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lunes, 29 de marzo de 2010

¿Decrecimiento o apuntalando el capitalismo?

En los últimos años ha ido tomando fuerza entre los economistas y los ecologistas, un nuevo concepto, el decrecimiento, como respuesta a la tremenda crisis económica, medioambiental y social que está sufriendo el planeta Tierra, producto del rampante Capitalismo globalizado.
Asistimos, una vez más, a un supuesto callejón sin salida del Capitalismo (y decimos supuesto pues en más de una ocasión, en los últimos 100 años, se ha señalado el inmediato fin del Capitalismo, sin que hasta el momento hayamos podido asistir a sus exequias), y ante esta realidad, se ha articulado una nueva teoría económica que se basa en cambiar la tendencia hacia el crecimiento infinito del Capitalismo por una simplicidad voluntaria; esta teoría se le conoce bajo el término de decrecimiento, siendo uno de sus principales baluartes el economista Serge Latouche (se puede consultar sus libros, La apuesta por el decrecimiento o en una versión resumida, Pequeño tratado del decrecimiento sereno.)
Los partidos políticos, sindicatos y movimientos sociales de izquierdas, han dejado de lado la emancipación del proletariado como bandera de lucha, a favor de enarbolar un nuevo estandarte, el ecológico, como ariete contra el Capitalismo. De esta manera, el obrero ha sido sustituido por la naturaleza; se ha pasado de la revolución proletaria a la lucha ecológica, seguramente motivado este cambio por el propio desarrollo del mundo occidental en donde la explotación humana por el capital, ha quedado difuminada bajo unas supuestas mejoras en las condiciones de trabajo y un Estado del bienestar. Sin embargo, ¿eso significa que haya desaparecido la base del Capitalismo: la explotación, la apropiación de los bienes, el egoísmo particular expresado en el lucro privado? Ni mucho menos pues todo esto estará vigente en tanto exista el propio Capitalismo, de ahí que conceptos que pretenden criticar al Capitalismo sólo desde una óptica ecológica, están condenados al fracaso, como ocurrió con la idea tan “revolucio-naria” como fue el desarrollo sostenible, convertido durante años en la panacea de todos los males del Capitalismo y que finalmente ha sido asimilado por los economistas más conservadores y las grandes corporaciones, existiendo incluso una World Business Council for Sustainable Development (Consejo Mundial de Empresas para un Desarrollo Sostenible), al cual pertenecen en España, entre otras compañías respetuosas con el medio, Repsol YPF, Acciona o Telefónica (a nivel mundial, destacan DuPont, Bayer, Ford, Coca Cola, SINOPEC, BP, Sony o la Kuwait Petroleum Corporation). Esto demuestra bien a las claras que, mientras no se ataque la raíz del problema sino se intente atenuar algunas de sus consecuencias, el Capitalismo mantendrá su vigencia, reforzándose incluso pues los grandes depredadores mundiales pueden mostrar una cara amable, ecológicamente responsables.
Esta misma situación se dará con el decrecimiento, que pretende poner coto al Capitalismo, reduciendo el consumo (¿o tendríamos que decir consumismo?) aunque manteniendo sus fundamentos. Reducir el consumo, reducir la producción pero, ¿con qué objetivo? Con el fin de permitir un desarrollo homogéneo del Capitalismo a lo largo del globo, acabar con la depredación occidental de los recursos naturales del resto del planeta y posibilitar un desarrollo armónico de esos países del Tercer Mundo, como si estos, en su proceso de industrialización, caminaran por sí mismo por otra senda distinta a la que transitó Inglaterra, Francia o Alemania, por sólo citar unos casos, en los siglos XIX y XX. La falacia de este planteamiento lo hallamos en China, en donde su tránsito hacia el Capitalismo está repitiendo la misma terrible explotación del ser humano y degradación del medio ambiente que en la denominada Revolución Industrial, hecho que no puede ser explicado, como han querido hacer los ideólogos del Capitalismo, por la existencia de un régimen político dictatorial que no respeta los derechos humanos (sólo habría que ver los distintos regímenes políticos existentes en Europa y Norteamérica en el momento de su desarrollo industrial para percatarnos que la explotación es consustancial al Capitalismo, independientemente del sistema político en el cual se desarrolle.) Copiemos un párrafo de Serge Latouche en referencia al desarrollo económico de China, que refleja perfectamente los planteamientos que subyacen tras el concepto de decrecimiento:
“En cualquier caso, el destino del mundo y de la humanidad reposa principalmente sobre las decisiones de los dirigentes chinos. Ante el hecho de que sean conscientes de los desastres ecológicos actuales y de las amenazas muy reales que pesan sobre su futuro (y el nuestro), ante el hecho de que sepan que los costes ecológicos de su crecimiento anulan o sobrepasan los propios beneficios en una contabilidad ecológica (pero quienes perciben los dividendos no son los mismos que pagan los costes), ante todo esto, combinado con una tradición milenaria de sabiduría bien distanciada de la racionalidad y de la voluntad de poder occidentales, cabe esperar que China no vaya hasta el final del callejón sin salida del crecimiento que nosotros estamos a punto de alcanzar.” (Pequeño tratado de decrecimiento sereno, p. 84 El destacado es nuestro)
Obviamente, si el futuro de la humanidad y el fin de la depredación del medio, depende del misticismo y no de la acción racional contra los verdaderos males que causan esta situación, asistiremos a muy pocos cambios hacia la verdadera libertad del ser humano. Como si fuera una cuestión de creencias y no de pruebas fehacientes, los defensores del decrecimiento mantienen que este atacará la acumulación y, por lo tanto, acabará con el Capitalismo. Sin embargo, ¿en algún momento se pone en tela de juicio la propiedad privada y su injusto reparto? No hemos visto ninguna crítica a la apropiación individual ni se plantea una colectivización de los bienes; sólo se cuestiona la sobreproducción, generalmente especulativa, que esquilma los recursos con mayor velocidad de lo que es capaz de reprocesar la naturaleza. ¿Se cuestiona el sistema político basado en la jerarquía y privilegios personales? Simplemente no; al contrario, se asume que este cambio hacia el decrecimiento se puede realizar desde las mismas estructuras