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jueves, 15 de diciembre de 2011

Anarcocapitalismo



Hace unos cuántos días, el 4 de noviembre, la presidente de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, se dio el gusto de chucear desde las alturas del G20 al anarcocapitalismo, diciendo que la crisis global de la actualidad se debe a un mercado financiero sin control de los Estados. Dijo: "Lo que estoy proponiendo es volver al capitalismo en serio, porque esto que estamos viviendo, señores, no es capitalismo. Esto es un anarco-capitalismo financiero total, donde nadie controla a nadie"[1].

En una sola movida, le mojó la oreja a distintos sectores del liberalismo actual y, de paso, al anarquismo. Hay que decir que la operación pudo haber sido efectiva. Muchos se ofendieron, y muchos, posiblemente, se hayan sentido protegidos por el afianzamiento de la figura social del Estado protector que la presidente vocea por derecha y por izquierda. Por otra parte, logró promocionar su discurso con el impacto que garantiza hablar de anarquía en tiempos de crisis. Pero lo que me resulta muy interesante es que una manipulación como la que ella despliega implica dos cosas: la presencia de un liberalismo antagónico al que ella defiende y la creciente aceptación que cierta simbología anarquista está teniendo en las sociedades occidentales. Para que un pez muerda el anzuelo es necesario que haya un pez.

El juego a varias bandas que tiene una frase como esta desde el punto de vista discursivo es, en mi opinión, brillante. Perverso, sí, pero brillante. Porque habilita un mar de contradicciones ajenas a su posición, algo así como una bomba de humo que distrae, a un tiempo, a más de un opositor a su política estatista. Uno de los puntos más interesantes es darle entidad a esa ridícula figura que es el anarcocapitalismo. En tiempos en los que tanto el Estado como el capitalismo están siendo cuestionados por mucha gente, arteramente identifica a quienes luchan en contra del Estado con quienes defienden el sistema financiero. En otras palabras, afila la tenaza que dice que oponerse a una estructura política implica defender otra peor, eterno reduccionismo a dos con el que se polariza lo posible para fortalecer una elección menosmalista.

Pero, en cualquier caso, es cierto que hay un interlocutor para la estupidez que dijo. Un interlocutor que no lo es por ser tan estúpido como su frase, sino por confundir los fines con los medios. En otras palabras, ¿qué es lo que habilita a que se hable de anarcocapitalismo y por qué puede asociarse a la situación actual? ¿Por qué hay un pez para su anzuelo?

La economía como disciplina pretendidamente científica, nace de la mano (huevo o gallina) de los discursos liberales de fines del siglo XVIII. De su matriz fundacional surge la oposición proudhoniana y luego la marxista. En términos económicos, las diferencias entre aquellas corrientes son muchas. Sin embargo, las diferencias que se han vuelto más significativas en los siglos XIX y XX, no son estrictamente económicas, al menos no en el sentido de la descripción de los fenómenos económicos. Lo más importante ha sido la afirmación de posiciones antagónicas en la fundación del sentido mismo de la economía. Son, en su basamento, diferencias sociales. La discusión consiste en quién se beneficia con un modelo u otro y, lo más importante, cuáles son las causas, las consecuencias y la legitimidad de la propiedad privada en la organización social.

Para ponernos en contexto, hagamos un brevísimo repaso. Los economistas liberales sostenían que la intervención del Estado en la economía era la principal fuente de los desarreglos que la economía pudiera tener. Proudhon[2] vino a decir que el problema no se reducía a la intervención estatal, que de por sí era dañina, sino que estaba en la estructura misma del sistema de producción y distribución de la riqueza social. Marx, de la mano de Proudhon, dijo también que el problema estaba en la estructura del sistema de producción, pero que era necesario un Estado que representara los intereses del proletariado para transformarlo. El eje de la proposición de Marx era político, no económico. Tanto él como Proudhon partían de la base de que era la economía la que determinaba no solamente a la política, sino a toda la organización social. Y ambos coincidían en indagar las posibilidades de la organización social y política en contra de las que regulaban aquél mundo para transformar las condiciones económicas. En otras palabras, nacía la búsqueda de formas colectivas de confrontación contra los poderes constituidos en función de un sistema económico socialmente injusto.

Proudhon advirtió que el Estado era garante de las injustas condiciones económicas basadas en la propiedad privada de la tierra, y que esta condición determinaba la desposesión de los trabajadores de los medios de producción. La propiedad de la tierra y de sus productos a través de la renta, constituía el núcleo fundacional del robo que los propietarios ejercían en contra de la sociedad en su conjunto (especialmente en detrimento del proletariado), y el Estado era la pieza clave que garantizaba semejante abuso. Así es como nace, de su cuño, la anarquía como figura política, aún cuando no fue Proudhon quien llevara esta figura al grado de intensidad, complejidad y desarrollo que ha llegado a tener.

