación” como un opuesto a la relación de información pierde sustento. De esta manera, los medios en tanto discurso práctico fomentan y facilitan modelos de construcción simbólica, recepción, opinión y (pseudo) participación. “A partir de que en los medios se viven como en la realidad, la vida llega a ser ficción. La contemplación pasiva de imágenes, elegidas por otros, sustituye el vivir y el determinar los acontecimientos en primera persona. El espectáculo de los medios consiste en la recomposición de los aspectos separados en el plano de la imagen. Todo aquello de lo cual la vida carece se reencuentra en ese conjunto de representaciones. El espectáculo reúne lo separado, en tanto y en cuanto está separado. En la sociedad del espectáculo hasta las experiencias más íntimas – el amor, la pasión, la sexualidad, el odio, el juego, la aventura – se viven a través de la vida de otros: deportistas, actores, héroes, galanes y personajes mediáticos. Esa separación – entre la capacidad de experimentar y comunicar de los sujetos y las experiencias mediatizadas – es el contenido ideológico de los medios de comunicación. Para la mayoría de los consumidores mediáticos, buena parte de las experiencias vitales se viven mediadamente; son lo otro de sí, el amor es vivido como el amor de otro, el juego es contemplar el juego de otros y así sucesivamente. (Fernández y Zarowsky)


Publicado en: Libertad! Nº 55, mayo-junio 2010, Buenos Aires.
Autor: Gastón

viernes, 21 de mayo de 2010

¿Por qué hay protesta social en Venezuela?

* Para quienes – por desconocer la situación local, por estar fuera del país o por aceptar la versión oficial - se desconciertan o sorprenden ante el auge del malestar colectivo y las luchas populares (2.893 manifestaciones de calle desde octubre-2008 a septiembre-2009; 1.763 en el mismo lapso de 2007 a 2008), les presentamos algunas razones para entender la conflictividad social en Venezuela.


[[La mayoría de las cifras aquí presentadas pueden verificarse (con amplia indicación de fuentes originales) en el Informe PROVEA 2008-2009, accesible en www.derechos.org.ve. Otro datos han sido tomados de la prensa y son factibles de localizar vía Internet.]]


I

Se evidencia el fracaso de la política agroalimentaria actual al ver como las importaciones del sector han pasado de 1.626 millones de dólares en 1999 a 7.477 en 2008. Para garantizar el abastecimiento de alimentos subsidiados, ese último año el gobierno debió adquirir afuera el 57,9 % de lo que requirió. Así, hemos pasado de un patrón de importación de alimentos de 75 dólares por persona al año en la década de los 90, a $ 267 en la actualidad.

Pero no es sólo que dependamos más del exterior para nuestra comida, sino que padecemos de una inflación en el sector de alimentos que en 2008 fue de 46,7 %, y en 2009 estuvo por encima del 36 %. Esta escalada de precios de ningún modo se compensa con los limitados aumentos de salario mínimo, ni tampoco con la distribución de alimentos subsidiados vía MERCAL, ya en
franca agonía por causa del desabastecimiento y la corrupción.

Dado lo anterior, la reciente devaluación afectará dura e inmediatamente nuestro consumo alimentario, en consecuencia directa de una estrategia gubernamental que ha descansado en la capacidad de compra del Estado y no en desarrollar la producción, nada distinto a lo que ha sido norma histórica del rentismo petrolero en Venezuela. ¡Luchemos porque no seamos los de abajo quienes paguemos el costo de los errores, la imprevisión y la corrupción del poder!

II
Aún contando con ingresos nacionales mayores a los percibidos en cualquier otro período de nuestra historia, la situación de pobreza y exclusión que persiste para amplios sectores de la sociedad venezolana ha agravado la violencia urbana desde que este gobierno asumió el poder. Mientras en 1998 tuvimos una estimación nacional de 4.550 homicidios, el saldo fue de 14.568 en 2008; o visto desde otro ángulo: la población creció un 19,1 % en ese decenio, mientras la tasa de homicidios subió en 320,1 %.

Es público y notorio que tanto la boliburguesía como los “chivos gordos” del gobierno y el PSUV cuentan con abundantes espalderos (pagados con recursos oficiales) que los protegen, mientras los demás debemos encerrarnos en nuestras casas para no ser víctimas de malandros o policías. Sobre esto último, unas cifras tenebrosas: en 2008 hubo 205 homicidios atribuibles a evidentes violaciones del derecho a vida por parte de los cuerpos represivos del Estado (2/3 de los casos vía ejecuciones), mientras que bajo la sospechosa excusa de “resistencia a la autoridad” se dio cuenta de 1.820 muertes.

En tal ambiente de violencia desaforada cada día se enlutan más familias venezolanas, lo que no incomoda para nada a un gobierno que impúdicamente atribuye ese clima a una “sensación de inseguridad creada por los medios de difusión opositores”, mientras sus esfuerzos se concentran en eternizarse en el poder y en convencernos de la infalibilidad del “Mi Comandante-Presidente”.

III

A quienes han gobernado Venezuela en estos 11 años les ha sobrado tanto dinero como verborrea de su amor por el pueblo, pero su fracaso en atender el problema social básico de la vivienda ha sido descomunal. En el lapso 1999-2008 se han construido en total 300.939 nuevas viviendas (incluyendo al sector público y al privado), cifra absolutamente insuficiente cuando el propio Estado estima que el déficit habitacional actual sería de unas 3 millones de unidades habitacionales, por lo que sería necesario construir 300.000 viviendas por año.