del poder, reiterando el viejo principio esgrimido por los partidos obreros que decían que entrar en el terreno del reformismo político no suponía degenerar los principios de transformación social revolucionaria (¿Hace falta poner ejemplos de lo falso de esta afirmación? Véase todos los partidos socialistas y comunistas y su acción política a lo largo del siglo XX). ¿El dogma de fe del beneficio es socavado? No; parece que este, el lucro, es aceptado sin más, como algo natural y no como una construcción social, y por lo tanto, si es un elemento intrínseco al ser humano, se transforma en incuestionable. Si el lucro personal se mantiene, si permanece la propiedad privada, nada impide que, buscando satisfacer ese mismo lucro, por muy local que sea el desarrollo económico (parece que esta es la panacea a todos los males, la piedra angular sobre la que se sustenta el decrecimiento), se potencien estructuras jerárquicas y que unos tengan todo y otros nada. A lo sumo, el programa de decrecimiento sólo plantea una política tributaria que internalice los verdaderos costes económicos de la producción y el consumo. ¿Se acaba con la explotación del ser humano por el ser humano? Nada de eso; al contrario, parece una cuestión secundaria en sus análisis, máxime cuando se acepta la existencia de jerarquías y privilegios personales.
“Esta reconquista del tiempo libre es condición necesaria de la descolonización del imaginario: concierne a los obreros y a los asalariados tanto como a los ejecutivos estresados, a los patrones acosados por la competencia, y a los profesionales independientes que se ven acorralados por la compulsión al crecimiento. De adversarios pueden pasar a ser aliados en la construcción de una sociedad de decrecimiento.” (Pequeño tratado…, p. 112 El destacado es nuestro)
Todo pasa, simple y llanamente, por un cambio en la forma de pensar, como si esto conllevara el fin de la explotación, el lucro personal o el egoísmo individual. De esta manera, por no se sabe qué principios, ser más respetuoso con el medio conllevará el fin de la explotación del ser humano. Como se puede apreciar, aunque como análisis de la realidad los defensores del decrecimiento llevan a cabo un certero diagnóstico de la situación del Capitalismo, al no querer cuestionar las bases del mismo, están incapacitados para plantear una verdadera alternativa social y menos llevarla a la práctica, resolviendo esta contradicción simplemente haciendo depender los cambios en transformaciones en el modo de pensar.
Otra vez asistimos a un nuevo parche del Capitalismo, un parche que redunda en los mismos errores cometidos en el pasado, como es llevar la crítica al nivel ecológico dejando de lado la sociedad. En tanto en cuanto no se ataque a la explotación y se articule una nueva sociedad basada en la igualdad y el reparto de los bienes, el Capitalismo no sólo mantendrá su vigencia sino que incluso, con planteamientos como el decrecimiento, verá fortalecidos los pilares sobre los que se sustenta al hacer recaer el problema sobre la conciencia individual y no sobre la estructura económico y social en la que nos vemos obligados a vivir.
Alexis Rodríguez
NOTA DE PARRHESÍA: Nosotros, en líneas generales no estamos de acuerdo con lo expuesto por el compañero Alexis Rodríguez, en su artículo “¿Decrecimiento o apuntalando al Capitalismo?”
El tema en cuestión fue anteriormente abordado por la compañera Lucrecia en su artículo “Crecimiento rima con estreñimiento”, publicado en el Nº 4. Por la complejidad del tema, su creciente importancia y actualidad, suponemos que no será ésta la última vez en que se aborde el tema en cuestión, y en el futuro será una de las problemáticas centrales de toda la sociedad.
Evidentemente la diferencia que tenemos consistiría básicamente en que el compañero enmarca estrictamente el problema del crecimiento, consumismo, destrucción del medio ambiente, etc, dentro del modo de producción y de relación social del sistema capitalista, y en cambio, creemos que el problema del crecimiento supera los límites del sistema capitalista. De no existir el capitalismo y encontrarse la humanidad en un sistema más solidario, el problema generado por el crecimiento no desaparecería necesariamente.
El conflicto esencial aparece al preguntarnos si el planeta, finito, soporta un crecimiento infinito. Si el planeta puede soportar más de 6000 millones de habitantes, con tendencia a ser cada vez más y con un nivel de consumo de bienes y servicios más o menos compatibles con la dignidad humana, o si por el contrario, ya somos muchos y debemos pensar seriamente en el decrecimiento.
Como compatibilizar, por ejemplo, la necesidad creciente de nuevas tierras para la explotación agrícola-ganadera, ya que existe una población creciente que debe alimentarse, y el uso de las nuevas tecnologías en agricultura y ganadería que incrementan la productividad y son altamente contaminantes, con la necesidad de proteger los bosques y selvas autóctonas, que son la garantía de biodiversidad, son el pulmón verde que purifica el aire del planeta, evitan el recalentamiento global y evitan también la erosión, las inundaciones y las sequías.
Es correcto lo que señala el compañero Alexis cuando menciona que las teorías del decrecimiento están siendo desarrolladas por economistas provenientes del reformismo-ecologismo-progresismo y que parecerían un intento por apuntalar el capitalismo, tanto el economista citado por el compañero Serge Latouche en su obra “La apuesta por el decrecimiento” como también otro, tal vez, más conocido y más cercano a posturas progresistas como Clive Hamilton en “El fetiche del crecimiento”, y no son estos los únicos.
Veamos por ejemplo en la revista Silence autora del libro “Objetivo decrecimiento” donde plantea la “reducción planificada del crecimiento económico de los países ricos, ese 20% de la población mundial que consume el 80% de los recursos”, propuestas de una candidez propia de quienes no conocen la esencia del Capitalismo.
Es cierto que todo esto no puede resolverse, ni siquiera abordarse seriamente si la humanidad no supera el paradigma capitalista, pero también sería ingenuo pensar que el problema del crecimiento desaparecería mágicamente una vez superado el capitalismo.
Agradecemos mucho la colaboración del compañero Alexis Rodríguez y quedamos siempre dispuestos a la discusión franca y sincera aunque sea a la distancia.