Lo que se vuelve fundamental de todo esto es que la idea de la abolición del Estado, idea que constituye el suelo común a todas las distintas formas del pensamiento anarquista, nace de la convicción acerca de que el Estado es garante de un orden social injusto, siendo ese orden, y no el Estado en sí, lo que estaba en cuestión. El anarquismo nace y se desarrolla como una corriente polítco-social en contra de un orden social injusto que, a través de la apropiación privada de la riqueza social, y del Estado en tanto gendarme de tal apropiación, condena a una parte de la población a condiciones de vida precarias frente a otra parte de la población que hace uso de esas condiciones para enriquecerse.

Sin embargo, hay quienes, confundiendo los fines con los medios, han querido creer que la búsqueda del anarquismo es únicamente destruir al Estado, a tal punto que basta con proponer la abolición del Estado para que la palabra anarquismo aparezca inmediatamente. Lo que se pasa de largo en esta cuestión es que el liberalismo también ha criticado desde sus comienzos (y antes de que existiera el anarquismo) la figura del Estado. Precisamente, la oposición que sostuvo Proudhon frente a los economistas liberales no tenía tanto que ver con el rechazo a las instituciones del Estado, sino con el régimen de la propiedad.

Claro que la idea liberal nunca fue la abolición del Estado, sino su reducción a un mínimo capaz de garantizar el “orden social”. Este orden social liberal puede reducirse a una sola gran piedra filosofal: la garantía de la propiedad privada. En este punto, Proudhon sentó las bases de una posición claramente radical que propone una organización social sin la existencia de un Estado regulador, por mínimo que sea.

En el esquema reducido que planteo aquí, bastará con mencionar la aparición de nuevas corrientes del pensamiento liberal que, hacia fines del siglo XIX y principalmente en el siglo XX, logran producir transformaciones ideológicas y metodológicas en la “ciencia” económica. Estas corrientes habrán de abastecer de ideas y figuras relevantes para el desarrollo del capitalismo tal como lo conocemos. No obstante, y más allá del mar de diferencias que distinguen a unas de otras, se mantiene invariante la aprobación de dos instituciones sociales fundamentales para el capitalismo contemporáneo: la propiedad privada y el libre mercado. Claro que no son menores los matices. Lo que hoy observamos como antagonismos casi radicales en el seno de las confrontaciones económicas mundiales emergen, precisamente, de esos matices. Las tensiones resultan, principalmente, del modo y el grado en que se admite, según los distintos sectores del mainstream económico mundial, la intervención del Estado.

Así es como hay quienes promueven un régimen de intervención estatal que impulse y active ciertas condiciones económicas, mientras que hay otros sectores que promueven una intervención mucho más moderada. A nadie se le ocurre, en este contexto, que pueda subsistir el capitalismo sin algún grado de intervención estatal.

A quienes sí se les ocurre que puede subsistir el capitalismo sin la existencia del Estado, también se les ha ocurrido que podían nombrar su propia construcción como “anarcocapitalismo”. ¿Por qué? Sencillamente porque consideran que la abolición del Estado es toda la significación que el anarquismo puede tener. Es una suerte de arrogancia rebeldona frente a un sistema aún fuertemente estatizado de organización social.

La base de su proposición es la radicalización de un sistema de libre mercado capaz de regular por sí mismo la actividad económica. Se parte de la base de que el interés individual y la propiedad privada pueden lograr en sí mismos una coordinación económica óptima, si es que se respetan las más absolutas condiciones de un mercado libre. Claro que alguna clase de desorden intelectual hace que se olvide el detalle no menor de que la abolición del guardián estaba destinada a la abolición del crimen.

En estos términos, desaparece la idea misma de explotación, no existe el plusvalor, ni existen las condicionantes sociales que anulan cualquier concepción posible de contrato en igualdad de condiciones entre un desposeído y un propietario (lo cual implica que eso que nombran mercado libre es inexistente). El eje de la actividad económica, según esta corriente, está ubicado en la empresa. No en el trabajador, no en el consumidor, ni mucho menos en la doble función de productor-consumidor, sino, lisa y llanamente, en el empresario, que se convierte en una especie de aventurero cuya creatividad, ambición y esfuerzo movilizan a la economía. Es el beneficio personal motorizado por la propiedad, y no el apoyo mutuo, quien habrá de garantizar la justicia económica. ¿Por qué? Porque la idea de justicia no está ligada a la idea de igualdad, sino a la correspondencia entre la capacidad y el esfuerzo, por un lado, y el beneficio en forma de riqueza, por el otro (suponiendo, claro está, que todos partimos en igualdad de condiciones, lo cual es una fantasía rayana en la locura). El empobrecimiento mundial, siguiendo estos criterios, no está relacionado con el sistema económico, sino con las deficiencias intrínsecas del Estado a la hora de intervenir en el Mercado.

