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viernes, 19 de noviembre de 2010

Tenemos mucho que aportar a los conflictos concretos contra el poder, donde quiera que se expresen


Entrevista al compañero RAFAEL UZCÁTEGUI.




Hace pocos días vio la luz el libro “Venezuela: La revolución como espectáculo”, editado en conjunto por cinco editoriales de España, Argentina y Venezuela, su autor es Rafael Uzcátegui, un compañero de la región venezolana principalmente conocido entre el medio internacional por su labor en el equipo editor de El Libertario, vocero ácrata con más de 15 años de vida. El 22 de noviembre tendremos el agrado de tener a Rafael en Santiago, en Casa Volnitza, y para preparar un poco nuestro encuentro El Surco quiso conocer un poco más las dimensiones del libro y su perspectiva sobre las posibilidades anarquistas en nuestros días.

Para la opinión pública internacional desde que el actual presidente Hugo Chávez tomó el poder en Venezuela, el país inició un camino de transformación social denominado “revolución bolivariana”. En estos once años de Gobierno ¿Cuáles han sido, de acuerdo a tu perspectiva, los principales alcances y limitaciones de tal proceso? ¿Podemos hablar efectivamente de una revolución, es decir de una transformación estructural del sistema en su conjunto?
Una de las hipótesis centrales de “Venezuela: La revolución…” es que el proceso político liderizado por el presidente Chávez es más una continuidad que una ruptura de la cultura y la tradición política venezolana. Para intentar explicar esto, en medio de tanta propaganda, mitificaciones y medias verdades, tanto de quienes lo apoyan como de quienes lo adversan, desarrollamos tres bloques temáticos. El primero, y sin el cual es imposible entender a este país, por el proyecto modernizador que orbita en torno al desarrollo de una economía extractivista basada en la venta de petróleo, y otros minerales, al mercado internacional. El petróleo ha generado unas maneras de pensar la sociedad, y el propio cambio, que han modelado la racionalidad inherente tanto al chavismo como a sus pretendidos contrarios. El segundo aspecto es la vida cotidiana dentro de la llamada revolución bolivariana, en un país que a pesar de ser autocalificado como vanguardia del “socialismo del siglo XXI” exhibe las cifras de violencia y anomia más grotescas de toda la región. En esta parte, basados en cifras oficiales, afirmamos que el bolivarianismo sólo puede mostrar datos positivos si se compara con la década anterior –un período atravesado por una fuerte crisis económica y convulsiones sociales-, pero que si se confronta con todo el período denominado democrático, a partir del año 1958, se evidencian con claridad un hilo conductor basado en el populismo rentista petrolero y la política caudillista. Por último describimos la situación de los movimientos sociales, desarrollando con ejemplos concretos como la cooptación e institucionalización del tejido beligerante de la década de los noventas, que precisamente llevó a Chávez al poder a través de los votos, recuperó un grado de gobernabilidad tal posterior al “Caracazo” que pudieron implementarse medidas, como la reversión de la nacionalización petrolera, que eran impensables quince años atrás. Un aspecto positivo, que sin embargo también encontramos en el pasado venezolano, es la reivindicación simbólica de lo popular. Sin embargo esto es, a todas luces, insuficiente para categorizar lo que pasa como una revolución. Lo que ha sucedido, e intentamos demostrar en 300 páginas, ha sido la profundización del rol asignado a Venezuela por la globalización y la acoplación de nuestro país a sus principales tendencias, maquillado con un discurso políticamente correcto.

Sin duda “La revolución como Espectáculo” es un enunciado provocativo. ¿Qué elementos del Espectáculo definido por Guy Debord te han llevado a homologarlo al “proceso bolivariano”?
Al contrario de lo que pasa en muchos ensayos similares, la dicotomía entre el discurso y los hechos, así como las continuas épicas gaseosas y pirotécnicas publicitadas desde Caracas hicieron que, ante la necesidad de contar con un concepto que explicara dicha proeza demagógica, utilizáramos el concepto situacionista, redescubierto en estos tiempos dominados por los flujos de información. La idea más poderosa, que por sí misma puede describir a Venezuela, es que nos encontramos en un momento en que la producción de imágenes ha sustituido la producción de cosas que eleven la calidad de vida de la gente.