Publicado en: Parrhesia, Nº 8, Bahia Blanca, marzo de 2010.
Autor: Alexis Rodríguez

viernes, 12 de marzo de 2010

El culto goebbeliano de la mentira

Mucho se ha debatido acerca de si es posible establecer verdades definitivas, así como enunciarlas desde un punto de vista subjetivo. La filosofía, la epistemología, la historiografía y otras disciplinas han dedicado extensas páginas a estas cuestiones, y no es nuestra intención entrar en tan intrincado problema. Sin embargo, aunque la condición de “lo verdadero” y “lo objetivo” ha provocado encontradas pasiones, la condición de “lo falso”, es decir, la mentira, ha obtenido un cierto consenso, con excepción de algunos pensadores posmodernos como Baudrillard.

Todas las culturas tienen una cierta actitud de reprobación hacia la mentira. Si bien existen las salvedades para algunos casos (mentir para salvar la vida propia o de un tercero, las mentiras piadosas, mentirle al enemigo), las acciones de un sujeto mentiroso son motivo de repudio y suelen ser consideradas actos contra la moral. La cuestión de la mentira fue brillantemente abordada por Jean-Paul Sartre en El ser y la nada, afirmando sobre el punto: “La esencia de la mentira implica en efecto, que el mentiroso esté completamente al corriente de la verdad que oculta. No se miente sobre lo que se ignora; no se miente cuando se difunde un error del que uno mismo es víctima; no miente el que se equivoca. El ideal del mentiroso sería, pues, una conciencia cínica que afirmara en sí la verdad, negándola en sus palabras y negando para sí misma esta negación.”