Claro que todas estas ideas no las formuló ningún “anarcocapitalista”. Antes bien, son ideas elaboradas en el corazón mismo del liberalismo más radical (algunos dirían rabioso) que existió quizás alguna vez. Metodológica e ideológicamente se referencian en autores como Ludwig von Mises y Friedrich Hayek (por nombrar dos referencias destacables) que, a las claras, no hubieran aceptado ser nombrados anarquistas si eso pudiera tener algo que ver con Proudhon, Bakunin o Kropotkin, ni siquiera con Stirner.

El punto aquí es que la economía no es simplemente la descripción de los fenómenos económicos, sino también la prescripción de funciones económicas ligadas a distintas formas de concebir la sociedad. En ambas cosas el anarquismo se opone de forma radical al capitalismo, y, al menos en términos prescriptivos, a cualquier sistema económico que establezca la desigualdad por norma. Por otra parte, el capitalismo es, muy precisamente, no solamente uno de los sistemas económicos que legitiman, admiten y reproducen las desigualdades sociales, sino el que más importa hoy porque estamos aquí, habitando este infierno capitalista que se nos ofrece, desde la academia y la gubernamentalidad liberal, como la única alternativa a la planificación central del Estado.

Es notorio que la planificación central y la economía estatal, concebidas a la usanza del socialismo marxista, establecen no un régimen igualitario, sino igualizante. La diferencia es abismal. Desde el punto de vista comunista anárquico, no se trata de promover una sociedad donde todo el mundo reciba lo mismo, sino de promover una sociedad en la que todo el mundo acceda a lo que necesita. Y, claro está, esa necesidad no puede estar determinada por una estructura burocrática a distancia de toda subjetividad, sino por la organización colectiva de la población a través de unidades de producción, distribución y consumo.

De modo que la oposición entre el individualismo liberal capitalista y el socialismo dictatorial colectivista, es una falacia que solamente resulta útil para la conservación de los regímenes gubernamentales de expoliación y de explotación social. Sirvió en la unión Soviética para justificarse a sí misma, como posiblemente sirva todavía en Cuba o en Corea del Norte, y sirve también en todo el mundo capitalista que solemos nombrar occidente, aunque este occidente llegue hasta Japón y, en cierta medida, hasta la mismísima China. El propósito es siempre el mismo: la negación de la negación afirma la tesis.

Suponiendo alguna clase de buena voluntad en sus promotores, defensores y adherentes, el anarcocapitalismo es, cuanto menos, la incromprensión más abstrusa de lo que es el anarquismo.

Ahora bien. Hemos visto, muy a vuelo de pájaro quizás, pero de forma suficiente (es que no hace falta mucho), que el anarquismo no puede conciliarse con el capitalismo. ¿Cuál es la utilidad que depara, para quienes manipulan, hablar de anarcocapitalismo? Mi opinión es que echan mano de una confusión muy extendida, y que consiste en creer que toda acción contraria a las formas hegemónicas de control social son formas de anarquismo. Esto, evidentemente, no es así.

El anarquismo es un movimiento político-social específico, aún cuando tenga múltiples variantes. Muchas cosas hay para discutir al respecto, y, de hecho, no seré yo quien defienda muchas posiciones doctrinarias que habitan el anarquismo pretendiendo esconder detrás de una retórica sobreideologizada, más o menos deliberadamente, cierta necedad decimonónica. Pero eso es asunto de otra discusión. El punto aquí es que esta confusión no deja de ser estimulante: vivimos tiempos en los que la población rechaza, desde muy distintas posiciones, algunas más argumentadas que otras, algunas más espontáneas que otras, algunas más consistentes que otras, etc., las formas actuales de control social.

Esto último es muy estimulante para nosotros, para ese nosotros que se constituye en acto como colección de quienes enfrentamos el desafío de mejorar nuestras sociedades. En lo único en lo que podría estar de acuerdo con Milton Friedman, quizás el más destacado mentor y militante de los desastres económicos y sociales del neoliberalismo, es que cuando las crisis ocurren, como decía este señor, las acciones que se toman dependen de las ideas que hay alrededor. Quizás por eso Friedman formó parte de los principales creadores de crisis sociales, de los pescadores en río revuelto, y quizás sea por eso que hoy hay más documentales que noticias. No es mi caso. Lo que yo pienso que importa ahora es afianzar las ideas emancipativas que nos habiliten a actuar en tiempos de crisis para cambiar nuestro mundo por uno mejor, y no por el menos malo que las ideas hegemónicas nos dan como señuelo.