Es ampliamente sabido que para muchos de los apologistas del “socialismo del siglo XXI” en todo opositor al régimen chavista hay un vendido al imperialismo Norteamericano. ¿Cómo se han enfrentado a este tipo de acusaciones?
Dicho descalificativo stalinista nos ha hecho, al equipo redactor de El Libertario, tener que argumentar impecablemente nuestras afirmaciones, ejemplificando más con hechos concretos que con recursos exclusivamente ideológicos. En el caso del libro se ha privilegiado la voz de decenas de activistas populares que participaron, activa y decididamente, en el movimiento chavista en sus primeros años, pero que en los actuales momentos y por diferentes circunstancias expresan su descontento y antagonismo al mismo. La estupidez es incorregible y estadísticamente necesaria, por ello los interlocutores e interlocutoras que nos interesan son aquellos alérgicos al chavismo en tanto religión y que desean tener una visión compleja, y por tanto más real, de lo que pasa en Venezuela.

¿Cómo ves el anarquismo en Venezuela? ¿Qué alteraciones ha creado la promesa revolucionaria de Chavez al interior del movimiento libertario?
El anarquismo en Venezuela le ha ocurrido lo mismo que al resto de movimientos sociales del país: ha sido fuertemente cooptado y estatizado por la nueva burocracia en el poder. Para nosotros/as, en El Libertario, ha sido de mucha ayuda comprender lo que pasó con el anarquismo y los anarquistas en la Cuba castrista y en la Argentina peronista. Ello nos ha ayudado a delinear una posición que se distancia tanto del chavismo en el poder como de sus pretendidos contrarios en la oposición, y apostar por la recuperación de la autonomía de los movimientos sociales locales como precondición para la expansión de los valores libertarios. Hoy, en tanto como movimiento con lazos orgánicos y acciones coordinadas por afinidad, no existe un movimiento anarquista en el país. Lo que sí hay es un puñado de compañeros y compañeras, dispersos por todo el país, intentando sobrevivir en esta difícil coyuntura, empezando su acción y reflexión desde casi cero.

A nivel latinoamericano ¿Te parece que crece y madura ese “Despertar anarquista” que hace algunos años describía el compañero Daniel Barret?
Creo que el diagnóstico realizado por el compañero uruguayo, infelizmente desaparecido hoy, es básicamente cierto. En medio de la crisis de las ideologías, y particularmente de las de izquierda –a pesar de los gobiernos autodenominados progresistas, que son precisamente expresión de esa implosión- los valores antiautoritarios del anarquismo son herramientas práctica poderosas para el porvenir. Sin embargo, la crisis de la izquierda no nos ha pasado por encima, y como muestra se encuentra ese oxymorón promovido por algunos y algunas de “poder popular libertario”, lo cual demuestra que 1) no hemos aprendido nada de la historia y 2) la crisis es de tal magnitud que estamos importando los conceptos y prácticas más rancias de la izquierda autoritaria. Por un lado tenemos la mitificación del pasado, en algunos círculos anarquistas autocomplacientes, y por otra una terrible flojera de pensar que hace que luzcamos como orgullosamente nuestras algunas consignas que nos son totalmente ajenas. Y en este punto es cuando más extrañamos a Daniel Barret, una de las cabezas más lúcidas del anarquismo latinoamericano contemporáneo, que nos abandonó cuando producía reflexiones que aterrizaban lo mejor de la tradición anarquista con las realidades del presente siglo.

Algunas palabras finales…
No soy de quienes jerarquizan que es más o menos importante en nuestra lucha por una vida que merezca ser vivida. Por ello hay que valorar la diversidad que parece expresarse en la expansión de todas y cada una de las prácticas anarquistas en la región. Por una misteriosa vocación rescato el espíritu autodidacta expresado en los quijotes editores de prensa ácrata en un continente tan áspero como el nuestro. En sintonía, nos agrada la vitalidad expresada en El Surco y creemos que es ejemplo de la potencia presente en la región chilena. Tenemos que seguir tejiendo amorosamente los lazos y afinidades por encima de las fronteras, generando conocimiento, complejizando lo simple y simplificando lo complejo, actuando y generando experiencias concretas con gente corriente. Este es uno de los retos que tenemos que abordar quienes, en América Latina, nos formamos en el anarquismo en su aspecto más contracultural: salir de nuestros guettos y construir libertad y justicia social con quienes no piensan, actúan –o incluso se visten- diferente de nosotros y nosotras. Tenemos mucho que aportar a los conflictos concretos contra el poder, donde quiera que se expresen, lo cual podemos hacer sin disimular nuestra propia identidad –como lo hacen los plataformistas- y dándole más valor a las actitudes concretas y los valores que a las etiquetas. Un abrazo a todos y todas.