Uno de los más grandes mentirosos de la Historia contemporánea ha sido Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Adolf Hitler, a quien se atribuye la frase “miente, miente que algo quedará.” Desde los medios masivos de comunicación (radios y periódicos) de la Alemania nazi se difundía una realidad inventada, deliberadas mentiras a fin de ocultar la debacle que se avecinaba cuando la fortuna de la guerra les era esquiva a los alemanes, se escondía la realidad de los campos de exterminio y se daban noticias triunfalistas cuando los rusos ya estaban en las puertas de Berlín. La realidad se abrió paso impiadosa, y finalmente, contradiciendo el vaticinio de Goebbels, nada quedó de tanta mentira nacionalsocialista. Los engañadores nazis fueron derrotados por otra gavilla de embusteros, estalinistas y capitalistas.

Alejados de estas grandes epopeyas y contiendas de la Historia, los argentinos somos espectadores de una batalla de mentirosos, de dimensiones más modestas, pero no carentes de un sentido trágico. El gobierno peronista -el “gobierno popular” según su propia valoración- está abiertamente enfrentado a la corporación periodística, a las grandes empresas de los medios de comunicación y monopolios de la información: cadenas de radio, televisión de aire, cable y satelital, periódicos, revistas, portales de Internet, etc. La causa principal, aunque no la única, es la Ley de Radiodifusión que impulsa el gobierno, que vulneraría algunos intereses del empresariado. Esta batalla ha adquirido un carácter mediático, donde ambos contendientes no discuten los problemas que verdaderamente los enfrentan, sino que han adoptado una táctica diferente, la cual consiste en intentar volcar a su favor a la opinión pública. En realidad, es un torneo de mentiras entre ambos bandos. Quien mienta mejor y de forma más verosímil, será el triunfador. Examinemos en qué consiste este espectáculo de la mentira al cual asistimos diariamente.

El gobierno kirchnerista no ha sido no ha sido más mentiroso que los gobiernos anteriores, pero tampoco menos. Más allá de las mentiras electorales y de gobierno clásicas, es decir, todo aquello que se prometió hacer y no se hizo (generación de empleos, salariazos, acabar con la corrupción, mayor presupuesto en educación, salud y vivienda), o de todo aquello que se hizo y no se reconoce ninguna responsabilidad (crímenes, represión, estafa del “corralito”, empobrecimiento de los trabajadores, etc.), el kirchnerismo ha utilizado métodos espurios para disfrazar los datos del INDEC, y presentar una realidad estadística acorde a sus objetivos políticos. En la Argentina de los Kirchner no existe una suba del costo de vida, cada vez hay menos pobres y la economía no para de crecer. Todo lo contrario a la realidad que percibe la gente, y a otras mediciones que no han incorporado los novedosos métodos sociométricos de Guillermo Moreno y sus secuaces.

El gobierno se afirma sobre un discurso esquizofrénico: el ministro Aníbal Fernández hace gala de su bonhomía al negarse a reprimir los piquetes que cortan las rutas, pero su policía asesina a mansalva a un joven de 17 años en el recital del grupo Viejas Locas, secuestra a 2 jóvenes de Villa Soldati que aparecen muertos un mes después, reprime silenciosamente en las villas y barrios marginales (noticia que ignoró la prensa), mientras desde las comisarías de todo el país se manejan los suculentos negocios del narcotráfico, el robo de automóviles y la prostitución y trata de blancas. El trabajo sucio lo dejan para Mauricio Macri, un rival político cuya vocación represora y delatora se ensaña sobre el sector más débil de la población. Quienes viven en la calle son víctimas de los asaltos de la neofascista UCEP, una repartición que debería utilizar camisas pardas para estar a tono con las ideas y el bigote de su mentor.

En cuanto a capacidad de embuste, Macri no va a la zaga del gobierno nacional. Luego de disolver a la UCEP, a causa del costo político de sus arbitrariedades, se ha comprobado que ha continuado funcionando clandestinamente, para “mantener limpias las calles”. El oportunismo de este cínico empresario polítiquero lo ha llevado a defender el matrimonio entre homosexuales, cuando apenas meses atrás había declarado a los medios que consideraba a la homosexualidad una enfermedad. El escándalo del espía Ciro James, lo llevó a negar que había conocido a este personaje, aunque se ha comprobado que esta era otra de sus mentiras, ya que James actuaba como se seguridad privada en el club Boca Juniors cuando Macri era su presidente.