Pero en lo que si han sido diligentes los caciques de la “revolución bonita” es en resolverse sus propias exigencias por viviendas de postín, y allí están para probarlo los “town houses” y “pent houses” de los que disfrutan en urbanizaciones de lujo de las ciudades venezolanas. Con semejante ejemplo en las alturas, no es de extrañar la gruesa cifra de denuncias sobre corrupción e incapacidad entre la burocracia media y baja que debería resolver las demandas de la colectividad por un techo digno y propio para vivir.

Esta situación ha generado un creciente caudal de bronca popular: entre octubre de 2007 y septiembre de 2008 ocurrieron 457 manifestaciones de calle referidas al tema, cifra que pasó a 588 protestas colectivas de octubre de 2008 a septiembre de 2009. La respuesta del supuesto “gobierno popular y revolucionario” ha sido criminalizar estas acciones, llegándose a la sanción carcelaria o judicial (58 detenidos en el último lapso, de los que 23 quedaron en régimen de presentación a tribunales), o más grave aún, a la represión armada (67 heridos y un asesinato a manos de los cuerpos represivos).

IV

El carrusel de nuevos jefazos a cargo, de ofertas de voluminosos recursos y de anuncios programáticos grandielocuentes desfila repetidamente ante nuestros ojos, pero la situación de la salud pública sigue en franco retroceso, lo cual se constata en cualquier observación medianamente completa que se haga en el área, a pesar del empeño de los entes públicos por negar u ocultar la información que están obligados a proveer, o por pretender desacreditar a quien se salga del libreto que repite la propaganda oficial.

Pero la realidad es terca, de modo que el mismo gobierno que por boca del Ministro T. El Aissami amenazó el 16/12/08 con “caerle a zapatazos por mentirosos y embusteros” a los redactores de un informe que documentaba la profunda crisis que padecía la publicitada Misión Barrio Adentro, tuvo que reconocer el 20/09/09 por boca de su Presidente que 2.000 módulos de ese programa carecían de personal médico (sobre un total de 3.478 módulos). Eso por no atreverse a mencionar otras situaciones gravísimas, como la denuncia de que sólo el 4 % de lo invertido en equipamientos para esta. Misión tiene el soporte adecuado de facturas.

Tan o más alarmantes que la situación actual son las soluciones prometidas. Por ejemplo, otorgar el monopolio de la contratación de los seguros HCM para quienes laboran a la orden del Estado, a una empresa donde el mandamás es nada menos que el tristemente célebre Orlando Castro. Ante anuncios como éste, la opción es clara: ¡o protestamos o nos hunden!

V

Si algo deja al desnudo la farsa de 11 años de proclamada revolución es el caudal de problemas que afectan a la clase trabajadora. Se maquillan cifras o se aplican mecanismos tramposos de contratación temporal (por ejemplo, vía las Misiones o en las cooperativas y “empresas socialistas”), pero los analistas económicos más consistentes indican que la tasa de desempleo real estaba a fines de 2009 en 12 % de la Población Económicamente Activa, a pesar de que la cifra oficial sólo reconoció 8 %. Entre quienes trabajan, 44,9 % lo hace en el sector informal de la economía, con todas las desventajas que ello representa.

Agréguese a lo anterior que, desde 2009, el ingreso salarial venía siendo insuficiente para satisfacer las necesidades de consumo (aún las esenciales, que conforman la llamada Canasta Básica), lo cual reconocían hasta las estadísticas oficiales y se comprobaba en la vida cotidiana. La caída se hace más aguda con la macro-devaluación de enero de 2010, que termina de desmontar el cuento de que teníamos los salarios más altos de América Latina.

Esos y muchos otros problemas han multiplicado las expresiones de descontento laboral como no había ocurrido bajo este gobierno. Entre octubre-2008 y septiembre-2009 se reportaron 983 acciones de protesta obrera, que en cerca de 80 % fueron de trabajadores al servicio del Estado. La respuesta oficial fue calumniar y criminalizar, llegando a la violencia represiva contra 43 protestas, con el resultado de más de un centenar de lesionados y el asesinato de dos manifestantes el 20/01/09 en el Edo. Anzoátegui, sin olvidar que 33 trabajadores y activistas sindicales fueron víctimas de medidas judiciales por participar en estas acciones.

VI

Según datos del Observatorio Venezolano de Prisiones, la violencia dentro de las cárceles del país originó 366 muertos y 635 heridos en el año 2009, lo que en 11 años de gestión de este gobierno da una suma de 4.030 fallecidos y 12.036 heridos, en su mayoría por uso de armas de fuego. Estas cifras dejan claro por qué las prisiones de la revolución bolivariana se han ganado el triste mérito de ser consideradas entre las más sanguinarias del mundo.

Tal brutalidad homicida es posible en modo importante gracias a las mafias de traficantes de armas y otras “mercancías” al interior de los penales, compuestas por efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana y de la ahora llamada Dirección Nacional de los Servicios Penitenciarios del Ministerio del Poder Popular para Relaciones Interiores y Justicia. Ese sucio negocio ha florecido contando con la indiferencia, incapacidad y/o complicidad de los 17 Directores de Servicios que han desfilado por el cargo desde 1999.

Ejemplo de la calaña de esos burócratas es la actual ocupante de la Dirección, quien ante la masacre que en enero de 2010 causó 10 muertos y 19 heridos en “La Planta” de Caracas, con cínica desvergüenza atribuyó estos hechos a que en las cárceles como en las familias existían problemas entre sus miembros, lo cual producía discusiones y las cárceles eran un reflejo de las familias, para cerrar con broche de oro acusando a parientes y visitantes de los reclusos de ser los responsables de la introducción de armas. Por si interesa, esta funcionaria con postgrado en Criminología, pelo pintado, escolta y Blackberry se llama Consuelo Cerrada…

Publicado por :El Libertario (Caracas) en www.nodo50.org/ellibertario