Puedes descargar el libro en:
www.larevolucioncomoespectaculo.com

Publicado en: El Surco Nº 21, Santiago de Chile, noviembre de 2010.

La tierra se traga hombres. El sistema vomita injusticia

Nunca en la historia habíamos tenido tantos noticiarios. Nunca en la historia de esta región esos noticiarios habían estado, hora tras hora, exponiendo hechos. Nunca antes los medios de comunicación habían dado la posibilidad de acceder a la “realidad” de la forma y en el momento más inmediato. Probablemente nunca en Chile vayan a existir tantas universidades ofreciendo la carrera de periodismo.
Aún así y todo, pocas veces como hoy en día, hemos estado más desinformados.
El show (al parecer sin el beneplácito de los protagonistas) minero terminó, y contrario a lo que pensábamos, fue dejado de lado con bastante rapidez. Hemos de suponer que la búsqueda de responsables o la discusión en torno a las condiciones laborales de cientos de miles también quedará de lado. No hay perforadora ni cápsula que saque del encierro asfixiante al resto de los oprimidos; ellos mismos habrán de remover escombros, de cavar, de buscar la salida al aire fresco de la libertad. Todos en conjunto.
¿O no? ¿Si el gobierno pudo rescatar a los treinta y tres de la fama desde las entrañas de la tierra no podrá hacerlo con los de acá? Los ricos y poderosos no podrían, no quieren porque si lo hacen todo su reino se desmoronaría. La salida a la superficie no se realizará sin hacer saltar todo el edificio que sobre ésta se sustenta.
Y mientras tanto, todo quedó en suspenso. No hubo asaltos, choques, allanamientos ni decomisos, los mapuche dejaron de luchar. Los medios mostraron –extrañamente- a un Chile unido. Todos con los ojos puestos en las ingratas tierras de Copiapó (ingratas desde hace siglos) dejaron de hacer lo que hacían. A la fuerza pero con beneplácito, los medios -y sobre todo la televisión por sus ventajas técnicas- nos configuraron en un ejército de televidentes, uno de los más disciplinados que han enorgullecido a esta aguerrida raza. Un advenedizo Golborne, empresario anodino e intragable, lo comandó como si lo conociera desde hace tiempo. Lo hizo con la venia de su superior el presidente, que jamás puso más a prueba sus operaciones oculares como lo hizo ahora, con una sonrisa que deja entrever las orillas rojizas y brillantes de parpados que se cierran pero no descansan, y que parpadean al ritmo de Wall Street. Como el ejército del que formamos parte vimos una lógica nueva, la promocionada “nueva forma de gobernar”. No hubo funcionarios, ni burócratas, ningún medio pelo que la concertación hacía desfilar ante cada calamidad. El nuevo gobierno se compone sólo de cabecillas, para este caso dual, siendo a veces triunvirato con Lavín que en terreno enseña de manera solemne en escuelitas modulares de la zona afectada por el terremoto.
Los mineros fueron rescatados por Piñera y Golborne, nadie más. Nadie sabe cómo un ingeniero civil y otro comercial aprendieron a manipular de repente máquinas perforadoras, a planificar los primeros auxilios, etcétera. Ya se habla del advenedizo anodino como carta presidenciable. Sus cifras en encuestas se dispararon porque el ejército de espectadores aprecian su capacidad de manejo de la situación, ¿si pudo sacarlos, cómo no podrá hacerlos con nosotros, que estamos sumidos en la miseria, muy profundo?
Padecemos síndrome de Estocolmo, prematuro y alarmante, con la nueva forma de gobernar, que de nueva tiene sólo las cicatrices constantemente tensadas por las emociones en los ojos de Piñera.
A cavar hacia la superficie para hacerlos caer, entonces. En el presente número hemos dejado de lado el tema tan recurrente del rescate dando paso a otras noticias. Felizmente hemos de comunicar que el tiraje se nos hace cada día más escaso, y para contribuir codo a codo con la salida a la superficie de los oprimidos comunicamos también la pronta salida del primer suplemento de “El Surco”.