En su enfrentamiento con el Grupo Clarín, cuya campaña antigubernamental le hizo perder las últimas elecciones a los Kirchner, el gobierno se tomó revancha decretando que el fútbol iba a ser transmitido “para todos” revocando las exclusividades del grupo empresarial, que se llevaba la parte del león. La presidenta Cristina Fernández anunció la medida comparando el “secuestro de los goles” con las desapariciones de la dictadura militar; una burla rayana con la imbecilidad. De nuevo la mentira: disfrazar como un acto de justicia un simple ajuste de cuentas. Clarín acusó el golpe, y por arte de magia comenzó una serie de notas sobre los casos de desnutrición infantil en el norte argentino. Lo paradójico del asunto es que Clarín utilizó la verdad para atacar al gobierno, y así demostró su propia condición mentirosa, ya que hasta entonces había ocultado concientemente la información sobre la desnutrición. Es decir, las informaciones que brindan las empresas periodísticas son seleccionadas conscientemente por los editores, según sus objetivos y sus alianzas político-económicas.

Clarín ha llegado al extremo de publicar estadísticas erróneas para atacar al gobierno, convirtiéndose en un émulo del INDEC, pero de signo opositor. Por otro lado, dedica gran parte de la programación de TN y Canal 13 al problema de la inseguridad, mostrando los rostros sollozantes y adoloridos de los familiares de las víctimas, presentando “una realidad a la colombiana” y reclamando mayor represión, tan solo para responsabilizar al gobierno. Luego del show del terror, la programación de Canal 13 pasa a la frivolidad de Marcelo Tinelli, un empresario menemista (además de conductor televisivo) que utiliza su repugnante programa como trampolín contra los Kirchner, respondiendo a las directivas del grupo a que está subordinado. Más allá de las responsabilidades que le puedan caber a cada organismo, lo reprochable es la manipulación de la información de un grupo de poder económico, para ejercer presión sobre otro grupo de poder político que utiliza su autoridad gubernativa para responderle.

El grupo Clarín junto con La Nación, el grupo Francisco de Narváez (América TV) y el grupo Haddad (Canal 9, Radio 10 e Infobae), han sido los principales opositores a la Ley de Medios con que el gobierno pretende desarticularlos (con el pretexto de combatir los monopolios informativos y democratizar el espacio informativo). Luego de una campaña propagandística donde se consideraba la Ley un ataque ala libertad de prensa, se soltaron patrañas tan ridículas como que con la nueva ley “no se iba a poder elegir la música” que pasaban las radios, cuando los oyentes radiofónicos jamás han tenido semejante derecho o facultad. O como si los oyentes, televidentes y lectores que “consumen” información, tuvieran actualmente algún poder de decisión sobre el contenido de lo que se publica y edita. Paradójicamente, quienes han hecho de su profesión “el sacerdocio de decir siempre la verdad”, son junto al gobierno (y la oposición política) los principales artífices de la mentira. El nivel de mendacidad es tal que desde el grupo Clarín se agita constantemente el fantoche de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) que según ellos la presentan “es una organización sin fines de lucro dedicada a defender la libertad de expresión y de prensa en todas las Américas.” Esta organización de la que nadie había escuchado hablar antes de la sanción de la ley, en realidad es una corporación de empresarios y de grupos económicos periodísticos que defienden la “libertad de empresa”. Ni siquiera en su propia denominación hay un mínimo de veracidad.

El gobierno nacional y las corporaciones periodísticas han hecho de la mentira su forma de comunicación. El gobierno cuando miente hace recordar a la novela de Orwell 1984, porque acomoda las estadísticas de la realidad a una realidad ficticia que solo oculta la tragedia de un pueblo explotado, embrutecido y reprimido. Las corporaciones y empresas periodísticas presentan una realidad editada en un laboratorio al estilo Matrix, vendiendo su mercadería (la información periodística) de acuerdo a sus intereses de poder; beneficiando a sus aliados y atacando a sus enemigos. Se erigen en defensores de la libertad de expresión, cuando son los defensores de la libertad de presión y la libertad de empresa. Construyen una realidad ficticia, forman la opinión pública e influyen sobre el electorado, ese es su poder.

Las mentiras pueden sostenerse durante mucho tiempo, aunque finalmente su esencia quede al descubierto. La realidad argentina no es diferente a la norteamericana o la venezolana. Entre el Estado y las corporaciones no hay diferencia: son fabricantes de mentiras, émulos y cultores de Goebbels. Esperemos que tengan un fin acorde a su mentor.

Publicado en: Libertad! Nº54, enero-febrero 2010, Buenos Aires.
Autor: Patrick Rossineri