SI seguimos las corrientes que arremolinan lo que está ocurriendo, nos encontraremos pronto pidiendo a gritos la caída de los bancos centrales, la creación de monedas complementarias o el reforzamiento de los controles estatales sobre el mercado financiero; todas alternativas del liberalismo que se han puesto en juego alternadamente, según quién tuviera la manija ocasionalmente, y según las condiciones económicas que se hubieran generado. Estaremos pidiendo a gritos que vuelvan a hacer lo mismo que están haciendo, pero que nos dejen dormir un ratito más. En otras palabras, estaremos canalizando una potencia colectiva felizmente intensa en la restauración de los factores que decimos padecer.

Pocas veces tenemos momentos de agitación como el que se está viviendo en distintas partes del mundo. Tenemos la oportunidad de comunicarnos y de organizarnos de forma genuinamente horizontal para producir ideas y mecanismos organizativos y de acción que ahora mismo nos resultan necesarios. Quedarnos en la superficie de un pensamiento liberal capitalista no resolverá ningún problema que no sea los problemas que hoy enfrentan los gobiernos del mundo y que confluyen en recuperar la cada vez más perdida legitimidad social. El problema no es el anarcocapitalismo que, en definitiva, es un mecanismo insustancial y traído de los pelos con el único objetivo de relanzar ciertas teorías liberales. El problema es que desde abajo confundamos emancipación con reproductivismo y que las construcciones colectivas queden siempre postergadas frente a las estrategias promovidas por las estructuras dominantes.



Notas:

[1] http://www.youtube.com/watch?v=mghnG6vfxTI.

[2] Como siempre, nombrar apellidos para hablar de estas cosas es siempre sesgar el relato. Muchos autores habían ya sostenido que la estructura económica era la responsable de las desigualdades sociales. Incluso ha de encontrarse huellas antes de Rousseau. El punto es que en ciertas ocasiones aparecen trabajos especialmente específicos e influyentes que habilitan consecuencias por demás relevantes. Me permito, pues, esta simplificación


Autor: Hernún
Fuente: http://entornoalaanarquia.com.ar/blog/2011/11/30/anarcocapitalismo/

Aquellos días

Hace solo una década y parecen muy lejanos aquellos días de diciembre de 2001, en los que el plomo de las fuerzas represivas acabó con la vida de luchadores sociales y vecinos desesperados con salarios erosionados por el saqueo de los de arriba o simplemente desempleados.
Aquellos días los precios estaban en escalada y estampida, los docentes universitarios sin cobrar salarios llegando a fines de Diciembre y los estudiantes en las calles manifestando su protesta, junto a los trabajadores y a punto de tomar las facultades. El modelo del 1 a 1 multiplicó el desempleo lanzó al abismo a miles de mujeres y hombres.
En tanto una funcionaria, con total desparpajo socializaba las culpas y decía “no sigamos echando leña al fuego”, mientras era de las que atizaba la hoguera de la corruptela política.
En medio del caos que generaron las políticas del neoliberalismo capitalista, el entonces Presidente dictó el Estado de Sitio, y no solo Rosario fue escenario de la persecución y la muerte en las calles, también Buenos Aires ardió de furia. Multitudes repudiando el accionar estatal. Los organismos de defensa de los derechos humanos enfrentado al poder artillado como en la dictadura.
“Que se vayan todos y no quede ni uno solo”, era el clamor del pueblo, los de abajo hartos de la impunidad y la expoliación de los de arriba.
Entre otras víctimas de la represión estatal recordamos a Pocho Lepratti y Graciela Acosta, en nuestra región y en plena Avenida de Mayo al caído trabajador Gastón Riva.
Sangre de los hijos del pueblo derramada.
Las asambleas de vecinos fueron surgiendo espontáneas como respuesta autoorganizativa que se autoconvocó, deliberó, decidió y ejecutó una serie de iniciativas autogestivas que aun persisten, huertas comunitarias, imprentas, comedores populares, etc.
Como señala el sociólogo René Loureau, luego el efecto Mulman se apoderó de estas experiencias, los políticos profesionales lograron neutralizarlas y el inconciente estatal se impuso anulando ese potencial transformador.
Otra vez los vasallos quebraron su cerviz ante los poderosos., vuelta a la delegación de voluntades, pero no todos lo hicieron.
Por eso consideramos que a una década las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, no deben ser evocadas como meras efemérides de calendario, sino como lo que fueron dramáticas jornadas en las que por unos meses empuñamos nuestro destino en nuestras propias manos.


Rosario. Argentina, diciembre de 2011

Carlos Solero