Grupo Anarquista “El Surco”

Publicado en: El Surco Nº 21, Santiago de Chile, noviembre de 2010.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Meterse en las luchas sociales concretas




Muchos de nosotros hemos empezado nuestro camino radical a partir de la lucha contra una injusticia en particular.
Luego, con experiencia y con lecturas, nos hemos dado cuenta de que el problema es más profundo. No es un policía, es toda la institución. No es un gobernante corrupto, es un sistema político que responde a la clase dominante. No es una empresa, es el capitalismo. Cuando tomamos conciencia de que la raíz de todos los problemas sociales se encuentra en la organización social basada en la explotación, y que para solucionar esto se necesita un cambio revolucionario de la misma, solemos perdernos en debates estériles contra otras visiones que se reclaman revolucionarias e incluso con gente de nuestra misma visión sobre cómo llevar a cabo esa revolución.
Dependiendo de cómo respondamos esa pregunta, la identidad de revolucionario que tendremos, desde la cual haremos nuestra propaganda y nuestras “intervenciones” en el presente. Pero luego de identificarnos con una determinada ideología revolucionaria pasa algo más grave. Una vez reconocida la diferencia entre el camino revolucionario y el reformismo, se suele adoptar un enfoque anti-reformista. Y de allí viene la abstención de las luchas reivindicativas y por reformas y por lo tanto el aislamiento del movimiento real de los explotados y oprimidos, al cual consideramos atrasado por sus ideas y sus métodos. ¿Pero atrasado respecto a qué? ¿Respecto a la situación histórica y los objetivos inmediatos? No, atrasado respecto a las ideas y métodos que reclamamos nuestros. Es un criterio egocéntrico. Y es que hacer política (aun si se la llama anti-política) desde una identidad, en vez de hacerla desde las necesidades y posibilidades reales del movimiento de los explotados, es egocentrismo.
Desde esta política identitaria todo lo que tenemos que hacer es machacar con nuestras ideas y buscar rendijas en las luchas actuales donde podamos “intervenir” sin comprometer nuestra identidad política (a la que llamaremos “principios” o “programa”). Desde esta política lo más prioritario es delimitarse, no integrarse. Es oponerse al status quo, no pugnar por superarlo. Algunos que buscan participar en las luchas sociales de su entorno sin imponer sus ideas habrán asentido con la cabeza al leer esto pensando que están exentos de esta crítica. Pero después en lo que escriben sobre esas luchas sociales se nota que lo que más les interesa no son los obstáculos que tienen enfrente y cómo superarlos, sino evaluar en qué medida estas luchas se acercan a sus ideas, en qué medida el movimiento avanza adonde ustedes creen se encuentran parados, esperándolo (por más retórica antivanguardista que utilicen).
El rol del revolucionario consciente no es esperar a que los frutos estén maduros para su “intervención”.
Tampoco es participar en las luchas sociales haciendo ultimátums (explícitos o implícitos) sobre el carácter que tendrán que tener para poder ser parte de ellas sin comprometer sus “principios”.
Tampoco es ser furgón de cola del reformismo. El rol del revolucionario consciente es participar del movimiento actual de los explotados -tal como es y no tal como se quisiera que fuera- para hacerlo avanzar en su desarrollo.
Pero el criterio para definir qué es un avance y qué un retroceso del movimiento de los explotados no debe ser una ideología revolucionaria. Debe ser la evaluación práctica de la lucha en cuestión y la historia de ese movimiento. Cosa es mucho más compleja de evaluar, porque significa abordar matices que para la ideología son irrelevantes.
Por culpa del enfoque ideológico y de la política identitaria muchos revolucionarios están ausentes de luchas tales como:
- Las luchas por la igualdad jurídica y los derechos específicos (como el derecho al aborto).
- La protección del medio ambiente y los bienes comunes.
- Las luchas vecinales (semaforización de las calles, asfalto y cordón cuneta, iluminación de los barrios, etc.).
¿En qué se justifica esa ausencia? En que esas luchas son reformistas, sólo buscan un cambio de legislación y de las instituciones y por lo tanto son un “remiendo del sistema” (lo cual, para la ideología del “cuanto peor, mejor”, es inaceptable).
De esta manera, los revolucionarios se aislan de muchísimos procesos sociales cooperativos en los cuales los explotados buscan resolver sus necesidades (necesidades que un movimiento parcial, como el movimiento obrero, no resuelve). O esos procesos adoptan formas organizativas e ideas compatibles con nuestra ideología revolucionaria, o nos abstenemos de ellos.
Una vez nos demos cuenta de cómo nos autolimitamos se abrirá ante nosotros un amplio abanico de posibilidades de participación autónoma en lugares tales como la cooperadora de la escuela, las reuniones de consorcio, el centro vecinal. Lugares que ni en pedo son revolucionarios ni están previstos en la ideología revolucionaria clásica (como sí lo están los sindicatos, por ejemplo). Se podrá objetar que en esos lugares hay mucha ideología reaccionaria y egoísmo. Pero es que nosotros no vamos a ir ahí a hacer proselitismo de nuestras ideas sobre la sociedad y cómo cambiarla, vamos a aportar teórica y prácticamente para resolver las necesidades comunes que dieron lugar a esos procesos cooperativos. No vamos a presentarnos como “revolucionarios”, sino como personas que tenemos intereses en común y quieren aportar.
A lo que tenemos que apuntar es a lograr una superación de las actuales formas de cooperación, y sólo podemos hacer la diferencia cuando participamos autónomamente en los procesos cooperativos tal como son. Imponer condiciones ideológicas a nuestra participación es lo mismo que abstenerse, y la abstención nunca es revolucionaria si no existe una opción superadora a la que elegir.

Publicado en: Parrhesia Nº 10, agosto, de 2010; Bahía Blanca.
Autor: Ricardo Fuego

Ecuador: contra todo golpe de estado (incluso los fingidos)


Como es del dominio público, el pasado 30 de septiembre, la policía ecuatoriana desencadenó una serie de hechos que tuvieron como punto álgido el secuestro del presidente Rafael Correa y sus declaraciones acerca de la promoción de un golpe de Estado en su contra. Hagamos aquí un paréntesis inicial para evitar malos entendidos y lecturas ligeras. Como anarquistas estamos en contra de todos y cada uno de los golpes de Estado realizados en la historia reciente de nuestro continente. Aquí no hacemos las distinciones que hacen otros. No hay golpes de Estado buenos y malos, ni militares progresistas y conservadores. Si bien existen las tendencias dentro de las Fuerzas Armadas, así como diferencias entre las dinámicas castrenses de país a país, los Ejércitos reaccionan por igual con “espíritu de cuerpo” y son un dispositivo que concentra todos los antivalores que rechazamos en tanto libertarias y libertarios. Por ello repudiamos con vehemencia, en cada una de las circunstancias, que los conflictos a resolver por la sociedad en su conjunto, y especialmente por las clases oprimidas, tengan la injerencia de quienes, estatalmente, monopolizan las armas y la violencia. Sin embargo este rechazo firme y contundente al golpe de Estado no es traducible, desde el anarquismo, con un apoyo tácito o estratégico al gobierno de turno. Y en este sentido Ecuador no es una excepción.
Todas las cronologías sobre los hechos colocan como desencadenante de la crisis ecuatoriana la rebelión de las fuerzas policiales, cuya motivación visible fue la pérdida de beneficios laborales como consecuencia de la aprobación, el día anterior, de la “ley de servicio público”, con la participación activa de la bancada parlamentaria correísta, la llamada “Alianza País”. La movilización policial y el caos, como era de esperarse, intentaron ser capitalizados políticamente por sectores del país desplazados del poder, como por ejemplo fuerzas alrededor del ex presidente Lucio Gutiérrez, los cuales –no dudamos un segundo-, si la espiral de hechos les hubiera favorecido habrían intentado un derrocamiento abierto de Rafael Correa de la presidencia. No sería ni la primera ni la última vez que políticos “demócratas” de la región azuzaran los vientos del golpismo si los aires les fueran favorables.
Si bien los hechos no son únicamente expresión de un cándido descontento popular, como lo quiere hacer ver un sector de los medios, no deja de ser cierto que a pesar de la popularidad de Correa hay razones para el malestar social. El comunicado de la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indigenas del Ecuador) los resume en: 1) Ataque y deslegitimación sistemática de sectores populares organizados, 2) Carácter autoritario del gobierno en la promulgación de leyes y 3) Represión en contra de las movilizaciones críticas del modelo extractivista petrolero. Un segundo acierto del pronunciamiento indígena es que caracterizó el enfrentamiento como una pugna entre la vieja derecha –la desplazada por el poder- y la nueva derecha –la burguesía que florece amparada por el correísmo-. Este elemento es clave para el análisis.
Otra versión asegura al mundo que los hechos de Quito son el clásico golpe de Estado promovido por “la derecha” – con lo que Correa se encontraría ubicado “a la izquierda”- con el apoyo del imperialismo. Sin embargo esta explicación fácil, además de la retórica se sustenta en pocas evidencias. Como lo escribió Pablo Stefanoni: “Resulta difícil organizar un golpe sin apoyo de los militares, de al menos parte de la burguesía y de grupos de poder, entre ellos al menos algunos medios, y de sectores de la sociedad civil. Finalmente, no menos importante para un país pequeño, algún apoyo externo. Nada de esto hubo este jueves en Ecuador”.
Como bien nos recordó Stefanoni las rela¬ciones entre Ecuador y Estados Unidos son cordiales. El 8 de junio, -Hillary- Clinton fue recibida con gestos amistosos en Quito. El embajador de Ecuador en Washington, Luis Gallegos, resumió el evento a la agencia IPS. “Creo que esta visita es una muy mala noticia para la recalcitrante derecha ecuatoriana, que ahora no sabe lo que pasa, pero también para los ‘talibanes’ que desearían que el gobierno ecuatoriano no converse con Estados Unidos”. Correa y Clinton se tiraron varias flores. El ecuatoriano puntualizó que no abriga “ninguna animadversión” hacia el gigante del Norte. “Al contrario, es un país muy querido, en el que pasé cuatro de los más felices años de mi vida”, dijo, refiriéndose a sus estudios de doctorado en la Universidad de Illinois. “Estamos forjando un nuevo marco de relaciones. Estamos en el siglo XXI. Esto es el 2010. No vamos a poner el reloj para atrás”, respondió la estadounidense. Por último, el pasado 5 de julio en Caracas el presidente Rafael Correa afirmó que los principales enemigos de su “Revolución Ciudadana” no era ni la “oligarquía” ni el “imperialismo”: “El mayor peligro para los socialistas no son los escuálidos ni los pitiyanquis (...) son los que toman nuestras banderas y con infantilismo ridículo toman nuestros discursos y le hacen daño. Hay que estar atentos con el izquierdismo infantil del todo o nada que es el mejor aliado del estatus quo”. Aquello era una clara alusión al movimiento indígena y ambientalista del centro del mundo, que ha venido cuestionando la fidelidad de Rafael Correa a las políticas extractivistas de recursos energéticos con destino el mercado global.
Al cierre de la presente edición de El Surco, el único pronunciamiento libertario conocido proveniente del propio Ecuador, es el de la organización “Hijos del Pueblo”. A pesar del uso de un lenguaje más leninista que anarquista (“-necesitamos-la conformación de un Partido de clase, una vanguardia revolucionaria, el fogueo entre las masas con un Programa Revolucionario…”) complejizaba la versión oficialista, amplificado por la izquierda autoritaria mundial, al deslizar que los hechos eran un golpe “bajo sospecha” o un “autogolpe, según las últimas reflexiones”. Asimismo concluía, como la CONAIE, que lo sucedido había sido una confrontación de naturaleza interburguesa y “luego de esto, es inevitable que el proceso ciudadano vuelva con más fuerza; a la vez que la cooptación, el fraccionamiento y desarticulación del movimiento popular, sería la combinación perfecta para generar control directo sobre las masas explotadas faltas de un referente partidario”. La promoción de una falsa polarización, mientras se cumple el rol asignado al país por el capitalismo globalizado, ha sido el núcleo del disciplinamiento y dominación de los países de América Latina que hoy son gobernadas por coaliciones autodenominadas “progresistas”.
Mientras esperamos otros aportes que iluminen e interpreten el 30 de septiembre ecuatoriano reiteramos el rechazo anarquista a todos los golpes de Estado (aunque sean simulados) y nuestro compromiso con la autonomía y beligerancia con las organizaciones sociales de base en conflictos con el poder.

Publicado en: El Surco, Nº 20, Octubre de 2010, Chile.
Autor: Rafael Uzcategui